OtroLunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Marzo 2010. Antilde;o cuatro. Número doce

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Datos de la revista, marzo 2010, año 4, número 12
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El síndrome del flautista de Hamelin

 

Manuel Gayol Mecías

Página 1

Desde hace 51 años y más no hemos dejado de padecer la Isla ni un día, ni una hora ni un minuto. De una forma o de otra no hemos podido echarla a un lado, y la hemos añorado, maldecido, llorado, soñado (noche por noche y día por día) y no hemos logrado sacarla no solo de nuestras mentes, sino además (y peor aún) de nuestros corazones.

La Isla de Cuba desde 1959 se convirtió en un campo de experimentación en todos los sentidos, y no voy a hacer un recordatorio pormenorizado, y mucho menos extenso, de cada renglón y aspecto que ha rodeado la vida del cubano porque esto es harto conocido. Se ha publicado en libros, se ha dicho por noticias, por el cine, la literatura y el arte, y se ha sufrido socialmente. Por lo que entonces sólo voy a hacer un breve recuento, y aclarar, por si acaso existe confusión, que el Dictador Invisible no ha sido ni es R, el hermano de F, ni F mismo, sino algo más complejo (para no decir siniestro) que expondré más adelante.

En la economía, FC se deshizo mayormente de todo tipo de coherencia, de lo razonable y justo que caracterizan las necesidades y estímulos humanos: violó las leyes del comercio, las enredó, las menospreció y hasta las desechó, porque en su interpretación, Cuba antes era simplemente un lugar “injusto” (ahora es justamente un lugar miserable), y la mayoría no dijo nada. En efecto, F (al igual que Ernesto Guevara de la Serna, quien fue ministro de Industria y presidente del Banco Nacional de Cuba en la década del 60 antes de marcharse a formar su guerrilla en Bolivia) intentó hacer creer que las leyes económicas no eran objetivas e independientes y que se podían cambiar, y muchos, aun los que podían conocer de estos errores, no dijeron nada. Más importante para F venían a ser las leyes políticas e ideológicas (por la conveniencia de los decretos para sus caprichos). Asimismo, FC con sus acólitos destruyó la agricultura y la ganadería, la propiedad privada, las costumbres y tradiciones; había que ser ateo porque la religión era “el opio de los pueblos”; destruyó la moral, cuando ayudó a que imperara el machismo más obtuso y ganara terreno la tendencia contra el homosexualismo; rompió la unidad familiar y la amistad, al enfrentar a padres contra hijos, hermanos contra hermanos, ciudadanos contra ciudadanos; al imponer el odio ideológico contra cualquiera que fuera disidente; cuando se aferró a la divisa de dividir. Y en verdad, los que sabían no pudieron decir nada porque hubieran sido destruidos. F y su Gobierno eliminaron las libertades de expresión, de prensa, de voz y de movimiento, acabaron con la ética de decir las verdades. Instituyeron el chisme con los Comités de Defensa de la Revolución, permitiendo que los vecinos se metieran en la privacidad e interioridad de los otros vecinos y se espiaran y denunciaran unos a otros. En fin, han sido tantas y tantas cosas, tantos aspectos de la vida humana que este BB con su régimen ocasionó en la existencia de cada uno de nosotros, que muy bien se ha dicho que —en gran medida— atentó contra el alma del pueblo cubano… Y digo “atentó”, porque aspiro aún a que, incluso a estas alturas de la vida, después de todo lo que hemos tenido que pasar y también lo que hemos permitido que pase, no se haya podido extirpar la esencia auténtica de nuestra Nación (con mayúscula porque me refiero al alma cubana, que aún está escondida en lo más remoto de la nobleza, esperando el momento de volver a salir. Así sea) ni de nosotros mismos, que viene desde los primeros trazos de nuestra historia, y que algún día volverá a seguir rehaciéndose si es que acabamos de entender el pasado y el presente para hacer el futuro. Su actuar (el de FC) incansable, en el fondo de lo que ha hecho, ha conllevado el menosprecio —oculto quizás— contra el prójimo. Un sentimiento que no puede traducirse sino en un “odio” injustificado contra su propio pueblo.

