OtroLunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Marzo 2010. Antilde;o cuatro. Número doce

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Datos de la revista, marzo 2010, año 4, número 12
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Europa en América/América en Europa: Colón y los umbrales de la incertidumbre

 

Narciso J. Hidalgo

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La conmoción que se produce en Europa a finales del siglo XV con el llamado “Descubrimiento de América” fue acaso más significativa y tuvo mayores implicaciones que la división un tanto forzada entre la Edad Media y la Edad Moderna que los estudiosos han querido significar con la exaltación del Renacimiento. Si bien la concepción del mundo cientificista es en lo esencial una creación del Renacimiento, el impulso hacia la nueva orientación que así surge lo dio el nominalismo de la Edad Media.  Esto es, en modo alguno el interés por la individualidad, la investigación de las leyes naturales y el sentido de fidelidad de la naturaleza en el arte y en la literatura comienzan en el Renacimiento (Hauser, I-277).

La presencia de Cristóbal Colón (1451-1506) y sus acompañantes en este continente a finales de 1492 marcó el advenimiento del siglo XVI, no sólo con la hazaña de un marino que, contrario a las teorías del geógrafo y astrónomo griego Claudio Tolomeo (90-168), navegara al Occidente. Su empresa fue además crucial, porque sirvió para dar cuentas de la existencia del “Otro” que ni el viejo continente, ni el Nuevo Mundo habían siquiera podido imaginar. Vale decir, la gesta del genovés lejos de solucionar el conflicto de una nueva ruta mercantil, abría una enorme grieta en las civilizaciones a ambos lados del Atlántico. El Mundus Novus fue no sólo el “parto” de Europa ayudada por los fórceps colocados por el Almirante en sus cuatro viajes. El Nuevo Mundo representó una concepción y una existencia  del mundo diferentes a las conocidas en el viejo continente, que planteaban un sin número de interrogantes en todos los órdenes para las cuales no existían, en muchos casos, una formulación, un asentamiento legal, o siquiera una definición acertada.

El Nuevo Mundo nace en el diario de Colón, descrito con analogías que recuerdan la naturaleza de Andalucía (dom, 21 Oct.) las tierras altas de Sicilia (dom. 28 Oct.) y el nombre de Cipango, dado por Marco Polo a una isla de Asia, que ahora el Almirante se obstina en encontrar...(mar, 23 Oct.) Vale decir, comenzamos a existir a partir del Otro: de la visión concebida e impuesta a este continente. Así lo recordaba José Martí en un ensayo publicado en 1891, a propósito del ser y el sentir de las sociedades americanas: “Éramos una visión, con el pecho de atleta, las manos de petimetre y la frente de niño. Éramos una máscara, con los calzones de Inglaterra, el chaleco parisiense, el chaquetón de Norteamérica y la montera de España” (30).

Si Catay o Cipango no correspondían a la nueva realidad, tampoco existían antecedentes o disposiciones para enjuiciar y esclavizar a los indígenas --mal llamados indios-- cuando en 1512 las Cortes en Burgos afrontan por vez primera las deliberaciones en torno a si estos seres humanos podían ser sometidos o no a la esclavitud. No obstante, la decisión de convertirlos al cristianismo bajo el régimen de las Encomiendas, supuso el arrogarse el destino y la existencia de los naturales de estas tierras. En este punto habría que recordar la Bula Papal “Sublimis Deus” suscrita por Pablo III en 1537, en la cual se reconoce por primera vez que los indígenas tienen alma y que como seres libres, si se van a esclavizar, hay que establecer algunas consideraciones al respecto. En estas circunstancias es, curiosamente, que se irá concibiendo la visión europea sobre el Nuevo Mundo.

Por contraste, la presencia europea en estas tierras motivó asombro y confusión, pero su comportamiento --al margen de otras consideraciones,-- fue origen de destrucción y de transformaciones radicales. Cabría preguntarse: ¿Hasta qué punto fue Colón responsable de esta desigual ecuación, que de cierta forma ha servido para explicar la historia económica, social, política y cultural de Iberoamérica por varios siglos?  Responder a esta pregunta precisa algunas reflexiones preliminares.

