

Hace unos años mi editora española Nicole Cantó, cerebro y cuerpo de la editorial Zoela, me hizo llegar una novela que acababa de publicar y me dijo: “ya me dirás qué te parece”. Se llamaba Harraga y la leí en un par de horas. Pero confieso que jamás, hasta ese momento, había leído de modo tan directo sobre el tema de la emigración africana hacia Europa, y el impacto fue como aquel puñetazo al mentón del que hablaba Hemingway al referirse a una buena historia.
Luego leí Donde mueren los ríos y la sensación de estar recibiendo un profundo impacto fue todavía mayor.
Antonio Lozano, que nació en Tánger en 1956 ha sido un testigo directo de todo ese fenómeno del tráfico de personas entre Marruecos y otras zonas de África con Europa, básicamente hacia España. Y esa experiencia, por suerte, ha sido trasladada a sus libros con una sensibilidad especial que provoca al mismo tiempo, en cada lectura, rebeldía, tristeza e impotencia ante un fenómeno que se le ha ido a todos de las manos. Y esa sensibilidad, la aparente sencillez de su prosa fluida y muy dramática, y el vívido reflejo literario de una muy dura realidad le han valido el reconocimiento nacional como una de las voces más autorizadas sobre el tema: Harraga obtuvo en el 2003 el premio Novelpol a la mejor novela negra publicada en España y Donde mueren los ríos, su segunda novela sobre este asunto, fue finalista del importante Premio Brigada 21, que también se concede cada año a la mejor novela negra publicada en España; y luego con El caso Sankara, donde noveló los momentos más esenciales de Tomás Sankara, a quien el mundo conoció como “el Ché Guevara negro”, se alzó con el premio internacional Ciudad de Carmona, también de novela negra.
Lo interesante, lo que hace diferente a Lozano, es la colocación de temas como la emigración africana a Europa, el tráfico de personas en el Mar Mediterráneo y los oscuros intereses de la Europa desarrollada en la profunda África dentro del esquema típico de la novela negra. El uso de la intriga, el entorno de aventura de toda pesquisa policial, la imbricación de recursos literarios que despiertan el interés del ser humano por lo cotidiano tenebroso son aciertos de estas novelas y conforman un estilo propio, un modo muy particular de enfrentarse al género, que le ha permitido a Lozano ganar el respeto de lectores, críticos y autores de la talla de Manuel Vázquez Montalbán o Fernando Marías, por sólo citar a dos de los que han elogiado sus obras.
Otro aspecto notable es la humanización de la negritud, es decir, la revalorización, ante el ojo “colonizador” del europeo, de la verdadera humanidad, los altísimos valores humanos, la sensibilidad y el dolor histórico de los negros africanos. Este procedimiento, que comienza en la personificación de sectores traumáticos de pueblo africano mediante la estructuración psicológica de los personajes que elige para la trama, termina en un ciclo cerrado donde el dolor, el miedo, la inseguridad del emigrante, la invalidez del “atrasado africano” ante el “poderoso europeo”, lanzan un mensaje aún más preciso: ¿hasta dónde tenemos culpa de la desgracia de los habitantes de un continente que hemos expoliado, subvalorado y oprimido desde hace ya unos cuantos siglos.