Pero independientemente de que F y su grupo no hayan podido acabar con el sentimiento de luz y de imaginación que subyace en el alma recóndita de ese cubano esencial que aún nos queda, sí lograron obnubilar las mejores características económicas, sociales, morales y espirituales que nos habían estado haciendo evolucionar hasta el año de 1959, y con ello lograron que salieran a relucir e imponerse en la Isla los peores defectos de los cubanos. Nos estancaron y, por tanto, nos atrasaron.

Para entender entonces, un poco siquiera, lo que aquí sucedió, al menos lo que de nuestra existencia tenía que ver con aspectos genéticos, psicológicos, sociales y antropológicos que apuntaban o nos llevaban a un acercamiento de cómo eran nuestras potencialidades físicas y anímicas, y por qué razón FC pudo trasvasar las fronteras de ese mundo corpóreo-imaginativo del cubano e imponer su espejismo, es imprescindible —a mi juicio— retomar el análisis, aunque positivista, no menos cierto en un grado histórico, de nuestro siempre socorrido sabio don Fernando Ortiz, cuando en fecha tan temprana de la República, en los principios de la década del 10, hurgó incisivamente en “la interioridad nuestra”. Para ello están sus escritos recopilados en El pueblo cubano, y dentro de este específicamente el capítulo sobre “El alma cubana”1.

En efecto, Ortiz en sus observaciones nos dejó saber muchas cosas que nos duelen, porque las dijo sin tapujos. Quizás debido a su implacable escalpelo positivista de aquellos tiempos, en que aún andaba por los caminos del italiano Cesare Lombroso; pero que al menos —aunque superado por él mismo un tiempo después— la imagen interior del cubano que nos daba Ortiz no tenía por qué quedar en la tragedia de lo irremediable, sino en la instigación de lo que podíamos salvar y lo que podíamos cambiar.

Entre tantas cosas que señaló el sabio cubano en aquellos tiempos, voy a citar algunos  terribles defectos que ya históricamente nos desgajaban y empobrecían, y que muy bien pudieron prevalecer hasta 1959, puesto que los veníamos arrastrando desde siempre y que con posterioridad a ese Año Cero que tantas veces he mencionado, se tuvieron que desarrollar en grado sumo hasta el momento de hoy en día. No obstante, quiero hacer la salvedad de que a la par de esos defectos, incluso me atrevo a decir que por encima de sus observaciones positivistas, y en aparente contradicción con sus propios criterios, él sí reconocía que habíamos tenido virtudes que nos hacían avanzar, con lentitud, pero nos hacían avanzar, como también ya advertí en otro momento. En este caso aclaro que no interesa ahora hablar de las virtudes, sino de los mencionados defectos, porque pienso y siento que hay que acabar de reconocerlos para poder establecer alguna vez el punto de partida de nuestro necesario mejoramiento humano.

Dice Ortiz: “Nuestra sintética característica intelectual es la ignorancia. Somos un pueblo de ignorantes, dicho sea sin eufemismo ni rodeos” (Ob. cit., p. 36). En esta época, años de la década del 10, es innegable que la ignorancia pululaba. Además venía asimismo desde antes, desde la colonia, por supuesto, por lo que el antropólogo cubano precisaba:

“No nos faltan latentes energías intelectuales, que despertadas podrían darnos días de consuelo y de gloria. Y si esto es así, ¿a qué achacar ese triste y bochornoso estado de incultura? Miremos hacia atrás.

A poco que quiera profundizar nuestra mirada, encontrará las impenetrables tinieblas de la esclavitud mental, agravada aun en su densidad por la esclavitud política. España no quiso instruir a Cuba.

