


Juana Rosa Pita (La Habana, 1939) lleva más de cuatro décadas haciendo de la literatura su verdadera pasión. Galardonada internacionalmente por su amplia obra -que rebasa ya la veintena de títulos-, ha sido fundadora de dos editoriales, traductora, crítica, narradora, pero sobre todo poeta.
Desde hace tiempo, sigo su inspirada trayectoria y a fe que su cántico viene siempre envuelto en una extrema delicadeza apoyada en un lenguaje moderno, tentador, no exento de cierto simbolismo. La autora cubana -como ya apunté en otra ocasión- acomoda su decir a un sonoro encantamiento de misterio y de amor, lo que deriva en una sugerente calidez en sus muy distintas evocaciones.
Y desde ese citado encantamiento evocador, surge ahora su Manuscrito en sueños -Estudio de Chopin-, un bello relato que, escrito desde la voz del compositor polaco, nos acerca a la apasionada verdad que unió su vibrante vida y su inolvidable música. En el “Scherzo de origen”, que sirve de pórtico al volumen, la propia Juana Rosa Pita nos aclara: “Estos textos no son míos, sino del músico. Claro que no tengo modo de probarlo y menos todavía de entregarlos, pues me fueron llegando gradualmente en el sueño hasta conformar una suerte de mosaico vivo: corazón de la obra (…) Los manuscritos iban apareciendo de sueño en sueño, y era tal la eléctrica presencia de su imagen que permanecía ante mi mente unos minutos; apenas para transcribirlos a la carrera”.
Aquí y ahora, tenemos una excelente ocasión para adentrarnos en este paisaje de realidades oníricas, donde al par de la fluida biografía del genial pianista, se nos da cuenta de sus múltiples avatares familiares, amatorios y musicales; es decir “un caleidoscopio bien vertebrado que va sumiéndonos en esa atmósfera chopiniana que hace a su protagonista inmediato cómplice del lector”, como anota Carlos Murciano de forma certera.
Con buen criterio, Juana Rosa Pita ha querido alternar, al hilo de estas revelaciones, una suerte de incisos que a modo de epístolas, citas, poemas, confesiones…, que nos aproximan aún más a la sólida identidad de Chopin. “El piano y yo fuimos uno desde siempre”, escribe. Y junto a la dulce melodía de sus notas, van sucediéndose los hechos más llamativos de su singular acontecer. Sus diversos viajes -Berlín, Viena, París…-, su definitiva salida de Varsovia en 1830 para ya nunca regresar, su primer e imborrable encuentro con Clara Schumann, y con Heine, Delacroix, Hallé…, su amor por George Sand -la misma que llegaría a escribir en una misiva a su amiga Charlotte Marliani, recogida en este volumen: “Chopin es un ángel. Su bondad, su ternura, y su paciencia a veces me estremecen; siento que es demasiado frágil, demasiado exquisito, demasiado perfecto para vivir en este crudo y oneroso mundo terrenal”-, sus hondas dudas vitales, la devoción por sus grandes maestros…
“Chopin llevó un diario de vida junto al piano. Siglo y medio después se acercó a mi alma”, confiesa en el epílogo la escritora cubana. Y también estará muy próximo al corazón de quien abra estas páginas y lea y sienta el rumor y los acordes de una precisa narración, porque “la fe poética se expande/ si la imaginación/ logra su estilo justo”.