OtroLunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Marzo 2010. Antilde;o cuatro. Número doce

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Datos de la revista, marzo 2010, año 4, número 12
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Contrahistoria de la independencia sudamericana

 

Alfredo Muñoz-Unsaín

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Lo que puede leerse a seguidas son informaciones extraídas de archivos incompletos, memorias póstumas de testigos ya muertos, fragmentos de cartas. Puede opinarse que los datos no son concluyentes y algunos resultan irrelevantes, otros propios del chisme, aún otros inexplicables de acuerdo a la lógica cartesiana. Pero ninguno es producto de una imaginación ad-hoc y todos son verídicos.

Muy pocos son parte del programa de estudios en los sistemas oficiales de enseñanza primaria y secundaria. Algunos son expuestos de soslayo por maestros y profesores. Puede sospecharse que a ambos lados del Atlántico durante de­masiado tiempo se ha estado metiendo en la cabeza de los futuros adultos una historia trucada de las actuales repú­blicas de América Latina, una versión tramposa de la Historia.

Tal fullería afectó tanto a la historia de España como a la de sus colonias ul­tramarinas, que existieron en una geo­grafía inmensa: desde el Norte (para comenzar a ser imperio, Estados Uni­dos en el siglo XIX despojó a México de enormes territorios: Texas, California, Nuevo México y Arizona), hasta el Cabo de Hornos en el Sur.

Como una telaraña, esa mentira pue­de tener un nudo central: la supuesta ambición independentista de los habi­tantes de la región en aquella época.

Pero entre 1808 y 1810, años de las primeras insurgencias (México, Cara­cas, Buenos Aires) nadie puede haber deseado tal independencia, pues todos eran, y se sentían, españoles: incluso los nacidos del otro costado del Atlántico. No había en el hemisferio naciones ni tampoco nacionalidades.

¿Cuál fue la posibilidad soñada por sus próceres históricos desde que en el Siglo XIX pareció ocurrir el fin del ab­solutismo en España, y cuáles fueron las causas de la frustración en que concluyó ese sueño?

El bosque de mentiras apenas deja ver los árboles. Muchos jefes militares de la guerra por la independencia suramericana eran oficiales del ejército rea­lista español y casi todos los pensadores políticos americanos pensaron, no en independizarse, sino en mantener con España un vínculo autonomista.

En 1816 en Tucumán -ciudad de lo que se llamaba Virreinato del Río de la Plata y pasó a llamarse Provincias Uni­das del Río de la Plata- se emitió la pri­mera declaración de independencia... ocho años después de 1808.

 

Un espíritu burlón

Los agnósticos piensan que existe un Supre­mo Arquitecto, autor del plan del Cosmos, y que vigilará su funcionamiento mientras no se harte. Otros piensan que existe un Espíritu Burlón divertido en atascar las ruedas del Gran Mecanismo introduciendo entre los rayos ironías paradójicas. En el caso, la ironía para­dójica se llamó Napoleón Bonaparte.

Cuando El Gran Corso invadió Es­paña y en 1808 forzó la abdicación de Fernando VII al trono español para sentar en él a su hermano José, no se dio cuenta de que las mochilas de su ejército transportaban una idea "peli­grosa". Napoleón ya se había procla­mado Emperador, pero el origen de su carrera política había sido la Revolución de 1789 con su ideal de Libertad, Igual­dad, Fraternidad.

En otras palabras, la Iluminación, el Antiabsolutismo, anhelo latente en los españoles que, aprovechando la ausen­cia de Fernando VII, formaron Cortes, o Juntas liberales para sacarse del cuello ese dogal. La más conocida, pero no la única, fue la de Cádiz, base de la prime­ra Constitución antiabsolutista ibérica, llamada -con humor erótico, popular, irrespetuoso- "La Pepa", por haberse aprobado el 19 de marzo de 1812, día de San José.

