Otro lunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Diciembre 2007. Antilde;o uno. Número tres

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Datos de la revista, mayo 2007, año 1, número 01
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Los desafíos a la identidad, según Huntington

Roberto González Echevarría
Ensayo

Página 1

En la mejor tradición universitaria americana que él celebra, Huntington ha escrito un libro a contrapelo de la ideología dominante en las universidades mismas, algo que en otras disciplinas habían hecho en el pasado bastante reciente Alan Bloom y Harold Bloom (sin relación familiar). Huntington escribe contra el antiamericanismo reinante desde los años sesenta en las universidades de los Estados Unidos. Éste, según él, ha sido acompañado, ya sea como resultado colateral o como origen, por el surgimiento de las diversas versiones del multiculturalismo. Este movimiento ideológico ha querido apoyarse en círculos académicos parcialmente en las crecientes olas migratorias, sobre todo de hispanos, que amenazan con convertir a los Estados Unidos en un país anglohispano, con grandes sectores de su población no necesitados o renuentes a asimilarse a la cultura dominante, ni siquiera a aprender el inglés Esa declinante cultura hegemónica, el meollo ideológico-cultural de los Estados Unidos según Huntington, es de origen anglo-protestante, y es responsable del espléndido desarrollo social, político y económico del país –es el American Way of Life, hecho posible por el puritanismo, lo cual quiere decir el amor al trabajo, el individualismo que abjura de todo poder centralizador (inicialmente el de Roma en términos religiosos), inclusive del estado, cuyos derechos sobre el ciudadano son celosamente mantenidos a raya por un sistema jurídico que garantiza la libertad e independencia de cada persona. Es ese sistema de vida el que, dice Huntington, ha servido de imán a los inmigrantes que han llegado a Estados Unidos, hasta fines del siglo XX, con el anhelo de hacerse unos con él para aprovecharse de sus beneficios, siendo uno de los principales la posibilidad de ascenso en la escala económico-social, en contraste con la rígida estratificación clasista de los países de origen de esos nuevos ciudadanos, sobre todo los que arribaron al país durante el siglo XIX y la primera mitad del XX.

Es irónico que el libro de Huntington, desde su título mismo, nos resulte familiar (¿Quiénes somos? Los desafíos a la identidad nacional estadounidense). Libros y ensayos sobre la identidad española, hispanoamericana o de alguno de los países de lengua española, proliferan. En España abundan los escritos que se preguntan quiénes son los españoles desde los ensayos de Larra, pasando por el Idearium español de Ángel Ganivet y toda la Generación del ’98 —Azorín, Unamuno, Maeztu— hasta la novelística de la post-guerra, en especial la de Juan Goytisolo. En Hispanoamérica podemos empezar una lista similar con las odas de Bello, la “Carta de Jamaica” de Bolívar, siguiendo con el Facundo de Sarmiento, “Nuestra América” de Martí, Ariel de Rodó, y luego libros como La raza cósmica, de José Vasconcelos, Perfil del hombre y la cultura en México, de Samuel Ramos, El laberinto de la soledad de Octavio Paz, y así sucesivamente. No ha habido una tradición semejante en las letras de Estados Unidos. El mejor libro sobre el carácter de esa nación sigue siendo el del francés Alexis de Tocqueville, De la democracia en América (1835-40). Es como si Estados Unidos se sintiese tan seguro de sí mismo como nación que no provocara indagaciones de ese tipo, o, más probablemente, que el desarrollo de las ciencias sociales ha sido tal en el país que el ensayismo del tipo hispánico sobre el tema no podría competir con discursos avalados por métodos y pruebas de tipo más sistemático.

Porque el parecido de ¿Quiénes somos? con las obras en lengua española mencionadas termina en la pregunta misma. El libro de Huntington está escrito en la retórica ramplona de las ciencias sociales, con gráficos, encuestas, cifras, y otros elementos típicos de esas disciplinas. No hay, como en el Ariel de Rodó, libro que es una especie de opuesto correlativo de ¿Quiénes somos?, la aspiración, platónica en su origen de emparejar belleza y verdad. No hay magisterio fundado en una voz de autoridad, sino la pretensión de que la verdad emerge del método y los materiales aducidos por la investigación y la ciencia. Lo que sí hay en todos los libros mencionados, inclusive el de Huntington, es la sensación de crisis, de que surgen motivados por algún cataclismo que amenaza la nación. Esto es lo que aparea ¿Quiénes somos? y el Ariel de Rodó, amén de todos los ensayos escritos por los miembros de la Generación del 98. Para Huntington ese cataclismo fue el 11 de septiembre, para Rodó y para los españoles la Guerra Hispanoamericana. Con Rodó Huntington comparte además el ansia provocada por el cambio de siglo: Rodó publica su famoso ensayo justo en el 1900, Huntington su libro este mismo año del 2004.

