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Pero al menos sería conveniente que discutamos juntos los puntos de vista, los pesos y medidas que aplicamos a esa especie singular ‑anfibia y ambidiestra, voladora y excavadora, fecundante y estabilizadora, dinamizante y cuestionadora, seria y divertida, culta y popular, realista y soñadora‑ que es la literatura infantil. En otras regiones del mundo esta reflexión y decantación la realizó el tiempo, pero nosotros no tenemos derecho a seguir postergando una primera ‑y por supuesto discutible‑ clarificación del género y selección de paradigmas. A tales prisas nos obligan la globalización de los productos culturales y la crisis inminente de la letra impresa.
Quizás convendría que un equipo interdisciplinario y multinacional, representativo de todo el continente, trabajara en una Historia de la Literatura Infantil Iberoamericana, de sus orígenes hasta hoy, la cual pudiera servir de referencia común. Imagino que para que no nos caiga encima un patrón normativo, deberían ser dos o tres estas historias, cada una con su equipo interdisciplinario y multinacional trabajando separada, aunque coordinadamente. Y algo similar convendría realizar en los terrenos de la teoría y la crítica a fin de sintetizar ‑al menos metodológicamente el «patrimonio genético» de la literatura infantil iberoamericana. Semejante clarificación de una producción vasta y dispersa es imprescindible si queremos alcanzar vigor y brillo dentro y fuera de nuestras fronteras.
Nada sería más fecundo, pues es mucho lo que la literatura infantil iberoamericana tiene para legar al mundo: la sensualidad de su lenguaje, símbolos e imágenes, esa ingenua frescura que le viene de la proximidad del folklore (todavía vivo y visitable), un formidable caudal imaginativo irrigado por inagotables reservas de personajes, asuntos y ambientes (realistas, históricos o imaginarios), y aquella sorprendente flexibilidad y capacidad de combinación que le aportan su carácter mestizo y la promiscuidad de un contexto donde se mezclan feudalismo y modernidad, oropel y miseria, tecnología de punta y selvas vírgenes, prehistoria y juventud.
Y sin embargo, no se mueve
Cada vez que leo un buen libro infantil iberoamericano trato de imaginar su publicación en España o en Francia. Muy a menudo, sin embargo, he debido rendirme ante cierta desmesura del discurso en relación con la historia contada, o me he percatado de que la organización y extensión del texto no encaja dentro de los parámetros del cuento ilustrado o la novela tal como se los suele publicar hoy en Europa Occidental, o percibo un tejido de sobreentendidos y/o una perspectiva difíciles de asumir por un niño ‑e incluso por un adulto‑ europeo.
La actividad editorial moderna ‑y eso lo saben los propios editores iberoamericanos‑ la ritman menos las consideraciones de representatividad cultural que los imperativos del mercado. Y digo esto último sin simplificaciones reductoras: de la misma manera que un editor colombiano no decide publicar una novela dominicana, guatemalteca o argentina, sino una buena novela, un editor europeo no despreciará un buen libro de nuestro continente en favor de un mal libro del suyo... Aunque la definición de lo que es un buen o un mal libro ya supone un problema de concepción estética y comunicativa que pasa difícilmente las fronteras (y no solo las geográficas).
Dejo a un lado el nunca resuelto tema de la relatividad de todo juicio sobre la calidad de los libros, para comentar brevemente que la geopolítica no es criterio que garantice ni calidad ni equilibrio en la selección de obras literarias.
En Cuba, por imperativos ideológicos, se ha aplicado la razón geopolítica (¿geoliteraria?) en la composición de los catálogos. Sin dudas, gracias a ello las editoriales Arte y Literatura y Gente Nueva tienen el privilegio de contar con la única traducción al español de un autor rumano, beninés o mongol; pero esos libros, frecuentemente prescindibles, ocuparon el lugar de títulos excelentes que tuvieron la desgracia de ser escritos en países de hegemonía editorial como Estados Unidos, Suecia o Francia. El dudoso regalo que se le haría al autor primermundista con la eventual edición cubana privó al nada mimado lector de la isla de la ocasión de enriquecerse con una lectura quizás esencial.
Pero cerremos el paréntesis y volvamos al grano:
Una editorial es una empresa que presta sus servicios a un usuario. Ese usuario, en el caso de la literatura infantil, es doble; antes que el niño mismo aparecen los intermediarios tales como maestros, bibliotecarios y críticos o periodistas que, directamente en la escuela y la biblioteca, o a través de los diversos mecanismos de selección y recomendación de libros, prescriben a los chicos, y a sus adultos (padres, abuelos…) los libros que consideran más apropiados para ellos (valorando fundamentalmente temas y adecuación para las diferentes edades, y olvidando a menudo la forma literaria y el enriquecimiento estético).
Todo editor aspira a poseer el catálogo más completo y mejor adaptado a su público. Para ello trata de conocer bien la demanda y las expectativas de los lectores, y comprueba lo acertado de su elección en los informes de venta (más frecuentemente, ay, que en las páginas de una crítica sólida, abundante e independiente que –por otra parte- tampoco abunda).