La Junta Central Suprema y Guber­nativa del Reino (JCSGR) pasó a ser recordada como Junta de Cádiz por metamorfosis forzosa. Creada en 1806 para sustituir numerosas juntas locales espontáneas, su propósito era coordinar la lucha contra el ejército napoleónico invasor, que de inicio estaba siendo per­dida, lo que motivó su traslado a Cádiz.

Sin embargo, con la que probable­mente fue la más entusiasta guerra irregular de guerrillas después de la de Espartaco contra el imperio romano, el pueblo español terminó por derrotar al ejército napoleónico invasor. En el éxito estuvo el castigo, pues en 1814 Fernan­do VII reocupó el trono que creía pertenecerle por herencia divina.

Dos pequeños detalles se perdieron entre nubes de polvo histórico. La JCS­GR declaró, en un decreto del 22 de enero de 1809, que "las tierras ameri­canas no son colonias, sino provincias", y en otro del 15 de octubre de 1810 pro­clamó la igualdad jurídica entre españo­les y americanos.

 

Tratado perpetuo de unión y federación

Ah, ol­vidado Bernardo de Monteagudo, naci­do en Tucumán en 1786... Redactor del Acta de Independencia de Chile, Mi­nistro de Guerra y Marina en el gobier­no del Protector de Perú, José Francis­co de San Martín. Autor del "Ensayo sobre la necesidad de una Federación entre los estados hispanoamericanos y plan de su organización", base del Con­greso Anfictiónico que, convocado por Simón Bolívar, reunió en Panamá, en 1826, a México, Perú, la Gran Colom­bia y Guatemala, donde se propuso, sin éxito, un "Tratado Perpetuo de Unión y Federación y creación de un ejército común para Defensa".

En tanto indudable librepensador, Monteagudo cargó con la hostilidad de la oligarquía peruana reaccionaria, aristocratizante. En 1822, renunció a su cargo de ministro de Guerra y Marina y marchó al destierro. Bolívar lo acogió como consejero. En camino nocturno hacia una cita galante el 28 de enero de 1825, lo interceptaron varias personas y una de ellas le clavó un cuchillo en el co­razón. Días antes, había escrito en una carta, "yo no renuncio a la esperanza de servir a mi país, que es toda la extensión de América".

Al iniciarse el siglo XIX, la idea, o la ilusión, de estructurar a los países ubi­cados en la geografía americana entre México, al Norte, y la región patagónica, al Sur, mediante una confederación de naciones interdependientes pero exenta de cualquier tutela por parte de impe­rios exógenos, era clara.

En otras palabras, transformar las colonias españolas en América -que in­cluían a México- en provincias de Espa­ña, como decretara la JCSGR.

Idea que oficiales del ejército realis­ta, nacidos en América, intentaron lle­var a cabo espada en mano entre 1810, año del inicio en Caracas (19 de abril) y Buenos Aires (25 de mayo) de la meta­morfosis antiabsolutista, y 1816, al ser proclamada en Tucumán la indepen­dencia de lo que como colonia española se había llamado hasta entonces Virrei­nato del Río de la Plata y se bautizó, para ese momento, Provincias Unidas del Río de la Plata.

Por desgracia, en algún momento brotó la duda en el ánimo de los milita­res y políticos en lucha contra los mono-neurónicos Virreyes en América. Tal vez creyeron que el deseo de transformar las colonias en provincias ultramarinas integradas a España carecía de futuro posible, tal vez recién entonces empe­zaron a pergeñar la idea de indepen­dencia.

 

Armar un rompecabezas.

Desentrañar la Historia requiere pa­ciencia similar a la del arqueólogo o la del antropólogo forense. El primer re­sultado es el hallazgo de lo que pueden ser piezas de un vasto rompecabezas, sin saber si se encontraron todas.

