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En relación con el divisionismo, salta el hecho de que todos tenemos ideas diferentes. Esto, en realidad, es muy bueno para un contexto y situación democrática, pero dentro de un orden y organización política. Lo que sucede es que en nosotros desde las guerras de independencias, los caudillos estaban por doquier, muchos querían mandar y no reconocer a los otros, y la gente los seguía. En realidad, en cuanto a la división de las ideas, es como si cada cubano nos creyéramos que teníamos la verdad en la mano 4, incluso, hasta para discutir de pelota…
Entiendo perfectamente la tristeza de Ortiz, que podría ser la tristeza de muchos, y, entre tantos, la mía, pero asimismo quiero hacer la salvedad de que el etnólogo cubano, cuando años después llegó a su conocida teoría de la transculturación, pudo darse cuenta de que no tenía que haber tal suma de defectos como algo congénito que se hace irremediable, sino como rasgos circunstanciales que podían ser acentuados por el entorno social, por las interrelaciones del momento de época, y que la transculturación nos salvaría como lo estuvo haciendo hasta el repetido año letal en el que se nos empezó de nuevo a estancar la mente. Lo que quiero significar es que el cubano tuvo siempre, a pesar de este desgarrador análisis bastante determinista, posibilidad de superarse, y que lo estaba haciendo en la medida en que nuevas aculturaciones y transculturaciones ocurrían, porque el cubano era y es un ser en gestación. Véase en los escritos citados de Fernando Ortiz la segunda parte de “El alma cubana” (capítulo V del cuaderno citado), otro conglomerado de ideas en el que, de alguna manera, quizás más bien breve pero habla sobre los progresos del cubano, y donde ya su mirada, su observación acuciosa se podría hacer un poco más comprensiva, y así saltan de una forma u otra los reconocimientos y el destaque de virtudes que proyectan, en definitiva, valores y aciertos del cubano.
Pero esto de los defectos, naturalmente, no lo estoy descubriendo yo sino lo descubrió él, nuestro Fernando Ortiz, alguien a quien nunca acabaremos de agradecer la enorme comprensión que nos legó de nosotros mismos, al mostrarnos esos defectos, y el aporte tan extraordinario que hizo no sólo a la antropología cubana, sino mundial. En un capítulo anterior (más exactamente en el capítulo IV, ‘Transculturación y futuridad’, de “El ser diverso”) pretendí ahondar un tanto, intuitivamente, en el valor de la transculturación y el sentido de la futuridad. En éste, ahora, intento resaltar la probabilidad de que algunos aspectos señalados por Ortiz hayan incidido en el debilitamiento mental, imaginativo, del cubano cuando comenzó la era del Gran Estancamiento (1959), y cómo, en efecto, fue utilizada nuestra pereza intelectual para vendernos gato por liebre, haciéndonos creer en la necesidad imperiosa, excesiva, de un patriarca, de un dictador necesario que nos lo iba a dar todo masticado, digerido, y que utópicamente nos iba a liberar de las fatigas de los explotadores procesos laborales, que nos iba a ayudar a convertir la exageración y la fantasía en una realidad de sueño, que nos iba a sacar de las trabas y el engaño de las religiones y los fetichismos, que nos iba a educar con su prensa y su palabra, que nos iba a cambiar la vanidad y la aristocracia por una importancia crucial como centro del mundo y que no nos iba a permitir el choteo y el brete, además de la vigilancia y el acoso, como un medio general, práctico y constante de relacionarnos, incluso con el mundo… ¿Y no es cierto que toda esta ingenuidad es el vacío propicio para que un espejismo lo llene?…
Ahora viene a colación algo que se ha venido expresando en estos tiempos en América Latina, según encuestas que se hicieron en 2007, de que incluso hay buena parte de pueblos que hoy en día han declarado su preferencia por un dictador si este les garantiza trabajo, estabilidad y una vida más segura. Como quiera que se mire, ello es un regreso a los primeros tiempos del feudalismo, cuando el siervo de la gleba no tenía libertad y estaba obligado a entregarle su trabajo y su mayor parte de cosecha al señor feudal, pero asimismo recibía el cuidado y la seguridad de este amo, y contaba con una cuota de su mismo trabajo para subsistir. ¿Sería ésta la misma mentalidad en la que cayó el cubano bajo el feudalismo patriarcal de Fidel Castro?5, con la diferencia, por supuesto, de que el siervo de la gleba en la Edad Media, en su momento, decidió convertirse en burgués y dedicarse al trabajo artesanal y al comercio.
