

Tengo un vecino en el pasillo donde vivo que es policía. A veces le gusta hablar conmigo, dice que yo sé cuatro cosas que él no sabe y yo le respondo que él sabe ocho cosas que yo nunca sabré. "Hay que marcar las diferencias", me dice; pero yo suelo buscarle la lengua cuando lo veo llegar tarde en la noche con algunos productos difíciles.
Mi vecino tiene una situación especial, un cuadro excepcional para desarrollar una buena novela, llena de todos los matices posibles de la realidad cubana. La primera cosa es que él es policía, y escribir literatura seria teniendo como protagonista a un policía cubano es algo de sumo cuidado en cada línea que se escribe. ¿Por qué? Ah, yo no sé, pregúntaselo a quién tú sabes... Su mujer, mejor dicho: su ex acaba de irse pa'fuera en una lancha y le dejó una nota en la puerta del refrigerador que dice: "Cuida a la niña. Te dejo porque no soporto esto y tú eres el único comunista que existe en este país".
En lengua cubana, decir no soporto esto, presupone que se hace alusión al país, al régimen, al sistema, a su economía, a sus dificultades y limitaciones. Pero nadie puede sospechar, ni remotamente imaginar que escribir no soporto esto se trate de que mi vecino, además de policía, sea gay o tenga determinada irregularidad sexual, o determinada indefinición por sus inclinaciones hacia uno u otro sexo, y no soporte (él) que algún especialista pueda autodefinirlo como bisexual. Se presupone, además, (dentro y fuera de este contexto) que un miembro de la Policía Nacional Revolucionaria de Cuba sea legítimamente y U NI CA MEN TE macho, varón, masculino, Hombre y Rehombre, carajo. Pero a esta altura del relato, aún no se asevera por ningún lado que mi vecino sea "oficialmente gay". Lo que se insinúa es una mera especulación. Aquella noche, su mujer estaba aturdida de las cosas cotidianas y comunes (tú las conoces, mejor no te las cuento, algo así como que se había ido el gas, la turbina del edificio se había quemado, la taza del baño estaba sin descargar, en fin...) La madre ciega no paraba de canturrear alabanzas a Jesucristo y de pronto hubo una discusión muy fuerte; sobre todo por el tema de la niña... Claro, aún no te he dicho quién es la niña, cuántos años tiene, cómo son sus rasgos físicos y puede ser que ni te impresione saber que es jinetera. En Cuba hay muchas jineteras, mucha gente las critica, pero mucha gente quisiera ser como ellas, tener lo que tienen ellas, vivir en el extranjero como muchas de ellas. Lo especial de esta niña, o sea: de esta jinetera, no es sólo que sea la hija de un policía y de una profesora de Filosofía de la Universidad de la Habana. Lo extraordinario de esta chica es el soberano culo que tiene, las espectaculares tetas que se les empinan y la imperdonable edad de trece años para terminar convertida en la prostituta más codiciada de la capital de todos los cubanos.
Pero de eso te cuento después. Estábamos en el tema gay. La cosa es que se pusieron a discutir, alto y fuerte, hasta que yo no sé qué carajo le habrá dicho él a ella, que ella no tuvo otra defensa que espetarle en la cara y a toda voz en el pasillo:"] Mejor puta que maricón!, ¿me oíste?" "¡Aquí nadie sabe quién tú eres de verdad, Wilfredo Castañeda!".
Contrario a lo que yo imaginaba... (ya sabes, ¿no?: pata, piñazos, pistola en mano, galleta de todos los colores) el tipo se viró en medio de la noche y le dijo sin que a nadie le importara: "Si, chica. . .maricón, ¿y qué? A ver, ¿qué me vas a hacer?" Yo te digo que la cosa se puso caliente de verdad. En materia de cuento es como si alcanzara un clímax elevado, un punto máximo donde uno se pregunta cómo es que va a desembocar este particular conflicto.
Yo, por lo menos, no te voy a decir nada. Si apenas me ocupo de mis cosas, mucho menos me voy a prestar para escrudiñar si mi vecino, además de policía, es gay.
