

Al cruzar por la fuente, la de yendo hacia Xouriñas, coincidió con la Maruxa y la Lela, que andaban lavando unas prendas, «hola, ¿dónde vas, Andresiño, si hoy no es martes ni domingo?», y él, «a ver al señorito Pascual», «¿el señorito Pascual, el “Indianito”?», le soltó la Lela, pero él ya no las escuchaba, de lo apresurado que iba, camino abajo, hacia el pueblo, atravesando el puente del arroyo, y la Maruxa le manifestó a la Lela que mal semblante llevaba el Andresiño, que a buen seguro algo le estaba mortificando.
Ni martes ni domingo era; los martes bajaba al pueblo para lo del mercadillo, unas veces llevaba cosas que le compraban, frutos de la tierra o leche en la mayoría de los casos, en otras ocasiones sólo iba para hacerse con lo que necesitaba, poca cosa, algún aparejo, semillas o alguna especie, todo lo más, y luego se pasaba por la casa de don Ernesto, que le llevaba todos sus papeles; su padre se lo dijo claramente, «cuando yo ya no esté en este mundo, cuando me vaya con madre y te quedes solo, tan solo has de fiarte de don Ernesto y del padre Lucas, nadie más, con el primero arreglas los asuntos de los cuartos, con el segundo las cuestiones de Dios, ¿lo has comprendido, hijo?»; ahora su padre ya no estaba, un día, hace ya tres años, cuando al Andresín no le faltaba mucho para cumplir los veintiocho, el Señor se cansó de mantenerle con vida, se le quedó quieto en la silla, con una cara un poco parva, y ya no se movió, y el Andresín, sin apearle el tratamiento a su padre, le dijo: «¿está usted muerto, padre?», pero su padre no despegaba los labios, y él, «¿voy a buscar a alguien para que me diga si usted ha muerto, padre?», mas su padre no le decía ni palabra, a pesar de que tenía los ojos abiertos, algunos dicen que los dejó así para ver bien al Señor cuando llegara, y cuando el Andresiño se levantó al día siguiente y el padre seguía ahí e intentó moverlo pero ya estaba frío y como agarrotado, corrió como loco monte abajo a buscar a don Ernesto o al padre Lucas para decirles que, según él, padre estaba con madre; para mí que su padre se murió aburrido de no salir de pobre, y de sobrellevar esa cruz de hijo que tenía el entendimiento vuelto del revés.
Raro era el día en el que sin ser martes ni domingo bajaba del monte, lo cierto es que nada se le había perdido por allí, además un día se lo dijo su padre, «cuanto menos te presentes por la aldea, tanto mejor, ¿entiendes, hijo?, por lo que pudiera ocurrir, ya se sabe que nunca esta de más el ser prudente, los martes al mercado y los domingos, si los rigores del tiempo así lo permiten, a misa para asear el espíritu, y a la salida, si se tercia, a aclararte la garganta en Casa Tino, con eso estás aviado, ¿tú me comprendes, hijo?, ándate con tiento», y el mozo asentía, y así lo hacía, que los domingos iba a la misa, a la de las doce, en la ermita, aunque yo siempre pensé que del sermón entendía muy poco o nada, y luego era costumbre en él pasarse a chatear con los mozos, con el que estuviera en Casa Tino, no ponía peros, y sólo abría la boca cuando se dirigían a él, y la verdad que hablaba de cosas de las que casi no sabía, «¿qué, un vinito Andresín?», y él, «sí, un vinito», y cuando llevaba cinco o seis vasos, «parece que te gusta el frasco, ¿eh, Andresiño?», y él, «eso parece», y cuando se había metido entre pecho y espalda diez o doce vasos, «¿y dejaste allá arriba a tus becerras solas, Andresín, no te da morriña de ellas?», y él, «sí, allá solas», y cuando ya todos habían perdido la cuenta de los chatos que había catado, le soltaban «Andresiño, si imitas a la ternera cuando está propensa a los machos te convido al siguiente vaso, palabra», y entonces él berreaba como ternera en celo, y bebía el Alvariño mientras todos le reían la gracia, y así.