La melodía del flautista, como el de Hamelin, en nuestro caso se ha extendido en la voz de FC por unos cincuenta años, y no dudo, que ya como un susurro continúe un tiempo más. Es el sonsonete de una flauta (bueno en el caso de él es de una voz) cochambrosa que ya ha llegado (desde hace tiempo llegó) al centro de la cueva y al borde del abismo, y que con su ronronear y chirrear de enmohecidas teclas (su voz enronquecida), sigue seduciendo para que algunos, extremadamente pocos ya, ¡a Dios gracia!, se lancen al vacío.
La pereza mental se reactivó para traer de nuevo la ignorancia y ayudó a fracturar la imaginación que estaba ligada a las circunstancias corpóreas del cubano. Al fragmentarse, se alteraron la recepción y comprensión de las imágenes que podían darse, y se crearon en las mentes los bastiones y atalayas de un castillo de arena.
Ese castillo de arena mental, cuando se deshacía por las olas del mar de la realidad cotidiana, iba dejando espacios vacíos y sedimentos de algas desconocidas, se empollaban sinuosidades repetidas como meandros, las mentes se llenaban de esporas, estratificaciones que lo cambiaban todo, niveles de cosas confusas que entraban en el ser del cubano como fantasmas y lo llenaban de rabia, de violencia inaudita, de consignas, de lemas, gritos y más gritos, de aplausos continuados como máquinas incansables que habían recibido el chipde la adulación, del hecho de creer porque me lo dijeron, y la Revolución y el Comandante lo piden, lo exigen, “nos convencen de que hay que seguir hacia adelante”… La ceguera de seguir a un “líder” inflamado de egolatría… Este es el síndrome del flautista de Hamelin (la relación idolátrica que ha existido entre él y las masas cubanas)… Y somos uno y el Uno somos todos. Y la mente se hacía Uno, con el brazo levantado y el puño cerrado se desgañitaba (se desgañita); y la mente se llenaba (se llena) con los residuos del mar para transformarse en masa compacta, calcárea, entumecida por la ira que les venía de la Voz, de esas palabras que ya eran melodía embaucadora y que estremecían los glúteos y castraban el miembro viril en el éxtasis de un coito político de muchedumbre enardecida.
Sí, este tipo de cubano se mutaba en un ser de ventosidades luciferinas para seguir enronqueciéndose en la Plaza, en las marchas, en los mítines de repudio, en la prensa, en la radio y la televisión, en las mesas redondas. Así las cosas, el Sempiterno F (también “f” de flautista) tenía que estar en todos los lugares de la Isla, en las casas, en las oficinas, en cualquier lugar de trabajo. El culto era la “verdad”. Aunque en las noches, con la cabeza bajo la raída almohada te defecaras en el culto y en la verdad siempre entrecomillada. Ah, pero entonces te podías justificar a ti mismo, y decirte a ti mismo que la culpa no es del Big Brother (BB), no, la culpa es del Imperio, de los que no les quieren ayudar, los que día a día le traicionan; hacen las cosas al revés; él es el líder; el ejemplo y tú tienes que apoyarlo, darle un espacio en tu mente, y así hasta las calendas griegas, para que tu mente y tu yeyuno, tu ilion se hagan más estratificados, más esporas y dieran paso así al “hombre nuevo”, que aún se mantiene en la Isla.