Enseñanza significaba rebeldía, intelectualidad equivalía a separatismo, instrucción era libertad. El analfabetismo que padecemos es un estigma del coloniaje” (Idem; pp. 38-9).

No por gusto el mismo José Martí había dicho, aunque desde una perspectiva universal, que “la ignorancia mata a los pueblos”. Indiscutiblemente estas palabras se enlazaban y enlazan aún con las de Fernando Ortiz. La ignorancia, a nivel popular, fue uno de nuestros talones de Aquiles, porque gracias a esa ignorancia nuestra imaginación se fue debilitando —nuestra inteligencia, sí, era práctica y estaba por encima de nuestra ninguna instrucción, pero por la falta de instrucción no pudimos darnos cuenta de que nos iban a cambiar la imaginación, nos iban a lavar el cerebro, nos iban a adoctrinar, mediante un lenguaje aparentemente revolucionario y por ello la visión mental se nos estrecharía más—, y llegó un momento en que no tuvimos el necesario poder imaginativo para responder a un mar de otras imágenes falsas que se nos echaba encima, por ejemplo, “la Revolución es tan verde como nuestras palmas”, cuando en realidad se iba volviendo roja; “Cuba, territorio libre de América”, cuando en realidad se estaban llenando las cárceles del país; “Armas, ¿para qué?”, cuando en realidad se entrenaba a uno de los ejércitos más poderosos del continente y más bien armados. Nuestra ignorancia no supo medir la imagen de la Alfabetización, en la que sí se enseñó a leer y a escribir a muchos cubanos, pero ¿a leer y a escribir qué?... El que aprendía a leer  se veía sumergido en un estanque de ideología revolucionaria: Fidel (con mayúsculas) se escribe con F, I, D, E, L; y la palabra revolución (también con mayúsculas) se pronuncia RE-VO-LU-CIÓN (¡Cuba, Estudio, Trabajo, Fusil; Lápiz, Cartilla, Manual; Alfabetizar, Alfabetizar, Venceremos!). Se proponía lo que era malo y lo que era bueno, según el criterio del Gobierno. Se le daba a la gente lo que tenía que leer y poco a poco se fue creando la lista negra de los autores prohibidos, aunque en realidad esto fue ya después de la Alfabetización, pero en la misma se habían sentado las bases para coartar la libertad de pensamiento y de expresión. Toda lectura que no acoplara con los intereses del nuevo poder sería tachada de contrarrevolucionaria. ¡Qué más infelices podíamos ser cuando nos teníamos que creer el adoctrinamiento revolucionario!

Se aprovechó “la apatía que caracteriza de manera genérica nuestra psicología [la cual] se muestra así mismo en nuestras manifestaciones mentales; somos intelectualmente perezosos. Nos gusta muy poco el trabajo mental; estamos como adormecidos y gozamos de nuestra somnolencia. Baste a demostrarlo nuestra muy escasa producción librera” (Fernando Ortiz; ídem; p.39). Ello fue en los primeros tiempos de la República, en que el sabio cubano detectó estos grandes males que acarreábamos. Y es justo que ahora aquí se reconozca que después del triunfo de la Revolución empezó una enorme producción y distribución de libros, y las campañas de lectura para tratar de masificar la instrucción y la cultura. El semanario “Lunes” del periódico Revolución llegó a crear una expectativa cultural sorprendente, pero por sorprendente en su libre expresión lo eliminaron… Porque tuvo que ser la instrucción y cultura de lo que le interesaba al Gobierno, con su marxismo, su ateísmo, su realismo socialista. Es cierto que se podían leer algunas obras universales, pero eran las que se consideraban no dañinas al nuevo sistema que se forjaba. En realidad, con los libros de textos, literatura y publicaciones periódicas no se estaba enseñando a pensar, y mucho menos a desarrollar un espíritu de libertad, sino a encerrarse en las nuevas directrices mentales, hablando de libertad sin permitir leer lo que se quisiera; hablando de patria, nación y democracia, cuando lo que ya se había ido formando era un país dependiente y la diversidad política y de ideas se había conculcado. Ciertamente eran libros, revistas y artículos periodísticos para un lavado de cerebro, un adoctrinamiento político, un vaciamiento de la imagen que había venido ampliándose con nuestra historia, como también hicieron con la televisión: películas rusas y muñequitos (animados o cartones) soviéticos, ¡in-di-ge-ri-bles!