"Cuida a la niña", así decía el principio de la nota en la puerta del refrigerador. La profesora de Filosofía de la Universidad de La Habana, después de catorce años teorizando el conflicto del ser y el no ser, estableciendo paralelismos entre ciencia y conciencia, existencialismo y materialismo, espiritualidad y dinámica, sociedades y estados, terminó robando los ahorros que la niña escondía en su mesita de noche; le pagó la lancha a otro profesor de Filosofía; quien además de colega era amante y le metió en la cabeza las ventajas del Capitalismo sobre el Socialismo, le hizo un sexo salvaje en la cátedra a pesar de sus 63 años y le dijo: "Dale, vámonos para la Yuma que allá nos espera el verdadero porvenir". Loca por arriba y por abajo, no lo pensó dos veces y agarró los dólares que María Karla tenía guardados para un sueño muy acariciado. La vieja ciega, que seguía canturreando alabanzas a Jesús, se detuvo cuando sintió un beso frío en la frente y escuchó la voz de su única hija que le decía a modo de despedida: "Que Dios te proteja, mamá". Miró con vaga nostalgia su casa de tantos años y cerró la puerta cargando en la espalda la mochila miliciana de su marido comunista.
A esa hora de la noche, él estaba en una reunión donde se daba un parte del alto índice de drogas que se seguía consumiendo en la Habana, a pesar haber cerrado casi todas las discotecas; la vieja ciega entonaba una oda a la esperanza; María Karla jadeaba de placer trescientos dólares que un búlgaro llamado Iván pagaría por ese premio de la naturaleza universal; y Alicia, la atormentada profesora amante de Kant, Hegel, Marx y Várela, le abría una brecha al mar rumbo al país de las esperanzas. Tal y como están las cosas narradas hasta aquí creo tener suficientes elementos para escribir un cuento. He omitido algunos detalles que me vinculan dentro de esta historia, temo que se haga demasiado personal. Hace algunos años, en la otra Cuba, una noche de tragos y música, yo me fui a la cama con la mujer mayor de esta historia, la misma que ahora es ciega y no para de cantar. Unos meses después nació Alicia, pero por mucho que la miré hasta el momento de su partida, nunca reconocí ningún rasgo sanguíneo ni físico que emparentara conmigo. Aquella noche fue el acabóse, la memoria me falla, creo que nos pasamos de rosca, y nos pasamos de cama y de no sé cuántas cosas más... Mejor me callo. Lo único que me relaciona con Alicia son las ciencias, es decir: yo también fui profesor de Filosofía, claro, Filosofía de aquellos tiempos, la que se impartía en la carrera de Humanidades. Quizás solo por eso, tal vez hubiera valido la pena que fuera mi hija. Pero aquí entra una historia peor, más suculentamente desgarradora, sobre todo si aceptamos o suponemos que Alicia, hipotéticamente, quién sabe, quizás, tal vez, a lo mejor... sea mi hija.
Yo estaba parado delante de la cocina, removiendo los granos para que no se me quemaran demasiado, cuando sentí que tocaron a la puerta. No hice caso, seguí concentrado en lo mío. Me gusta dejarlos bien tostaditos para que conserven su buen sabor con el toque de sal necesario. Me gusta incluso el humo, el olor que desprenden cuando el calor los enternece. Volvieron a tocar y escuché su voz delicada.
- ¿Puedo pasar, viejo?
Nunca ha dicho mi nombre. Para ella y para casi todo el mundo soy eso: un viejo. Estaba parada ahí, en el umbral de la puerta (he leído muchas veces esa frase: "en el umbral de la noche" pero nunca había tenido una experiencia exactamente así). Estaba lista para cualquier deseo, con un sex appeal que se le desparramaba por los ojos hasta cubrir su diminuto cuerpo.
- ¡Pasa! ¡Siéntate! ¿Quieres maní?
Pasó y se sentó. No quería maní. Quería otra cosa. Me detengo en esta línea. Puede ser que haya sido yo quien la iniciara en la prostitución. Yo, con más de setenta años. Ella, con menos de quince. Todo eso sin saber a ciencia cierta si es nieta mía, por aquello de que no sé si Alicia es mi hija, por aquello de que hace muchos años yo me acosté con Úrsula y nadie se acuerda de lo que pasó esa noche. Creo que eso ya lo dije, ¿no? -¿Quieres maní?
Dijo que no con la cabeza y adoptó una posición en la silla como el que llama al más antiguo deseo de la humanidad. Se mordisqueó una punta del labio al tiempo que me lanzó una mirada fiera para mi portañuela.
