OtroLunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Marzo 2010. Antilde;o cuatro. Número doce

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Datos de la revista, marzo 2010, año 4, número 12
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Marxismo y Liberalismo

Polémica entre Haroldo Dilla y Carlos Alberto Montaner

 

 

Página 1

I

Haroldo Dilla Alfonso
El terremoto fue solo quien haló el gatillo: la pistola es la pobreza

 

Siempre que voy a Puerto Príncipe, o simplemente pienso en ella, me asalta la mente una canción de Nat King Cole que mi hermana hacia resonar una y otra vez en un tocadiscos color crema que le regalaron por el cumpleaños, allá por los lejanos 60s. En ella, con su espanglish azucarado, Nat King Cole hablaba de una ciudad que mira al mar e invita al amor en un inolvidable atardecer.

Una ciudad que ya no existe. No por el terremoto, sino por la pobreza. El terremoto fue solo quien haló el gatillo: la pistola es la pobreza. En Seattle, en el 2001, hubo un terremoto de categoría 7 que solo causó un centenar de heridos y un muerto, un anciano infartado. El terremoto es recordado porque Bill Gates daba una charla cuando comenzaron los temblores. Un video muestra al hombre más rico del mundo emergiendo detrás de un podio con una sonrisa de pánico incrustada en la cara. No había una pistola apuntando a la cabeza de Seattle. En cambio, la pistola de la pobreza ha sido disparada muchas veces en Haití. En el 2004 una tormenta tropical, que causó dos muertos en Puerto Rico y 7 en República Dominicana, dejó cerca de 3 mil cadáveres regados en el norte del país; y tres años más tarde otras dos tormentas mataron a 600 personas.

Cuando Nat King Cole cantaba a la capital haitiana, Puerto Príncipe tenía unos 150 mil habitantes, esparcidos junto al puerto, lo que aun puede notarse en las fotos aéreas: un área cuidadosamente reticulada al oeste del Palacio Nacional que alberga una arquitectura de casas sólidas y elegantes indicativas la fuerza de la ciudad histórica. Esa era la ciudad que constituía uno de los principales atractivos turísticos del Caribe –solo superada por La Habana- y que los dominicanos habían estado visitando durante décadas en busca de las aventuras lúdicas que la entonces adusta Santo Domingo –fatalmente Ciudad Trujillo por tres largas décadas- no tenía.

Pero ya por entonces Haití, y su ciudad capital, comenzaban a mostrar los síntomas de la autofagia y el empobrecimiento. No se trata de que Haití fuera rica cuando era la colonia francesa de Saint Domingue, y que comenzó a ser pobre cuando los esclavos hicieron una vigorosa revolución sencillamente para poder ser personas. Ciertamente era un pulmón económico del capitalismo naciente, pero a expensas de la degradación física, intelectual y moral del 95% de la población. Los esclavos hicieron una guerra sin cuartel a las mismas tropas napoleónicas que habían rendido imperios en Europa y al final heredaron una nación en escombros y sometida al doble cerco de la contrarrevolución europea y de la ingratitud de los nuevos países independientes hispanoamericanos, a cuyas gestas los haitianos colaboraron activamente recibiendo a cambio más aislamiento. Para apaciguar los ánimos revanchistas de la ex metrópoli los sucesores de los próceres decidieron pagar por lo que sus antecesores habían logrado a sangre y fuego: Francia recibió una compensación que según los expertos  equivale a unos 20 mil millones de dólares.

Pero sin lugar a dudas lo que aceleró la autofagia haitiana fue su lugar en el diseño económico regional como proveedora de mano de obra barata y desprotegida para las economías agroexportadoras de Cuba y República Dominicana en un principio y para todo el hemisferio posteriormente, cuando exportar fuerza de trabajo se convirtió en un gran negocio para las clases dominantes haitianas y en un drenaje brutal e irrecuperable de capital humano. Desde entonces Haití fue cada vez más pobre, y en consecuencia más personas buscaban sus sobrevivencias o sus realizaciones en otros lugares, dejando allí sus aportes y sus plusvalías, en un terrible círculo vicioso que genera más y más pobreza. Y Puerto Príncipe pasó a ser una inmensa aglomeración de cuatro millones de pobladores pobres, sin servicios, con casas colgadas de las colinas y un puerto atrozmente contaminado donde, en épocas “normales” no era difícil encontrar cadáveres de indigentes que simplemente morían de pobreza. Una aglomeración de cuatro millones de seres vulnerables. Después del terremoto, una cantidad que aun no sabemos, ahora técnicamente de sobrevivientes.