El editor intenta procurarse los libros que ambiciona al menor costo posible y esto significa que preferirá un libro nacional o procedente de un país con claves socio‑culturales semejantes, cuyo éxito es previsible, a uno que habrá de traducir o adaptar («editar» dicen púdicamente), con la inversión adicional que esto implica y sin poder aprovechar el atractivo que ejerce la presencia del autor en colegios, ferias y medios de comunicación, y el prestigio que tienen, entre progenitores y enseñantes, los autores consagrados.
Por otra parte, tanto las familias como la escuela aspiran a que los libros contribuyan a la instrucción y a la estabilidad de la sociedad que ambas integran mediante la formación de valores y referencias convergentes. Y los propios chicos, en grado que oscila según su edad y madurez intelectual, preferirán los universos y formas de contar e interpretar conocidos ‑y amplificados por los medios masivos de comunicación‑ a los contenidos, formas, referencias y puntos de vista lejanos.
Del panorama editorial europeo-norteamericano, lo que mejor conozco fuera de España (que por razones históricas y lingüísticas tiene una relación particular con nuestro continente) es Francia. Su caso puede servir de ejemplo: Iberoamérica está allí representada por recopilaciones de relatos folclóricos, algún clásico en edición más bien reservada a especialistas y, sobre todo, por títulos que tienen por tema a nuestro continente, escritos por autores locales o por compatriotas nuestros establecidos en el país editor. Ambos tipos de autor escriben y nos describen de una manera que compensa el desasosiego generado en el lector por su falta de experiencias directas sobre las cuales asentar las imágenes literarias referidas a nuestras gentes, paisajes, costumbres e imaginario. Así, la diferencia, que significa el mayor atractivo para el lector consolidado (porcentaje elevado de los adultos que leen), suele revelarse un obstáculo para el lector inmaduro (que es mayoritario entre niños y adolescentes).
Por eso, si las editoriales occidentales para adultos se disputan los García Márquez, Borges, Vargas Llosa, Cabrera Infante, Allende o Sepúlveda, la mejor informada de las editoriales infantiles está lejos de conocer siquiera los seis nombres más consensuales de la literatura infantil iberoamericana... a excepción quizás (QUIZAS, insisto) de Lygia Bojunga Nunes, gracias al premio Andersen que la convirtió en la excepción que confirma la regla. Una excepción que el llamado Nobel de la Literatura Infantil acaba de «conjugar» en plural al recaer sobre Ana María Machado; autora que tiene una universalidad asentada en muy explícitos sabores nacionales, con lo que el reto está servido.
Por supuesto que la calidad literaria de cualquier libro de A. M. Machado, Graciela Montes, Hilda Perera o Gloria Cecilia Díaz supera holgadamente la de los libros “sobre” Brasil, Argentina, Cuba o Colombia publicados recientemente (en Francia, por seguir con el ejemplo que tengo más cercano).
Pero en materia de libros infantiles, la calidad literaria no es el único criterio de valoración. Por mucho que nos cueste reconocerlo, antes se aprecia la transmisión de mensajes que la originalidad y belleza de las tramas y las formas. Es lo que podríamos llamar «utilidad literaria», un valor, por cierto, mucho más sensible a los deberes locales que a la libertad de lo universal.
Personalmente considero que la buena literatura es aquella caracterizada por la polisemia, por el desarrollo del plano connotativo, por la inventividad en las formas, la complejidad de los personajes, la trascendencia de los temas y el poder irradiante y no unidireccional del mensaje.
Los buenos editores europeos también desean libros de alto nivel literario... siempre y cuando sus lectores puedan captar una dosis elevada de esa calidad. El problema es que no todo buen libro infantil es exportable.
Cada realidad tiene sus especificidades y claves que el texto y las ilustraciones abordan y expresan de manera diversa. La complicidad entre autor y lector se construye a menudo con sutilezas que, siendo uno de los rasgos más entrañables de la buena literatura, pueden limitar su alcance cuando determinan la significación de la obra; máxime entre lectores exóticos y jóvenes, cuya inexperiencia vital y literaria les regatea los instrumentos y habilidades necesarios para decodificar y extraer las esencias universales que todo valor local encierra.
Esto es válido para cualquier espacio cultural: tan exótico es Japón para un niño norteamericano, como Alabama para un chico de Okinawa, tan mutuamente incomprensible y sorprendente resulta la vida de una niña lapona como la de una chiquilla del delta del Orinoco. Pero lo cierto es que los chicos del «Tercer Mundo» están acostumbrados a recibir como universales los modos de vida de los centros de poder económico y acaban siendo más aptos para digerir otras realidades.
Cuando Tony Read afirma que: “El dominio cultural de Occidente hace que sea más fácil exportar los libros situados en el contexto cultural occidental, o en una cultura «neutra» reconocida internacionalmente, que las obras basadas en la cultura de un país o de un grupo de países”2, no habla solo de facilidad mercantil, sino de que las claves de la civilización occidental son mucho más conocidas y comprensibles.
