

Conversar con el escritor mexicano Eduardo Monteverde es toda una lección de vida. Tal vez por eso, en nuestros muchos encuentros en Semana Negra de Gijón, cada mes de julio de cada año desde que nos conocimos en el 2003, siempre busque la oportunidad de sentarme en alguna de las mesas donde él se sienta, simplemente para escucharlo.
Y es que se trata de un rarísimo caso de buscador del horror en todas sus escalas, o lo que es lo mismo, una de esas personas que sienten una poderosa atracción por las más profundas miserias humanas, ésas que demuestran que nuestra especie, supuestamente superior, no es tan racional como se cuenta.
Cuándo nació ese afán por hurgar en los entresijos de la miseria humana que gravita cerca de él es algo que alguna vez he querido preguntarle, y he intentado encontrar una respuesta en esos estudios de Medicina que Monteverde realizó y que lo llevaron a especializarse en patología, una especialidad que, por cierto, se nota mucho en su obra periodística y documental.
Quizás me una a Monteverde una apreciación idéntica sobre los límites del horror y sobre el modo en que estos límites pueden ser transportados a las letras o a la imagen. Por eso, cuando leí Lo peor del horror, libro con el que ganó el importante premio Rodolfo Walsh 2005 que se concede cada año al mejor libro de no ficción publicado en lengua española ese año, sentí que ese documento (porque el libro, ese libro, es sobre todo un imprescindible documento de denuncia) iba más allá de recoger algunas pequeñas escenas de ese extenso muestrario de horrores que es la vida en el México que habita Eduardo Monteverde.
Escuché al escritor cubano Justo Vasco cuando dijo la frase que siempre se cita al hablar de este libro: “Lo peor del horror es que no hay horror”. Justo, a su vez, citaba a un escritor ruso que él muy bien conocía: Leoniv Andreiev, pero no hay, es cierto, un modo más directo de explicar la esencia de este libro y de toda la obra de Monteverde. Y es que se vive ese horror desde lo cotidiano: las violaciones de los derechos humanos más simples, el abuso de poder de los políticos y de los grupúsculos militares o marginales, los tabúes convertidos en arma ofensiva contra los “distintos”, la ley del más fuerte en la selva urbana y humana, etc., no son asuntos raros, asonancias, aisladas cumbres de la podredumbre humana, sino más bien, el día a día, la cotidianidad, lo que tenemos a nuestro lado sin que nos importe (a menos que nos afecte directamente).
Monteverde lo ha dicho: la escritura de estos libros, de estos trabajos donde él desnuda la esencia podrida de la especie en los sitios que habita, es un acto de venganza que no va contra el lector; va contra esa indecencia que como humanos llevamos en la sangre, es decir, contra nosotros mismos. Y por ese se empeña en mostrar los verdaderos aullidos del horror… esos que ocurren en lo particular humano y no en lo general social. En simples palabras: a Eduardo Monteverde no le importa decir “en México las mujeres son violadas, torturadas y masacradas como bestias sin alma”; él muestra el momento en que se viola, las heridas de la tortura y la crudeza del crimen, particularizando el dolor, el aullido como una especie de sublevación contra la inopia humana ante el dolor ajeno, como si nos dijera: “lo están viendo, eso también puede pasarle a usted”. Y de ahí la certera profundidad de su denuncia.