


A estas alturas, Colombia tiene una tradición de manifestaciones artísticas en torno al tema de la violencia. El cine. La televisión (atrás quedó la moda del culebrón romántico, parece). La pintura. Y, claro, la literatura. Sobre esta última es necesario hacer algunas precisiones. No se trata de que toda la literatura cuyo tema es la violencia colombiana, en cualquiera de sus aspectos, sea mala. Se trata de que, al ser un tema tan fácilmente agotable y a la vez tan delicado, no cualquier escritor sabe llevarlo con el ritmo, la pulsión y la estética artística que requiere. Mucho antes de que pulularan en librerías las historias de ex-secuestrados, muchísimo antes de que revelar aspectos de la violencia y la guerra en Colombia se convirtiera en marca registrada de muchos autores, se publicó Cóndores no entierran todos los días del periodista y escritor tulueño Gustavo Álvarez Gardeazábal.
Algo bello me sucedió con este libro. Lo leí por primera y única vez a los 12 años. Por alguna loca razón que, obviamente ya no recuerdo, el libro se perdió y yo me perdí también en otras lecturas y no lo recuperé. Salí de Colombia y ya no lo pude conseguir de nuevo, hasta hace un par de meses, cuando hurgando en una librería de viejo acá en Santiago lo encontré en una edición de 1989 por el sello RBA. Nunca en todo este tiempo había podido olvidar ni los entrañables personajes, ni la historia contextualizada entre 1948 y 1958, aquel período en que liberales y conservadores se declararon una guerra civil absurda y taimada.
Tuluá, escenario de esta novela, es una reproducción a escala de la Colombia de esos años, dividida en dos bandos que peleaban a muerte. Los tipos de personajes que aquí aparecen, nos son familiares a todos los colombianos de una u otra forma, hayamos o no vivido en aquella época posterior al “bogotazo”. El protagonista, León María Lozano, un vendedor de quesos de la galería, se ganó durante un – algo accidental – acto heroico el derecho a meterse, un tanto solapadamente, en aquel lugar jodido y especial reservado sólo a hombres de su talante: el lugar del máximo poder en el partido conservador. Él realmente tenía la convicción casi fanática de que su partido merecía todos sus esfuerzos y sacrificios y este fanatismo es interesante en el lenguaje de esta novela, puesto que figura en un primerísimo plano en la novela, no es sutil, por el contrario, tiene escenas directas veladas por detallitos cotidianos y rutinarios – León María le lee todos los días el diario conservador El Siglo a su mujer Agripina –, pero que no están introducidas gratuitamente, sino que pretenden sentar lo más importante de la construcción social de esta novela: la guerra se gestó en los años de “la violencia” en Colombia fue, ante todo, una guerra de fanatismos de dos bandos, aunque estos buscaran gritar a voz en cuello posibles razones y argumentos válidos para matarse unos a otros de la forma más cruel y despiadada.
El protagonista masculino es contrastado con una antagonista femenina, Gertrudis Potes, mujer del ‘otro bando’, liberal a ultranza que se atrevía a decirle unas cuantas verdades a León María Lozano. Pero no sólo Gertrudis, sino en general todos los personajes femeninos sobresalen en la historia por la sinceridad privada con la que enfrentan asuntos que por la educación mayoritariamente machista y patriarcal, debían competer solamente a los hombres. Es en la voz de las mujeres que se anima a salir el bichito de la verdad, es decir: que todos esos muertos que van corriendo río abajo, montaña abajo, no son precisamente ajenos a las vivencias políticas del país.
Un aspecto también muy interesante en la estética narrativa de este libro es precisamente que carece de grandes personajes, es decir, que no describe la vida de hombres y mujeres valerosos, frente a otros que son víctimas y desafortunados. Más bien le recalca constantemente al lector que un humilde vendedor de quesos llegó a una posición de poder y ese poder, por supuesto, se derramó en forma de violencia y crueldad y en contraposición a ese personaje que asciende, está la ciudad que desciende a los infiernos, pero se niega a verlo, cierra los ojos, se oculta a esa realidad, mientras sus habitantes, seres comunes y corrientes, familias de costumbres y tradiciones clásicas, se enfrentan al horror sin espantarse y asumen la violencia con moderados aspavientos que se limitan al terreno de lo privado.
Si bien estamos hablando de una obra de ficción, la Tuluá que nos muestra Gardeazábal refleja perfectamente a una Colombia que, aún impávida por los hechos de violencia, se negaba a asociarlos con su contexto político-social: «Tuluá tuvo que traumatizarse para poder convencerse de que quien dirigía toda esta matazón era León María Lozano, el antiguo vendedor de quesos en la galería, el mismo que iba a misa todos los días donde los salesianos y a las seis de la tarde se encerraba en su casa a cuidar de los pavorosos ataques de asma que le daban casi a diario con silbido de sepulcro, ahogo de moribundo y carrera al patio en busca de aire puro.
»Para poderse convencer, Tuluá tuvo que esperar tres meses más, enterrar casi un centenar en su cementerio y oír a los refugiados de las montañas bajar a contar sus pesares»
En la ausencia de diálogos y la narración cimentada principalmente en la observación aguda del narrador se juega la calidad de esta novela, que sin duda se suscribe hoy como un clásico de la literatura colombiana, una obra de fundamental lectura, no sólo por el tema que aborda, sino por la estética con que este fue tratada.
De alguna manera Gardeazábal ya auguraba en su prólogo a la edición de 1984 que esta obra se saltaría todas las barreras temporales: «Probablemente muchas generaciones futuras volverán a pasar por estas páginas. Probablemente también los alarmantes signos de la violencia que siguen rondando los aires nacionales la hagan insignificante…» Y es que es verdad que ciertas novelas no se entierran nunca…