- Gózame, viejo.
Yo apenas entendí la primera palabra; hasta ese momento todo lo que había visto en ella era una niña linda, nacida y crecida en un solar habanero. Una niña, así de grande y sencillo. María Karla se fue desabotonando la blusa, uno a uno, como en las películas, entonces vi por primera vez, desnudas, esas ícticas que vuelven loco a todos los extranjeros que ella se ha bailado. Soy un viejo, verdad. Pude haberle dicho: No, mi amor. Ya yo no estoy para eso. Dale, mi vida, búscate un jovencito de tu edad, Mira que si tu papá se entera, me mete un tiro por la cabeza. Anda, mija, ve para tu casa.
Eso pude decirle, pero otro bicho estaba dominando mi perverso pensamiento. Me dio una sacudida en la boca del vientre, se me puso duro el guiñapo de rabo por donde meo, le pasé pestillo a la puerta y la boca se me convirtió en un cubo de agua. Me arrodillé frente a su vagina y empecé a succionarle aquellos dos mogotes de carnes precisas. A mi espalda, el humo rechinó como peste con un olor rancio por el maní que se quemaba. Intentando retener los pezones en la boca, se me aflojó la caja de dientes, y en un acto demasiado injusto de la vida, las piernas se me aflojaron embarrando el pantalón de un semen que ya no sirve ni un carajo. Me tendí baboso en su hermoso vientre. Ella se compadeció con breves pasaditas de mano por mi cabeza, hasta que cerró el show mostrando sus agallas de cortesana. -Vale 500.
No entendí ni jota, la miré confundido, abatido. Con ganas de más...
- Si los llevas a la CADECA, vendrían siendo unos 25 dólares.
- ¿De qué tú hablas?
- Tocar 25. Besar en la boca, 30. Por atrás, 50. Servicio completo, 100. Tú no tienes dólares, por eso te pido 500 pesos cubanos. Si nos ponemos de acuerdo, puedo volver todos los días y te aplico una rebaja según lo que puedas hacer.
"Según lo que puedas hacer", dijo mirando a mi pantalón embarrado de eyaculación instantánea. Con la punta de los dedos vapuleé de nuevo sus senos, con ganas de más... Ella entonó su mirada de loba y dijo en forma de broma:
- Oyeeee, deja de tocar que tú no tienes con qué pagar eso.
Sí tenía, pero no me iba a arruinar en un segundo. Mejor era probar día a día. Mi cuenta ya estaba sacada.
María Karla salió de mi cuarto feliz. En cambio, yo terminé el día con fiebres de caballo. Cuarenta años después, volvía a atraparme mi más vieja obsesión: hacer el amor con jovencitas. Justamente ese fue el escándalo que me sacó de la Universidad. No me sirvió de lección, estuve dando a diestra y siniestra cuanta poyuela Dios me pusiera en el camino. Un día mi mejor amigo tocó a mi puerta y encontró a su hija tirada en mi cama. Nunca más recuperé la vista del ojo izquierdo; además de otras heridas que no voy a mencionar.
Hoy soy eso: un viejo que vende maní. Un hombre con el hábito de leer el periódico, ver el Noticiero y cuestionar algunas irregularidades del Sistema. Tengo un vecino que es policía, su suegra es ciega y su hija jinetera. Su mujer se fue de Cuba en una lancha y todavía no se sabe si mi personaje principal es gay o no. Ese fue el día de todas las cosas, o mejor dicho: la noche bifurcada. María Karla me dijo que vendría aprovechando que su mamá tenía reunión en la Facultad y su papá reunión en el G-2. Yo había preparado mi producción del día, me apuré armando los cucuruchos, los rellené con mi habilidad de manisero y me fui a mi punto favorito: el cine Yara. Estrenaban una película de Almodóvar y aquello estaba a reventar. "Hoy voy a tirar para servicio completo", me dije pensando en aquel culito espectacular. Pero no era así tan fácil, la competencia es fuerte en esa zona, los hay que llevan un maletín gusano lleno de galletitas, sórbelos, chupa-chupa, chicles, mariquitas, rositas de maíz, y por supuesto: maní. Apenas había hecho cuarenta pesos cuando un policía que estaba acordonando la cola del cine me miró fijo, luego me hizo una seña con la mano y caminé hasta él.
