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Hasta entonces, aquel joven había supuesto que para reconstruir a Cuba, la Cuba de su infancia, desde el exilio, tenía que ahondar en su nostalgia, o hablar de ella como oía a hablar a sus mayores. Las décimas de "Mañas de la poesía" me enseñaron que para recrear a Cuba desde el extranjero e insertarme en ella, y hasta volver a ser el niño que fui, no tenía que describirla ni que describir mis estados de ánimo sino dejar que todo, espontáneamente, se recompusiera ante mí, mezclando fragmentos de canciones, dicharachos, personajes del folclor, elementos de la flora y la fauna insulares, y, cuando la estrofa --dueña y señora de todos-- lo indicara, añadiendo recuerdos e intuiciones de orden más personal. Muchas de esas décimas revelan mi interés obsesivo en la naturaleza del acto creador, y alguna hay que, si se lee con cuidado, dice más de lo que parece decir: entredice anhelos, preocupaciones, inconformidades, tristezas: gotea melancolía, como muchos textos posteriores, esos textos donde los menos perspicaces sólo me ven sonreír.
Obligatoriamente debemos hablar de las influencias. ¿Cuáles crees son las que más te alimentaron?
Hacia 1972, 1973, 1974, leí con fervor a los poetas de la llamada Generación del 27 y a Huidobro, Vallejo, Neruda. También a los poetas del Siglo de Oro. Esas influencias están claras en un libro que esta antología prefirió obviar. Luego vendrían Borges, Paz y, de éste, un libro específico: "El arco y la lira". Antes, en bachillerato, había leído alguna poesía cubana, sobre todo del siglo XIX, pero de manera un tanto superficial: era un estudiante que no acababa de ver en la escritura un norte cierto. Me preguntaba, y aún a veces me lo pregunto, si no seré un impostor sistemático y, dada mi longevidad en la brecha, con alguna suerte. Pero aun antes de leer a esos autores me había expuesto a alguna de la poesía cubana que se escribía en el exilio.
Entre los autores cuyos versos, dichos en veladas literarias y patrióticas, conmovían a los cubanos de mi adolescencia, estaba Pura del Prado. En esos versos suyos, recitados con una emoción y una gracia admirables, yo veía aparecer, ante mí, la Cuba de mi infancia: sus colores, sus olores, sus sabores; una Cuba de provincia, una Cuba santiaguera, donde tan pronto se servía un vaso de pru como desembocaba una comparsa o estallaba una retreta. No conocía su poesía cuando escribí mis primeros poemas, pero sí me familiaricé inmediatamente después con ella, y durante dos o tres años la leí como si, leyéndola, la habitara.
Luego, la gran amistad de Félix Cruz-Álvarez, excelente poeta exiliado, hombre culto y cubano raigal, y su devoción por la mejor poesía de la isla, una devoción contagiosa, iban a abrirme los ojos a todo lo que yo, en mis pinitos, había pasado por alto, desde Zequeira hasta Orígenes. La lectura de Lo cubano en la poesía de Cintio Vitier, a pesar de las objeciones que luego sabría que pudieran hacérsele, fue el clímax de aquel primer romance con la poesía cubana.
Eso, hasta 1974, 1975. Luego, claro está, vendrían otras lecturas. Imposible enumerarlas. Miro a mi alrededor, a los estantes llenos de libros que en este momento me rodean, y descubro dos nombres tutelares: Rilke y Bachelard. Y pienso en Martí, sobre todo en su prosa: tan bien estibada, tan original y eléctrica, tan rica en lo secreto, tan llena de una poesía que más de un holgazán, ávido de reconocimiento por vía de la iconoclasia, tiene por espejismo o patrioterismo de algunos tontos como yo.
Escribir poesía, en español, en un país donde se hace y piensa la cultura en otra lengua, debe ser bastante difícil, aunque sea un proceso de retroalimentación siempre enriquecedor. ¿Qué relaciones, influencias, deudas o encontronazos ha vivido Orlando González Esteva escritor con la cultura anglosajona y su particular proyección en, llamémoslo así, “lo norteamericano”?
