

Durante una conversación en La Habana, hace ya algunos años, Gabriel García Márquez me refirió su proyecto de escribir un libro en el cual iba a contar cómo surgieron sus novelas, a explicar cuál era la realidad que había detrás de cada ficción y cuál era el origen de cada uno de los episodios y personajes de sus narraciones. La idea de redactar ese libro, que según él vendría a ser la novela de la novela, la concibió al darse cuenta de que a los lectores –y no sólo a los profesionales, a los profesores y a los periodistas- les interesaban esos aspectos literarios mucho más de lo que cualquier autor pudiera sospechar. Pero si esa observación de García Márquez es cierta, el interés se multiplica cuando quien tiene el libro de ficción en las manos no es un simple lector en busca de distracción o placer, sino una persona que siente una genuina vocación por las letras. Estoy convencido de que no existe un solo escritor al que alguien no lo haya detenido en medio de la calle o a la entrada de un cine para preguntarle acerca de sus libros, sobre el origen de sus temas y personajes, y por supuesto incluso para solicitarle consejos sobre la técnica que puede emplearse para escribir un cuento o una novela.
A lo largo de mi vida he tenido esa misma experiencia: he recibido incontables cartas de jóvenes que empezaban a transitar el camino literario o deseaban hacerlo, pero habían estado paralizados hasta ese momento por el temor que siempre infunde la cuartilla en blanco. Invariablemente en esas cartas me pedían consejos sobre el modo de escribir un cuento. También invariablemente, porque tampoco conozco la fórmula mágica para que alguien se convierta en escritor, los remitía a la lectura del Decálogo del perfecto cuentista, donde Horacio Quiroga, que era un verdadero maestro del género, ofrecía una serie de trucos o de consejos técnicos que sin duda pueden ser muy útiles a cualquier futuro cuentista; por ejemplo, saber desde el primer momento a dónde se va, puesto que en un cuento bien logrado -decía Quiroga- “las tres primeras palabras valen tanto como las tres últimas”; no imitar a menos que la influencia sea muy poderosa; escribir sin pensar en los demás, como si la historia a contar sólo tuviera interés para el reducido círculo de los personajes que habitan en la narración, y sobre todo –ya que el cuento debe ir directamente como una flecha al blanco- evitar los rodeos innecesarios y todos los adjetivos que puedan ser suprimidos sin que el texto pierda eficacia expresiva.
Pero pese a los consejos de Quiroga, que fijan las reglas específicas del género, existen tantos modos de escribir un cuento como autores han abordado con fortuna esa forma narrativa. Muchos renombrados cuentistas, al contrario de lo que dice Quiroga, se han sentado a la máquina de escribir sin saber exactamente lo que iban a hacer, como guiados por esa fuerza desconocida para ellos mismos que se llama inspiración, y han logrado un cuento antológico. Un escritor ecuatoriano me confesó que una mañana, mientras desayunaba, creyó escuchar una voz que repetía una frase que desde el primer momento le pareció un título excelente para uno de sus relatos. Media hora después sintió la urgente necesidad de escribir y sin que estuviera en posesión de ningún tema comenzó su labor y escribió un hermoso cuento, como si se lo hubieran estado dictando, sin separar un solo instante las manos del teclado de su máquina de escribir. Sin embargo, uno no puede concebir que un cuento como Los asesinos, de Ernest Hemingway, que es todo un modelo de sabiduría técnica, pueda escribirse sin que el autor calcule con meticulosa frialdad, consciente del efecto que ha de causar en el lector, cada detalle de esa maravillosa intriga.
En literatura nada es fácil, lo saben todos los escritores que día a día se angustian frente a la página en blanco para lograr un poema o un texto narrativo que, al concluirlo, tal vez lo colme de satisfacción. Pero el cuento, entre todas las opciones que ofrece el cultivo de las letras, encierra las mayores dificultades. Posiblemente medio en serio y medio en broma, William Faulkner confesó que su primera idea en la vida fue escribir poesía y fracasó; luego quiso ser cuentista y como no logró su propósito se convirtió en novelista. Aunque esta confesión de Faulkner no hay que tomarla al pie de la letra, porque él escribió cuentos admirables, sin duda subraya las dificultades inherentes a un género en el que muchos se han aventurado sin alcanzar el éxito soñado, en la misma forma en que renombrados cuentistas no han logrado el aliento necesario para escribir una novela, entre ellos el propio Horacio Quiroga, que en su novela Pasado amor no estuvo a la altura de sus cuentos inolvidables.
La fórmula imperfecta
¿Cómo escribir un cuento? Creo que nadie puede entregar la fórmula perfecta. No se trata sólo de apropiarnos de la técnica, lo que puede ser relativamente fácil, sino de haber nacido con esa disposición especial para comunicar en pocas líneas sentimientos y experiencias. Un joven se acercó a un famoso cuentista y volvió a formularle la pregunta:
-¿Maestro, puede decirme cómo escribir un cuento?
-¿Usted ha leído el cuento de Monterroso que narra la historia de un dinosaurio, tal vez el cuento más corto que se haya escrito?
-No, maestro, lamentablemente no lo he leído.
-Entonces yo le voy a contar la historia. Un hombre soñó que lo perseguía un dinosaurio. Lo soñó durante noches y noches, a lo largo de meses, y una mañana, al despertar, el dinosaurio estaba debajo de su cama. Ahora, usted debe tratar de escribir esa misma historia utilizando el menor número de palabras posible.
(Santa Clara, Cuba, 1928). Se graduó como periodista en La Habana. Estudió una Maestría en Hipnología Multidimensional y Biolística Curativa. Posteriormente recibió un curso de Medicina Tibetana y Autocuración Tántrica certificado por el Lama Gangchen Rimpoche, de Sri Lanka. Como periodista colaboró con varios medios de comunicación entre los que destacan los periódicos El Nuevo Día de Puerto Rico y El Mundo, Bohemia y Carteles de Cuba. Fue, además, subdirector de la revista Cuba. Es autor de varios libros con premios nacionales e internacionales. Además de su pasión por la literatura y el periodismo, José Lorenzo Fuentes ha dedicado una gran parte de su vida a la investigación y al estudio de temas metafísicos como la magia, la medicina alternativa y la parapsicología. Ha publicado: El lindero, cuento (1953); Maguaraya arriba, cuento (1963); El sol, ese enemigo, novela (1963); El vendedor de días, cuento (1967); Después de la gaviota, cuento (1968, 2008); Viento de enero, novela (1968); Mesa de tres patas, cuento (1980); La piedra de María Ramos, novela (1986); Brígida quiso soñar, novela (1987); Los ojos del papel, novela (1990); El hombre verde y otros relatos, cuento (2005), Meditación (2001), y Hierba nocturna (2007)