 

La Europa del Quattrocento:

El matrimonio de Fernando de Aragón (1452-1516) e Isabel de Castilla (1451-1504) en Octubre 1469 y sus ascensos a los tronos de Castilla y Aragón en Diciembre de 1474 y Enero de 1479 respectivamente se perfilan dentro de la nueva realidad política europea en la que surgen los Estados Nacionales. Inglaterra, Francia y Portugal encaminan sus esfuerzos hacia su propio engrandecimiento. El progreso científico y técnico hace posible el desarrollo de la navegación gracias a la invención de la brújula y el astrolabio. Se suman a ello, el perfeccionamiento del timón, la mejora del velamen de los barcos, y la fabricación de embarcaciones más grandes y seguras como las naos y la carabelas, que con los avances conseguidos por los astrónomos y cartógrafos contribuyen a impulsar los viajes de exploración, expansión y conquista de nuevos territorios, conforme a los imperativos políticos y económicos de los estados nacientes. A tono con este espíritu los Reyes Católicos, enfrascados en el proyecto de unidad nacional, ganan la última guerra contra los moros, derrotados en Granada en 1492, y expulsan, a partir de ese mismo año, a los judíos que no se convierten al catolicismo.

En otras partes de Europa el espíritu emprendedor de la burguesía, la coherencia con que la realidad empírica es registrada y analizada, el cambio de sensibilidad, el subjetivismo y la intimidad del nuevo espíritu religioso (el Erasmismo) son de algún modo, una continuidad del desarrollo económico y social, que se ha venido operando desde finales del siglo XII en las sociedades europeas, pero que ahora adquieren una conciencia y una dimensión que permiten al hombre encauzar o materializar sus proyectos. El arte se humaniza, se acerca al hombre y a la naturaleza buscando posesionarse de ella. Comienza a abrirse a las pasiones y los impulsos de los sentidos. Aún no ha encontrado el equilibrio que tendrá en el siglo siguiente pero ya frente al paraíso está el infierno, frente a Beatriz, Francesca de Rimini, frente a Dante ---símbolo de la humanidad-- Dante Alighieri, el individuo en su dimensión más personal y humana. Es decir, la cultura se despoja de sus atuendos teológicos, escolásticos y alegóricos y adquiere un aspecto más humano y natural.

Los hombres ya no se apasionan por las doctrinas, sus estudios ya no tienen por finalidad la investigación de la verdad, sino la erudición: el saber por el saber; el arte por el arte. Pero la cultura y el arte no son únicamente el natural florecimiento de un mundo interior; por adición, siempre van acompañados por el debilitamiento de la conciencia, y siempre se colocan por sí mismos como un hecho extrínseco que tiene su valor per sé y es a un tiempo medio y fin. Vale decir, la cultura es aspecto formal a la que el contenido no le ha dado suficiente calor. Esto es, pervive todavía el mundo de Dante: aún cuando ha menguado el vigor de la fe y la voluntad divina.

La España de finales del siglo XV, --el inicio del Renacimiento español-- está ligada a la monarquía de los Reyes Católicos quienes asociados con las familias de la nobleza buscan consolidar su poder y lograr la unificación nacional. No obstante los esfuerzos de consolidación, la fragmentación social, los fueros nobiliarios, el mayorazgo y la hidalguía junto al menosprecio por el trabajo, impiden la formación de una burguesía capaz de aprovechar el impulso nominal que supuso la “unidad nacional”, y lo que fue más importante, asimilar las riquezas sustraídas de América, en función de un desarrollo económico y social. En este sentido, habría que recordar lo que en 1583, en los Diálogos de la fantástica filosofía de los tres en uno, de Francisco Miranda Villafañe, el alma quejándose, le decía al cuerpo: “Siempre me has tenido ocupada en cosas viles de tu mecánico officio”. Aún cuando Villafañe pudo haber tomado este motivo de un repertorio de “loci communes” (lugares comunes) de la Edad Media, como sugiere Américo Castro, “su idea estaba repleta de sabia vital que le daba un sentido particular, exclusivo de España” (España en su historia, 623). En otras palabras, si consideramos al hombre del Renacimiento como un tipo de hombre nuevo, burgués; hombre de empresa en la acepción más precisamente económica de la palabra, debemos admitir que la sociedad española no había alcanzado tal punto de desarrollo económico. La estructura y el espíritu de castas, allí donde las condiciones históricas no han hecho posible la libre competencia, promueven la centralización de las estructuras del poder en torno al monarca, lo que pone en juego la libertad de empresa renacentista y con ella, el desarrollo de la incipiente burguesía. En la sociedad española existía sin embargo, el sentido individualista y aventurero, que acompañado de un creciente afán de poder y riqueza será un factor decisivo en la fase de Conquista y Colonización del Nuevo Mundo. Si el hombre del Renacimiento se afirma como centro del Universo, depositando su confianza en sus propias fuerzas, habría entonces que convenir, que la empresa llevada a cabo por España en el Nuevo Mundo al recorrer, conquistar y colonizar casi todo el continente en sólo unas décadas --y tomo como referencia los años 1511, cuando la expedición de Diego Velásquez comienza la exploración y conquista de la Isla de Cuba, y 1565, fecha en que Pedro Menéndez de Avilés funda la ciudad de San Agustín en la Florida-- fue probablemente el acontecimiento más descomunal que pudo acometer el hombre renacentista, en la historia universal.

