OtroLunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Marzo 2010. Antilde;o cuatro. Número doce

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Datos de la revista, marzo 2010, año 4, número 12
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Unos por otros

 

Phillip Kerr

Prólogo Berlín,
Septiembre de 1937

 

Recuerdo el buen tiempo que hizo aquel septiembre. La gente lo llama­ba «el tiempo de Hitler» por lo idóneo que resultó para sus acciones. Parecía como si los elementos se hubieran aliado para favorecer a Adolf Hitler, precisamente a él. Lo recuerdo pronunciando un encendido dis­curso en el que pedía la anexión de colonias a Alemania. Tal vez fuera la primera vez que lo oímos utilizar la expresión «espacio vital». Lo que no sospechábamos entonces era que, para que nosotros dispusiéramos de espacio vital alguien tuviera que morir primero.

En aquel momento yo vivía y trabajaba en el espacio que llamába­mos Berlín, donde a un detective privado nunca le faltaban los casos. Por supuesto, siempre reversaban sobre personas desaparecidas. La mayoría de ellas judías, y la mayoría eran asesinadas en callejones, o enviadas a KZ, campos de concentración, sin que las autoridades se tomaran la molestia de notificárselo a sus familias. A los nazis les re­sultaba divertida aquella forma de actuar. Oficialmente animaban a los judíos a emigrar, pero como no les permitían llevarse sus pertenencias, muy pocos lo hacían. Sin embargo, algunos idearon estrategias para sacar su dinero de Alemania.

Uno de las estrategias utilizada por los judíos consistía en meter sus pertenencias en un paquete precintado, catalogarlo como «última voluntad y testamento» de Fulano de Tal y depositarlo en un tribunal de justicia alemán antes de salir «de vacaciones» del país. Entonces el judío »moría» en un país extranjero y los tribunales de Francia o Inglaterra se encargaban de reclamar al tribunal alemán el paquete que contenía la «última voluntad y testamento» del difunto. Los tribunales alema­nes, en manos de abogados alemanes, estaban encantados de acatar la petición de otros abogados, aunque fueran franceses o ingleses. Ése fue el modo en que unos cuantos afortunados lograron recuperar parte de su dinero y de sus pertenencias con las que comenzar una nueva vida en otro país.

Aunque resulte difícil de creer, otra de las estrategias fue ideada por el Departamento de Asuntos Judíos del Servicio de Seguridad, el SD. Aquella táctica resultó útil para ayudar a los judíos a salir de Alemania y, al mismo tiempo, para enriquecer a algunos oficiales del SD. El ardid era conocido con el nombre de Plan tocher o «judío itinerante» y yo tuve ocasión de familiarizarme con él a través de dos de los clientes más extraños con los que he tratado en toda mi vida.

Paul Begelmann era un judío alemán rico, un hombre de negocios que tenía varios garajes y concesionarios de automóviles repartidos por toda Alemania. El doctor Franz Six, un Sturmbannführer de las SS, dirigía el Departamento de Asuntos Judíos del SD. Me citaron en la modesta suite de tres habitaciones que el departamento tenía en el Hohenzollern Palais, en Wilhelmstrasse. Detrás de la mesa de Six col­gaba un retrato del Führer así como numerosos títulos oficiales de las universidades de Heidelberg, Konigsberg y Leipzig, Six sería un criminal nazi, pero no cabía duda de que era un criminal nazi altamente cualifi­cado. No podía decirse que tuviera el aspecto del ario ideal defendido por Himmler. De unos treinta años, tenía el pelo oscuro, un rictus de suficiencia en los labios y no parecía más judío que Paul Begelmann. Desprendía un leve olor a colonia y a hipocresía. Sobre su mesa había un pequeño busto de Wilhelm von Humboldt, fundador de la Univer­sidad de Berlín y famoso por haber establecido los límites dentro de los cuales debía circunscribirse la acción del Estado. Me pareció poco probable que el SturmbannFührer Six estuviera de acuerdo con él en ese punto.

Begelmann era mayor y más alto; de pelo oscuro y rizado, tenía los labios gruesos y rosados como filetes. Aunque sonreía, sus ojos conta­ban una historia muy distinta. Tenía las pupilas estrechas, como las de un gato, como si anhelara dejar de estar en el punto de mira del SD. En aquel edificio, rodeado de todos aquellos uniformes negros, tenía el aspecto de un niño de coro deseoso de hacerse amigo de una manada de hienas. No dijo mucho, fue Six quien habló por él. Yo había oído que Six era de Mannheim, ciudad en la que había una iglesia jesuita muy conocida. Con aquel elegante uniforme negro, ésa fue la impresión que me dio. No me pareció el típico matón del SD, sino más bien un jesuíta.

