Otro lunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Septiembre 2008. Antilde;o dos. Número cuatro

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Datos de la revista, abril 2009, año 3, número 07
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Orlando González Esteva o El burro que toca la flauta

 

por Amir Valle

Página 1

La humildad es un tipo bien raro de virus que, ¡vaya bestiecilla rara y juguetona!, se lanza de cabeza contra sus víctimas dispuesta a fastidiarlos, tal vez consciente de que no aparecerá muy rápidamente el antídoto que la elimine. Contraer ese virus, en la inmensa mayoría de los afectados, es andar por la vida irradiando una belleza también rara, seductora, subyugante. Quizás a eso se deba su rareza: el mundo no está preparado para que todos vayamos por ahí, como ángeles bellos, cargados de luz.

Pero cuando ese virus se cuela en el cuerpo de un amigo; y cuando ese amigo es, además, alguien que destaca, por ejemplo, por la calidad de sus creaciones literarias; y cuando, encima de todo eso, nos toca hablar de ese amigo, de esa obra prestigiosa, entonces nos sorprendemos asaltados por la sensación de que el virus se ha vuelto corrosivo, peligroso, una verdadera enfermedad que, suele ser un síntoma, convierte al enfermo, antes luminoso y hasta libertino, en un ser temeroso, cargado de dudas.

Esa sensación vino a mí, una y otra vez, mientras leía los mensajes que nos cruzamos Orlando González Esteva y yo, desde aquel día de fines de febrero en el que le hice saber el interés de la revista Otrolunes en dedicarle a su obra literaria el dossier que, en cada número, hacemos sobre un autor que ya haya dejado una marca visible, de imprescindible referencia, en las letras hispanoamericanas.

Y es que Orlando González Esteva está contagiado por una de las cepas más peligrosas de ese virus: una humildad galopante, altamente infecciosa, que lo hacía escribirme cosas como esta: “cómo es posible que yo pueda colaborar en la recopilación de una serie de lisonjas sin ser un fatuo, sin sentir vergüenza”, o como esta: “Hay algo en todo esto, es decir, en lo que a mi participación se refiere, que espanta al eterno vecino de Palma Soriano, que me sitúa en un plano del que he huido siempre:  el plano de la cultura del ego.  El ego es plúmbeo, descubaniza”.

Un virus que lo hizo hacer algo que, quienes conocemos bien su carácter, sabemos que sólo puede deberse a los efectos devastadores de una enfermedad: me amenazó. Y varias veces. “Me retiro”, “Es una vergüenza que yo colabore con este dossier”. De modo que no me quedó otro remedio que tomar una decisión drástica:

haríamos el dossier de Orlando González Esteva
pese a Orlando González Esteva
y contra Orlando González Esteva.

Y salvo las preguntas de esta entrevista, no volvimos a molestarlo más, pues sabíamos que cada pregunta que le queríamos o necesitábamos hacer, por ejemplo, sobre un trabajo escrito sobre su obra que no encontrábamos, sobre una entrevista que concedió  por los años 90, sobre los textos de cierta solapa de un libro que no encontrábamos, le daría un pellizco al virus, poniéndolo otra vez a la defensa.

En algunos momentos de ese intercambio tuve deseos de que Orlando González Esteva no fuera esa “voz única en la literatura latinoamericana” según Alberto Ruy Sánchez, ni ese “poeta que ha cubanizado el orbe” según Juan Malpartida, ni ese otro que según Octavio Paz daba “pruebas de que el idioma español todavía sabe bailar y volar”.

Quería que fuera aquel otro que pintó Reinaldo Arenas en El color del verano, en una esquina del barrio habanero de Cayo Hueso, esperando a una mujer, como todo típico cubano, moviéndose al sonido sabrosón y pegajoso de un par de maracas.  

Con aquel otro González Esteva que caricaturizó ese otro grande nuestras letras que fue Arenas, hubiera sido más sencillo (aunque tal vez menos divertido, lo confieso) hacer esta entrevista, este dossier, este pequeñísimo homenaje a ese Orlando González Esteva que, a pesar de que el virus de su humildad lo obligue a negarlo, prestigia con su obra la cultura de nuestra isla.

 

Empecemos por lo más reciente: ¿Qué edad cumple la luz esta mañana? Un libro raro, que más que antología es una saeta lanzada al centro de la que considero una verdad casi irrefutable: siempre miras la vida desde una perspectiva totalmente poética. ¿Qué criterios de selección se tuvieron en cuenta al armar este libro?