En el ámbito de las ideas, es preciso recordar que España no había sido ajena al espíritu crítico, en torno a las interpretaciones del dogma católico, que engendraron los grandes místicos del siglo XIV en Europa: (Santa Catalina de Siena, San Vicente Ferrer, Pedro de Luxemburgo, etc.); ni había ignorado tampoco la fragmentación que significó el Cisma de Occidente (1378-1417) reflejo de la crisis que afrontaba la alta jerarquía eclesiástica y que debilitaba los cimientos de la iglesia. Pero la fe católica española lejos de menguar como ocurrió en otras regiones de Europa, se refuerza e institucionaliza con la guerra de Reconquista en Granada, y el establecimiento del Tribunal de la Santa Inquisición, que a partir de 1478, se ocupa en la península de reprimir el judaísmo y perseguir a los falsos conversos. De ahí que aún cuando desde el siglo XIV, hasta el XVI la literatura muestra una crítica a la corrupción del clero; la fe, --que ahora está protegida por la corona-- permanece indemne.

No obstante, no es difícil comprobar como el pensamiento español en este período evoluciona desde el pesimismo y la desconfianza palpables en El Corbacho o Reprobación del amor mundano(1438) de Alfonso Martínez de Toledo (1398?-1470?) y La  Celestina, que publicada en 1499 resume las tendencias literarias del siglo XV español; hasta sumergirse en el ascetismo y el misticismo en obras como Introducción al símbolo de la fe (1583) de Fray Luís de Granada (1504-1588), el Camino de perfección (1564-67) de Santa Teresa de Jesús (1515-1582) y el Cántico espiritual (1578) de San Juan de la Cruz. En ese periplo de más de un siglo puede rastrearse la transformación de la sensibilidad religiosa, y de las ideas estéticas de la sociedad española, y pueden constatarse por una parte, el desencanto creciente hacia las instituciones religiosas. Por otra, el espíritu de la Contrarreforma que se aferra a los dogmas de la iglesia y que conduce a España a guerras interminables.

En tanto, el espíritu de expansión y aventura que se ha apoderado de las jóvenes naciones no es ajeno al sentir de los humanistas españoles, y queda plasmado en 1492 cuando el académico andaluz Antonio de Nebrija (1441-1522) da a conocer la Gramática de la lengua Castellana, la primera gramática de una lengua romance, y el estudioso a propósito de la importancia de dicha normativa para los intereses de la Corona, expresa: “La lengua es compañera del Imperio”. Nebrija que subrayaba el poder de la lengua como instrumento de sometimiento y poder, tal vez nunca pudo imaginar que precisamente la lengua castellana que los Reyes Católicos habían impuesto a otras comunidades de la península, como la lengua del Estado, dejaría de ser una lengua regional para alcanzar una dimensión internacional, gracias a la conquista del Nuevo Mundo, (a partir de entonces, desde el Suroeste de los Estados Unidos hasta la Patagonia) se habla español, constituyendo uno de los logros más sorprendentes alcanzados por el hombre, de todos los tiempos.

¿Hasta qué punto ese espíritu de aventura, al que antes me he referido, se había hecho contagioso --al menos entre aquellos que sabían leer-- gracias a las historias de caballerías, comparables quizás a los bestsellers de nuestros días?  No es posible dar una respuesta precisa a esta interrogante. No obstante, habría que recordar como Cervantes se burla de sus contemporáneos, los cuales sucumben ante estas historias, cuando en las páginas de El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, (1605-1615) da cuentas de la locura de sufre Alonso Quijano, a consecuencia de dichos relatos. No puede menospreciarse la fiebre que en la imaginación de la época provocaban muchas de estas historias, cuando al parecer las autoridades vieron su poder corrosivo y en 1530 prohibían el envío y la lectura de los relatos de caballería, en el Nuevo Mundo. Es este, a grandes rasgos, el pensamiento que precede al “descubrimiento” de América.