—Herr Begelmann ha expresado su deseo de emigrar de Alemania a Palestina —dijo con soltura—. Evidentemente, le preocupan sus ne­gocios en Alemania y el impacto que su venta tendría en la economía local. Así pues, a fin de ayudar a herr Begelmann, este departamento propone una solución a su problema. Una solución en la que usted nos podría ayudar, herr Gunther. Lo que proponemos es que no emigre pro forma sino que conste como ciudadano alemán que ha abandonado el país para ir a trabajar. Es decir, que pueda trabajar en Palestina como representante de ventas de su propia empresa. De este modo podrá ganar un sueldo, participar de los beneficios de la empresa y, al mismo tiempo, contribuir a la política de este departamento de fomentar la emigración de los judíos.

No me cupo la menor duda de que el pobre Begelmann había ac­cedido a compartir los beneficios de su empresa no con el Reich sino con Franz Six. Encendí un cigarrillo, miré al tipo del SD y le dediqué una sonrisa irónica.

—Caballeros, me da la impresión de que serán muy felices juntos. Lo que no acabo de entender es para qué me necesitan. Yo no caso a la gente, investigo a la gente casada.

Six se sonrojó levemente y lanzó a Begelmann una mirada de contra­riedad. Tenía poder, aunque no la clase de poder que pudiera intimidar a alguien como yo. Estaba acostumbrado a amenazar a estudiantes y a judíos, pero la tarea de amenazar a un ario adulto parecía ir más allá de sus posibilidades.

—Necesitamos a alguien... a alguien en quien herr Begelmann pue­da confiar... para que entregue una carta del Banco Wessermann de aquí, en Berlín, al Banco Anglo-Palestino de Jaffa. Queremos que esa persona abra una línea de crédito en ese banco y que alquile una pro­piedad en Jaffa en la que establecer un salón de ventas de automóviles. Ese alquiler servirá para justificar la importante nueva empresa de herr Begelmann. También necesitamos que nuestro agente transporte algu­nas de sus pertenencias y las deposite en el Banco Anglo-Palestino de Jaffa. Por supuesto, herr Begelmann está dispuesto a desembolsar una sustanciosa cantidad de dinero por tales servicios. Mil libras esterlinas, a pagarse en Jaffa. Naturalmente, el SD se ocupará de los trámites y de obtener toda la documentación necesaria. Usted iría allí en calidad de representante de Motores Begelmann, y de manera extraoficial, se convertiría en agente secreto del SD.

—Mil libras. Eso es mucho dinero —respondí—. Pero ¿qué sucede si la Gestapo me interroga acerca de todo esto? Es probable que no le gusten las respuestas. ¿Ha considerado esa posibilidad? —Por supuesto —dijo Six—. ¿Me toma por imbécil? —Yo no, pero tal vez ellos lo hagan.

—Se da la circunstancia de que voy a enviar a otros dos agentes a Palestina en una misión de investigación que ha sido autorizada desde arriba. Como parte de la investigación, este departamento debe analizar ia viabilidad de la emigración forzosa a Palestina. Para la SIPO, usted formará parte de la misión. Si la Gestapo le hace cualquier pregunta, us­ted estará autorizado a responder, al igual que los otros dos agentes, que se trata de una misión de Inteligencia, que cumple órdenes del general Heydrich y que, por razones de seguridad, no puede hablar del asunto. —Hizo una pausa y encendió un pequeño puro de aroma intenso—. Usted ya ha trabajado para el general, ¿no es así?

—Sigo esforzándome por olvidarlo —respondí, meneando la ca­beza—. Con el debido respeto, herr SturmbannFührer, si dos de sus hombres van a viajar a Palestina, entonces ¿para qué me necesita? Begelmann se aclaró la garganta.

—Si me permite decir algo, por favor, herr SturmbannFührer —dijo Begelmann con prudencia, revelando un marcado acento de Hamburgo. Six se encogió de hombros e hizo un gesto de indiferencia. Begelmann me dirigió una mirada de desesperación contenida. Tenía la frente per­lada de sudor y pensé que no se debía sólo al calor inusual de aquel mes de septiembre—. Porque, herr Gunther, todo el mundo conoce su reputación de hombre honrado.

—Como todo el mundo conoce su gusto por los comentarios fáciles —dijo Six.

Miré a Six y asentí. Ya estaba harto de ser amable con aquel sin­vergüenza.