En la tasca uno de los que más se mofaban de él era el señorito Pascual, el “Indianito” le decían; el padre del “Indianito”, que le apodaban el “Indiano”, aunque se dirigían a él como don Ramón, cuando todavía no era don Ramón sino “Monchito el bajo”, preñó a una zagala del pueblo de Peirós, y de resultas se echó al monte, según cuentan viviendo como las bestias, pero cuando le participaron que el padre de la moza le andaba buscando por aquellos parajes de Dios escopeta en mano para recuperar la honra de su hija, se marchó para la Argentina, zarpó con lo puesto, como el que dice, de un día para otro, y estuvo allí treinta y seis años, casó, tuvo al señorito Pascual, al que decían el “Indianito”, hizo fortuna, enviudó, y cuando tuvo noticia de que el padre de la que dejó aquí estaba ya criando malvas lo vendió todo y se vino para acá, se conoce que le pudo la morriña, y a la chica de Peirós que dejó encinta, que ya no era tan chica sino que iba para abuela, y a la hija que le hizo, les pagó un viaje en primera clase para América, buscándoles colocación allá, por lo que cuentan las instaló de criadas en una casa bien, y luego compró un Pazo y unas tierras, se dedicó a no dedicarse a nada, debe ser que cansó de bregar en la vida, y dejó a su hijo, al señorito Pascual, el que llaman el “Indianito”, al cuidado de su hacienda; el “Indianito” tenía vocación y condiciones de señorito, pero lo cierto es que no hacía merecimientos, y es que salió un poco tarambana, o mejor, muy tarambana, y entre las correrías de Santiago de Compostela y las de Madrid menguó la fortuna al padre, mas el padre, el “Indiano”, don Ramón, ya no quería saber nada de eso, y pasaba el hombre sus horas buscando berros por los arroyos o moras en las corredoiras, o vaya usted a saber, que ni a Casa Tino iba ya, y se afirmaba que se le había quedado la razón en la Argentina, algunos incluso pensaban que el Maligno se le había metido en las entrañas y estaba como poseído, y desde entonces le miraban de perfil, no vaya a ser que les echara mal de ojo.
Ese día era jueves, como el jueves que le mandaron en tren hacia la capital del país, para servir a la patria, le dijeron, pero no duró mucho allí, que al segundo día los mandos de Intendencia, que era donde iba destinado, ya se percataron de las pocas luces del zagal, y tras pasar el reconocimiento de unos doctores entendidos en las cosas de la mente, le dijeron que mejor se volviera para casa, que la patria podía prescindir de sus servicios; y me viene ahora a la cabeza un día que el padre del Andresín le sentó enfrente suya, «hijo, tú ya sabes que no eres tal cual son los demás», y él, «sí, ya me lo dijo otro día, lo entendí bien», y su padre, «bueno, pues atiende a lo que te digo: nunca tomes compañera, has de ganar la batalla contra la soledad, las hembras sólo te acarrearán mal y sufrimiento, y tú no quieres eso, ¿verdad?», y el Andrés, «no padre, no», y su padre continuó, «las mujeres son para otros, no para ti», y luego, después de estar cavilando un rato, «¿a ti te gustan las mozas, hijo?», y él no supo o no quiso contestar nada, y salió de la pieza y se fue a correr por el monte buscando caballos con alas, siempre que no entendía algo se iba al monte a cazar centauros y volvía al cabo del rato extenuado y sin haberlos encontrado, pensando que todos se habían escondido al oírle trotar por los caminos; hacía ya dos meses de la primera vez que su padre le sorprendió encima de la Blanquita, una de las vacas que tenían, montándola subido al taburete de ordeñar; al pronto de verle en tal postura a su padre se le ocurrió separarlo de ella, mas se conoce que luego pensó que el chaval no hacía así mal a nadie, y si le daba alivio, eso que ganaba, así que aquello le dio la idea de meterle en la cabeza que no se juntara con ninguna zagala, y que cuando le diera la calentura se arrimara a la Blanquita, o a la res que le gustara; un día su padre le dijo: «la Naturaleza nos ha dado todo lo que necesitamos para deleitar nuestros sentidos, ¿me comprendes, Andrés?», y él le dijo que cómo no le iba a entender, y entonces su padre se marchó a donde la Rosa, y volvió al día siguiente, con una cara que era todo un lamento; siempre que el padre del Andresín estaba con el alma acongojada por todos los pesares que tenía que sobrellevar, cuando conseguía juntar algunas perras, iba a donde la Rosa, y ahí le lloraba en el hombro a la madame, y cuando ya no podía más de lo que se había bebido le pedía un beso, «sólo un beso, Rosiña, por favor, sólo un beso», y ella se lo daba, pero la más de las veces él ya se había quedado traspuesto, y entonces había que llamar a Junhino para que se personara, un negro venido Brasil y que velaba para que los clientes no se propasaran y guardaran la compostura, para que lo sacara del cuarto y ella pudiera seguir con el negocio; a su hijo nunca le dijo que visitaba la casa de la Rosa, le daría vergüenza, o pensó que allí sólo le iban a sacar los cuartos y traerle complicaciones.
