Otro lunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Septiembre 2008. Antilde;o dos. Número cuatro

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Datos de la revista, abril 2009, año 3, número 07
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Suena la clave para seguirle el paso a Orlando González Esteva

 

Alberto Ruy Sánchez

Página 2

En los poemas de su libro El pájaro tras la flecha hay una tensión y un viaje hacia ese espacio isleño utópico. Algunas veces está formulado en clave y otras es más evidente. Un poema se titula significativamente “Las palabras son islas”, y en él dice: “No escribimos, zarpamos por la página abierta”. En otro, sobre la creación, afirma:

“Válgame la memoria de haber sido
algo más, algo menos ya perdido
en el ir y venir de las esferas.”

El mismo libro concluye con un poema igualmente nostálgico de una región utópica. Es el poema que indirectamente da nombre al libro. En él afirma que ese acto poético, esa imagen central del pájaro tras la flecha, esconde un anhelo del pájaro de ir hacia su país, donde todo era otra cosa, incluso el pájaro:

“A qué árbol se dirige
el pájaro cuando cruza
una flecha el aire y cambia,
fiel a la cita su ruta?
Al árbol de su país,
allá solo, en la penumbra
de una región donde antes
de ser pájaro fue música”

El pájaro tras la flecha incluye al final un glosario de cubanismos, reconocimiento de la extrañeza y particularidad de ciertas palabras cubanas. Esos términos se convierten en fetiches de su poesía. En elementos que habitan su paraíso. La mayoría lleva tatuado en  sus letras el clima de la isla, el sabor, la gracia, la alegría. Son clave de reconocimiento, llave del jardín insular de las delicias: rinquincalla, tarraya, tojosa, zambilón, baracutey, jicotea, guasasa, etc., retumban en la boca y en los oídos con su carácter de percusión primigenia.  Otra naturaleza habita en ellas, la del paraíso. Al mismo orden pertenecen animales, flores, frutas, expresiones populares y palabras que a nosotros nos suenan muy antiguas. Se convierten en condimento escrito, en la marca de Cuba en la poesía. Su ensayo Mi vida con los delfines concluye proponiendo que el futuro es la poesía, y acariciando la posibilidad de que el futuro de Cuba esté cifrado en su poesía más risueña.

Visto así, su libro de poemas Escrito para borrar es, como los anteriores, construcción de Cuba. Todo verso en la forma poética de la redondilla es como un delfín, según el autor. Para explicar esta idea escribió una especie de poética a cuatro saltos que comenzó siendo nota a ese libro de poemas pero se independizó como una reflexión aguda y juguetona sobre la poesía. Reflexión en trastienda sobre la poesía como recuperación del paraíso, de Cuba.  Por eso Mi vida con los delfines, además de ser un libro iluminador por su inteligencia es muy divertido por su ingeniosa creación y, sobre todo, me parece, profundamente conmovedor por su intento utópico de hacer paraíso en la tierra de las palabras, bajo el cielo de Cuba. Intento que crece a la sombra de ese ánimo de carencia, de ir a la deriva, de ser víctima del azar. Dice el poeta:

"Hay un loco por atar
en un rincón de mi frente
un loco clarividente
cuya patria es el azar".

En otro libro reciente, Casa de todos, esa carencia se hará más absoluta y precisa en una variación de un haiku de Matsuo Basho:

"Aun en Cuba
si los pájaros cantan,
añoro Cuba".

La sombra, la melancolía de la carencia y la muerte están siempre presentes en cada libro de poemas. Y la relación sombría con la muerte, de manera intermitente retoma el aire de carnaval, y reírse de lo solemne es nueva virtud. El tema de la muerte crece hasta llenar un libro: Fosa común. Hasta ahí la naturaleza tiñe el recorrido único. Y la muerte  se hace acompañar de las hormigas, devoradoras de cadáveres.

“Yo soy este y soy aquel
que una hormiga misteriosa
esconde al doblar la losa
de una hoja de papel.”

Por lo anterior tal vez, entre los libros en prosa de Orlando que se leen y se releen con goce extremo, uno sintetiza nostalgia y revelación, inteligencia e ingenio, me divierte y me conmueve. La idea de una búsqueda ritual barroca se ejemplifica en éste más que en ningún otro. Se llama Cuerpos en bandeja. Frutas y erotismo en Cuba, y explora gozosamente la tendencia exagerada de los cubanos, según dice el autor, "a descubrir en las frutas los atributos del cuerpo humano, y en éste las formas, la textura, los sabores y hasta el aroma de aquellas, llevando esa propensión hasta el extremo de confundir cuerpos y frutas con la tierra natal y por lo tanto a ver en esta última el objeto vivo de sus deseos, una imagen del paraíso".

