


Uno de los mayores beneficios que obtuvo la poesía cubana durante el siglo XIX, fue la crucial aportación de Julián del Casal (1863-1893). A pesar de su pronta y repentina desaparición -tras una sonora carcajada, fruto de un chiste, sufrió un aneurisma con posterior hemorragia que le produjo la muerte instantánea-, su obra, plena de delicadeza y emoción, penetra en una nueva vía que comporta una visión de corte trágico y mortal. Además, Del Casal, absorbe y derrama sus acentuadas influencias francesas -“poeta sólido y fresco”, lo llamó Verlaine-, junto con una concepción refinada y exquisitamente musical de la lírica. Por todo ello, acabaría convirtiéndose en un poeta no sólo europeo, sino universal.
Junto a José Martí, introdujo las principales claves del Modernismo y aupó a la poesía cubana a una de sus más altas cimas. La guerra que sacudió después los cimientos de la Isla, la notoria presencia norteamericana y la sonora quiebra de los principales ideales, sumió al ámbito artístico cubano en un lapso generacional, que no remontó el vuelo hasta la llegada del “vanguardismo”, en el primer tercio del XX.
Tras la Poesía completa y prosa selecta, que en 2001 preparase Álvaro Salvador para la editorial Verbum, ve ahora la luz esta compilación casaliana, que recoge una amplia muestra de sus tres libros: Hojas al viento (1890), Nieve (1892) y Bustos y Rimas, editado en 1893, pero ya de manera póstuma.
La pérdida de su madre cuando contaba cinco años de edad, marcó en buena medida su carácter nostálgico y pesimista, si bien, en el terreno literario pudo abrirse camino desde muy joven y sus colaboraciones fueron apareciendo con asiduidad en revistas tan relevantes como El Fígaro, La Discusión y La Caricatura.
Carlos Javier Morales, que ha seleccionado y prologado este sugestivo florilegio, profundiza con verbo ameno en su identidad lírica y humana, y anota: “Casal nos hace ver, oír, paladear, oler y palpar con nuestros sentidos la batalla interior que libra en su vida y la angustia en que queda sumido habitualmente. Y lo hace con una espontaneidad y una sutileza asombrosas: cualquier objeto de fuerte impacto sensorial, cualquier anécdota o historieta más o menos curiosa (…) alcanzan enseguida una significación trascendente que los eleva muy por encima de la materia de la que están hechos”.
Al hilo de estas encendidas páginas, puede apreciarse la perfección formal del vate cubano, la delicadeza de sus sonetos -memorables algunos, “Desolación”, “Pax animae”, “A un poeta”…- sus sobrios valores estéticos, la sensibilidad de su canto, su espontánea naturalidad, su existencial desconsuelo: “Cuando yo duerma, solo y olvidado,/ dentro de oscura fosa/ por haber en tu lecho malgastado/ mi vida vigorosa;/ cuando en mi corazón, que tuyo ha sido,/ se muevan los gusanos/ lo mismo que en un tiempo se han movido/ los afectos humanos”…
No cabe duda de que la voz casaliana va afianzándose y madurando a medida que su obra avanza, y buena cuenta de ello da esta antología ordenada de forma cronológica. Del Casal, pule con esmero su dicción, y su verso va creciendo en intensidad a la par que se remansa en cuanto de romántico e íntimo sostuvieran sus inicios.
Poesía, al cabo, donde verbo y son se aúnan, generando una espléndida alquimia, gozosa y confortadora para todo aquel que pasee sus ojos por este cromático volumen.