Escribir, punto, en un país donde se hace y piensa la cultura en un idioma distinto al de uno es un pasaporte a la soledad. Tengo muy claros en mi memoria los ejemplos de Lydia Cabrera, de Eugenio Florit, de Enrique Labrador Ruiz, de Carlos Montenegro, del propio Cruz-Álvarez y de un buen grupo de escritores cubanos que durante décadas continuaron escribiendo sin que nadie, a no ser el pequeño grupo de compatriotas exiliados que los admiraba, se ocupara de ellos. Esos escritores se arracimaban y nos arracimaban, a los más jóvenes, a ver cuántos podían y podíamos sobrevivir la extrañeza del medio y el desdén absoluto de las casas editoriales de nuestra lengua, que habían satanizado o le daban la espalda a todo lo que no proviniera directamente de la isla y no suscribiera lo que allí, a niveles oficiales, se encomiaba. No olvido a otro gran amigo, Manuel Santayana, poeta, hombre fino y culto, estricto compañero de generación y, como yo, pez fuera del agua.
Yo siempre me sentí un exiliado múltiple: además de vivir en un país cuya lengua no era mi lengua natal ni la lengua en que escribo, vivía y vivo en Miami, una ciudad llena de encanto y consuelo para el cubano exiliado pero donde la vida literaria, a nivel de suplementos culturales, presentaciones de libros, lecturas de versos, charlas, coloquios y tertulias verdaderas es poco menos que nula. A esos dos contratiempos debo añadir el de haberme decidido (es un decir) por el verso. Hay quien confiesa, con mal disimulada presunción, leer ensayos, novelas, cuentos, libros de historia, artículos periodísticos de fondo, pero ¿poesía? La poesía turba, cuando no espanta.
Y añado a esas circunstancias mi afición a las formas clásicas, descalificadas por un buen número de mis compañeros de generación y de poetas correspondientes a las generaciones anteriores y posteriores a la mía. Soy un cubano exiliado en Estados Unidos que escribe redondillas, sonetos, décimas, romances y liras en español, y que, a veces, como si tanta extravagancia inútil no le satisficiera, escribe haikus y recrea los de algunos poetas japoneses traducidos al inglés.
Mi relación literaria con la cultura norteamericana ha sido y es poco menos que inexistente. ¿Por qué? Porque para mí escribir fue siempre lo dicho: una forma de no estar aquí, íntimamente, aquí; un mentís a mi condición de exiliado. Lo que no quiere decir que no haya leído poesía norteamericana. Sí que la he leído. Pero esas lecturas, el propio trato con el idioma inglés y los beneficios que todo ello hubiera podido reportarme, palidecen, resultan poco menos que insignificantes, ante las repercusiones que ha tenido y aún tiene en mí, a todos los niveles, mi relación con la literatura en lengua española (particularmente con la poesía y el ensayo), y mi afición a escribir en español. Hay traumas de los que uno no se recupera nunca. Mi tabla de salvación, en el momento más crítico de mi vida, fue el idioma: abandonarlo aún significa ahogarme.
Isla y exilio, manipulación política y circunstancia geográfica, acá y allá como contrapuntos y puentes derrumbados: ¿Cómo te han afectado esas marcas que cargamos todos los cubanos, vivamos en la isla o en otras partes de la diáspora?
La noche suma
demasiadas ausencias.
Es, toda, Cuba.
Si escribir ha sido para mí una forma de permanecer, desde el extranjero, en Cuba, ¿hubiera escrito poesía de haber continuado en ella? Quizás. Pero entonces no hubiera sido para permanecer en Cuba sino para escapar de ella.
Pienso, de repente, en una frase de Víctor Hugo: El exilio no es una cosa material, es una cosa moral. Todos los rincones de la tierra resultan lo mismo.
Cierto poeta cubano, en uno de los tantos eventos literarios que se realizaban en Cuba a fines de la década del 80, se hizo célebre al asegurar que él no escribía haikus porque “cualquiera escribe un haiku”. ¿Qué encontraste en esa forma de escribir poesía que tanto has cultivado?
