


Don Quijote de La Mancha, la obra más importante de la literatura en lengua española, ha inspirado, desde su publicación, a muchísimos escritores. ¿Cómo no sucumbir ante el encanto de ese caballero andante y su fiel escudero? ¿Cómo no vivir a través de sus fantasías de loco? Ahora bien, creo que lo único que le faltaba a don Quijote era llegar un día a Medellín y ser testigo del momento de violencia, narcotráfico y espejismos de dinero a raudales con los que se llenó una ciudad y también un país.
En 2004, con motivo de la celebración de los 400 años de la primera publicación de Don Quijote de La Mancha, el BBVA patrocinó la publicación de un libro en donde las mejores plumas de América Latina y España, le dedicaban algunas páginas a la gran novela de Miguel de Cervantes Saavedra. El escritor colombiano Jorge Franco estuvo entre los invitados y se la jugó presentando un cuento con un título que emula a los títulos de los capítulos del original Don Quijote: Donde se cuenta como me encontré con Don Quijote de la Mancha en Medellín, cuando la ciudad se llenó de gigantes inventados. Aquí el Quijote arriba a una Medellín que se bate entre fuegos cruzados. En 2005 el cuento es reeditado por Editorial Planeta Colombiana y presentado como un librito cuyos derechos fueron cedidos por el autor para ayudar a las víctimas de las minas antipersonal.
Esta es la historia de un niño que ve con admiración como su abuelo construye personajes con chatarras y cachivaches que recicla de un lado y otro. Más que buscarlas, el abuelo es encontrado por estas piezas viejas que tienen, a sus ojos, una forma ya clara. Sin embargo, un buen día le hace falta una bacía para coronar su figura de Don Quijote de La Mancha, y el niño se hace adulto mientras el abuelo espera, con paciencia, a que aparezca la pieza faltante.
Pero cuando el niño ya es un joven adulto y tiene ganas de saborear un poco de mundo, lo recibe una Medellín hambrienta de sangre, que cuenta con sus propios gigantes (¿violencia? ¿narcotráfico?). Y si bien ese Quijote que el abuelo construyó de piezas botadas por ahí, y que roza en la perfección, no sirve para destruir los gigantes de Medellín, sí logra destruir a todos los gigantes que pueden separar a un abuelo de su nieto y unirlos aún más gracias a la fantasía de un personaje literario.
La literatura colombiana, desde mediados del Siglo XX y hasta ahora, ha estado y está marcada por temas que son necesarios, pero que suelen cansar la cabeza del lector: la violencia y la guerra. Tal vez estamos saturados de violencia y de guerra y a pesar de todos los esfuerzos por evitarlo, nuestros ojos siguen buscando las líneas que nos permitan entender un país que raya a veces en lo absurdo, sin dejar de merecernos cariño. Ninguna manifestación artística es ajena a esto, pero no cualquiera tiene la capacidad de transformar el dolor y la tristeza de las épocas más duras de la historia colombiana en un trabajo estético que valga la pena.
Este cuento logró atravesarme una espinita, o más bien, remover una espinita ya existente: ¿Cómo leemos a autores como Fernando Vallejo, Alonso Salazar o el mismo Jorge Franco, quienes venimos detrás generacionalmente? ¿Qué deben representar para nosotros? ¿Sólo el testimonio de una época infeliz, pero productiva literariamente?
Yo recuerdo haber leído por primera vez Rosario Tijeras, la novela más exitosa de Jorge Franco, al poco tiempo de su publicación y cuando aún yo estaba estudiando en el colegio. Diez años después esa obra sigue estando entre las lecturas colombianas imprescindibles que recomiendo, no porque también mi generación haya vivido el drama de la violencia y de la guerra, no porque quiera entregarle al extranjero un manual ‘bien escrito’ para que ‘entienda a Colombia’, no por esas razones, sino por otras mucho más escondidas, quizás íntimas: porque aun cuando los de mi generación estábamos muy jóvenes (¿éramos unos pollitos?) para recordar incluso con claridad a Pablo Escobar, sabemos que en veinte años más, en treinta años más, estos autores (y sobre todo Franco que es el más joven del grupo) serán una referencia estética, no sólo histórica, menos social.
El Quijote en Medellín, pero nacido de la ilusión de un viejo con el arte de convertir la chatarra en algo bello, es la metáfora más bella que un lector atento va a encontrar en su itinerario de lecturas. Porque recordemos que la historia del Ingenioso Hidalgo, es la historia de un hombre que enloqueció por causa de la lectura de novelas de caballería y emprendió el camino de la batalla en contra de los males que aquejaban su mundo estrecho tan sólo en el aspecto geográfico, con la buena intención de desfacer entuertos. No podría asegurarlo con certeza, pero creo que un escritor intentando contarnos un trozo de la historia de Medellín, es también, a su manera, un Quijote que lucha contra los gigantes del lenguaje, con las armas de la fantasía, para que el lector viva en la ficción una experiencia hermosa. Una experiencia que de vivirla en la realidad no sería tan bella como lo es contada: el cuento que le guardaría a mis nietos para que no me olviden, de la misma forma que el abuelo protagonista de esta historia guarda un Quijote en Medellín para que su nieto lo entienda y lo ame.