


Seudónimo de Hector Hugh Munro, Saki es un escritor británico –irremediablemente británico- cuya corta vida –murió en guerra- oscila entre el XIX y el XX. ¿Por qué le considero más british que la difunta reina madre? Porque se emplaza –tal vez involuntariamente, tal vez conducido por el peso de una tradición cuyo peso secular resulta irremediable- dentro de un esquema narrativo indiscutiblemente insular, dominado por la ironía, la contención y cierta crítica a la vez ácida y benevolente. Su indagación en la sociedad británica –no muy distinta a la nuestra- es aparentemente ligera pero posee de una considerable profundidad, cercana a la de, por ejemplo, el teatro de Oscar Wilde. Incluso no puede descartarse la proximidad de Chéjov y sus melancólicos, aunque en ocasiones cómicos, antihéroes.
El punto de partida de sus cuentos suele ser la cotidianeidad, una charla banal entre ciudadanos acomodados en la que, de repente, aparece un pequeño conflicto, casi insignificante, que sus protagonistas agigantan hasta el delirio. Esa cotidianeidad no tiene porqué ocurrir en nuestro mundo: puede emplazarse en el paraíso terrenal y puede estar protagonizada por los mismísimos Adán y Eva. Sus personajes, en un momento de la trama, deciden tomar el camino más difícil, aquel que personajes puramente realistas nunca afrontarían. No es fácil abordar ese planteamiento sin caer en el chiste fácil, en lo inverosímil. El logro de Saki es la fluidez, que tan difícil reto no caiga en la artificialidad. Para conseguirlo emplea distancia, precisión, rigor, sobre todo, un profundo conocimiento de la naturaleza humana. Es capaz de mostrar situaciones complejas, que incluso el lector moderno reconoce con una sola mirada, en apenas un párrafo: “experimentando la atmósfera mental de satisfacción en sí misma que se apodera de una mujer que ha desayunado bien, va vestida de forma coqueta y ha alcanzado los cuarenta y dos años de forma paulatina y sutil”. Además es sumamente divertido y, aunque todos sus relatos guarden cierta similitud, aunque utilice narradores muy similares, no resulta monótono. Consigue que su capacidad de sorpresa se mantenga inalterada.