OtroLunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Marzo 2010. Antilde;o cuatro. Número doce

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Datos de la revista, marzo 2010, año 4, número 12
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La necesidad de un rearme moral

 

Félix Sautié Mederos

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En el medio social habanero en que me desenvuelvo, se pueden observar ciertas tendencias, algunas muy acuciantes, de darle vueltas y vueltas a los efectos visibles de los problemas que nos afectan, con grandes campañas de acción sobre estos efectos sin ir al fondo de sus causas determinantes, lo que en mi opinión, en sentido general, nos mantiene detenidos en el tiempo y dentro de un ambiente de gran inmovilismo social, a la espera de que nuestros problemas se resuelvan de forma natural o por acciones externas, sin decidirnos por nuestra parte a tomar partido en sus soluciones, porque hacerlo nos podría traer conflictos persona­les. Esta situación nos mantiene dentro de un círculo vicioso que necesariamente tendríamos que romper a favor del futuro y, en mi opinión, plantear para ello nuestros análisis, opiniones y pro­puestas dentro de un amplio diálogo. Este es el propósito que me anima para lo que voy a escribir a continuación.

Como es conocido y se ha afirmado muchas veces, en oca­siones sin entender claramente su verdadero significado y la necesaria influencia que tiene en nuestro quehacer cotidiano, la naturaleza y la sociedad están regidas inexorablemente por un conjunto de leyes fundamentales que se manifiestan y actúan con independencia de la voluntad personal; la primera y más importante en mi opinión, la de "causa-efecto".

Se puede afirmar que no existe ningún efecto sin ser pro­ducido por una causa o por un conjunto de causas. En conse­cuencia, cuando se quiere actuar sobre algún efecto visible o invisible, tanto en la naturaleza como en la sociedad, es imprescindible indagar sus causas determinantes, tanto las que son secundarias como las primarias, y no hacer lo que resulta tan frecuente por aquí de querer resolver los problemas sólo mirando a los efectos sin buscar las causas determinantes.

Los seres humanos nos diferenciamos de los animales, incluso de los más cercanos a nuestras características, por nuestro libre albedrío, nuestra conciencia y nuestra capacidad de pensar. Somos una especie que puede actuar con indepen­dencia de los instintos, y por tanto gozamos de una libertad esencial, lo cual necesariamente debo reiterar en algunos capí­tulos subsiguientes, porque no siempre lo hacemos así y los instintos de conservación del poder adquirido convierten a muchos en verdaderos esclavos de sus propias ambiciones. Desde mi punto de vista, estas cualidades básicas que posee­mos todos con independencia de nuestro sexo, raza o condi­ción social constituyen el fundamento esencial de los derechos inalienables que como tal todos poseemos. Lo que va más allá de las declaraciones formales y la legalidad en general, porque es una cuestión inherente a la condición humana que nadie sobre la tie­rra tiene justificación alguna para violar por mucho poder, auto­ridad e incluso respaldo masivo que pudiera poseer.

De aquí se deriva el surgimiento y la necesidad de la moral y la ética, que conforman el mínimo de principios básicos de conducta encaminados a que actuemos con justeza, de forma positiva hacia nosotros y hacia los demás, así como con total independencia de los instintos, pasiones e intereses malsanos que pujan por influir en nuestra forma de ser y, principalmen­te, en nuestra actuación. En estas circunstancias, se puede afirmar que la moral y la ética devienen la responsabilidad dentro de nuestra libertad inherente.

Para los que consideramos que el socialismo es un sistema social justo y además factible y que la libertad debe ser para todos o no ser, el respeto a la conciencia, la equidad distributiva y la justicia social son normas morales y éticas inviolables en nues­tra vida y nuestra actuación. A tales efectos, nunca deberíamos transigir con que se planteen como actitudes necesarias para alcanzar la justicia social fenómenos de autoritarismo, imposi­ción por la fuerza más allá del convencimiento, las conviccio­nes y la libertad de conciencia, porque cuando se violan los principios concernientes con la libertad, la equidad y la justi­cia se producen una serie de efectos principales, secundarios y derivados en sentido general, que afectan la moral y la ética de quienes se encuentren dentro del marco de referencias del sis­tema social dado. De igual forma sucede cuando los líderes no entienden la dialéctica del movimiento y avance de la sociedad, tal y como lo hacen los que se empecinan en actuar ellos y en obligar a que los demás actuemos a partir de las claves del pasa­do, que por aquí son las propias de los años cincuenta, sin tomar en cuenta el paso del tiempo.

