


Aunque nacido en Corralito, Argentina, en 1930, José Viñals lleva más de treinta años residiendo en España. Su amplia obra literaria se ha adentrado en diversos géneros, poesía, novela, cuentos, teatro, ensayo... En 1986, el Ayuntamiento de Jaén editó en tres tomos sus Poesías reunidas, que ya recogían siete poemarios. En 2000, vieron la luz Milagro a milagro y Transmutaciones, y dos años más tarde El amor.
Ahora, la editorial Pre-Textos publica Pan, último trabajo del poeta argentino, donde se recoge una amplia colección de breves prosas poéticas, que tratan con arriesgado verbo muy diferentes aspectos de las sombras y los paraísos humanos.
Como pórtico, "Pan blanco, pan negro", ilustrativa muestra de su posterior cántico: "El padre pone el pan en la mesa. Está caliente y cruje. Comed -dice-lo he hecho para vosotros. Si no fuera por la barriga, tendría el padre un inmenso parecido con Dios. Acabo de ver una lagartija. EL verde me corre por la sangre. Mi hermano es azul como el personaje de Jean Giono. No era una, eran dos lagartijas, macho y hembra. Voy a morir".
José Viñals opera con objetos variados y relaciona conceptos que apelan a la cómplice interpretación del lector. En ocasiones, los acerca, en otras, los distancia, pues su discurso se torna azaroso, heterogéneo, humorado, cruel... Hay rechazo y extrañeza, hay decepción y dolor, hay fascinación y lamento, y todo ello tamizado por un lenguaje que desgrana vigor y que se afana en sorprender y perturbar, sin renunciar para ello al hecho de incluir aspectos escatológicos: "Mi hijo Gabriel come a menudo sesos de esa avecilla, pero tiene a su favor que puede cagar a la intemperie como en los pesebres populares y Dios le bendice el culo".
La mayor parte de estos apuntes son escuetos, pero de ellos deriva una intensa realidad material y física, donde tiempo y espacio se alinean para ensanchar la senda de un yo poético que desgrana sugeridores detalles, secretos aconteceres, desencantadas transfiguraciones..., que alimentan su conciencia y la ponen en ebullición: "La epilepsia y su duro asedio. Veo sus paroxismos, también su piel que amarillece (...) Esto no es maravilla, esto no es sueño. Acabo de ver un pájaro de lata sobre la cabeza de mi hija. No va a piar esta noche, no va a piar. El metal de los pájaros suena a dolor, a una injusta tristeza".
Su espíritu produce una múltiple conexión de resistencia, virtualismo, simbología que desemboca en un retrato personal muy cercano a la fe emancipatoria de su pensamiento ulterior. Su decir, se hace entonces, tumultuoso ("En realidad el vino es asombroso. Si uno se embriaga el cielo es de betún o de azucena, las casas son de polen, la mujer misma es de inminencias"), apasionado ("En su taller blanco mi amada teje su tapiz. Este año, me casaré con ella, lo prometo"), deudor ("Ah, Quevedo, eres perfecto. Ah, Góngora, eres infinito. Ah, Juan de la Cruz, me perforas el alma..."), confesional ("Mi pluma es perversa, la regalada por mujer. Yo obedezco, me dictan y obedezco. Soy tierra arada...").
Libro, en suma, rodeado de escenarios inauditos, de vivencias interiores, de memoria constructiva, de sinónimos vitales, de inéditas almas.