 

Del Ego y el Alma

Desde los primeros años de la Revolución, el pueblo empezó a reunirse en la Plaza convocado por ese flautista de Hamelin. Era como una especie de éxtasis imaginario, en el que todo el mundo seguía como coro de teatro griego las palabras de aquel hombre que señalaba con gestos apasionados y con una elocuencia avasalladora un futuro de promesas y de utopía; un futuro que se encontraba a años-luz, porque nunca se iba a cumplir, simplemente por el hecho de que todo era una ilusión y un hechizo; era la potencialidad de ese ser para transformar el pueblo en una masa, y que en cada asamblea, en cada concentración, en cada mitin se enardecía más y más, y apuntaba su rumbo hacia una cueva (o Cuba) negra que terminaba en un despeñadero. Ese “pueblo” cubano, en aquel tiempo, la emprendía contra otra parte de sí mismo que venía a ser cada uno de los que ellos decían eran burgueses y los hijos de los burgueses, descendientes de españoles, de negros y de cuanta criatura aterrizó en Cuba, y que ya por historia de medio siglo admiraban y rechazaban a los estadounidenses, pero que, peor incluso, no transigían con la nueva palabra del caudillo, y nunca le quisieron perdonar su arrogancia de poder ni de que violara la democracia. En realidad, se creó una lucha entre el Alma cubana y el Ego cubano. El ego de un enorme número de isleños escogió el espejismo de lo fantasmagórico y dejó sola a su imaginación anímica, que tuvo que ocultarse o marcharse del país en un riesgoso vuelo o travesía que siempre conducía a la incertidumbre o al naufragio. A partir de ese año de 1959, el Anima Cuba cayó en la ansiedad, el dolor, la soledad y la inercia.

Se dio mucha importancia a los periódicos oficialistas; y en un principio se contuvo y más tarde se prohibió en su totalidad la prensa extranjera; hasta de la Unión Soviética llegaron a prohibirse publicaciones. Todos sabemos que en Cuba, desde mediados de la década del 60, hacer una cultura basada en la exclusiva lectura de la prensa o en las informaciones oficiales dadas por un noticiero de televisión, discursos insoportables, y ya en estos tiempos una mesa redonda (“mesa retonta”, dicen en Miami) es —más allá de contribuir con la pereza mental histórica que teníamos— algo que no conduce más que al descomunal y burdo aburrimiento de una mediocridad noticiosa, espantosa, amén de la infamia de la desinformación, la patraña y la insistencia idiotizante de lo ideológico al lado de la cerrazón política.

La pereza mental —junto al hecho de que España nos negara la instrucción, como bien dijo Ortiz, para que los habitantes de la Isla no lograran discernir las causas de la realidad que vivían— ha sido una de las claves que ha dado lugar a la ignorancia, y de aquí al debilitamiento de la potencialidad imaginativa que antes, al lado de la inteligencia natural y un sentido empresarial, hacía que el cubano progresara.

El flautista nos señalaba el camino de esa ignorancia nuevamente, creando espejidades de eslóganes en vez de  imágenes verdaderas: “¿Voy bien, Camilo?” (el escritor y periodista Roberto Álvarez Quiñones me ha comentado que F nunca dijo eso, sino: “¿Se oye bien, Camilo?”, porque había dificultades con el audio local y los micrófonos, y el público se quejaba con frecuencia de que no oía bien las palabras del líder barbudo cuando las palomas se le posaron sobre el hombro, en aquel inicial acto en el campamento de Columbia de La Habana, el 8 de enero de 1959, pero que después un periodista tontamente incauto, o nada inocente, lo tergiversó para titular su crónica del acto con una bonita frase que expresaba la “humildad” del nuevo caudillo). Y el BB obviamente lo aprovechó muy bien.

