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Yo recuerdo haberla visto con mucho interés por otra cuestión, porque allí escribían escritores españoles antifranquistas, por ejemplo Juan Goytisolo, que en aquella época me interesaba mucho. Entonces, por un lado te daba ese respiro —acuérdate que en España no estaba Fidel Castro, estaba Francisco Franco, que era el señor que un año antes de morir mandó a garrotar a ocho gentes de ETA, a mediados de los 70. Este era el panorama, no hay que olvidar también ese contexto. Entonces por una parte Mundo Nuevo era también esto, y por otra era pelea con los cubanos antes de saber toda la cuestión de quién la financiaba. Y yo en aquella época no puedo decirte que tuviera ideas muy precisas, más que progresistas, de izquierda, digamos. Ideas que además se me afinaban a través de estos intelectuales comprometidos, porque Juan Goytisolo era un escritor muy comprometido, y al mismo tiempo sus libros desentumecen la prosa ibérica tremendamente rígida. Señas de identidad es para mí un libro que cambia completamente la visión de la literatura española. Uno leía por ejemplo a Cortázar y aquello era evidentemente orientado políticamente. Yo adoro a Lezama y a Cortázar, son mis dos grandes. Incluso yo creo ahora que la experimentación de Cortázar lo cortó un poco. Vas a leer algunas cosas suyas y ves que es un poco ingenioso, no le sientes ya el juego literario, de artificio. Yo pienso que si se hubiera dejado de tratar de mostrar que él hacía con la escritura lo que quería, quizás hubiera sido más legible. A veces veo que la gente se cansa de leerlo.
Ariel Dorfman tiene una novela que ha tenido mucho éxito —menos en Chile—; es la historia de una señora que reconoce, cree reconocer en un señor que casualmente llega a su casa, a su torturador. Es una novela totalmente política, pero al mismo tiempo hay allí una cuestión que es más inmortal: qué hacemos —la venganza, el perdón, el abuso, el derecho. O sea, también la política es una preocupación perenne, permanente de los seres humanos. No es algo que está afuera, que es malo, que huele mal, es parte de todos nosotros.
No sé decirte, porque tampoco era una revista muy asequible, por lo menos desde Italia. Yo podía de vez en cuando ver algunos números viajando a España, a París, pero no era habitual. También el hecho de Casa de las Américas no publicar esas cartas es un estilo, una decisión clara de no entrar en polémica; es como cuando Lezama dice: mientras la gente grita el Peruggino pinta otro angelote. Es un poco esa defensa, tomar una distancia. Como tú ya habrás entendido perfectamente yo estoy del lado de Casa de las Américas. Pero no por partido preso, sino por mis consideraciones analizando todo esto que estamos hablando.
Casa de las Américas es el título, quiere ser la primera iniciativa que viene naturalmente de muchos intelectuales —Alfonso Reyes, José Martí, para empezar. Es la voluntad política de tener algo que dé acogida. Acuérdate que los escritores americanos eran unos pobres indigentes a nivel de conocimiento internacional, de publicaciones, de editores. Pero todo el mundo sabe que existían ya grandes y grandísimos del siglo XX; ya existían y escribían y todo. Casa de las Américas es la primera voluntad de un Estado de recoger esto. Su título nos habla de un lugar acogedor, donde entra la gente que es de esa casa. Como título, Mundo Nuevo es algo que todavía se está construyendo. Es obvio que es mucho más flexible Mundo Nuevo que no Casa, que tiene un proyecto bien claro.
A Arrufat no le interesó jamás el poder, a él le interesó la literatura. Lo dejan castigado en una biblioteca, pero continúa escribiendo, eso es lo que le interesa. Fernández Retamar es ya un intelectual orgánico, como dice Gramsci. Estas son formas de ser en la vida, vocaciones, que no necesariamente son imposiciones, tanto es así que Antón no entra en polémicas sobre estas cuestiones.
No, uno que es así es Lisandro Otero, que sí siempre quiso ser más de lo que logró ser. Por eso se fue, aunque tiene buenísimas relaciones. Ahora saldrá en Cuba su obra completa.
Pero Santí fue un miserable.
Santí fue malo en el lenguaje, muy violento; lo acusó de todo lo peor del mundo sin ninguna delicadeza. Además, no son grandes pecados las dos versiones. No es que oculten un lugar secreto, son cosas que circulan.
No, es que el editor extranjero le pidió que incluyera otros episodios. Yo me escribo mucho con él, él me lo explicó. Yo sé los defectos de Lisandro Otero, si quieres lo llamamos de oportunista, pero no es un oportunista.