La honradez científica e intelectual, sin tener en cuenta los intereses personales o de grupo, ni las compulsiones de los poderes establecidos, ni mucho menos el miedo a ser veraces y objetivos, nos obliga moralmente a tomar en consideración estas leyes y principios para cualquier análisis o indagación que nos planteemos.

En primer lugar, para el caso específico de Cuba, en tales análisis no deberían ignorarse las contingencias que se derivan de la constante hostilidad y agresiones perpetradas por las diversas administraciones norteamericanas que se han suce­dido desde 1959 hasta la fecha. Esta agresividad se desarrolla en una espiral que ha ido en aumento sin el menor respiro, con la constante presión perversa de un bloqueo que constituye el más prolongado de la historia universal. A esto habría que añadirle los conocidos y constantemente renovados intereses ane­xionistas con el país del norte que se vienen manifestando desde el mismo surgimiento de nuestra nacionalidad.

Considero que, sin tomar en cuenta estas contingencias externas, no se podría hacer un juicio justo al respecto sobre las manifestaciones subjetivas y objetivas de una evidente pér­dida de valores, de una doble moral, así como del hastío y el desencanto. Estas manifestaciones negativas son planteadas y reconocidas por muchos, desde las cúpulas de la sociedad hasta la base.

Como consecuencia de esas circunstancias y coyunturas que menciono, se puede percibir la existencia de un determi­nado desgaste en el proceso revolucionario que no me canso de señalar cada vez que me es posible.

Otro problema importante que se puede observar de forma recurrente es la búsqueda de soluciones por la vía de la represión como única posibilidad para abordar algunas pro­blemáticas contradictorias con las políticas establecidas, así como por un regreso del espíritu de Saturno, que si en ningún otro momento de nuestra historia se podría justificar, en el presente de inflexión en que vivimos es más inoportuno e injus­tificado que nunca, porque lo empeora todo y podría ponernos ante un callejón sin salida.

La existencia de manifestaciones de una doble moral que se generaliza desde arriba hasta abajo constituye un signo muy preocupante, con consecuencias actuales y futuras en el desen­volvimiento de la población y especialmente en la formación de las nuevas generaciones, que se proyectan hacia un futuro en donde indeclinablemente se redefinirá, conforme al momento, el sistema económico y social en que habrán de vivir nuestros hijos y nuestros nietos, más allá de lo que queremos nosotros hoy que sea el mañana. A tales efectos, no podemos obviar la acción determinante que habrá de tener el ser social, que hoy forjamos, sobre la conciencia social de entonces.

En la búsqueda de las causas de estas manifestaciones de doble moral no se debería nunca confundir éstas con nuestros deseos y voluntades personales dirigidas en la dirección de lo que queremos que sea, sin encontrar lo que realmente es. Ni tampoco podríamos enfrentarnos con miedo a los posibles resultados de estas búsquedas. El miedo se alimenta de la exce­siva centralización social, del triunfalismo desde el que se ana­lizan las situaciones internas y de la falta de libertad para la crítica constructiva. El miedo lo entorpece todo, además de ser en mi opinión, a su vez, una de las causas determinantes de las manifestaciones de doble moral que nos planteamos analizar. Los que se dedican a manipular el miedo se agrupan efectiva­mente, aun sin quererlo, con quienes se proponen la destruc­ción del proceso e, incluso, por carácter transitivo con los anexionistas también, porque, al dejar sin salidas a la concien­cia y al espíritu de las personas, se crea un efecto controver­tido.

En definitiva, una acción guiada por la conciencia, que se fundamente en las convicciones libremente aceptadas sin compulsión de ningún tipo, sería el método más eficaz, dejan­do a un lado el círculo vicioso de actuar sobre los efectos sin entrar en profundidad en las causas que son determinantes. Siempre el camino de la conciencia es el más complejo y dilatado, pero a su vez, el más seguro y verdaderamente efectivo. Por eso respetar su libertad, cultivarla y abstenerse de reprimirla es lo verdaderamente aconsejable.