Desde la caída de la sangrienta tiranía de Duvalier –por mucho tiempo considerada como un aliado predilecto de los Estados Unidos en su lucha contra el comunismo en el Caribe- se han ensayado muchas fórmulas políticas en Haití. Se han sucedido gobiernos democráticos y gobiernos militares, se  han alentado insurrecciones antigubernamentales, han ocurrido golpes militares, se han intentado gobiernos tecnocráticos bajo supervisión internacional y se han producido bloqueos y liberalizaciones. Pero Haití no ha despegado. Y creo que ha sido así porque el único recurso que puede salvar a Haití es movilizar su orgullo, su energía nacional, la misma que destrozó al ejército napoleónico en 1804, que puso en jaque a los ocupantes americanos en 1915, que destronó a Duvalier en 1986 y que en 1991 derrotó el intento de los tontons macoutes de regresar al palacio nacional.   Hubo un momento en que parecía que un movimiento político había logrado hacerlo. Fue cuando Jean Bertrand Aristide y su grupo Lavalás despertaron el ánima de la nación post-duvalierista, hasta que, removido por un golpe de estado, pactó con la oligarquía más insensible de este continente y regresó al poder, domesticado, de la mano de la administración Clinton. Por un tiempo permaneció en el poder –en el trono o tras el- revolcado en la corrupción, la represión y el mesianismo, hasta que Bush lo secuestró y lo depositó en la República Centroafricana. Fue un acto ilegal de prepotencia imperialista que, sin embargo, nadie lamentó seriamente.

Quizás este es otro momento decisivo de la historia haitiana. Siempre pensamos que Haití estaba tocando fondo, en particular cuando ciclones y lluvias podían producir miles de muertos, cuando su economía de subsistencia era arrasada y cuando sus habitantes comían barro con mantequilla. Pero ahora hemos entendido que las caídas no tienen fondo y es posible seguir bajando hasta la extinción.

Corresponde al mundo ayudar a detener esta caída. Se necesita dinero, recursos materiales y humanos y es obligación de la comunidad internacional acudir en ayuda de Haití, no simplemente para qué no mueran los millones de damnificados, sino para que en lo adelante la vida tenga para ellos un significado. Pero a pesar de que de ello se habla desde hace muchos años, hasta el momento la provisión de recursos ha sido lenta, limitada, y manejada por una burocracia internacional insensible y tan cara que termina tragando un porcentaje muy alto de los recursos en compensación por el riesgo que implica querer ayudar a Haití. La propuesta del presidente francés de condonar la deuda externa del país es simbólicamente relevante pero de escaso valor práctico si no se acompaña de fondos frescos suficientes que siempre serán menores que los subsidios transferidos a los grandes bancos o que los gastos realizados en las aventuras militares “allende los mares”. Y por supuesto menores que los que Haití pagó a Francia en el siglo XIX.

Pero sobre todo, la suerte de Haití debe ser decidida y realizada por los haitianos. Haití es un país aguijoneado por la corrupción, la indolencia funcionarial y el narcotráfico, y aunque coincidamos en que es necesaria en la presente coyuntura, también por la ocupación militar extranjera. Su clase política y su oligarquía han padecido siempre de una insensibilidad social que raya en el crimen. Un escenario particularmente agreste para movilizar las energías nacionales. Pero al mismo tiempo esa sociedad posee suficientes reservas morales como para creer que es posible cambiar el curso de la vida y colocar a este país al nivel de su historia. Esas reservas yacen en los campesinos del Artibonito que arañan año tras año sus misérrimos conucos; en las mujeres del nordeste que recorren distancias mayores con sus bártulos de mercancías; en los jóvenes universitarios capitalinos que un día se expusieron a la violencia oficial para mostrar al mundo el derecho de un pueblo a la vida decente; en los funcionarios que contra viento y marea, intentan hacer avanzar la institucionalidad y la eficiencia públicas; y en los cientos de miles de emigrantes que sacan tiempo y energía para trabajar extensas jornadas y estudiar, pensando en un día en que el regreso no signifique la miseria.

Es necesario imaginar un Haití para y por los haitianos, sencillamente porque no hay otro camino para revertir el trágico proceso de su permanente hundimiento y las sociedades, los pueblos, nunca se suicidan. Quiero pensar que hay espacio para convertir esta inmensa tragedia en el punto de partida de algo. También quiero pensar que seremos capaces de pagar nuestras deudas con Haití.

 

II

Carlos Alberto Montaner
Primer comentario

 

El artículo de Dilla es interesante, tiene algunos  aciertos y sin duda está recorrido por la buena fe, pero creo que no  penetra en la esencia de la tragedia haitiana. Por la forma, el momento  y los protagonistas con que los haitianos llegaron a la independencia, en 1804, no fueron capaces de crear las instituciones de la democracia, la modernidad y el desarrollo. La compensación exigida por Francia por la pérdida de la colonia más rica del planeta a principios del XIX (generaba más riqueza que Canadá), 90 millones de francos oro, pagada a lo largo de varias décadas, o el aislamiento diplomático que sufrió el país hasta que Lincoln lo reconoció, con ser elementos importantes, no explican el desastre haitiano.