“Para atrás ni pa coger impulso”; “todo lo que somos hoy, se lo debemos al socialismo” (dicho sea de paso, uno de los pocos lemas, sino el único, que es una verdad tan enorme como una catedral. Este es un slogan-boomerang). Y de este modo, cada una de las intervenciones estaba plagada de símbolos, imágenes, consignas. Y las personas en la Plaza, y al otro día en los trabajos, comentaban con entusiasmo, con la resolución de seguirlas hasta el final.

Y había un afán de supuestos fans; algo que parecía ser moda y no lo era. Porque la gente no se acababa de dar cuenta de que cada vez pensaban menos y se apasionaban más, se dividían más, hasta que se les fue metiendo en el meollo la condición de ser-turba (más-turba-en-acción: masturbación). Y así, los sesos se iban a los calcañales, como diría un cubano de esos años, y también se iban a los albañales, como diría la lógica de cualquier tiempo. Pero lo más grave y triste es que todo esto no era la moda por un cantante, o un equipo de béisbol, o por un espectáculo determinado, no, sino por un hombre y unas ideas absurdas que estaban costando sangre, fusilamientos, torturas y cárcel.

Y muchos —aun cuando hablamos de buenas personas que creían en el proceso revolucionario con la mejor intención— no eran capaces de descifrar la melodía de aquella flauta medieval que los embobecía, y que era la voz de FC, que les empastaba las ideas en una masa amorfa de embriaguez. ¡Ah!, por supuesto, no todos fueron así. Muchos se dieron cuenta desde un principio, los preclaros, los que de una forma u otra contaban con una visión larga, aunque a decir verdad, después que se marcharon de la Isla, unos cuantos también volvieron a perder esa largueza de vista y cayeron en la intransigencia contraria, y pensaron que las cosas se resolverían en un año, dos o tres, y además con la misma violencia que le habían aplicado, y es que se pretendía responder con el pasaje bíblico de “ojo por ojo y diente por diente”… Hay que reconocer que rectificar es de sabios, aunque esto suene manido o refrito. En la actualidad, las personas que han sido consecuentes con la vida y con la honestidad de lo que sienten han reconocido sus equivocaciones, y a mi modo de ver —si nunca hicieron daño, en ningún caso criminal—, pues se merecen el respeto y la consideración que se les debe dar a los que vuelven al mundo corpóreo-imaginativo, al mundo inteligente y sensible. Y hasta algunos que han confesado, en la Isla y en el extranjero, su oscura tozudez de antaño, se les debe admirar por honestos.

Lo interesante de este fenómeno es que los primeros que se dieron cuenta del engaño, y venían a pertenecer a la misma generación que la de F y R (y quizás a una anterior), primero, se atrevieron a sacar a los hijos en la Operación Pedro Pan, y luego buscaron la manera de lograr salir ellos. Este fuerte desmembrado generacional (hablo de los que conforman la misma generación que tomó el poder en Cuba y, como ya dije, algunos también que probablemente fueran de la generación anterior y también posterior, claro que sí), con el dinero que se pudo llevar, con el esfuerzo laboral y la audacia empresarial y, claro, la educación que poseía —muchos habían estudiado y contaban con una preparación profesional—, ese referido desmembrado generacional, repito, logró hacerse poderoso y cambiar, incluso, la fisonomía del entorno miamense. De modo que los exiliados se constituyeron en las nuevas células extremadamente fuertes de la oposición. Habría que hacer un estudio bien imparcial, desprejuiciado de partidismos e ideologías, y desde la perspectiva económica, política y social del exilio, y así sabríamos cuánta ejemplaridad ha dado ese verdadero exilio, al que sí se le puede llamar histórico, cuántos aportes —al igual que los emigrantes de México y demás latinoamericanos— ha dado a la multiexpresividad cultural de Estados Unidos.

