

Cuando en 2003 las primeras niñas se atrevieron a denunciar a sus verdugos ante los tribunales no podían adivinar la pesadilla que se les vendría encima. Sabían que ponían en riesgo su vida, pero nunca pensaron que serían acosadas ferozmente no sólo por sus victimarios, sino también por las autoridades y tribunales que, en teoría, deberían protegerlas. Unos meses más tarde, cuando no tenían más alternativa que regresar a continuar siendo «carne de cañón» de los abusos de Succar Kuri o perder la vida, se refugiaron en el centro de atención a las víctimas que dirijo, CIAM Cancún A.C. Las autoridades que les ayudaron en un inicio las habían traicionado y nada se interponía entre ellas y las amenazas de muerte de los hombres de poder a quienes habían desafiado.
Una mañana de abril de 2004, ya en el refugio, una pequeña de once años me tomó de las manos y con el rostro desencajado y mirada interrogante inquirió: «¿Verdad que tú no vas a dejar que nos hagan más daño?». La respuesta que le di cambió mi vida. Para aquella época me quedaba claro que se trataba no sólo de los delitos de un viejo vicioso, sino también de una verdadera red de poder. Aunque no podía anticipar todas las implicaciones, intuía que la única manera de proteger lo que quedaba de esas niñas y niños con una vida truncada era llevar ante los tribunales y eventualmente a la cárcel a los culpables. Subía que sería una cruzada larga y accidentada y que incluso entrañaba el riesgo de perder la vida. Todavía lo creo; pero todo en la vida me había preparado para dar una sola respuesta ante la indefensión de las menores: cumplir la promesa de nunca abandonarlas.
Lo que ha sucedido en los años subsiguientes es el resultado de aquel instante en que esos ojos nubiles me hicieron responsable y me convirtieron en el último recurso de un puñado de menores de edad abandonadas a su suerte.
Escribí el libro Los demonios del edén (Grijalbo) como un recurso desesperado para evitar la fuga e impunidad del pederasta que estaban a punto de consumarse. Para entonces se habían agotado las denuncias ante los tribunales y los exhortos a la opinión pública. Autoridades estatales habían permitido la fuga de Succar Kuri y, aunque fue detenido en Estados Unidos, los jueces de aquel país carecían de elementos para retenerlo en prisión y posteriormente extraditarlo. La maquinaria del poder que apoya al pederasta se había movilizado para impedir el envío de todas las pruebas que podían sustentar la extradición: sin ellas, resultaba inminente la liberación del detenido.
La publicación de Los demonios del edén resultó clave para activar el proceso. La difusión que recibió el libro y las entrevistas que lo acompañaron en los medios de comunicación permitieron denunciar la pasividad delictiva de las autoridades. La indignación de la opinión púbica frente al caso del «pederasta de Cancún» obligó a la Procuraduría de Justicia a entregar al juez Duncan, de Arizona, las pruebas numerosas y contundentes, hasta entonces retenidas, que meses después permitirían a los tribunales mexicanos enjuiciar a Succar.
Las represalias no se hicieron esperar: muchos hombres de poder no deseaban un juicio público a Succar Kuri; además de pederasta, el hotelero de origen libanes fungía como prestanombres —para lavado de dinero— y socio de personajes con enorme influencia en la sociedad mexicana. Lo demás es una historia aparentemente conocida.
El 16 de diciembre de 2005, siete meses después de la publicación del libro, fui detenida por órdenes del gobernador Mario Marín, en colusión delictuosa con el empresario textil Kamel Nacif, bajo la acusación de este último de haberlo difamado al presentarlo como uno de los protectores del pederasta. La detención, plagada de arbitrariedades y abusos, y el traslado a Puebla en medio de amenazas de muerte y tortura demostraron que se trataba de una represalia por haberme atrevido a desafiarlos y exhibirlos, pero también era una manera de evitar que lo siguiera haciendo: la «justicia» de Puebla había sido comprada para asegurarme cuatro años de cárcel.
Unas conversaciones telefónicas entre Kamel Nacif y el gobernador Mario Marín divulgadas dos meses después de mi detención muestran claramente la forma como el poder del dinero y el poder político se entrelazan para protegerse y reproducirse. Las llamadas de Kamel Nacif a varios gobernadores y al líder de los diputados priístas, Emilio Gamboa, revelan los alcances de estas redes de poder. A lo largo de tres años he recibido amenazas, un atentado, la traición de abogados amedrentados o comprados y la utilización de todos los recursos jurídicos para agotarme física y financieramente. He sido testigo de la violación de prácticamente todos los procedimientos judiciales: del robo de una computadora de la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) con testimonios exclusivos, de la desaparición de pruebas y de la corrupción de jueces.
Salvé la vida y mantuve la libertad gracias a la movilización de la opinión pública y al apoyo de colegas periodistas y en general de los medios de comunicación. Mi historia, que no es sino la extensión de la historia de las niñas victimizadas, pudo ser la misma que la de muchos mexicanos y mexicanas que todos los días padecen en el anonimato los golpes e ignominias de una sociedad injusta y arbitraria. Todos los días se viven tragedias de igual o mayor magnitud que violentan los derechos y los cuerpos de personas que carecen de voz y visibilidad pública. Diversas circunstancias se conjugaron para que los delitos de Succar Kuri, Kamel Nacif y el gobernador Mario Marín se convirtieran en hechos públicos y ocuparan un lugar en el museo de infamias públicas de México.