Como  dato curioso, y para simplificar lo que quiero decir: cerca de Haití,  en Barbados, está el más exitoso estado de América, exceptuados USA y  Canadá. Barbados fue también una plantación esclavista azucarera,  terriblemente explotada por Gran Bretaña. El origen étnico de  barbadienses y haitianos es muy parecido, pero el posterior desempeño  histórico de Barbados y Haití son totalmente diferentes. Los barbadienses asimilaron las instituciones británicas y rompieron gradualmente con la Metrópolis. Los haitianos, heroicamente, pero carentes de una clase ilustrada capaz de manejar la autoridad eficazmente, saltaron del barracón a la casa de gobierno. Fue una gesta admirable en su momento, pero el costo posterior ha sido terrible. Mientras Barbados tuvo los beneficios culturales de la europeización progresiva, Haití comenzó un regreso paulatino a la africanización de la vida pública.

Lo que me sucede con la interpretación de Dilla es que me parece que se queda en la visión esquemática de Occidente-es-culpable. La cosa no es así: el asunto es mucho más complejo y para tratar de entenderlo hay que tratar de colocarse en el momento en que ocurrieron los hechos.

 

III

Haroldo Dilla Alfonso
Respuesta al comentario de Carlos Alberto Montaner

 

Estimado Pedro: siempre me pareció que tu calificativo de excelente era un jovial gesto de condescendencia camaraderil ante un artículo que quiso por encima de todo mostrar sensibilidad ante un fenómeno de tanta trágica actualidad. Por lo que me pareció exagerado que te bajes del tren en marcha por una opinión dada por un lector, en este caso Montaner, que siempre es bienvenida. Y por supuesto te ruego no vuelvas a subir, que ya a nuestras edades no es recomendable subir y bajar de los trenes en marcha.

Pero aunque no acostumbro a participar en estos intercambios, me veo en este caso impelido a hacerlo debido a dos razones. La primera es que Montaner necesita algunas lecturas históricas adicionales (no siempre se hace buena música tocando de oídos) y al respecto puedo poner a su disposición un interesante listado que van desde Price Mars hasta Casimir que le ayudarían  a refinar su juicio interpretativo. La segunda, porque creo que Montaner necesita dar un paso adelante respecto a los dogmas liberales y la retorica del discurso seguro que le acompañan. Su innegable talento lo merece, y sus buenas intenciones lo reclaman.

Rápidamente, pues el tiempo de todos apremia:

1-Barbados es un micro estado cuya excepcionalidad es tal que no es serio que le consideremos el estado más exitoso de América. En serio, señores, hablemos en serio.  Como decía Marx, esto se pone por debajo de la crítica. Huelga anotar, sin embargo, que jamás pensaría, ni insinúo, ni menciono, que los problemas de Haití se ligan al origen étnico de sus habitantes. No sé por cual razón Montaner hace la aclaración.

2-Es difícil compartir la idea de una colonia de Saint Domingue tan rica cuando esta riqueza se apoyaba en la superexplotación y el sometimiento absoluto de la abrumadora mayoría de la población. La riqueza de una sociedad no se mide en términos de pura estadística económica, sino por razones de la economía política. Luego, la revolución haitiana no fue una desviación de la historia. Fue la polarización absoluta de la colonia la que generó la radicalidad absoluta de la revolución. Las revoluciones son una respuesta social a coyunturas de la historia. Y me temo que así seguirá siendo mientras existan las condiciones que las generan.

3-No discuto la suma total de lo pagado a Francia en varias décadas, sino que remito a los  cálculos de los historiadores que asesoraron al gobierno haitiano en 1991. Creo que fue una hemorragia financiera que en algunos años obligó a pagar a Francia hasta el 80% de las rentas internas. Pero yo nunca digo que eso haya sido la causa de la caída haitiana. Deben leer más cuidadosamente el artículo. Yo remito esa caída a la manera como Haití quedó inserto en la economía regional/mundial  en el siglo XX, como proveedora de mano de obra barata y desprotegida para la acumulación capitalista en Cuba y Rep. Dom., y aun hoy en este país. La razón es compleja y está ligada al panorama político que los americanos encontraron en 1915 y que impidió el establecimiento de la agroindustria exportadora en el Artibonito. Pero es un tema muy amplio.