Sí, pero hasta cierto punto. En los años setenta vivía muy retirado, trabajaba en una dependencia de la Academia de Ciencias haciendo guiones de documentales sobre la naturaleza, algo completamente alejado de sus intereses. Yo no llegué a conocerlo mucho. Era un señor que vivía muy solo, muy orgulloso, muy herido; creía que no le habían dado lo que él merecía a nivel de rol social; también era muy inteligente. Cuando yo lo conocí le interesaba muchísimo, o por lo menos anunciaba que quería escribir sobre la semiótica de la oratoria de Fidel Castro, cómo Fidel organizaba sus discursos. Creo que no lo hizo jamás. Y también se ocupaba mucho del lenguaje publicitario.
Exacto. Él estaba muy herido, muy solo; le tenía un gran desprecio al medio intelectual, veía a muy poca gente y se fue con esa gran antología, Los dispositivos en la flor, que es muy interesante, pues ahí vienen discursos del Che y de Fidel como piezas antológicas en el desarrollo de la Revolución. Pero luego se perdió. Impartió clases en algunas universidades. Está casado bien con una judía cubano-norteamericana que fue su primera novia en La Habana.
Tengo la sospecha de que Depestre le vira la espalda a Cuba cuando ya el discurso caribeño ha cobrado importancia. A veces se ofenden unos con otros, quién sabe... no le dieron casa, no lo invitaron a participar de un jurado...
Tienes que recordar que Casa ha sido un motor indispensable para abrir todos esos caminos nuevos. En la época que tú piensa se trata de la novela testimonio. Yo esto lo he estudiado mucho, pues en realidad nace de Ernesto Che Guevara, que en el prólogo a los Pasajes de la guerra revolucionaria dice que quien ha participado tiene el deber de narrar como sea, con los medios que puede, que lo único que tiene que mantener firme es la verdad de lo que él ha visto, y ahí nace el testimonio. Por ejemplo, ¿cómo se podría decir que Biografía de un cimarrón es un trabajo ideológico? Este libro es algo realmente nuevo en el mundo, porque es un trabajo de testimonio recoger esto, retrabajado con una pluma muy ágil, con una gracia y con una simpatía del autor hacia su informante. Además, Miguel Barnet lo dice, no todo fue Esteban Montejo, o sea, las informaciones vienen de una base mucho más amplia, pero haber conocido a este hombre fue clave, porque lo había visto todo. Esos ojos para notar la existencia de Esteban Montejo sólo podían ser ojos que venían de una revolución que había abierto puertas, sino ¿a quién le habría interesado jamás un negro que estaba muriéndose en un asilo de ancianos?
¿La cuestión es forma y contenido? No son cosas tan separadas, y también hay momentos en que el contenido es preponderante, tiene una gran fuerza. Tomás Gutiérrez Alea dice en Teoría del espectador que para ellos en aquellos años era muy fácil, bastaba salir a la calle con una cámara, y yo creo que tiene razón. Te lo digo porque en Italia ha pasado así en la guerra de liberación, y en la posguerra nuestra, cuando la gente tenía que liberarse del fascismo, tenía que botar a los nazistas que estaban ocupando el país. La gente allí reaccionó. Por ejemplo, Italo Calvino escribe un bellísimo libro de cuentos de la resistencia italiana, que son un poco como el de Norberto Fuentes, y dice: yo no inventé nada, todo lo que cuento lo contaban los compañeros. Luego también Italo Calvino cambió de idea; pasadas las décadas le interesaba ya otra cosa, el formalismo de Si una noche de invierno un viajante. Es el mismo señor que cambia en el curso de su vida, y nadie lo ha estado instando, no hubo Stalin ni Fidel Castro que lo obligara.
Sí, y volvió también, se casó en Cuba una segunda vez. Pero al final a Calvino no le interesaba nada, ni de América Latina.
Declaraciones no sé, pero sí le debemos muchas traducciones. Por ejemplo, Cimarrón, Condenados de Condado. Él fue un animador de la literatura cubana. En los sesenta se traducía rápidamente al italiano lo que llegaba de Cuba.
Feltrinelli era una presencia fundamental, pero era una presencia muy ideológica.
Porque Feltrinelli en Cuba aprende que hay una posibilidad de desestabilizar con una guerra de guerrillas. Se equivoca enormemente, piensa que en Italia tiene la misma situación de la Cuba de Batista y no es así. Entonces entra en clandestinidad. Es una historia absurda, un hombre de una inteligencia increíble, y muere o lo matan cuando tiene explosivos para sabotear un poste de luz. ¡Un millonario! El hijo escribió un libro de memorias muy bello, que se llama Señor Service, donde hay un capítulo naturalmente sobre Cuba. Con Valerio Riva consigue que Fidel le prometa que le va a dar una biografía suya que nunca se hizo porque sucedieron todas estas cosas, pero Feltrinelli y Einaudi publicaron muchísimo sobre Cuba.
Los años sesenta en Cuba fueron los años del caos, de la confusión, cabía todo. Los setenta fueron los años de la institucionalización, pero tampoco fueron tan negros, por lo menos visto desde determinada perspectiva.
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de la Hoz
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