Pues a lo que iba, que el que más se burlaba del Andrés era el señorito Pascual, el “Indianito”, le decía, pongo por caso, «oye, Andrés, tu sabes que en todos los pueblos hay un tonto, y dinos, ¿sabes quién es el tonto de este pueblo?», y él, después de un rato, «no, no sé», y entonces el señorito Pascual, el “Indianito”, después de soltar una carcajada, le invitaba a un Ribeiriño, o bien, «¿qué, Andresín, montaste ya a la nueva ternera?», y él, «no, todavía es muy chica, no se deja», y otro vinito para Andrés, pero la guasa que más le gustaba hacerle al pobre chaval era en lo tocante a su dignidad, «dime, Andresiño, ¿cuánto quieres por tu dignidad?», y el zagal, «no, eso sí que no lo vendo», sin embargo el Indianito insistía, «venga, Andrés, que todo tiene su precio, mira que te puedo dar muchos duros por ella», pero él no salía de sus trece, que no la vendía; el padre del Andresiño se lo dijo mil o cien mil veces, «hijo, las cosas pueden tomar mal cariz, y bien pudiera ser que perdieras tus tierras, o tu ganado, o tu casa, y si resulta que al final acabas teniendo parienta e hijos, Dios no lo quiera, también los puedes perder, pero lo que es la dignidad, hijo, la dignidad no la has de perder, ni vender, ni prestar, tu dignidad ha de acompañarte allá donde vayas, hazme caso, y quédatelo bien en tus mientes, porque la dignidad es lo que te diferencia de las bestias, y así irás siempre con la cabeza bien alta y nadie podrá decirte nunca nada a la cara, ¿entiendes, hijo?», y él siempre afirmaba, «y que no me entere yo de que cuando yo ya no esté y me haya ido con madre pierdes tu dignidad, aunque sea por un momento solo, porque mira que soy capaz de bajar de Allá Arriba sólo para castigarte, ¿te haces cargo, Andrés?», y él volvía a asentir, y se conoce que aquello le gustó al pobre muchacho, que cuando acababan de cenar y su padre estaba de buen talante y se lanzaba a cantar Oliñas venen, oliñas venen, oliñas venen y van, … él le decía que le contase otra vez lo de la dignidad, y el padre se lo repetía una y otra vez hasta que se iban para el lecho.
Su padre, aún a sabiendas de que el hijo que tenía no pudiera decirse que fuera una bendición de Dios, siempre intentó mostrarle su afecto y comprensión; un día que notó inquieto al Andrés le dijo: «¿quieres preguntarme algo, hijo?», y él, «padre, ¿por qué no tengo madre?», y su padre, «sí hijo, sí tienes madre, todos tenemos madre, lo que pasa es que tu madre está muerta», pero era una falacia, su madre no era difunta, es de todos conocido que a su madre se la llevó una romería que pasaba por la aldea, la de San Leticia, quiero recordar, a su madre se la quitó cuando él tenía tres años un charlatán que vendía licores reconstituyentes que eran mano de santo, y ungüentos para el mal de huesos, y bálsamos para la afección de ánima y la de amores, y milagrosas lociones para recuperar el pelo perdido, y qué sé yo, el caso es que su madre ya nunca más retornó a atender a su hijo, sabe Dios dónde andará ahora, de puta o de ferianta, dicen algunos, lo cierto es que el demonio nunca pierde una ocasión para hacer de las suyas, la verdad es que su madre nunca soportó a su padre, creo que casó muy moza y por imposición del abuelo del Andresín, y cuando tuvo unos pocos años más, allá que se fue con el primero que se lo ofreció, ella no era para el padre del Andrés, era mucha mujer, y su padre, al quedar solo, vivió habitado por la melancolía.
Ya he mentado que ese día era jueves, pero el domingo anterior a Andresiño le vieron como desfigurado, con mal gesto, que un alma en pena parecía, tal que si se hubiera encontrado con la Santa Campaña, y cuando le preguntaron en Casa Tino, él no soltaba ni palabra, y tomó un chato de vino prontamente y se ausentó de la taberna en un santiamén, y nadie se explicaba qué demonios le inquietaba, hasta que no se personó don Ernesto, y cuando le mentaron al Andresiño se supo lo que todos se temían, y a don Ernesto, después del quinto chato, le sonsacaron todo: por lo que parecía ser, la nueva calzada iba a atravesar de lleno las tierras del Andrés, y de resultas iban a expropiarle sus propiedades a cambio de unas pocas perras, con lo que el mozo quedaba al borde de la miseria más absoluta; si al menos dispusiera de algunos cuartos, podría haberse agenciado una pequeña parcela para poder vivir, pero él sabía que su padre no le había dejado en una holgada situación económica; le instó a que intentara conseguir una pequeña suma de dinero mediante alguna forma, alguien que se lo prestara, un conocido o familiar, o de lo contrario no podría pagar la finca; el martes siguiente no bajó al pueblo, ni nadie supo nada de él hasta aquel jueves.