- Licencia -me dijo.
No le respondí. Me apendeja que la policía me llame. A veces pienso que me van a cobrar alguna cuenta pendiente del pasado. Fueron tantas que mejor no te digo. Ese fantasma me persigue.
- Licencia, viejo.
Todo el mundo me dice viejo. Bueno, eso soy. Eso ya lo sabes... Yo seguía callado. Parado. Inmóvil. Cagándome del miedo.
- Te voy a llevar preso por descarado.
Aquí creo que se me salió un peo de los nervios. Por lo menos yo sentí una peste a mierda de viejo que mejor no te cuento. Vagamente me dio tiempo de pensar en los policías que he visto comiendo maní. Se ven de lo mejor, uno los humaniza, en ese momento se parecen a ti y a mí. No parecen ser la ley, el orden público, la máxima autoridad. Parecen muchachos que no están en na. Pero este parecía que tenía ganas de joderme, o al menos de hacerme pasar un mal rato. Nunca...fíjate cómo te digo: Nunca había visto a un policía pidiéndole licencia a alguien que venda maní. De pronto, aquel muchacho que era evidentemente oriental, cambió el semblante. Le vi la fiera que empezaba a despertársele y calculé que esta historia iba a terminar de mal en peor. Todo, por vender maní, carajo.
Ya tenía abierta la boca para cualquier cosa cuando apareció el Batman de mi momento. Era mi vecino. Llegó con sus modales de Capitán correcto, hizo el saludo militar y dijo:
- Buenas noches. Indique la situación.
Discretamente se alejaron de mí. Yo seguía inmóvil. Juro por mi madrecita santa que estaba embolsao en los pantalones. O tal vez el miedo tiene ese olor a mierda, a viejo rancio y descarado. No escuché lo que hablaban. Me miraban desde su corta distancia hasta que mi vecino se acercó y sin perder su postura, me indicó como si yo fuera un guardia:
-- ¡Retírese, por favor! ¡Diríjase a su casa! ¡No se le debe ver más por esta zona!
- Gracias, Wilfredo.
Le dije su nombre como si fuera mi hijo mayor. Lo sentí cercano, como a ese que yo le digo que él sabe ocho cosas que yo nunca sabré y él me contesta que yo sé cuatro cosas que él no sabe. En ese momento no me pareció que fuera maricón, tampoco me perdoné saber que la recaudación de esa noche era para acostarme con su soberana e independiente hija. Tampoco llegué a la cifra necesaria, y para colmo, cuando pasé de frente al Hotel Colina, María Karla me saludó muy animadamente desde una mesa, haciéndose acompañar de un tipo feo y blanco como la leche. -Adiós, viejo.
Todo el mundo me dice viejo. Me cago en la mierda. Subiendo las escaleras, entroncando el pasillo, vi a Alicia con la mochila en la espalda y los ojos llenos de partida. Nos miramos un minuto como si Dios le dispusiera una obligada despedida con el que fuera, quién sabe, tal vez, a lo mejor... su verdadero padre.
- Cuida de la vieja. Y dile a Wilfredo que le dejé una nota en la puerta del refrigerador. No le digas nada a la niña.
Me hablaba como si yo lo supiera todo desde siempre. Y en eso no se equivocaba: un viejo como yo, que vende maní en cualquier lugar de esta vastísima ciudad, lo ve todo, lo sabe todo, lo escucha todo, y lo que es peor: se lo imagina todo.
Se fue, escalera abajo. Y yo la vi partir.
Dos horas después llegó María Karla. Tocó en mi puerta con su habitual picardía. Venía a ofrecer sus servicios de Mesalina, a cobrar nuevos honorarios, a encontrarse con el robo y la fuga de su madre, con la nota del refrigerador y posiblemente con la muerte de este viejo de mierda que ahora le ha dado por creerse escritor y lleva no sé cuántos días emborronando cuartillas. Yo estaba apagado, sin ilusión de nada. Había visto mi vida pasar y saqué las cuentas que estaba pagando por un divertimento donde la desventaja siempre se recargaba hacia mi lado.
- Hoy no -le dije a la niña y le di un beso en la frente.
- Te lo dejo gratis.