La excesiva centralización en el desenvolvimiento social, que se ha ido incrementando en una espiral que parece no tener fin, es un factor coadyuvante del surgimiento de la doble moral y de la simulación como desviación básica de las con­ductas de las personas que temen por su estatus, por su traba­jo, por su subsistencia, y que poco a poco se han ido quedando en una situación de indefensión personal ante los poderosos mecanismos burocrático-administrativos en que se desen­vuelven cotidianamente. En esta dirección el miedo actúa con una incidencia corruptora de la integridad moral, sutil y per­sistente, que comienza por manipular a los más débiles y, en la medida que se va generalizando y da la sensación de no tener fin, poco a poco se va tragando a los que se mantienen más fir­mes, pero que se desencantan y se sienten ahogados por el has­tío y la desesperanza.

Con miedo no es posible que fragüe adecuadamente el desenvolvimiento de la moral y la ética, porque el miedo pro­mueve la sumisión sin principios y este tipo de sumisión siem­pre se hará dependiente de quien utilice con mayor efectividad el miedo y tenga un mayor poder de represión. Entonces, la fuerza y la imposición controvertidamente se convierten en un verdadero peligro para la seguridad nacional de cualquier país y con mayor fuerza para una nación como Cuba, que está cons­tantemente amenazada por los intereses imperiales de los Es­tados Unidos.

En este mismo orden de cosas y circunstancias, nos encontramos en nuestro medio con que la sacralización del pensamiento único oficial que se ha ido conformando, junto con la centralización, detienen el desenvolvimiento de cual­quier pensamiento al ritmo de la dialéctica intrínseca propia del desarrollo mismo y eliminan toda posibilidad de crítica objetiva y bien intencionada, porque lo sacralizado, por lo general, se hace absoluto e inamovible y en ocasiones contra­dictorio con el cambio positivo dentro de la estructura intrín­seca del ser social, así como dañino para sus influencias también positivas sobre la conciencia social.

Por otra parte, se han establecido un conjunto de leyes limitativas, algunas derivadas de las agresiones constantes y otras justificadas por las penurias económicas, pero también las hay sin justificación efectiva, las que dañan los justos anhe­los de satisfacción, incluso de primera necesidad, familiar, cultural y recreativa, como son las prohibiciones de venta y cir­culación libre de productos de consumo extendido, así como de equipos de computación, videograbadoras o determinados electrodomésticos tales como hornos microondas, por sólo mencionar algunos ejemplos y muchas otras cosas más que las personas desean tener y que su prohibición controvertidamente crea un verdadero impulso hacia el consumismo. La lista es larga y se suma a las prohibiciones del uso de los hote­les y los polos turísticos por parte de los cubanos residentes, lo que, sumado a lo anterior, se convierte en una constante humi­llación que poco a poco va minando los ánimos y la voluntad de las personas, principalmente de la juventud, que no entiende las explicaciones que puedan ofrecérseles al respecto.

Otro aspecto importante son las limitaciones establecidas para viajar libremente al exterior, incluso para emigrar a cual­quier país sin perder el más pleno usufructo de la nacionalidad cubana que les permita heredar bienes familiares, regresar y reestablecerse en su lugar de origen. Los cubanos, cuando visi­tan de nuevo Cuba, son tratados como turistas extranjeros den­tro de su propio país de nacimiento y se les aplica límites y regulaciones similares, lo que en ocasiones determina situa­ciones embarazosas, por ejemplo, cuando quieren alojar con ellos en los hoteles a algunos de sus familiares residentes y encuentran que les está prohibido. Han pasado muchos años ya desde el primer éxodo de representantes del anterior régimen de 1958 para seguir justificando con el argumento de la defen­sa del incipiente proceso revolucionario esta medida que, si bien en su momento pudo ser discutible, en la actualidad tiene muy poco fundamento y afecta a la hoy mayoría de cubanos que han nacido después de 1959. Esta es una política que requiere de una revisión urgente, porque perfectamente se puede defender la soberanía nacional de los constantes ataques externos que se mantienen latentes sin tener que establecer limitaciones básicas a la nacionalidad de los cubanos. Es un poco más complicado, pero más justo. En este sentido, tal polí­tica interna resulta inconsecuente con la defensa de la libertad de movimiento y migración que se plantea por las naciones más progresistas en el plano internacional para enfrentar a los muros y la xenofobia que inspiran los grandes poderes impe­riales que hoy pujan por dominar al mundo.