En La noche y los suyos escribiría: “La noche gusta / porque cae, porque siempre / muerde la fruta”. Orlando nos demuestra, fruta en mano, que la serpiente no fue la culpable de la expulsión del paraíso sino la fruta. Ella sola, sin diablo dentro o detrás. Ella es la extrema tentación. Y el dios Eros tiene en Cuba, nos dice el poeta, rotonda cara de fruta. El patriotismo cubano, sostiene, está ligado a una visión erótica de la isla y esa visión encarna en las frutas. "Devorándolas el cubano se repatria, vuelve a la raíz, se zambulle en el légamo original, se adelanta a Colón... incorpora a Cuba".

Sigue el desfile de frutas, una por capítulo. Abundantes citas de poemas, canciones, obras de teatro, novelas y pintura cubanas por cada una, debidamente comentadas en racimo.  La piña es la reina insular, la favorita de José Lezama Lima, que la veía como "luz congelada, como si por una magia suavemente ordenada por la voz la luz se trocase en tela". Y Virgilio Piñera afirmaba que el perfume de una piña podría detener el vuelo de un pájaro. El racimo interno de la fruta es enjambre de ojos que nos miran sonriendo desde las entrañas. Las de una mujer, se entiende.

La papaya es en algunas regiones de Cuba el nombre del sexo femenino,  la fruta metáfora por excelencia, la más obscena de las delicadezas. El mamoncillo, hecho para chuparse, es metáfora en sentido inverso: el gesto que al comerlo tiene que hacerse con el cuerpo casi le da nombre. Es la acción de los labios que un pezón amamanta.

Aguacates, plátanos, naranjas, mameyes, marañones, mangos, caimitos y guayabas, son algunos otros manjares de esta bandeja del deseo. El libro se fue conformando, tal vez ahora indisolublemente, con otro racimo de frutas aportado especialmente para esta edición por el reconocido pintor cubano Ramón Alejandro.

Desde hace varias décadas este artista ha hecho en sus cuadros una perturbadora invocación de las fuerzas de la naturaleza como eróticas manifestaciones sobrehumanas, tal vez divinas. Su obra ha sido ampliamente reconocida por su fuerza deseante. Cabrera Infante escribió sobre él y con él un pequeño libro, Vaya papaya. También Severo Sarduy hizo poemas para sus grabados de frutas. Una ofrenda voluptuosa a cada uno de sus amigos que llamó Corona de las frutas. Ramón Alejandro colaboró con Orlando en esta bandeja donde, además de treinta dibujos sorprendentes, se reproducen tres decenas de sus óleos y grabados.

La pintura, la música y la literatura cubanas son la materia jugosa de esta bandeja de Orlando González Esteva que va más allá de nuestro apetito, que  al abrirse desprende ese jugo evaporado que en México llamamos zumo, evidente especialmente en los cítricos. Y que no es el líquido del jugo, llamado zumo en España y en otros países. El zumo para nosotros es un resplandor húmedo, el anuncio del jugo en el aire de la fruta, su aura aparecida.

Los zumos de este libro nos seducen y nos van colmando a cada instante. Más allá de cualquier planificación. Debo confesar que, independientemente de las intenciones del autor de este carnaval poético, yo no sé si me lleva a Cuba o algún otro rincón de cierto cuerpo femenino. Este patriotismo copioso y obsceno de los cubanos en el mundo hará sin duda que se termine llamando "Cuba" no sólo a una bebida con ron sino a alguna parte apetecible del cuerpo. Ya estaban en el campo de los pecados de la carne (que vimos que son también pecados de la fruta) palabras como íncubo y súcubo. Cuando un deseo crezca escondido en nuestro cuerpo se dirá que se está incubando.

 El disparate barroco a la cubana en Orlando González Esteva, como ave ritual de un puerto isleño, vuela lejos y baila y canta. Y haciéndolo regresa sobre sí mismo, a su tierra firme descrita en clave por su vuelo. Pero hay más en su horizonte, porque lo breve como isla contiene, con cierto acomodo, al universo.  Lo sugieren otros versos de Casa de todos:

"La lentejuela
fija, por un instante,
la luz entera".