¿Quiénes somos? es un libro que manifiesta un sentido de alarma no por lo que su autor ve como la disgregación racial, en términos estrictamente biológicos (como se apresura a aclarar desde el principio), de su país, sino como la erosión del núcleo cultural e ideológico anglo-protestante que él considera el fundamento de los Estados Unidos —lo que él llama el Credo Americano. No sólo el origen de la nación sino aquello que le ha seguido dando cohesión y poder a lo largo de toda su historia. En un momento como el actual, cuanto los Estados Unidos han quedado como la única superpotencia en el mundo, papel hegemónico que muchos resienten, no sorprende que ¿Quiénes somos? se haya convertido en seguida en una obra polémica, y un best-seller no sólo en el original, sino también es español. A todo el mundo le interesa saber quiénes creen, o creemos, que son o somos los ciudadanos de Estados Unidos. En este sentido ¿Quiénes somos? es un libro oportuno que abre un debate en vez de inspirar el coro de voces afines que se escucha con demasiada frecuencia en las universidades, donde el antiamericanismo es en efecto componente indiscutible de la jerga diaria, de la cháchara cotidiana, de las poses que afectan colegas extranjeros y norteamericanos —parte de lo no analizable pero imprescindible, como la indumentaria de estudiada informalidad y desaliño que muchos hacen gala. En el sub-ghetto hispanoamericanista la conciencia de culpa de estar, después de todo, en Estados Unidos, devengando jugosos salarios y gozando de privilegios inimaginables en nuestros países de origen, agudiza la urgencia de proclamar (siempre que no ponga en peligro esos beneficios) nuestro desprecio por los Estados Unidos, no sólo su política, sino también su cultura. El libro de Huntington no va a convencer a muchos de nosotros, y nos va a irritar por sus prejuicios, pero tal vez nos haga pensar y asumir nuestra condición de ciudadanos o residentes de este país de forma más premeditada y a tono con las condiciones materiales de nuestra existencia —como dirían los marxistas.

Algunas de las quejas de Huntington sobre la educación en Estados Unidos son a mi juicio certeras. Por ejemplo, es cierto que la enseñanza de la historia de Estados Unidos y en general de Occidente se ha descuidado a favor del estudio de historias más locales o étnicas, que la historia como mito nacional inculcado a niños y jóvenes para que sientan orgullo de su país y sepan cuáles son sus virtudes ha decaído. Las fiestas nacionales son cada vez más hueras en los Estados Unidos, donde la mayoría de la población desconoce los inmensos logros de esta nación, sobre todo en lo que respecta a las libertades individuales. Esto se refleja en la actitud de colegas que, como yo grandes amantes y admiradores de Francia, nunca piensan en el mar de cruces que se extiende silente junto a las playas de Normandía; las tumbas de los miles de americanos que dieron sus vidas luchando contra el fascismo, y que a no ser por sus sacrificios en las dos guerras mundiales del siglo XX, se hablaría hoy alemán en los hermosos bulevares de París. También es cierto, a mi ver, el abandono del estudio de la civilización occidental, y con ella la lectura imprescindible de clásicos desde la Biblia y los griegos hasta Rousseau, Hegel, Marx y Nietzsche en filosofía y religión, para no hablar de Dante, Shakespeare y Cervantes en literatura. En Yale, cuando ofrezco un seminario graduado sobre Cervantes, algunos de los alumnos leen el Quijote por primera vez en sus vidas. ¡Al nivel graduado y en Yale! Sin ese lastre cultural, sea cual fuere la orientación crítica que luego profesen, esos futuros colegas se van a dejar deslumbrar por obras de poco peso de entre las muchas efímeras que conforman el confuso presente de toda literatura. Se está perdiendo la memoria cultural y con ella la capacidad de juicio crítico.

A pesar de todo lo anterior, no es menos cierto que el libro de Huntington es altamente irritante, por no decir insultante, para los hispanos en los Estados Unidos, y que, si bien algunas de sus premisas son válidas, sus conclusiones son erróneas y peligrosas en términos políticos —aunque, afortunadamente y contra todos los sueños e ilusiones de algunos de mis colegas, los académicos no tenemos ninguna influencia política, a no ser que nos llamemos Henry Kissinger (otro profesor de Harvard). La debilidad de los argumentos de Huntington es, en su base, filosófica, pero en su estrato más profundo psicológica —quiero decir patológica. Aunque él advierte que está consciente de que las naciones, como todo, evolucionan con el pasar del tiempo, que son entidades históricas cuya esencia es transitoria, escribe como si la de los Estados Unidos no lo fuera, o que si lo es, hay que hacer todo lo posible porque no lo sea. Esto último es lo que hace de su argumentación algo no sólo errado sino peligroso —es el camino al fascismo. A esto se suma el aura religiosa de su postura, que él reconoce y alaba como componente fundamental del no por casualidad llamado Credo Americano. Y más aún cuando le sumamos la dosis de miedo que motiva a Huntington. Los hispanos, sobre todo los mexicanos, proliferamos porque somos más fértiles, en parte debido a nuestro catolicismo, otra de sus obsesiones, pero también porque, como no somos puritanos, no practicamos la abstinencia sexual. Pienso que este es el substrato irracional del libro de Huntington: el terror a nuestra sexualidad, que nos hace multiplicarnos como curieles e invadir el territorio de su país con ciudadanos de nacimiento que gozan de todos los privilegios de los demás sin agradecerlos. (El curiel es una especie de conejito cubano). Se trata de una pesadilla sexual parecida a la que motivaba —y motivaba a muchos, sobre todo en el Sur de Estados Unidos— a ver a los negros como seres de sexualidad excesiva, que constituían un peligro para las mujeres blancas. Recordemos A Light in August, de Faulkner y To Kill a Mokingbird, de Harper Lee. Con lo sexual entra en juego la culpa, y con la culpa el castigo, la necesidad de forzar a los que no respetan el Credo Americano a largarse, o a re-educarse, como se hace en Cuba con los disidentes, y como han hecho todos los regímenes totalitarios.

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