Con el conquistador llegó al Nuevo Mundo el espíritu de aventura y riqueza, que en los inicios, se traduce en la insaciable búsqueda de oro, aparejado a la explotación de la población indígena. No obstante, conviene recordar que “el descubrimiento” y las primeras conquistas estuvieron más cerca de ser un proyecto y una empresa de un grupo de hombres, que de la gestión concebida, planificada y supervisada por un Estado, como  fue el caso de Portugal, que bajo la tutela del Infante Don Enrique, había guiado al país hacia el comercio de las colonias en ultramar, a lo largo de varias décadas (Ortwin Sauer, 433). El oscuro origen del financiamiento del primer viaje de Colón, así como las amplias prerrogativas que la Corona española concedió al Almirante, Cortés y Pizarro entre otros, sustentan mi parecer. Debe tenerse en cuenta además, que la fragmentación del estado español de 1492, --la existencia de diferentes reinos--- determinó que las llamadas “Indias” fueran incorporadas al reino de Castilla (según el acuerdo tomado en las cortes de Valladolid, en 1518); y no al nominal estado Español. Esta diferencia entre el control de la Corona española y la empresa llevada a cabo por los conquistadores, en los primeros años de la Conquista, sugerida por algunos historiadores, tiene sin embargo dos implicaciones esenciales, a mi modo de ver: 1) En las tres primeras décadas (1492-1521) de reconocimiento y conquista de las islas del Caribe y México, el conquistador en su afán de riqueza cometió un sin número de atrocidades, como la matanza de Caonao, llevada a cabo por Pánfilo de Narváez, en Cuba, por sólo mencionar un ejemplo, que causó alarma y que provocaron la protesta y el rechazo de religiosos como el Padre de las Casas; hechos que marcaron negativamente los anales de la historia de la conquista española. 2) Aún cuando las Encomiendas, aprobadas por los monarcas, revestían una forma de esclavitud para la población indígena, la Corona española se opuso a los actos de vandalismo y crueldad en el Nuevo Mundo. El exterminio de un amplio sector de la población no tuvo la aprobación de la Corona y frente al problema indígena el derecho civil y las Nuevas Leyes de Indias de 1542, trataron de poner límite a la destrucción. No obstante, la fina línea entre la acción individual y el control del Estado permitirá que muchas acciones de los conquistadores y encomenderos hayan sido vistas como una decisión de los monarcas. Como ocurrirá con frecuencia, en América las leyes y disposiciones de la Corona serán “acatadas” pero no cumplidas.

A propósito, habría que recordar el incidente ocurrido en 1499 cuando el propio Colón después de fracasar en la imposición de un tributo a la población de La Española concibió la idea de sustituir el tributo por el trabajo, asignando a los indígenas para beneficio de los colonos. En la práctica el Almirante echaba a andar la primera Encomienda. Según una crónica de la época, La Reina Isabel reaccionó diciendo: “¿Con qué derecho el Almirante dispone de mis súbditos?” Nicolás de Ovando que en 1502 llegó a la isla para retirarle los indígenas a los conquistadores españoles, un año después se vio obligado a revocar dicha decisión (por orden de una Cédula Real de 20 de diciembre de 1503). Como sugiere un estudioso, “el derecho (civil) se enfrentaba a la voluntad del grupo dominante. La inmensa mayoría de los dos mil españoles recién llegados a Santo Domingo, no pretendían en absoluto trabajar con sus propias manos” (Bennassar, 80).

Amén a otras razones como las enfermedades epidémicas y los suicidios, puede afirmarse que las reminiscencias de las costumbres feudales, la carencia de leyes que legislaran y velaran por las relaciones sociales y económicas en los nuevos territorios (encomenderos vs. encomendados) y la ausencia de un estado con una estructura socio-económica sólida contribuyeron, de algún modo, al exterminio de la población indígena.

Pasados los primeros lustros, el inicio de la Colonia reprodujo, en Nueva España y Tierra Firme la supervivencia de las estructuras feudales y de castas que todavía pervivían en el campo español. Con la nueva organización administrativa, pronto se hizo patente el utopismo económico-social y el mesianismo político. No obstante, el desarrollo posterior hizo posible también que llegaran a América, algunas manifestaciones culturales como el romancero medieval, el gótico tardío, que había tenido en la Península uno de sus períodos más fecundos (Catedral de Sevilla que se comienza a construir en 1402, la Capilla Real de Granada y la Capilla del Condestable en la Catedral de Burgos), y que conjuntamente con el denominado estilo Plateresco sirven, de forma sui generis, como punto de partida para construir la Catedral de Santo Domingo (1520), la fachada de la casa de Francisco de Montejo (1479-1553) en Mérida, y la Capilla abierta de Cholula, estas dos últimas en México; así como muchas otras construcciones religiosas de esos años.

Junto a la conquista se impone la lengua castellana. No habrá una acción o un acto de fundación sin ella. La colonia se encargará de extender su conocimiento a todos los territorios conquistados del continente. Sirva de ejemplo recordar que Fray Bernardino de Sahagún en 1533 funda el primer colegio donde se enseña la lengua castellana.