Ese poeta al que te refieres y cuyo nombre ignoro --falto de Cuba, ¡es otro decir!, desde 1965-- no merece que se le contradiga y, por supuesto, dada su extrema facilidad para el haiku, es mejor no animarlo a que lo cultive, debe de ser de los que piensan que sólo lo difícil es estimulante, y de los que tienen la locuacidad y la oscuridad por fenómenos más respetables que la brevedad y la luz.
Yo creo que el haiku es la quintaesencia de la poesía, su súmmun; que toda poesía, como bien ha señalado alguien, aspira a ser lo que un buen haiku es; que nuestra poesía, aun la mejor, resulta algo gárrula cuando se la compara con los mejores haikus. Y creo algo más, creo que, a diferencia de las formas que identifican la poesía occidental, y no excluyo el verso libre, el cultivo del haiku puede acabar transformando una vida, puede acabar haciendo de un hombre otro hombre. Ese poder no lo tienen nuestras formas, ni las más abiertas ni las más cerradas, si es que éstas últimas existen: yo siempre he pensado que los poemas no se abren hacia ambos lados de la página sino hacia dentro, y que los hay, mínimos, métricos y aconsonantados, tan insondables o abiertos como agujeros negros.
No creo en la poesía sin epifanía, y el haiku es, en su forma más alta, epifanía pura. Si la poesía no abre una ventana a una dimensión inédita de la realidad donde lo interior y lo exterior comulgan y se iluminan mutuamente, ampliando nuestra conciencia del ser, del ser en el mundo, la poesía fracasa. La maravilla del haiku es que, luego de una etapa de absoluta inmersión en la estrofa, esa ampliación no se da como resultado de una búsqueda deliberada sino por gracia de la sabiduría, de fondo y forma, que entraña la propia estrofa, no el que escribe.
Es bastante común escuchar a algún lector decir: “yo vi lo que estaba leyendo”, cosa que no es nada común escuchar en un lector de poesía donde, tal vez, sentir es más fuerte que ver. Sin embargo, en tus poemas, incluso en aquellos escritos en estructuras casi drásticamente clásicas, tradicionales, hay un trabajo con la visualidad de la frase poética como recurso. ¿Es importante para ti esa visualidad? ¿En qué sentido?
Soy todos ojos. Aunque en el fondo pervive --metiendo el hocico, los dientes, las uñas, las orejas, debajo de la hoja de papel como debajo de una sábana-- el lobo de Caperucita. A veces saca la pata.
En uno de tus poemas dices que escribes “Para arriesgarme a vivir”. Luego de tantos años armando tus propios universos, rebelándote contra ese silencio al que tanto tememos los humanos, aportando tanto a una cultura tan rica como la cubana, viviendo, ¿has dicho todo lo que querías? ¿Dejarás de escribir alguna vez?
¿Qué quiero decir con eso de que escribo para arriesgarme a vivir? Tiendo a apostar por la poesía que se escribe para tener acceso a lo que, de otra forma, no se tendría acceso. Me seduce la posibilidad de que la poesía funcione como una suerte de "magia simpática" u ofrezca un ámbito donde lo inaccesible se torne accesible, donde lo desconocido deje --o simule dejar-- de serlo. La poesía como un espacio donde deseo y realidad se confunden, donde la fuente de la vida, aún virgen, mana sin solución de continuidad.
No sé si he dicho todo lo que quería decir, porque nunca digo lo que quiero; cuando trato de decir lo que quiero decir me atasco, no digo nada. Yo sólo digo lo que en algunos momentos se me dice, y nada, curiosamente, me atrae tanto como eso, como sorprenderme convertido en ouija, es decir, en instrumento de una disposición para expresarme que luego me abandona. Las palabras, los ritmos, la rima, los recuerdos, la imaginación, las preocupaciones comunes a todos, conforman un mecanismo que, de pronto, se dispara y comienza improvisar versos o frases donde hozo y donde a veces, como el burro de la fábula, toco la flauta. Que deje o no de escribir dependerá, pues, no del burro sino de quien o quienes se divierten con él.