Me miró como mira una mujer enamorada, como si yo le gustara de verdad. Era una trampa, propia de su maña de engatusar viejos desahuciados como ese Iván al que acababa de tumbarle 300 dólares por un coito de tres minutos fugaces.
- Hoy no- le dije y la invité a salir del cuarto.
Un minuto después escuché su grito mortal desde su cuarto:
- ¡Mamá, cojones...! ¡Te mato, cono! ¡Te mato!
Tiró la puerta y se fue escupiendo rabia de todos los colores. No llevaba destino, pero sabía que tres mil dólares no se hacen en una sola noche y una madre fugitiva no se alcanza en altamar. Más tarde llegó su papá. Otros cojones más y una llamada urgente a los guardacostas para interceptar cualquier tabla que vieran flotando en dirección al Norte.
Lo velé para darle las gracias por sacarme del aprieto de esa noche, pero se demoraba en salir. Esto yo no lo vi, pero me lo imaginaba sentado en la sala, mirando a la suegra ciega canturreando alabanzas a Jesús, acomodando la pistola encima de la mesa, despacio, acariciando el metal hasta colocar el dedo en el gatillo y apuntar hacia... ¿hacia dónde? No sé, esa imagen era imprecisa. Lo imaginaba sentado en la punta de la cama con la nota del refrigerador en las manos, releyendo una y mil veces las líneas que terminan acusándolo de ser el único comunista que queda en este país. Imagino que se para y camina, que se pone las manos en la cabeza de tanto pensar, la cabeza a punto de estallar. Abre una gaveta y encuentra un poco más de trescientos dólares.
- Ay, María Karla. Cojones...
En este país casi todo el mundo dice pinga y cojones como si nada, como tomar agua, como si fueran adjetivos de los más importantes de la Real Academia de nuestra lengua.
Lo velé hasta que salió al pasillo. Estaba sin camisa y se fumaba un cigarro. En medio de la noche parecía una fotografía de Korda o de Salas. Reconozco que tengo verdadera devoción por el efecto visual que produce el humo. Hasta el humo de los fumigadores del mosquito tiene su encanto.
Mi vecino policía estaba ahí, como una foto en blanco y negro. Descamisado, Macho, Varón, Masculino, ¿Hombre? Primero traté de ver el retrato de un ser humano a quien la vida lo premiaba con demasiadas injusticias juntas. Más allá de tener un cuadro particular para una excelente novela, lo que vi fue un espejo abatido por el complejo laberinto de cosas que resulta ser la vida, con sus pro y sus contras, un pedazo de luz y otros tantos de sombras, una felicidad impredecible, inestable e insegura, dentro de un país tan complejo como tantas cabezas lo cuestionan, tantas voces lo critican y tantos ojos lo protegen, Me miró y en una sola palabra me lo dijo todo:
- De pinga, viejo. De pinga.
Botó el humo como quien exorciza todos los demonios del mundo. A mí me faltaba coraje para hablar del tema. Casi termino repitiendo lo mismo que él: "De pinga, Wilfredo. De pinga", pero la verdad verdad es que no quería cerrar la noche sin antes matar la curiosidad que me picaba desde la primera cuartilla. Como si fuera un chivo con tonteras, haciéndome el bobo, le tiré el gancho:
- Oye chico, sácame de una duda. ¿Un gay puede ser policía?
- No -dijo tajante al instante y se me puso de frente en posición defensiva.
- ¿Y un policía puede ser homosexual?
- ¿Y ese trabalenguas a qué se debe, viejo?- Puso cara de muy serio.
- Perdóname; es que lo leí en un cuento.
Aspiró una bocanada grande y la botó sobre mi rostro contrariado.
- Primero muerto que maricón ¿entendiste? Eso es una deshonra.
- Sí. Me lo imaginaba.
- El cuento que tú dices debe ser una mierda ¿comprendes? Y el que lo escribió, un comemierda también.
- Sí, me lo imaginaba. El cuento ese es una mierda.
Botó el cigarro. Entró al cuarto, tiró la puerta y dijo "Cojones" Después de eso, ya no quise escribir más.
(Bayamo, Cuba, 1963) Narrador, poeta, crítico de arte y fotógrafo. Tiene publicado el libro de cuentos Fabulación de la memoria (Ediciones Extramuros, 2004) y El ojo con que mira el ciego (LetrAbierta Editores, 2008).