Las figuras militares cumbre de la his­toria oficial son Simón Bolívar y José de San Martín (escrito este aristocrático de por mano ajena: nacido en la esqui­na jesuítica de reunión entre Paraguay, Brasil y Argentina, tenía piel atezada y ojos negros). Para los educandos de la entonces Gran Colombia (hoy Venezue­la, Colombia y Ecuador), Bolívar ha sido el Libertador como militar y como polí­tico, genio frustrado por traición fatídica que murió con una conclusión amarga (o salada): había arado en el mar. Pe­ro según algunos, puede reprochársele haber empleado más tiempo en trepar damas que en prever trampas de sus enemigos políticos (abismo erótico en que cayeron por su cuenta otros pró­ceres).

Para los del ex Virreinato del Río de la Plata, San Martín es genio militar y polí­tico incauto que eligió morir en el exilio de Francia. La historiografía murmura que durante una entrevista secreta en Guayaquil, Ecuador, Bolívar le cayó ex­tra-gordo y, decepcionado, San Martín le cedió la tarea de completar la libera­ción suramericana.

Esta historia para incautos es contra­dicha por verdades escondidas. Exiliado en Francia, entre 1824 y 1825 San Mar­tín gestionó la compra de dos fragatas para las fuerzas de Bolívar, a la sazón en Perú. Hasta su muerte en 1878 en Boulogne-Sur-Mer, conservó un retrato de Bolívar, que éste le regaló cuando San Martín se fue de Perú definitivamente (el retrato, una miniatura, se esfumó como por arte de birlibirloque: tenía un marco incrustado con gemas. Existieron testigos de que colgaba de una pared en el dormitorio de San Martín).

En 1823 en el puerto peruano de El Callao, Bolívar exhaló este brindis: "por el buen genio de la América, que trajo al general San Martín con su ejército libertador desde las márgenes del Río de la Plata hasta las playas del Perú". En 1818 luego de la victoria en la bata­lla de Maipú, escribió a los habitantes del Río de la Plata: "Vuestros hermanos de Venezuela han seguido con voso­tros la gloriosa carrera que desde el 19 de abril de 1810 (fecha de la insurrec­ción en Caracas) ha hecho recobrar a la América la existencia política de la que le habían privado los tiranos de España..."

A San Martín también se le repro­chan cosas, algunas inanes. Que se en­vició con opio o con éter para reponerse de meses de fiebre tifoidea o del cruce de los Andes (hazaña militar superior a la de Aníbal en los Alpes: su ejército atravesó esa altísima cordillera nevada llevando cañones e impedimenta sobre muías y hombros humanos). Además se le reprochó que fuera masón, algo rutinario para los políticos de la época. Por ese motivo sus cenizas están ente­rradas en el atrio y no en la Catedral de Buenos Aires, terreno católico sacro.

En cuanto a logias masónicas, algunos escribas de la historia han insistido, y muchos maestros han logrado que sus alumnos repitan como loros, que San Martín se afilió a una llamada Lautaro, de origen inglés, y de allí que el general de los Andes habría actuado al servicio de la Union Jack imperialista.

 

Aventuras por la paga

Desmiente tal infundio la historia del mercenario Lord Cochrane, décimo Conde Dundonald, título nobiliario heredado de su padre. En 1814 fue ex­pulsado de la Marina de Su Majestad por una condena a prisión (fraude). Fue luego readmitido y obtuvo el grado de Almirante. Contratado por el general chileno Bernardo O'Higgins, organizó la flota con que San Martín y su ejército llegaron a Perú.

Allí alegó que Chile no había paga­do sus servicios y robó los buques de esa flota atracada en el puerto perua­no de Ancón (y el dinero que a bordo había). Luego zarpó hacia Chile para desestabilizar al Gobierno de Bernardo O'Higgins, presionado por fuerzas rea­listas al sur de ese largo y angosto país y por las fuerzas vivas disgustadas por sus decretos antioligárquicos.