4-Compartiría casi todos los argumentos sobre las limitaciones históricas de La elite haitiana, y si nos referimos a la actualidad, me sentiría compensado en abundar en ello. Pero es cándido creer que el fracaso estuvo dado porque en 1804 no implantaron la democracia liberal o la modernidad (por cierto, ¿que es la modernidad?). En 1804 eso no existía en ningún lugar  y el término democracia era francamente subversivo. Los americanos, que inventaron la política moderna, demoraron bastante en modelarla. Pero quizás sorprendería constatar (pero hay que leer) que en el siglo XIX la vida institucional republicana haitiana era notablemente rica, mucho más que en buena parte de los países latinoamericanos. Si exceptuamos el período de Soulouque, los gobernantes haitianos eran frecuentemente personas cultas y con vocación pública (Petion, Boyer, Geffrad, Saget, Hyppolite, Salomon… (Probablemente por eso la escasa educación pública haitiana es notablemente buena). La percepción elitista de que brincar del barracón al palacio es intrínsecamente malo es un juicio prejuiciado, y de cualquier manera son muchas las buenas cunas que producen alimañas políticas.

5-En comparación con RD, por ejemplo, en el siglo XIX y hasta bien avanzado el XX Haití era mucho más desarrollado, moderno y sofisticado. Los dominicanos visitaban a PP como si fuera una referencia de civilización.   Y aun hoy me temo que los políticos haitianos son más sofisticados (aquí uso la palabra en exacto español) que los dominicanos, lo que determina que a pesar de que H es la pieza débil de la ecuación, puede manipular las situaciones con mayor éxito. Y los dominicanos nos quedamos siempre tragando una buena parte de las “externalidades negativas” de la relación.

Hasta aquí llego, un abrazo a todas y todos.

 

IV

Carlos Alberto Montaner
Marxistas y liberales: respuesta al economista Haroldo Dilla

 

He leído con mucho interés, como suelo hacer, la respuesta de Haroldo Dilla. No sabía que era un experto en historia haitiana. La bibliografía de él que conozco no permite adivinar esa faceta suya. Me parece admirable.

Mi conocimiento sobre Haití, en cambio, es más bien precario. He leído lo que cuentan las historias generales de América Latina, algunos ensayos biográficos aislados y varias docenas de artículos especializados. Apenas he visitado el país media docena de veces, y sólo en dos de ellas me aventuré a recorrerlo junto a líderes haitianos que entonces estaban vinculados a la Internacional Liberal. Fue de labios de ellos que escuché muchas historias del cochero Toussaint L´Overture, un personaje dotado de cierto talento como guerrero, de Henry Christophe, sirviente en un hotel con bastante de psicópata sanguinario, cuya Citadelle recorrí con una mezcla de admiración y horror, y de Dessalines, tan desdichado que era esclavo de otro negro, lo que, curiosamente, no disminuyó su odio feroz contra los blancos, actitud de la que los dominicanos todavía guardan cierta memoria.

Mi visión de las relaciones entre Haití y República Dominicana la adquirí en los magníficos libros de mi amigo Frank Moya Pons y en larguísimas charlas con tres de los dominicanos más inteligentes que he tratado en el país: Federico Henríquez Gratereaux, Frank Marino Hernández y José Israel Cuello. Frank Marino, lamentablemente, ya murió.

Los escuchaba con gran atención porque, al fin y al cabo, era una historia que, en alguna medida, me resultaba cercana. Una rama de mi familia materna llegó a Santo Domingo en el segundo viaje de Colón, allí se mantuvo cuatro siglos, y desciende directamente de Rodrigo Bastida y de su yerno Gonzalo Fernández de Oviedo. Mi abuela (Lavastida Landestoy) ahí nació y emigró a Cuba a principios del siglo XX. A lo largo del XIX, generalmente huyendo de la guerra y de la invasión haitiana, muchos de sus parientes ya se habían instalado en Cuba. Mi abuela, por cierto, estaba emparentada, con dos ilustres domicanos-cubanos: Máximo Gómez Báez (por los Báez) y José María Heredia (por los Heredia).

Nada de esto, naturalmente, tiene que ver con el intercambio de ideas (no lo llamaría debate) con el amigo Dilla, pero supuse que a algunos lectores cubanos avecindados en RD les interesaría conocer estos curiosos detalles familiares escasamente relevantes, salvo para mi propia tribu.

Voy al grano.

Repito el corazón de mi argumentación: Haití, paulatinamente, se convirtió en un estado fallido porque saltó del barracón a la casa de gobierno, sin experiencia en la administración y con una élite tan frágil y tan poco densa  que no fue capaz de crear instituciones republicanas sólidas y no supo transmitir la autoridad de una manera racional.

En última instancia, lo que afirmo es que el estado haitiano fracasó por razones endógenas y no por causas externas. Ni la deuda impuesta por los franceses como indemnización por la pérdida de la colonia, ni la ausencia de reconocimiento internacional (que no impedía el comercio), ni el trato áspero de las grandes potencias causaron la progresiva pauperización y crisis del Estado haitiano. Fue la élite haitiana, salida del seno de esa convulsa sociedad, la que tomó los caminos equivocados para el conjunto.

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