La literatura infantil iberoamericana no es una entidad única y habría que hablar en rigor de literaturas iberoamericanas. La inexistencia de un mercado común del libro, la escasez de relaciones institucionales y de ósmosis entre nuestras respectivas realidades hace que nuestros libros sean a menudo marcadamente locales. Esto no es un defecto en sí, pues el niño necesita «jugar» con su realidad, confirmar en los libros las certitudes y relaciones adquiridas en el contacto con sus familiares, amigos y vecinos, validar a través del prestigioso discurso literario los rasgos de idiosincrasia de su pueblo, de su región, de su etnia, de su nación... Y esto es tan válido para cualquiera de las comunidades culturales y políticas en que se desmenuza Europa como para países, grandes o minúsculos, homogéneos o heterogéneos, de América, Asia, Africa u Oceanía.
Las sociedades iberoamericanas son jóvenes, se encuentran todavía en proceso de formación y carecen de mecanismos eficaces y suficientes de expresión, comunicación y acción social. Esto hace a la literatura infantil prisionera de debates (que, en otros países, se abordan con menos frecuencia o intensidad en las páginas para niños, o que están claramente acantonados en libros ‑de ficción, documentales o mixtos) que responden a demandas sociales específicas.
Sin embargo
La literatura infantil occidental, con la repetición de esquemas excesivamente comercializados, el continuo reciclaje de sus fuentes míticas y legendarias, y el replanteo anecdótico o testimonial de sus problemáticas contemporáneas está dando muestras de agotamiento (aunque sus talentos más potentes y originales siempre se revelan capaces de brillar entre las brumas septentrionales).
Iberoamérica ‑como Asia, Africa y Oceanía‑ tiene una inmensa reserva de mitos y tradiciones, de problemas sociales apenas abordados, de paisajes narrativamente vírgenes y de formas de decir inexploradas o inexplotadas que pueden y deben renovar la literatura universal. En la medida en que nuestros chicos tengan mayor acceso al libro y que cada nación intercambie sus hallazgos, nuestra industria editorial se fortalecerá y nuestra literatura, circulando y acumulando experiencias al otro lado de sus fronteras inmediatas, decantará sus méritos y limará sus defectos.
Pero parte de la literatura infantil iberoamericana que hoy circula, la misma, a veces, que denunció en su momento los autoritarismos políticos, practica una forma de autoritarismo intelectual con los lectores. Hay una voz detentora del saber que se permite demasiado visiblemente explicitar sus concepciones. Una especie de deus ex página que detiene el desarrollo de la historia y la dinámica de sus personajes para expresar, con voz de autor y no de narrador, las conclusiones a extraer.
Es lo que algunos editores europeos, cuando me devuelven un libro iberoamericano que, sin embargo, les ha interesado, llaman ‑faltos de una denominación mejor‑ «didactismo».
Por el contrario, un rasgo que considero como uno de los mayores méritos de la literatura infantil iberoamericana: el protagonismo que alcanza el lenguaje, es algo que se echa mucho de menos en la literatura europea y norteamericana. Solo que, precisamente, más de un editor español me ha rechazado un original por causa de nuestro lenguaje «excesivamente rico».
Respecto al primer problema hemos de reconocer que los autores iberoamericanos saldamos demasiadas cuentas ‑personales, clasistas, gremiales‑ en nuestras obras y que no escuchamos suficientemente a nuestros lectores, pensando más en destinatarios que en receptores. En cuanto a la segunda cuestión hemos de admitir que, en nuestro sótano laborioso, los escritores consagrados a la infancia y la adolescencia acabamos por reaccionar al menosprecio con que nos miran desde la «planta alta» (que ocupan los escritores para adultos solo por derecho de antigüedad) con una cierta hipertrofia del plano lexical, metafórico y simbólico o estructural. Si esto no ha dejado de enriquecer estéticamente nuestra propuesta, también nos ha conducido a abusos.
En este último caso no faltan críticos (frecuentemente venidos del mundo de la literatura para adultos) para elogiar lo «poético» de unos textos que copian de la poesía un rasgo que, en narrativa, suele ser defecto.
Afortunadamente, a mediados de los sesenta comenzó en Brasil y Argentina, para extenderse luego al resto del continente, una conquista del lenguaje coloquial que ha venido a equilibrar el mencionado desvarío de la palabra. Solo que a veces la gracia de la oralidad ‑con sus limitaciones regionales y temporales‑ asume el papel principal y acaba ahogando tramas y conflictos sin el empaque, pero con el mismo efecto negativo, que la hojarasca retórica proliferante en los libros de la otra tendencia.
Contrariamente a lo que algunos de los que me escuchan o leen pudieran comenzar a pensar, no pretendo traer de Europa las recetas para mejorar la literatura iberoamericana. Escamados estamos con «descubridores» y reformadores europeizantes. Pero la mirada del otro, o la mirada del propio desde el otro lado (del océano) permiten a veces verse mejor las entrañas y el peinado.