La osamenta del décimo Conde de Dundonald reposa en la Catedral de Westminster, donde sólo están las gran­des figuras del imperio británico, observó otro historiador -o politólogo- hetero­doxo.

Bernardo O'Higgins, presumible hijo natural de Antonio, Virrey del Perú de origen irlandés, nació en Chillan, Chile, estudió en España e Inglaterra. Nom­brado general, fue derrotado en 1814 en la batalla de Rancagua, atravesó los Andes hasta Mendoza, en Argentina, donde se unió a San Martín. De regreso a Chile logró la victoria de Chacabuco, que en 1817 dio a su país la indepen­dencia. Ese año fue investido como Di­rector Supremo, cargo al que renunció en 1823.

El general Manuel Belgrano era abo­gado graduado en España y su gravita­ción en la historia de su país natal es me­nor que la de O'Higgins en Chile pues quedó confinada a crear la bandera de Argentina, dos franjas horizontales azul celeste separadas por una blanca.

El Ejército de los Andes creado por San Martín que liberó Chile y Perú del dominio español cruzó los Andes con otra bandera que la diseñada por Bel­grano: se llamó Bandera del Ejército de los Andes y tenía dos franjas, una azul celeste y la otra blanca, verticales. La tropa de San Martín que cruzando parte del Pacífico llegó a territorio peruano lo hizo bajo la bandera chilena. Su jefe estaba disgustado por las trapisondas con que el gobierno de Buenos Aires le negaba apoyo y recursos económicos. Algún historiador heterodoxo opinó que su ejército tenía soberanía flotante.

Como militar amateur Belgrano le ganó a las fuerzas españolas dos bata­llas, la de Tucumán y la de Salta. Como aprendiz de político, importó de Europa una idea que a tuertas fue adjudicada a San Martín: designar a un Rey que des­cendiera de los Incas para evitar las ten­dencias centrifugas en las ya ex colonias pero aún no naciones suramericanas. Salvedad: el Rey Inca debía encabezar una monarquía atemperada por restric­ciones antipersonalistas.

San Martín y Belgrano se conocieron a insistencia del catalán José Vicente Milá de la Roca, otro peninsular metido hasta las cejas en los trajines de la inde­pendencia suramericana.

La emancipación de las antiguas colo­nias hispánicas en América del Sur fue infectada por virus sociales: intereses localistas, ambiciones de criollos que querían saltar de burgueses a oligarcas y plutócratas, la riqueza que lograron acumular potentados portuarios y su desprecio hacia la paisanada pobre.

Hubo también traiciones internas y asesinatos espontáneos y pagados. Del que tal vez fue el primer asesinato de un alto dirigente político, Mariano More­no, no quedaron pruebas: sólo una frase sarcástica.

Moreno nació en 1778 en Perú y estu­dió leyes en la universidad de Chuquisaca, hoy Bolivia. Fue secretario de la Primera Junta de Gobierno establecida en Buenos Aires al producirse la rebe­lión popular contra el Virrey en el Río de la Plata. Sus ideas políticas radica­les le obtuvieron la animadversión de la Junta y se sintió obligado a dimitir. Se le encargó una misión diplomática a Londres, y en viaje tuvo una súbita enfermedad no diagnosticada. Falleció de inmediato y como era costumbre, su cadáver fue arrojado a las aguas del océano Atlántico. Cornelio de Saavedra, nacido en Potosí en 1761, de ideario conservador y entonces presidente de la Junta, comentó al saberse en Buenos Aires la muerte de Mariano Moreno: "Se necesitaba tanta agua para apagar tanto fuego".

Aún teniendo en cuenta tales celos criminales y la frustración que la hizo abortar, la historia de la independen­cia suramericana para ser comprendida debe ser en el contexto global, entonces menor, en que ocurrió.