En otra dirección, de la mano del conquistador, del fraile y del viajero llegaron a Europa una cosmovisión y una existencia diferentes del Nuevo Mundo: lenguas incomprensibles, hombres y mujeres desconocidos, una flora y una fauna sorprendentes y exóticas, y con todo ello, las noticias de la existencia de enormes territorios y riquezas, según las muestras que exhibió Colón a los Reyes Católicos en Barcelona, en 1493.  Pero las evidencias y presencia del Nuevo Mundo fueron mucho más que el simple interés del Almirante para impresionar a la Corona española. En 1501, apenas nueve años transcurrido “el descubrimiento”, 23 vocablos indígenas se habían incorporado al uso de la lengua castellana. Entre ellos pueden mencionarse: Cacique, ají, canoa, hamaca, papagayo, nucay, cibao, caona, bohío y Caribe. Llegan también a España alimentos que forman parte de la dieta americana como la yuca, el maíz, los ajíes o chiles, y frutas como el cacao, la chirimoya, el aguacate y la papaya. Transcurridos algunos años, en Europa fueron conocidas las creencias religiosas de las grandes civilizaciones mesoamericanas y suramericanas: sus estructuras políticas, sus organizaciones sociales y de castas y sus conocimientos astronómicos y matemáticos, que incluso eran superiores a los del viejo continente. Los cálculos del movimiento de los astros y su ciclo de 365 días en el calendario solar Maya; la exactitud para predecir los eclipses, o las revoluciones del planeta Venus, y la existencia de un símbolo en los cálculos matemáticos para representar el “0”, en la cultura Maya, en cifras numéricas cuyo valor estaba determinado por la posición que ocupaban, tal y como existe hoy en el sistema métrico decimal, han desconcertado a los estudiosos, hasta nuestros días, por su agudeza y precisión.

Habría que señalar también el sentido de urbanización, organización y riqueza que mostraban algunos centros urbanos, y la abundancia con que vivían las familias “nobles”. Recuérdese el asombro de Hernán Cortés frente a la limpieza y distribución arquitectónica que le provoca la ciudad de Tenochtitlan, cuando entra a ella por vez primera en 1519; admiración que el conquistador constata en su Segunda Carta de Relación, de 1520; o los elogios de la organización, variedad y riqueza de los Tianguis, o mercados al aire libre, descritos con lujo de detalles en la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, de Bernal Díaz del Castillo en 1568.

Sin embargo, puede afirmarse que la presencia del Nuevo Mundo en las concepciones europeas fue mucho más que eso. Con “el descubrimiento” de las nuevas tierras, el horizonte geográfico y cognoscitivo se amplió de forma considerable. La geografía, la cartografía, el estudio del relieve, del clima, de la flora, de la fauna, de la población, y de otras actividades fue en aumento, lo que hizo posible el perfeccionamiento de muchas técnicas relacionadas con la cartografía, la navegación, las ciencias astronómicas y naturales.

En el ámbito de las letras, si la voz de los primeros cronistas de Indias: Hernán Cortés, Bernal Díaz del Castillo, Alvar Núñez Cabeza de Vaca, o Fray Ramón Pané, por sólo mencionar algunos ejemplos, sirvió para dar a conocer el Nuevo Mundo, con la épica renacentista, se hace palpable la grandeza del nuevo continente. Peninsulares asentados en América como fue el caso de Alonso de Ercilla y Zúñiga (1533-1594) con La Araucana (1569-78-89) y Bernardo de Balbuena (1568-1627) Obispo de San Juan de Puerto Rico (1620), quien escribió La grandeza mexicana (1604) e hijos de estas tierras como el Inca Garcilaso de la Vega (1539-1616) quien entre otras obras escribió La Florida del Inca (1605) y sus Comentarios Reales (1606), ponen de relieve una realidad que comienza a hacerse un lugar propio en las letras universales. Si todo ello no fuera suficiente, habría que recordar que finalmente el oro y la plata extraídos del Nuevo Mundo dieron a Europa el impulso económico que Marx definió como acumulación originaria de capital y que promovió el desarrollo de la burguesía y de los estados nacionales.

Podríamos entonces retomar la pregunta que antes habíamos hecho: ¿Fue Colón responsable de este intercambio que modificó la vida y la historia a ambos lados del Atlántico? A primera vista, podría pensarse que efectivamente, el Almirante con su hazaña tuvo la máxima incumbencia en dichos eventos. No obstante, una reflexión posterior nos conduce a otras consideraciones.

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