Estas cuestiones tienen un efecto muy directo sobre la conciencia de las personas residentes, que internamente se de­senvuelven en una espera de soluciones y de cambios que se hace demasiado larga y extendida, incluso tanto entre los que no se atreven a expresarlo y se corroen en su interior sin jamás decir una palabra como entre los que las critican o defienden, incluyendo además a los que por miedo dicen lo contrario públicamente. Todo esto poco a poco ha ido influyendo negati­vamente en la voluntad de la población y ha devenido un factor propicio para el desencanto y la desesperanza de muchos, que se sienten impotentes para continuar luchando, así como para los que no quieren buscarse mayores problemas o ven que la vida se les va acabando en un sinsentido que se les hace impo­sible superar. Entonces, cada vez más personas optan por un escapismo que debilita la voluntad y la moral sostenedora de la lucha por la superación de la sociedad. Estas manifestaciones culminan por lo general en una diáspora que se ensancha constantemente, incrementada además de forma virtual por la acción de los que se mantienen presente pero ausentes. Estos deseos y frustraciones son aprovechados en el exterior para plantearse leyes tales como la de Ajuste Cubano en los Estados Unidos, que facilita la emigración de los cubanos, como parte de la política de enfrentamiento y de agresión al sistema, mientras que para los mexicanos y muchos latinoamericanos más se mantienen grandes restricciones y prohibiciones. Esta problemática le impregna visos de provisionalidad y tránsito a la sociedad cubana contemporánea, que actúan decisivamente sobre una moral que se va haciendo de tránsito y que poco a poco se acomoda a la expresión externa de unos criterios de tránsito que lo aceptan y lo aplauden todo, con vistas a buscarse el menor problema posible para lograr su huida definitiva de una situación en la que se sienten ahogados.

La necesidad insoslayable que tiene la persona individual de sobrevivir, así como su familia dependiente, atrapada en un sistema de trabajo y salarios que no les permiten realmen­te subsistir y desarrollarse con sus propios esfuerzos, actúa de forma implacable y persistente, comenzando por los más débiles y desvalidos, por los que no cuentan con algunas posi­bilidades de asistencia y/o remesas desde el exterior o bien algún otro tipo lícito e ilícito de adquisición de moneda libre­mente convertible, lo que determina también el surgimiento de una doble moral que en estos casos podríamos calificar de subsistencia. Aquí, las acciones heroicas y de resistencia se van haciendo poco a poco algo excepcional. En su momento, el Che se refirió a la manifestación de un heroísmo extraordina­rio para el combate en el que se puede entregar la vida, mien­tras que para el cumplimiento del trabajo cotidiano no se manifestaba en la misma intensidad. El axioma expresado por Carlos Marx de que el hombre, antes de pensar en política, pensó en comer, ineluctablemente actúa sobre las conciencias de una gran mayoría de la población, porque el pueblo no está conformado únicamente por personas de avanzada que mar­chan delante de los demás.

Además, los cíclicos cambios en las posibilidades de que se desarrollen las vocaciones de los jóvenes en relación con determinadas áreas de la economía, los servicios, la cultura y el ocio han creado lo que pudiera denominarse un automatismo en los campos de desarrollo y realización personal que pone a muchos jóvenes tras la idea de que emigrando es como podrán lograrla verdaderamente.

Otra cuestión importante es la que tiene que ver con la espiritualidad intrínseca a la persona, ya sea de índole religio­sa, cultural o incluso cívica, la que ha sido dañada por el ateís­mo científico elevado al rango de ley durante muchos años consecutivos en el caso de lo religioso específicamente; asi­mismo en lo simplemente cultural, cívico o familiar, con un estricto sentido laico. También se ha visto perjudicada por la liquidación de tradiciones festivas, incluso algunas de origen pagano, además de por un esfuerzo sostenido de eliminar por ley o prohibición, incluyendo la desautorización conceptual expresa, algunas costumbres familiares, disueltas además por la dispersión objetiva y la división familiar que han determina­do las grandes movilizaciones, las condiciones de trabajo extraordinarias, junto con las obligatoriedades de internarse becados en el campo para poder cursar determinados niveles de la enseñanza media. Medidas todas que son justificadas por situaciones extraordinarias, y otras no tanto e injustificadas totalmente, son las que de una forma u otra han coadyuvado como causas efectivas contra la acción formadora y espiritual de la familia en las personas, con consecuencias muy serias para la pérdida de valores que hoy se observa y que debe ser estudiada detenidamente por los especialistas a los efectos de plantearse urgentemente un grupo de acciones correctoras.