—Lo que está tratando de decir, herr Begelmann, es que no confía en este departamento ni en la gente que trabaja aquí.

El pobre Begelmann contrajo el rostro en un gesto de dolor.

—No, no, no, no, no. No es eso en absoluto.

Sin embargo, yo me lo estaba pasando demasiado bien como para dejar el asunto.

—La verdad es que no me extraña. Una cosa es que te roben, y otra muy distinta es que el ladrón te pida que le ayudes a cargar el botín en el coche en que emprenderá la huida.

Six se mordió el labio inferior, pero enseguida me di cuenta de que lo que en verdad deseaba morder era mi yugular. La única razón por la que guardaba silencio era que yo todavía no había dicho que no. Es probable que supiera que no iba a negarme. Al fin y al cabo, mil libras son mil libras.

—Por favor, herr Gunther. —A Six no pareció importarle que fuera Begelmann quien rogara—. Mi familia agradecería mucho su ayuda.

—Mil libras —respondí—. Me ha quedado claro.

—¿Hay algún problema con la cantidad? —Begelmann miró a Six en busca de alguna pista. No obtuvo ninguna. Six era abogado, no comerciante de caballos.

—Claro que no, herr Begelmann —respondí—. Es generosa. Ése no es el problema; el problema, supongo, es mío. Me pongo nervioso cuando cierto tipo de alimaña trata de quedar bien conmigo.

Six no estaba dispuesto a sentirse ofendido. Al fin y al cabo, como quedó demostrado, era un abogado como todos los demás. Estaba pre­parado para dejar de lado cualquier sentimiento humano por el bien mayor de ganar dinero.

—Espero que no esté intentando insultar a un oficial del gobierno alemán, herr Gunther —me censuró—. Por la forma en que habla, cualquiera podría pensar que está en contra del Nacionalsocialismo. Una actitud muy poco saludable en los días que corren.

Negué con la cabeza.

—Me malinterpreta. El año pasado tuve un cliente, Hermann Six, el industrial. Fue de todo menos honesto conmigo. Usted no tiene nada que ver con él, imagino.

—Desafortunadamente, no —respondió—. Yo procedo de una fa­milia muy humilde de Mannheim.

Miré a Begelmann y sentí pena por él. Debería haberme negado, pero acepté.

—Está bien, lo haré. Pero, caballeros, más vale que se comporten de manera legal. No soy el tipo de persona que perdona y olvida. Y jamás he puesto la otra mejilla.

 

Nota del editor:

Traducción de Ana Guelbenzu, David Paradela y Silvia Pons para RBA.

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Sumario

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Contrahistoria de la independencia sudamericana

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Al margen de la Historia: Antoñita Domínguez en el trono de España

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Memorias de una infamia

Lidia Cacho

La necesidad de un rearme moral

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El síndrome del flautista de Hamelin

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Europa en América/América en Europa: Colón y los umbrales de la incertidumbre

Narciso J. Hidalgo

Cómo escribir un cuento

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Poéticas de la ambigüedad: "Un minuto de libertad" de Tania Bruguera y las "Joyas de la Corona" de Carlos Garaicoa

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Silbar en Madagascar: el arte de mostrar ocultando

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Unos escriben

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OtroLunes conversa

con Fernando Iwasaki

"Tal vez nunca hemos sido realistas"

con Sergio Ramírez

"Eran los sueños y las esperanzas"

con Juan Antonio Sánchez

"De animador cultural a escritor... Cuatro décadas en la literatura"

Punto de mira

La voz poética de la mujer latinoamericana. Brevísimo e imperfecto botón de muestra

Cuarto de visita

con Phillip Kerr

Curriculum Vitae

«Cada país tiene su esqueleto en el armario»

Unos por otros (Fragmentos de novela)

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No encuentro a mi hijo

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Producto Nacional

Enmanuel Castells Carrión

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Dignidad

Miguel Gómez López

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La niña que no tuve

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La marmita, de Poesía

La novia de Wittgenstein

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(Fragmentos del libro homónimo)

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Otras voces hispanas

A cargo de Luis Rafael

El barroco de Severo Sarduy

Los aullidos del horror en Eduardo Monteverde

La maga Karla Suárez y su verbo brujo

Antonio Lozano, la emigración y otros miedos

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¿Somos culpables?

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¿Diferencias entre socialismo y fascismo? Fascismo y comunismo: el mismo perro...

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De lunes a lunes

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Muere "Chango", Decano de la Prensa Extranjera acreditada en Cuba

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A cargo de Lorenzo Rodríguez

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