Empecemos por el final: el criterio en cuestión fue reunir en un solo volumen aquello, de lo que he escrito, que me avergüenza menos. No fue fácil. Porque nunca falta el verso, la estrofa, la frase que me irrite, que me recuerde mi torpeza para dar con una alternativa mejor, aun en aquellos textos que me inspiran más confianza. Pero se trata de versos, estrofas y frases que, desafortunadamente, aun malucos, desangelados, resultan imprescindibles a la arquitectura del texto que uno quiere salvar, y más que a la arquitectura, a su fluir... El poema demasiado enmendado, sobre todo cuando ha transcurrido un buen número de años desde que se escribió, nunca es el poema que debió ser, por mucho que uno pretenda engañarse: algo, del impulso original, nos está vedado y cualquier exceso de ajuste, lejos de acercarlo al poema que debió ser, lo desnaturaliza. Hay mujeres a quienes la cirugía estética, lejos de embellecerlas, las enrarece. 

Además, hay un momento en que uno tiene que saber aceptar sus limitaciones, la imposibilidad de que todo esté a la altura de sus deseos: de dejarme llevar por la insatisfacción acabaría publicando una antología de párrafos, estrofas y versos sueltos --posibilidad que no descarto, que a menudo acaricio--, pero aun así sé que muchos de éstos acabarían revelándoseme fallidos. Hace treinta y un años, dando palos a ciegas, tan inconforme con lo que hacía como hoy, me sorprendí anotando: escribir es no dar con la palabra. Esa certeza no me ha abandonado. Escribir es dar con el silencio, que es el único que sabe y, a veces, dice lo que hay que decir. Si a algo debe aspirar a parecerse un poema es al silencio:  los buenos poemas hablan como él, hablan desde él, y si somos merecedores de lo que dicen (o, más bien, entredicen), nos sumen en él, nos incorporan a él, difuminando los límites entre silencio, palabra, autor y lector.

La saeta... No sé si esta antología lo es, pero si lo fuera habría que averiguar de qué material está hecha. La flecha de oro que lanzaba Cupido se caracterizaba por tener una buena punta y encender las pasiones; la de plata, que también llevaba en su carcaj, tenía la punta roma y, lejos de encender las pasiones, las extinguía. Yo tiendo a pensar que, de ser saeta, esta antología sería de cobre: desde la azotea de mi casa, en Palma Soriano, se divisaban las montañas azules de la Sierra Maestra, y no fueron pocas las veces que, rumbo a Santiago de Cuba, pasé frente a las montañas de El Cobre, célebres por sus yacimientos de ese metal. Es probable que algunas vetas se extendieran hasta los cimientos de mi casa y me contagiaran algo de su naturaleza: maleable y dúctil. Además, allí, en El Cobre, está el santuario de la Virgen de la Caridad, Patrona de Cuba, y yo siempre he sospechado que la poesía linda con lo sagrado, se adentra en ello (o ello en ella).

Advierto, también, que la palabra saeta tiene varias acepciones, y que todas me atraen. Es una aguja de reloj, y si un tema atraviesa esta antología de parte a parte es la conciencia del tiempo. Ya ves que su título pregunta por una edad (impertinencia suma, por tratarse de la más bella de las damas: la luz). Saeta es también la aguja de la brújula que se vuelve, siempre, hacia el polo magnético. Mi brújula tiene dos polos: Cuba y la poesía. ¿O son una las dos? Saeta es la punta de una planta, la punta del sarmiento, lo que queda después de la poda. Antologar, ¿no es podar? Y saeta es, entre otras cosas, una copla breve y sentenciosa que para excitar a la devoción o a la penitencia se canta en las iglesias o en las calles durante ciertas solemnidades religiosas.  Sería inútil negar mi estrecha relación con la música, incluso la del silencio, que es, claro está, la que hay que emular.

Coincidir contigo en que siempre miro la vida desde una perspectiva poética sería una fatuidad, pero es un comentario que agradezco. Ojalá fuera así. Pero ¿qué es lo poético? ¡Hay tanta gente para quien lo cursi es lo poético! Sí me arriesgaría a admitir un intento y, sobre todo, una necesidad de ver en la realidad otra cosa, de ampliar la percepción de la realidad ostensible a través de aquello que se me ha concedido entender por poesía, y un intento de vivir, sencillamente, en función de esa necesidad. Huelga decir que lo que yo entiendo por poesía no es excluyente, mira a su alrededor y confirma que está lejos de rimar con todo, de complacer a todos, pero yo no escribo para complacer a nadie, yo escribo porque me gusta escribir, y sólo puedo escribir como se me permite hacerlo. Como decía Lezama: no es que yo quiera escribir así. La cosa es más sencilla: yo escribo así. Ojalá mi forma de escribir sugiriera lo que tú, tan amablemente, apuntas: una gravitación constante hacia la poesía. Pero esa gravitación, con todo lo que pueda tener de voluntaria, es involuntaria. ¿Fatal? Sí, por lo inevitable. Tan inevitable como una vocación. Será ceniza, mas tendrá sentido; / polvo será, mas polvo enamorado. Sea como sea, gracias.

