


En plena época de generaciones nocilla y manifiestos varios en pro de la modernización formal y temática de la narrativa española, el siempre lúcido y exigente Constantino Bertolo vuelve a demostrarnos su capacidad de sorpresa. Si en temporadas anteriores lo hizo con descubrimientos como los de Lolita Bosch, Mercedes Cebrian o Elvira Navarro, o con el rescate para el publico español de un autor latinoamericano imprescindible como Mario Levrero, esta vez lo hace con la opera prima de un joven andaluz que, sorprendentemente, no tiene ganas ni necesidad, como muchos de sus coetáneos, de “matar” a los padres. Ni a los biológicos (a quienes dedica precisamente la novela), ni a los literarios: autores como Juan Marse, Vargas Llosa, Muñoz Molina, o, incluso, Miguel Delibes, todos ellos integrantes de la tan desprestigiada, en algunos ámbitos literarios, palabra maldita: tradición. Precisamente por eso, por vivir en una época donde la única tradición que conocen muchos de nuestros autores noveles, según el propio Bertolo, es la Paul Auster, es un placer inmenso dar la bienvenida a un autor en cuyas paginas respira, sin renunciar a ser actual y pretender llegar al publico de hoy, el aliento de muchos de nuestros clásicos aun vivos.
Curiosamente, esta voluntad de conciliar pasado y presente, de resolver por la vía pacifica el conflicto generacional, es el eje argumental de El hijo del futbolista. En ella, Martino, un adolescente a punto de entrar en la universidad, sometido a la presión de decidir por primera vez sobre su propia vida, se ve inmerso en una búsqueda de respuestas y secretos inconfesados que, durante décadas, han sido minuciosamente escondidos no solo bajo las alfombras de los comedores familiares, sino también bajo el subsuelo de una población minera y de arraigado pasado colonial como Rio Tinto. Un circulo vicioso de interrogantes que se inicia con una pregunta nunca formulada al padre – ¿por qué se retiro prematuramente del futbol de elite después de marcar el gol del ascenso de su equipo a primera división?- y que se va extendiendo progresivamente, como una balsa de lodo rota, primero por su familia y luego por todos los rincones de una sociedad pequeña y perfectamente estructurada para que convivan en un solido equilibrio bienestar domestico y fracaso colectivo. Sin embargo, lo que al principio parece un inocuo acto de rebeldía juvenil sin mayor transcendencia pronto empezara a mostrar al propio Martino las costuras de su propia debilidad, el miedo atroz de llegar en un punto de no retorno en su exigencia de respuestas y justicia histórica a quienes, por su misma condición de héroes o villanos de estar por casa, no pueden darlas.
A su vez, El hijo del futbolista constituye una magnifica crónica sentimental de todos aquellos jóvenes que, a principios de los noventa, sólo unos años después de entrada España en la Comunidad Europea, y al parecer enterrados los fantasmas del franquismo bajo la moqueta constitucional, empezábamos a vislumbrar una nueva época, una nueva época de esplendor representada, en el 92, por la Expo de Sevilla –tan irónicamente descrita en un capitulo de novela- y los Juegos Olímpicos. Pensábamos que íbamos a comernos el mundo...Sin embargo, poco después llegó la crisis, y ya en la universidad, muchos de nosotros vimos que nuestros sueños de cambio y grandeza no tenían un suelo abonado donde enraizar. Habíamos levantado demasiados castillos en el aire, y el tiempo nos demostró que España seguía siendo, pese a construir nuevos puentes, carreteras y líneas de ferrocarril de Alta Velocidad, la misma de siempre, hasta ahora: un gran agujero de incierto futuro, como el de la mina al aire libre tan omnipresente a lo largo de la novela.
Precisamente ahora, llegados a la primera madurez, muchos de esos adolescentes de entonces podemos empezar a hacer recuento de esa época. Y me alegra saber que Coradino Vega, un viejo amigo, ha puesto la primera piedra.