Debían rondar las cinco de la tarde cuando llamó al portón del Pazo y le abrió la Juliana, el ama de llaves de la casa, y al pronto de verle le preguntó que qué se le había perdido por allí, y él, «a ver al señorito Pascual vengo, y a nadie más que él voy a darle razones de por qué me he personado aquí», y al percatarse la Juliana de que el chaval iba de veras, fue a transmitírselo al señorito Pascual, diciéndole al Andrés que aguardara en el recibidor, e insistiéndole en que no tocara nada se fue, dejándole allí completamente solo; era la primera vez que entraba en casa del “Indianito”, y lo cierto es que quedó como traspuesto, de los lujos y adornos que allí vio; estuvo esperando hasta que llegó el ama para ordenarle que se quitara la gorra y que la siguiera, atravesaron muchos pasillos y llegaron a un gran despacho donde le aguardaba el señorito Pascual; «tú dirás que se te ofrece, Andrés», y tras una pausa, y con aire socarrón, le dijo: «no habrás venido a que te convide a un vino, ¿verdad?», y él, arrugando la boina con sus manos, y mirando al suelo, y con la voz baja, como si estuviera confesándose ante el Mismísimo Dios Nuestro Señor, le dijo: «verá usted, don Pascual, me van a quitar mis tierras, y necesito hacerme con otras, y don Ernesto me ha dicho que tengo que conseguir algo de dinero, que si no me hago con unas perras no podré comprar ninguna otra propiedad, y he hecho pensamiento …, se me pasó por las mientes que a usted podría interesarle comprar mi dignidad … o dejársela de fianza a cambio de un préstamo…», y aquél fue el único instante en el que levantó su cabeza para mirar al señorito Pascual a los ojos, pero el “Indianito” al pronto no abrió la boca, y luego comenzó a sonreír, y más tarde a reír, a carcajearse, y cada vez más alto y con más alborozo, y parece ser que la Juliana se unió a su risa, y el “Indianito” a duras penas se pudo contener para decirle al Andrés: «por todos los Santos, Andrés, Andresiño, ¿no te das cuenta de que el mismo instante en que quieres vender tu dignidad es porque ya no la tienes?», y comenzó a reír otra vez, cada vez más fuerte, cada vez con más intensidad, como si fuera a reventar de la gracia que le daba, y el Andrés, mientras, intentaba comprender la frase que le acababa de decir el Indianito, palabra por palabra, y de seguro que, para su desgracia, aquéllas palabras fueron de las pocas frases que el pobre mozo entendió en su triste vida, mientras veía retorcerse de la risa al “Indianito” y repetir a duras penas: « … quiere vender su dignidad … el Andresín quiere vender su dignidad … », y entonces el Andrés se giró y comenzó a andar hacia la salida del despacho, y luego hacia la salida del Pazo, mientras seguía oyendo aquella risa enérgica, cada vez más recia, cada vez más intensa, como si fueran las carcajadas de miles de almas al unísono, y el paso del Andrés se fue haciendo más rápido, primero andando, y luego corriendo, con todas las fuerzas con las que era capaz de escapar de aquel risoteo que le estaba desgarrando las entrañas, y salió del Pazo, y cruzó las calles del pueblo, y los que le vieron dijeron que le iba con muy mala color y peor semblante, se conoce que del cargo de conciencia que debía llevar encima, y luego siguió corriendo, y para mí que se le vino al pensamiento la viva imagen de su padre diciéndole que nunca perdiera su dignidad, que era capaz del volver del Más Allá, y los últimos que se toparon con él aseguraban que iba gritando como un poseído la palabra “no”, tropezándose y cayéndose y volviendo a tropezar, y tapándose sus oídos, y vociferando “no”, “no”, “no”, “no”, …
Lo demás ya lo sabéis; el Suso lo encontró a última hora del día colgado de un árbol de su parcela; quiera Dios que no haya sufrido y que le guarde en su Seno.
- Así sea.
Miguel Gómez parece lo que no es. Es licenciado en Matemáticas por la Universidad Autónoma de Madrid. Es socio fundador y Asesor Científico del Laboratorio de Ensayo Futuro Tecnológico, y desde hace 10 años ejerce como Gestor de Proyectos Informáticos. Pero su verdadera pasión es la literatura y el rock. Desde hace quince años toca la batería en el grupo ALEPH. Este relato forma parte de un libro en preparación.