 

Juan Malpartida asegura que has “tomado el mundo cubano como crisol de analogías”. ¿Hasta qué punto Cuba y sus circunstancias históricas o presentes vibran en el poeta que eres pero que dejó la isla a los 12 años?

Juan, mi amigo muy querido, ha visto lo que otros no han visto, lo que ni siquiera yo veía bien hasta que él lo dijo de manera tan exacta. Empecé a escribir como una forma de repatriarme, de reconstruir el mundo de mi infancia, ese mundo que había desaparecido detrás de las alas de un avión el día que abandoné la isla;  un mundo, y acaso una etapa de mi vida, que no me resignaba a perder. La gestión no era consciente, pero muchos años después, releyendo aquellos primeros poemas, tan sentimentalones, tan ingenuos, comprendí que lo que yo había comenzado confundiendo con poemas eran inventarios; un inventario de recuerdos y uno de ilusiones. Las ilusiones reubicaban a los recuerdos en el futuro, un futuro que no llegaría: recuerdos, falsos, del porvenir. Desde entonces, de maneras muy distintas, la realidad cubana ha continuado incidiendo en mi escritura, como si sólo cubanizando el mundo, como ha señalado Juan, éste me resultara habitable.

 

Has dicho que, además de Cuba, México y Estados Unidos, específicamente los lugares donde allí has vivido, ocupan un sitio importante en el cuerpo real de ese poeta que eres hoy. ¿Qué les debes?

A Estados Unidos debo la oportunidad de haberme hecho adulto en una sociedad abierta, libre, donde he podido estar expuesto a todo lo que una persona de nuestra época, en cualquier parte del mundo, debería poder exponerse, si lo desea. Es maravilloso saber que no hay vecino delator ni autoridad que me censure o reprima, que puedo decir o escribir lo que se me antoje sin temor de ir a parar a la cárcel o ser víctima de un acto de repudio, que no hay caudillo al que deba rendirle pleitesía, que puedo abandonar el país y regresar a él cuando lo desee, que a base de esfuerzo puedo alcanzar un bienestar suficiente. Le debo la oportunidad de haber podido ganarme la vida haciendo lo que yo escogí hacer, porque todas las alternativas estaban a mi disposición, desde ser cosmonauta hasta ser mendigo. A Estados Unidos le debo una vida que, sin ser la que yo hubiera querido vivir, la que soñé vivir en mi ya remota infancia en Cuba, es una vida mucho más amable que la que hubiera podido vivir en la isla bajo el gobierno actual.   

Mi relación con México es otra cosa; es, incluso, anterior a mi relación con Estados Unidos. Mi tío Mariano, hermano menor de mi madre, estudiaba allí cuando nosotros aún vivíamos en Cuba.  Mi abuelo, su padre, conspiró contra el gobierno inconstitucional de Fulgencio Batista, al extremo de unirse a las guerrillas y de regresar al pueblo vestido de verde olivo con el grado de Teniente Médico del Ejército Rebelde. Pero regresó decepcionado, abismado más bien, e inmediatamente comenzó a conspirar contra el gobierno de Fidel Castro. Si el gobierno de Batista se le había antojado vergonzoso, el de Castro lo avizoró funesto. Acabaría en la cárcel. El temor a que cualquiera de ambos gobiernos tomara represalias contra su hijo, lo llevaron a instarlo a cursar sus estudios superiores en el extranjero. 

Mi infancia transcurrió en una perenne zozobra, dadas las actividades clandestinas de mi abuelo y la lejanía de mi tío, una lejanía que era motivo de angustia para la familia. Sus cartas desde México eran motivo de alegría para todos. Me intrigaban esas estampillas donde tan pronto aparecía un águila como una pirámide o un perfil azteca. Y los regalos que a veces nos enviaba o traía, y la música y el cine mexicanos, tan populares en Cuba, me ganaron pronto para ese país, para la idea de fábula que, aquel niño de provincia, comenzó a hacerse de él.