Había un imperio dominante, el es­pañol, y un imperio disputante, el in­glés. La guerra entre ambos finalizó a favor de los ingleses en la batalla naval de Trafalgar (en la que fue destruido el mayor navío de guerra hasta entonces construido, el Santísima Trinidad, pro­ducto de los astilleros españoles en La Habana, Cuba).

Actuaban también como imperios, terceros en discordia, Francia, Portugal (cuyas ilusiones imperiales, Indochina y Brasil, se materializaron fugazmen­te en siglos distintos) y Holanda, del cual queda borra o poso en el Caribe: en Surinam, Aruba y Curazao se habla papiamento, un idioma único, hecho con retazos de flamenco, inglés, francés, español y el yoruba africano.

La idea integradora de la llamada Jun­ta de Cádiz abortó en el siglo XIX por suspicacia entre sus dirigentes en Amé­rica, celos regionales, intereses localis­tas inmediatos, la carrera egoísta hacia el lucro de oligarquías portuarias, y el juego interimperialista de tahúres con derringers en el bolsillo del chaleco.

La guerra contra el absolutismo de los Virreyes comenzó en México en 1808 con dos curas españoles: Miguel Hidal­go y Costilla (derrotado por las tropas virreinales y fusilado en 1811) y José María Morelos (para quien la guerra ya era por la independencia) derrotado en 1814 por el general criollo del ejército español Agustín de Itúrbide.

Una buena cantidad de militares, es­pañoles o criollos, formaban parte de las fuerzas armadas del Rey Fernando VII y volvieron a Suramérica para aportar su saber bélico a la lucha anticolonial. El más notorio es José Francisco de San Martín, ascendido a teniente coronel de caballería por su actuación en la batalla de Bailen (1808), primera victoria espa­ñola sobre las tropas de Napoleón.

Simón Bolívar era de alcurnia y, como tal, tenía el grado honorario de teniente en el ejército del Rey. Aunque en Espa­ña no empuñó su sable para empaparlo en sangre humana, viajó en profundidad por Europa y la política.

Para el honor y autoestima de ambos, guerrear en América en vez de Espa­ña no constituía traición. Convertir las colonias en provincias de una España liberal, iluminista, fue probablemente su deseo tácito.

Un puñado de otros nombres de próceres militares o políticos criollos o españoles que bregaron a favor de la independencia suramericana fueron:

Carlos María de Alvear. En España batalló contra las tropas napoleónicas. De regreso a Buenos Aires, en 1809, adhirió a la revuelta del 25 de mayo. En 1811 era teniente coronel del Regimien­to de Granaderos a Caballo (hoy custo­dia de la Presidencia) creado por San Martín. Luego de desalojar de Montevi­deo a las tropas realistas, fue Ministro de Guerra de las Provincias Unidas del Río de la Plata. En la batalla de Ituzaingó derrotó al ejército invasor que en 1820 anexó la Banda Oriental (aún no llama­da Uruguay, cuya independencia fue declarada en 1830).Murió en 1852 en Nueva York.

Juan Antonio Álvarez de Arenales, na­cido en Cantabria, colonia del Imperio romano unos años antes del nacimiento de Cristo y actualmente autonomía en España. Como militar, ayudó a Manuel Belgrano en la victoria de Salta.

Manuel de Escalada, nacido en Bue­nos Aires. En la batalla de San Lorenzo, primera derrota del ejército realista, era Capitán del Regimiento de Granade­ros a Caballo fundado por su cuñado San Martín, junto a quien atravesó los Andes en la campaña que independizó a Chile.

Domingo Matheu, nacido en Barce­lona. Defendió al Río de la Plata en las invasiones inglesas en 1806 y 1807 y fue miembro de la Primera Junta formada en 1810. Murió en Buenos Aires. Anto­nio Álvarez Jonte, madrileño, gradua­do en derecho en Chile. Miembro del Segundo Triunvirato que, empujado por San Martín, sustituyó al Primero, sucesor de la Primera y de la Segunda Junta. Murió en 1820 en Pisco, Perú.

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