 

Fisión de una generación

Quizás, entonces, en este sentido de lo generacional, podamos entender mejor o acercarnos en algo siquiera a ese extraño fenómeno de lo que nos pasó a los cubanos en la Isla, de ¿por qué en Cuba tuvo que venir esta hecatombe? Por intuición estoy seguro de que, entre varias causas, se encuentra esta de carácter psicosocial. Yo sí intuyo (y disculpen que use el pronombre “yo”), con una convencida seguridad, de que el problema de Cuba empezaría a resolverse el día que las dos partes de esta generación que tomó el poder y que, al escindirse, una se instaló en Miami y la otra se quedó en Cuba en posesión de todo, cuando los intransigentes (algunos) y otros “infiltrados”, o a los que les han quedado reminiscencias castristas, y que en realidad no han representado ni representan al verdadero exilio ni al que se le ha llamado “exilio histórico”2, ya no puedan realizar labores de zapa y acciones políticas encaminadas a hacer el juego al Gobierno de la Isla (desde Miami); cuando otros incautos e ingenuos ya estén completamente seniles, después de haberse pasado buena parte de sus vidas dando bastonazos en el suelo, afirmando que “la dictadura se caerá el año próximo”; y la otra parte de esa misma generación, más senil aun (desde la Isla), se ponga en su patriotismo inventado lanzando al aire su más grande improperio: “¡Abajo la mafia de Mayami!”; cuando ya ambos grupos no tengan la posibilidad objetiva, tanto dentro como afuera, de hacer participaciones y decisiones, respectivamente, repito; entonces será cuando en realidad podrá empezar la verdadera e imparable transición en lo económico, político y social con las nuevas generaciones: los que en la actualidad son jóvenes totalmente despolitizados, jóvenes audaces y que ya, por ley de la vida, no conocen el miedo o tienen menos miedo que el que hemos tenido nosotros. Y para el caso de este trabajo: esta transición que entonces recaerá en los jóvenes, seguro, volverá a restaurar la energía genética e imaginativa necesarias para continuar con la espiral de progreso que se rompió en 1959… Bueno, si después de muchos cambios cosméticos no es otro autoritarismo u otra mafia poscomunista la que se apodera del país, para así crear un verdadero “capitalismo salvaje”… Pero eso también depende del cubano.

 

La seducción del flautista

Un poco más de los aspectos que Ortiz veía en nosotros, aun cuando eran las más duras advertencias, y los más ásperos criterios antropológicos y sociales, los puedo citar ahora con el  propósito de estremecernos, y saber un tanto cómo éramos de alguna manera, reconociendo que esto fue visto y pensado por él en la década del 10 del siglo pasado, como ya dije, pero que en los años posteriores a la década del 20 podían haberse estado transformando; quiero decir, algunos defectos debieron irse modificando para bien y otros de hecho aminorándose. El caso es que no está de más que acabemos de darnos cuenta de que, a pesar de que avanzábamos, resultábamos moldeables, pues a pesar de las taras y deficiencias que veníamos limando, en realidad siempre éramos susceptibles de ser mal influenciados, y que si esto sucedía en esas décadas, por tanto, qué no pudo pasar a partir de 1959.

Fernando Ortiz no dejaba descansar su escalpelo: “Si en algún país la masa popular siempre se ha plasmado a voluntad de los caudillos, este país se llama Cuba” 3. Esta es otra de las características nefastas que hemos tenido: el caudillismo (y la supuesta necesidad de sumisión a un líder), pero además súmese la división, la intolerancia, la desfachatez y la masa, de lo cual ya hemos hablado.

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Sumario

Este Lunes

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El síndrome del flautista de Hamelin

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Poéticas de la ambigüedad: "Un minuto de libertad" de Tania Bruguera y las "Joyas de la Corona" de Carlos Garaicoa

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Silbar en Madagascar: el arte de mostrar ocultando

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