Luego, en 1965, a la hora de abandonar Cuba, México fue el puente a Estados Unidos. Viví allí cuatro meses, en Eugenia 115, Colonia del Valle, y me deslumbró la ciudad. Tenía 12 años.  Volvería muchas veces, a partir de los primeros años setenta, por razones de trabajo y de pura nostalgia. Los mariachis y los tríos me recordaban mi pueblo, sus cines, sus bares y cafés, donde siempre había una victrola que llenaba de música la calle; las casas de discos y las librerías eran un imán poderoso; los estanquillos abarrotados de prensa escrita en español, la multitud que hablaba mi idioma, los puestos frutas y legumbres, los organilleros, las parejas que se besaban en los parques, las viejas iglesias, el vaho maravilloso de la historia, todo me encandilaba. Quién iba a decirme, por entonces, que a partir de 1981, y gracias a un escritor mexicano, yo iba a encontrar en ese país editoriales que se interesarían en mis libros y algunos de mis grandes amigos actuales, amigos a quiénes no sabría cómo agradecerles tantas gentilezas, tanta compañía!

En México se han publicado todos mis libros, he leído versos en numerosas ocasiones, he impartido talleres de poesía, he participado en festivales, he conocido a escritores cubanos de mi edad o menores que yo a quienes hoy también considero grandes amigos: en México he sido feliz. Sin México, sin el estímulo que hallar tanto afecto en él ha significado para mí, es muy posible que yo hubiera dejado de escribir, vencido por el aislamiento, por la escasez de interlocutores, o que hubiera escrito menos.

 

Me encanta cuando dices: “Una página no es más/que un cielo cuya ranura/-abierta por la escritura-/ deja ver lo que hay detrás”, porque significa necesidad, rebeldía y conciencia del acto escritural como centro de la existencia. ¿Te atreverías a decirme qué hay detrás de esa evidente necesidad, rebeldía y conciencia de escritor?

Como escribo a partir de un impulso, como he llegado a la conclusión de que es inútil tratar de decir lo que quiero decir, que lo único sensato es propiciar que algo se diga a través de mí, ser el criado que abre la puerta cuando tocan (No duermo bien: / alguien toca a la puerta / que no se ve), apenas advierto que un libro comienza a tomar cuerpo, que un puñado de poemas o de textos en prosa indican una dirección específica, comienzo a averiguar de dónde vienen, qué dicen, accedo a la reflexión, porque es inquietante servir de muñeco a un ventrílocuo invisible. De ahí, esa reiterada necesidad de diseccionar el hecho creador. Pero no es raro que esa reflexión dé pie a un nuevo delirio, y el texto destinado, por ejemplo, a explicarme el origen de mi afición a la redondilla acabe revelándome que esa afición no está en las cualidades de la estrofa sino en la palabra escogida para nombrarla, redondilla, y en una debilidad por lo redondo, desde las gotas de agua hasta los cuerpos celestes.

La ranura... Siempre he tenido la impresión de que detrás de la hoja de papel en blanco se oculta alguien, algo, y que leer poesía es asomarse por el ojo de una cerradura: fisgonear (rascabuchar decimos en Cuba, trasladando lo que sólo es deleite visual al tacto;  el cubano ve con las yemas de los dedos y, si está de suerte, con la palma de la mano). Quien escribe inscribe, y al hacerlo abre una hendija por la que es el primero en asomarse. El lector, curioso,no hace sino imitarlo. Si el poema es bueno, es posible divisar, lejos, la grupa del caballo que pasea a Lady Godiva.

 

¿Cómo ves hoy, desde la distancia de estos 28 años, al poeta que escribió Mañas de la poesía?

"Mañas de la poesía" se publicó hace 28 años, pero se escribió hace 31. Se escribió en 1978, y de manera compulsiva, en varios sitios: en una oficina del Miami Dade College, en mi automóvil, en restaurantes y cines, dondequiera que me asaltara una estrofa. Y se escribió en cuestión de tres o cuatro semanas, menos quizás, sin saber a ciencia cierta por qué se escribía. Era la primera vez que me abandonaba, totalmente, a los deseos del lenguaje, a la voluntad de las formas tradicionales, que entonces se me revelaron, más que camisas de fuerza (como suponen algunos), mecanismos liberadores. Verlas implosionar, convertirse en cocteleras de imágenes, en criaturas que, más que decir algo, todo lo sugerían, fue una experiencia que no he olvidado y que tomó por sorpresa al joven de 25 años que, hasta entonces, había insistido en ser dueño de su discurso, en imponerle a esas formas tema y rumbo. Los que presumen de menospreciarlas ignoran que el quid no es utilizarlas sino dejarse utilizar por ellas. Que nadie se llame a engaño: sobrevivieron a sus primeros cultores y nos sobrevivirán. Son más sabias que nosotros.

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