De modo que tu mente daba paso al sospechoso patriarca, a un dictador supuesto de que fuera buena gente, el que velaba por ti hasta en el sueño; el que hacía (y hace) que todos los días del mundo tú, donde quiera que estuvieras (o estés), no pudieras (puedas) deshacerte de él, porque te hacía falta para hablar con los tuyos en la casa, puesto que las cosas dependían de él (¿o dependieran de R?), o con tus amigos en el barrio, o con tus colegas de trabajo, para hablar en la escuela, en el cine, en el estadio; tu fiel Dictador, a quien matabas y matas cada día del mundo y siempre resucita, porque está metido dentro de tu cocorioco, de tu cabezota, porque ya no sabes cómo te lo vas a quitar de arriba, y que no importa que muera de verdad, porque eso será mentira, vivirá en las mentes (¡y hasta en las claras y preclaras!), vivirá en las pesadillas, en las monstruosidades que han existido dentro y afuera, Él, que vive (y vivirá) y te persigue (y perseguirá) en los rincones del planeta, hasta que vengan nuevas generaciones que desglosen mejor este 25% de culpa que tenemos, deshagan y fulminen de una vez y para siempre el espejismo inoculado de ese Dictador Invisible que tiene todo ser desprovisto de amparo, ¿sabes?, oíste bien, ese Dictador Invisible que te cosquillea bien adentro y que si no te haces fuerte y te aclaras las entendederas, podrá surgir siempre y te acosará siempre y te hará bailar al son de su flauta. Pero si despiertas… entonces… si despiertas… sólo entonces, nuestra estirpe del 25%6 descansará en paz para quizás poder configurar la espiral, volver a la futuridad y hacer así la Isla más humana, la que con honestidad hemos imaginado 7.
Notas del Artículo:
1.- Consúltese a Fernando Ortiz: El pueblo cubano, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales [Edición crítica por Gladys Alonso González y prólogo de Ana Cairo Ballester], Instituto Cubano del Libro, 1997, [“El alma cubana”, capítulo IV, pp. 35-60; “El alma cubana” II, capítulo V, pp. 61-70].
2.- Sobre este tema del exilio histórico quiero citar otro trabajo de Jesús Hernández Cuéllar, titulado “Para nostálgicos del infierno”, publicado en su columna “Café Impresso” del mes de agosto de 2008, en la revista Contacto (hacer clic en http://www.contactomagazine.com/cubaindex.htm).Las ideas con las que Hernández Cuéllar refuta los ataques contra el exilio de Miami en realidad perfilan la esencia de esta comunidad. Cito un fragmento mediante el cual me hago eco de su aclaración:
No fue en Miami donde centenares de miles de cubanos tuvieron que ir a trabajar obligatoriamente en campos agrícolas hasta que el gobierno tuviera a bien aprobar su salida del país. Eso ocurrió en Cuba. No fue en Miami donde se abrieron campos de concentración para homosexuales, fue en Cuba. No ha sido en Miami donde se han escuchado las sórdidas estampidas de los pelotones de ejecución, fue en casi toda Cuba. No existe en Miami algo igual a la fortaleza de La Cabaña. En Miami, como en todas partes, hay gente radical y extremista, ignorante, tal vez insoportable, pero no es allí donde se encarcela a la gente por el delito de “divulgar propaganda enemiga”. Eso ocurre actualmente en Cuba, a personas que expresan opiniones críticas de la dictadura. Ha ocurrido allá durante 50 años, desde el primer día. La gente de Miami que ha cumplido 20, 25 y 30 años de prisión, no fue encarcelada todo ese tiempo en la sureña ciudad floridana, sino en Cuba. Por razones políticas.
3.- Fernando Ortiz: Ob. cit.; p. 50.
4.- Y desde su misma obra, arremete de nuevo don Fernando Ortiz:
“Cuando la vanidad se enseñorea en un pueblo, lo primero que hace es generar en ese pueblo una atmósfera de una refracción tan especial, que los hombres, las cosas y los acontecimientos resultan dentro de ellas estirados, henchidos y magnificados fuera de toda humana proporción” (p.53).
Y otra más:
“Es también en ellos la vanidad la principal instigadora de la ambición de poder y su más efectivo acicate. El poder y el mando se aman en Cuba, y es probable que continúen amándose…” (p. 54).
