

Tengo que darme prisa, que luego salen los niños del cole, y mi hijo sufre si no me ve, pues se queda solito. Es un niño tímido, pero muy listo, muy listo. A veces, las profes me llaman para comunicarme que cuando pregunten algo en clase que le diga que no levante la mano rápidamente y conteste, pues no deja a los otros alumnos, más torpes, pensar.
¿Llevaré el reloj bien?... Son las doce y media, y sale a la una. El colegio está en la esquina de mi casa, son dos minutos, pero no vaya a ser que me llame alguien por teléfono, o que me enrede con el ordenador y no me dé cuenta, y entonces el niño se quede desorientado entre todos los que salen- pues son más de doscientos - y no sepa que hacer ni por donde ir, es tan tímido y tan poquita cosa. No puede ser, me tengo que dar prisa, pero prisa ¿de qué?... Si no estoy haciendo nada desde hace una hora. Sólo estoy esperando que pase el tiempo para ir a buscar a mi hijo. Doña Matilde la profesora vieja, y la otra joven, creo que se llama Azucena, cuando me ven un poco angustiada esperándolo, pues casi siempre sale de los últimos, me pasan la mano por la espalda muy cariñosas y me dicen: “Cecilia no venga a buscar más a su hijo”. Pero ¿por qué? -les contesto yo-. Entonces, se miran entre sí y no saben qué decirme. Algunas veces sueltan algo así como: “No puede seguir así siempre… Ande mujer quédese en casa y no se tome estos sofocones. Ya se acostumbrará. A todo se acostumbra uno en la vida”. ¿Acostumbrar a qué?... Siempre he ido al cole a por mi hijo, y porque tenga ahora unos años más, no entiendo por qué no debo ir. Todavía es pequeño.
Mi hijo es bajito y rubio, y muy despistado, habla poco, muy poco, apenas te cuenta nada. Nunca sé lo que le pasa en el colegio, ni siquiera quienes son sus amigos, por eso si se pierde no sé a quien acudir, pues las profesoras son las primeras que salen de las clases y en seguida cogen los coches y se marchan. Y mi hijo sin amigos, tan tímido, y tan despistado… Y además salen tantos y tantos de las clases…mas de doscientos. Y ¿cómo veo yo a mi hijo entre esa marabunta?... A mí se me acelera el corazón y empiezo a mirar por todos los lados con los ojos muy abiertos, pero sólo veo rostros desconocidos que se mueven continuamente y que desaparecen. Y yo me angustio mucho. Mira que siempre le digo que se quede en la puerta, al lado izquierdo, que hay como un hueco, y que no se mueva de allí, pero no lo hace, al final cuando lo encuentro está entre el mogollón y desorientado. ¡¡Dios mío!! cuánto paso hasta que lo veo. Es tan difícil localizarlo que, a veces, es la una y media y todavía no lo he encontrado.
El otro día casi me internan, pues su colegio está al lado de un edificio que han derribado, y como es primavera, han crecido entre las piedras y la tierra amontonada, amapolas, y mi hijo se había ido a cogerlas, no sé para qué, pues luego las tira, pero se fue y claro yo no lo veía, pues eso está al otro lado del colegio, detrás, y a mí lo único que se me ocurría era mirar entre los otros niños ¿Cómo iba yo a pensar que se había ido detrás del cole a coger amapolas?... Y como mi hijo es tan despistado y no se da cuenta de que pasa el tiempo, habían desaparecido todos los demás niños y él no estaba. Entonces me puse a correr como loca y a llamarlo a voz en grito, y tenía tanta angustia que me mareé y me quedé en la calle tumbada. Vino gente y me preguntó, qué me pasaba, yo casi inconsciente le repetía constantemente: “no encuentro a mi hijo, me lo han robado, me lo han robado, debía de salir del cole, y no lo encuentro, ni tampoco encuentro a nadie que me diga nada”. Entonces, me levantaron como pudieron y me llevaron al colegio para llamar a una ambulancia, pero yo quería que llamaran a la policía. En esos momentos vino mi hijo con un ramo de amapolas y yo me desmayé. Desperté en un hospital sedada, dicen que había tenido una crisis de ansiedad.
Enseguida pregunté por mi hijo, y todos muy amables me dijeron que no tengo hijo, que debo acostumbrarme a su falta. Y al preguntarle por el niño de las amapolas, me dijeron que era el hijo del conserje.
¡¡Me quieren engañar!! Están locos y creen que la loca soy yo. Entonces dije que llamaran a la policía, pero resulta que uno de los que estaban allí era de la policía. Y le daba la razón a ellos.
¿Cómo puede ser?...
Madrid 18-2-2010
(Salvaleón, Badajoz) es doctora en Filología Hispánica y Licenciada en Ciencias de la Información, por la Universidad Complutense de Madrid. Catedrática de Lengua y Literatura, ha publicado varios libros, entre ellos, una edición crítica de San Juan de la Cruz, El Madrid de Carlos III, El costumbrismo español del siglo XVIII, Zugazagoitia precursor de la novela social, y La Literatura del siglo XX. Asimismo, ha publicado los siguientes poemarios: Signos de sombra, En el confín del nombre, Nos+otros y Gramática de Luna. Su último libro, la novela Con olor a naftalina (2008). Por otro lado, ha colaborado en la Colección Historia de la Literatura Española e Hispanoamericana, en el libro Historia literaria en el siglo XVIII, en el ensayo colectivo: El Quijote en clave de mujer/es, etc. Asimismo, ha sido crítica literaria en el suplemento Culturas de Diario16 y en La Esfera, de El mundo. Lo fue también de ABCD, Cultural y de Tribuna en ABC. En la actualidad colabora en Cuadernos Hispanoamericanos, Revista de Occidente, Letra Internacional, Cuadernos del Sur, Tribuna y Babelia de El País, etc.