En el conmovedor retrato que hizo de Issa Kobayashi concluye con una descripción de su poesía que de nuevo parece retrato fiel de la de Orlando: “Humana y fresca, desprovista de vanidad, tan amiga de invitar a sonreír como a reflexionar sobre la condición última del ser humano y sus relaciones con todo lo que lo rodea, devuelve la fe en la poesía como forma amena de conocimiento, como ventana abierta a otros mundos que no son sino éste; alerta los sentidos, denuncia el parentesco entre quienes se daban por extraños: el hombre y la gota de rocío, la choza con agujeros y la flauta, la luna y el plato de sopa, el pájaro carpintero y el valor de una casa, las patas que una mosca retuerce y el perdón, el trueno y el borborigmo, la soledad del crisantemo y la ética; da razones para atesorar la simple y con frecuencia dilapidada aventura de vivir: reconcilia. Nada mejor para éste y todos los tiempos.” Estas son, me parece, en sus propias palabras aunque hablando de otro, algunas claves de su obra.

Clave es llave, algunas veces secreto, fórmula que abre el entendimiento. Cuando digo claves de su obra quisiera decir algo más que ideas fundamentales para entenderla. El magistral descifrador de lo cubano, Fernando Ortiz, nos conduce añadiendo otra música: si bien es cierto que cuando las llaves fueron de madera maciza se llamaron claves, también eran claves los clavos. Cuando se usaron como clavetones o clavijas se admiraba su capacidad para incorporarse a los leños distintos que unían. En los barcos, además de incorporarse mejor, no dejaban pasar el agua. El clavo recuperado en el tiradero del muelle, zarpa en las manos negras por un mar inesperado de sonidos y de magia, eco ritmado de ese ruido estremecedor que viene de lo más hondo de una selva. O de lo más hondo de la persona. De ahí tal vez el nombre, según Fernando Ortiz, del prodigioso instrumento cubano que es capaz de mover un universo humano con el golpeteo de dos trozos de leña dura. A Ortiz le consta que García Lorca admiraba en las canciones gitanas esa clave que es el martinete. Y en un célebre poema que describía a Cuba, supo llamar maravillosamente a su sonido “gota de madera”. Ortiz imagina el asombro de los primeros que golpeando dos palitos de cierta manera produjeron un sonido que no era cualquiera. Estaban arrancándole un secreto al universo, la clave. Es fácil pensarlos como él hizo, al lado del fuego poderoso. Porque, según Ortiz, toda la música en sus orígenes apela a lo sobrenatural de alguna manera. Nos lleva de lo  que  tocamos a lo que está más allá. Es esencial en la búsqueda que elegía Orlando como su primera poética desafiante y amiga de las mañas de la poesía. Revelación que no cesa.

Para seguirle el paso a la obra siempre sorprendente de Orlando González Esteva es necesario que sus claves se vuelvan clave al ser leídas, gota de madera que ayuda a comprender pero también a alegrarse ante el mundo, a danzar conjugándose en el ritmo de un lenguaje que “se incorpora mejor”, que sabe ver magia  sin dejar de ver naturaleza.

 

Nota del editor

Este ensayo sirve de prólogo a la Antología personal ¿Qué edad cumple la luz esta mañana?

 


Alberto Ruy Sánchez Lacy

(Ciudad de México, 1951). Vivió en París ocho años, donde estudió entre otros profesores con Roland Barthes, Gilles Deleuze, Jacques Rancière, terminó un doctorado y se hizo editor y escritor. Desde 1988 dirige la revista Artes de México, que en dos décadas obtuvo más de ciento cincuenta premios nacionales e internacionales al arte editorial. En 1987, con su primera novela, Los nombres del aire recibió el más importante premio literario mexicano, el Xavier Villaurrutia, y se convirtió inmediatamente en un libro de culto, que desde entoces no ha dejado de ser reimpreso cada año. En él inicia una exploración poética y narrativa del deseo que continúan las novelas En los labios del agua (1996), que recibió en su edición francesa el prestigioso Prix des Trois Continents; Los jardines secretos de Mogador(2001), Premio Cálamo/La otra mirada (Zaragoza, 2002); La mano del fuego: un Kama Sutra involuntario (2007). Y Nueve veces el asombro (M�xico, 2005). De los 20 títulos que componen su obra de narrador, poeta y ensayista destacamos también: Los demonios de la lengua (1987, nueva edición aumentada: 1998), Con la literatura en el cuerpo: historias de literatura y melancolía(1995) La inaccesible (1990), Diálogos con mis fantasmas(1997), Una introducción a Octavio Paz(1990), Premio José Fuentes Mares. Su obra ha sido traducida a varios idiomas y distinguida además por la Fundación Guggenheim en Nueva York, el Sistema Nacional de Creadores en México,  la Universidad de Louisville en Kentucky, la Fundación Tinker a través de la Universidad de Stanford en California, y el Gobierno de Francia que lo condecoró  como Oficial de la Orden de las Artes y de las Letras. En 2006 se le otorgó el Premio Juan Pablos al Mérito Editorial, la máxima distinción que un editor puede recibir en México por su trayectoria profesional.

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