Y en párrafo seguido de la misma página concluye:
Pero todavía no he citado nuestra mayor desgracia [intelectual] psicológica, la que esteriliza los esfuerzos más nobles, la que corroe mortíferamente nuestra sociedad, la que no sólo impide nuestro progreso y liberación, sino que nos hace indignos de sus bendiciones. No nos basta ser ignorantes, gregarios, imitativos, fantaseadores, apáticos y [supersticiosos] crédulos; sentimos además —y esta es para el cubano autor de estas líneas la confesión más triste— el alarde de nuestra inferioridad, el orgullo de nuestra ignorancia y el desprecio olímpico hacia los hombres y las cosas superiores. De lo mejor nos burlamos; es cubano el choteo.
Nos mofamos de todo, no con la sonrisa voltariana de un escéptico ilustrado, sino con la estúpida carcajada de la ignorancia vanidosa.
El choteo es la desgracia criolla.
5.- Consúltese a Eric Fromm: Miedo a la libertad, Barcelona, Ediciones Paidós Ibérica S.A., 1947.
6.- Este 25% de aceptación (¿culpa?), que le compete a una mayoría de cubanos, es mi consideración personal, hasta el momento en que escribo, insisto; pero es variable, según cada quien; según el convencimiento que cada quien tenga, por su honestidad y forma de ver la vida; y, naturalmente, por el grado de reconocimiento, aunque polémico, que tenga de este trabajo.
7.- El flautista de Hamelin, según versión de Wikipedia (La enciclopedia libre):
En 1284 la ciudad de Hamelin estaba infestada de ratas. Un buen día apareció un desconocido que ofreció sus servicios a los habitantes del pueblo. A cambio de una recompensa él les libraría de todas las ratas, a lo que los aldeanos se comprometieron. Entonces el desconocido flautista empezó a tocar su flauta, y todas las ratas salieron de sus cubiles y agujeros y empezaron a caminar hacia donde la música sonaba. Una vez que todas las ratas estuvieron reunidas en torno al flautista, este empezó a caminar y todas las ratas le siguieron al son de la música. El flautista se dirigió hacia el río Weser, y las ratas, que iban tras él, perecieron ahogadas.
Cumplida su misión, el hombre volvió al pueblo a reclamar su recompensa, pero los aldeanos se negaron a pagarle. El cazador de ratas, muy enfadado, abandonaría el pueblo, para volver poco después, el 26 de junio, en busca de venganza.
Mientras los habitantes del pueblo estaban en la iglesia, el hombre volvió a tocar con la flauta su extraña música. Esta vez fueron los niños, ciento treinta niños y niñas, los que le siguieron al compás de la música, y abandonando el pueblo los llevó hasta una cueva. Nunca más se les volvió a ver.
Algunas versiones hablan de que dos niños se quedaron retrasados y no entraron en la cueva. Ellos serían quienes avisaron a los aldeanos de lo que había ocurrido. Uno de los niños sería ciego y no podía indicar el lugar donde sus compañeros habían desaparecido. El otro sería cojo y tampoco pudo ver nada.
(Este ensayo, “El síndrome del flautista de Hamelin”, es el capítulo XVII, del epígrafe “El Dictador Invisible”, de su libro 1959. Cuba: El ser diverso y la Isla Imaginada)
(Las Tunas, Cuba). Narrador, ensayista, poeta y periodista. Graduado de licenciatura en Lengua y Literatura Hispanoamericana, en la Universidad de La Habana en 1979. Fue investigador literario del Centro de Investigaciones Literarias de la Casa de las Américas (1979-1989). Sus trabajos han aparecido en numerosas publicaciones periódicas de diversos países, tales como Cuba, Venezuela, Estados Unidos, Italia, Suecia y Alemania. Ha obtenido varios premios literarios, entre ellos, el Premio Nacional de Cuento del Concurso Luis Felipe Rodríguez de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) 1992; y el premio de cuento del Concurso Enrique Labrador Ruiz del Círculo Panamericano de Cultura de Nueva York en 2004. Trabajó como editor en la revista Contacto, Burbank, California, en 1995. Desde 1996 y hasta 2008 fue editor de estilo (Copy Editor), editor de cambios (Shift Editor) y editor propiamente en el periódico La Opinión, de Los Ángeles, Estados Unidos. Actualmente es el editor de Palabra Abierta, suplemento de artes y letras de HispanicLA.com.