


“La lluvia era todo lo que había. Y también los de abajo, que no eran del todo” Con esta extraña afirmación comienza su novela Álvaro Pombo. Uno de los mejores escritores en lengua castellana en activo. Hecha esta declaración, les diré que en este libro, al que el autor llama “novelita”, quizá por su extensión pero no por falta de sustancia, vuelve a andar por sus caminos y a su editorial, Anagrama, después del paréntesis de La fortuna de Matilda Turpín justamente galardonada con el premio Planeta y Virginia o el interior del mundo ambas publicadas por Planeta. Tampoco creo que sea un libro fácil de leer –como el autor afirma– para el lector no adicto a Pombo, por el propio juego literario que marca, y tomo como ejemplo el análisis estilístico que hace a partir de poco más de una docena de palabras de un manuscrito con el que da comienzo el libro y esta reseña.
La novela narra dos tiempos paralelos, uno, el del catedrático jubilado que afirma: “Que su vida carece en cierto modo de exterior” al considerar que no hay nada resaltable en ella, y por otro, la historia que conoce a través de dos cuadernos manuscritos, en los que un lugarteniente apodado Aloof narra sus aventuras en primera persona, hallados por casualidad al adquirir un lote de libros. El catedrático hace una descripción de sí mismo: “llevo un gorro de lana que, al ocultar mi calva, mejora mi perfil, tan judaizante” en la se puede reconocer al propio autor.
Se aplica en buscar una explicación filosófica sobre la aventura, él que parece no haberla conocido, incluso la cuestiona, cuando la narra el tal Aloof, reflexionando “nada cesa de ser interior, por más que el narrador lo exteriorice en idas y venidas exteriores” poniendo casi en duda que exista la aventura misma.
Como en toda la literatura de Álvaro Pombo, disecciona los hechos y hace un seguimiento psicológico, en este caso también sintáctico, al conocer al protagonista por medio de su propia escritura, para dar con las razones que justifiquen su conducta, iluminándose siempre con sus emociones.
El catedrático, según va avanzando en el análisis del manuscrito, comienza a perder el interés en cuestionar la propia aventura, sintiéndose cada vez más identificado con las emociones del lugarteniente, dado que Aloof se formula sus mismas preguntas sobre lo que es en sí la propia aventura y su existencia.
Álvaro Pombo, como es habitual en él, bucea por el interior de los personajes y vuelve siempre con alguna captura. Reflexiona acerca de la juventud, sobre el atractivo que ésta tiene sobre él –se le ha escapado y lo tiñe de cierta nostalgia– . Trata, de tú a tú, con la amargura y la esperanza, como las dos caras de su misma moneda que le sigue manteniendo curioso. Flota, como un amarre a la vida, la atracción que siente por los jóvenes de su mismo sexo, no lo explica, pero lo expone “aquí también hay tres jóvenes por falta de uno, que me conmueven más quizá de lo que yo quisiera: a mí también se me va la lengua de mis ojos”.
La previa muerte del lugarteniente Aloof es un paso más en la ya larga andadura de búsquedas del poeta y novelista Álvaro Pombo. En su madurez rebosa curiosidad y sabiduría e indica que como escritor tiene aún mucho por decir, y demuestra que aunque sus búsquedas sigan buceando dentro de las mil razones del interior, en su forma no duda en arriesgarse. Por todo lo dicho, creo que deberían leer esta “novelita” –como la llama el mismo Pombo–, leyéndole siempre se aprende y eso es mucho.