En resumen, considero que estos problemas de conjunto, y otros más que seguramente se me escapan, han contribuido a la pérdida de valores, a la despreocupación paterna, materna y de la familia como institución básica de la sociedad para la educación de los hijos a partir del concepto de que en las escuelas, y fundamentalmente en las becas masivas, lo harían todo; a lo que se une el empobrecimiento de las posibilidades de expansión y recreación de la juventud por su propia cuenta, gustos, opciones y posibilidades, acompañado con limitaciones de la creatividad personal para vestirse, recrearse y desenvolverse, incluyendo también, en algunas etapas, prohibiciones expre­sas de determinados cantantes, modas o conjuntos musicales, lo que ha tenido algunas consecuencias negativas sobre la espiritua­lidad de las nuevas generaciones.

Estos hechos, en mi opinión, pueden coadyuvar al debilita­miento del sentido patriótico, e incluso pueden hacerse cóm­plices de ideas anexionistas que constituyen un peligro muy serio para la seguridad nacional.

El simplismo al que se ven reducidas las personas que no logran sobreponerse al medio circundante con su pensamien­to propio puede acomodarlas y detenerlas en el tiempo, comen­zando por los más débiles de carácter, desvalidos y aislados, además de ir convirtiéndose en una epidemia contagiosa con alto índice de morbilidad social. Ese simplismo es una base propi­cia para la indisciplina social extendida, que se desentiende de todo lo que es inherente a la sociedad y que además coadyuva a lo que es burdo y grosero.

La centralización en exceso de la propiedad estatal, incluso sobre las más pequeñas y simples actividades que de acuerdo con sus esencias intrínsecas dependen en forma directamente pro­porcional de los individuos, de la familia y de los colectivos muy pequeños, ha hecho tan extensa la propiedad social que ha perdido sus límites lógicos hasta el punto de provocar una con­fusión entre lo social y lo estrictamente personal que se ha convertido en un caldo de cultivo propicio que coadyuva a la apropiación ilegal de la propiedad social.

También la centralización de funciones y actividades ha sido base para la justificación de una penalización excesiva, e incluso innecesaria, de múltiples acciones verdaderamente líci­tas desde el punto de vista moral, lo que determina que un buen número de estas actividades se sitúen fuera de la ley y, en el mejor de los casos, sean tratadas con un sentido de desautorización social, generalizando un incumplimiento extendido, porque cuando se pretende normarlo todo se hace prácticamente imposible, además de injusto e innecesario, su control total.

Pienso que todas estas circunstancias en su conjunto nos plantean la necesidad inmediata de actuar decisivamente al respecto, proyectando un complejo de medidas y acciones encaminadas a desarrollar un verdadero rearme moral capaz de sacar a flote las ideas primigenias de la Revolución en relación con la persona y la sociedad, a partir de los princi­pios básicos de la equidad distributiva, la justicia social, la paz, el desarrollo, el respeto a los derechos humanos de forma integral sin dejar de lado a ninguno, con vistas a enfrentarnos con verdadera efectividad a la hegemonía, la sojuzgación, la explotación y el desprecio de los grandes poderes capitalistas deshumanizados que se aprovechan de nuestros propios errores para presentarse como los únicos "justos y pacíficos", puesto esto último siempre entre comi­llas por su falsedad manifiesta.

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Sumario

Este Lunes

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La necesidad de un rearme moral

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El síndrome del flautista de Hamelin

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Europa en América/América en Europa: Colón y los umbrales de la incertidumbre

Narciso J. Hidalgo

Cómo escribir un cuento

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Poéticas de la ambigüedad: "Un minuto de libertad" de Tania Bruguera y las "Joyas de la Corona" de Carlos Garaicoa

Jorge Camacho

Silbar en Madagascar: el arte de mostrar ocultando

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