Siempre he creído que la o el periodista nunca debe convertirse en personaje de sus investigaciones, por ello evité hablar de mí en Los demonios del edén, sin embargo, me atrevo a escribir esta historia porque sólo se conoce parcialmente y es imprescindible que se conozca completa: primero, porque sólo ha trascendido a la luz pública una pequeña porción de los oprobios que el poder ha desencadenado en contra de las víctimas y de las personas que las defendemos y les damos voz. Exhibir la manera como el gobierno de Puebla ha volcado los recursos del Estado para acallar la denuncia y sacrificado toda consideración ética para salvar el cuello de un gobernador, o la forma como el gobierno federal priorizó sus alianzas políticas con la corrupción, tienen un valor documental y periodístico evidente. En ese sentido, el presente libro constituye un testimonio excepcional porque hace un retrato in fraganti de lo que muchas y muchos mexicanos padecen sin tener la posibilidad de denunciarlo o demostrarlo.
Segundo, porque ser sobreviviente es un hecho que entraña responsabilidades. Más que por méritos propios, las circunstancias de la vida me han dado la posibilidad de atisbar la peor cara del monstruo y me han colocado en posición de revelarla en su más salvaje dimensión. La historia de mi patria es la tragedia de millones de hombres y mujeres cuya esperanza fue aplastada por la implacable realidad del poder político y criminal corrupto. Es una historia recurrente en tanto sigamos siendo un país sin memoria. Durante siglos hemos aceptado negociar nuestra dignidad, a cambio de que las hienas nos permitan subsistir entre la tinta y el papel, entre la vida y la muerte, entre la credibilidad y el desprestigio paulatino.
Y tercero, escribo este libro para que no prevalezca, como es usual, la versión de los poderosos, de los que siempre ganan. No han podido desaparecerme, pero han intentado —y lo seguirán haciendo— destruirme públicamente. Con sus recursos y presupuestos, sus concesiones y tráfico de influencias, buscarán aplicarme «la segunda muerte». Hace algunos meses, la defensa de las niñas abusadas era una cruzada legítima y loable ante la ignominia de unas grabaciones aberrantes; hoy, cuando los poderes deben tomarse la foto con Mario Marín y negociar las reformas con Emilio Gamboa, mi causa y yo nos hemos convertido en una agenda incómoda. Incapaces de hacerme callar, lo único que les queda es desprestigiar a la mensajera y desvirtuar el mensaje. En ese sentido, Memorias de una Infamia es una garantía para que la verdad prevalezca, cualquiera que sea el desenlace de esta historia.
Poco antes de ser asesinada, la defensora de derechos humanos Digna Ochoa me dijo que se sentía tranquila porque la autoridad sabía muy bien quién deseaba su muerte o su desaparición; es decir, el costo de liquidarla sería alto porque su muerte no quedaría impune; sin embargo, no fue así. Hoy Digna está oficialmente «suicidada» como resultado de investigaciones viciadas y de la fabricación de versiones destinadas a enlodar su reputación. Yo pretendo seguir viva y haré uso de todos los instrumentos que tenga al alcance para lograrlo; pero si no fuera así, en aras de las causas en que creo, es importante documentar los inciviles y a los autores.
En el expediente «Lydia Cacho» se consignan las vicisitudes de una periodista y activista social, pero en realidad se trata propiamente de un actor colectivo. En el fondo, «la causa Lydia Cacho» es el mote para designar el trabajo y el sacrificio de muchas personas: en primera instancia, de mis colegas del C1AM Cancún, una veintena de mujeres y hombres que han padecido conmigo amenazas y desvelos para proteger a las víctimas. Sin duda, también es un puñado de periodistas valientes, cuya generosidad impidió el triunfo de las campañas de distorsión o de silencio de las redes de poder. Igualmente, es encomiable el valor de algunas y algunos funcionarios, legisladoras, abogadas y abogados y jueces honestos que se jugaron el puesto en defensa de sus convicciones. Nunca fui a la escuela de periodismo, pero durante casi dos décadas he estudiado y ejercido esta profesión. Como todo aprendiz, leí al gran maestro Ryszard Kapuscinski, quien dijo: «A menudo, cruzar una frontera resulta peligroso y es algo que puede costar la vida. En Berlín hay un cementerio de gente que no lo logró». Me atrevo a parafrasearlo y decir: México es un cementerio de gente que no logró cruzar la frontera por defender la verdad, esa verdad que creímos que eventualmente nos liberará del ignominioso poder de un puñado de dueños del Estado corrupto. Con este libro, que pongo en sus manos, cruzo la frontera con mis recursos: la verdad, la palabra y la prueba.
Nota del Editor:
OtroLunes agradece a la periodista y escritora Lydia Cacho la posibilidad de reproducir en nuestras páginas la introducción a su importante libro Memorias de una infancia, donde denuncia la corrupción política en torno a la pederastia en México.
(México, D.F., 1963) es periodista, feminista y escritora. Ha sido galardonada con el Premio Estatal de Periodismo en 2002, el Premio Nacional de Derechos Humanos Don Sergio Méndez Arceo, el Premio Yo Donna de España a la labor humanitaria en 2006 y el Premio Ginetta Sagan otorgado por Amnistía Internacional en 2007. Es especialista en temas de violencia y género para la Agencia de las Naciones Unidas para la Mujer (UNIFEM). Ha publicado más de dos centenares de artículos en diarios y revistas del país. Es, además, consejera de la Universidad del Caribe, cofundadora de la Red de Periodistas de México, Centroamérica y el Caribe y corresponsal de la agencia de noticias CIMAC. En su activismo feminista, dirige un centro de atención para mujeres víctimas de violencia en Cancún, Quintana Roo, certificado por el National Training, Center for Domestic Violence, en Austin, Texas. En 2005 publicó Los demonios del edén. El poder que protege a la pornografía infantil, libro que sacudió a la opinión pública mexicana y que consagró a Lydia Cacho como una de las periodistas más comprometidas y valientes de la actualidad.