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Colón “vendió” su empresa --que consistía en navegar hacia Occidente para llegar a Catay (China) y Cipango (Japón) donde esperaba encontrar especies y riquezas-- no al mejor postor, sino a la corona que estuvo en la disposición de patrocinar sus planes. En 1484 el rey de Portugal, Juan II, había rechazado el proyecto del genovés, siguiendo las recomendaciones de la comisión encargada de estudiarlo. Como sugiere un historiador: “los portugueses sabían la suficiente Cosmografía para apreciar la falsedad de las premisas en que Colón basaba sus teorías” (Domínguez Ortiz, 57). España, al comienzo, tampoco se entusiasmó con las ideas de Colón, quien permanecía junto a su hijo Diego, probablemente desde 1485 como huésped de los frailes franciscanos en el convento de Santa María de la Rábida, unos kilómetros al nordeste de la ciudad de Huelva. Colón estaba a punto de salir hacia Francia, donde esperaba encontrar apoyo para sus planes, cuando los Reyes Católicos, tras largas vacilaciones, pero interesados en explorar nuevos territorios, determinaron suscribir las Capitulaciones de Santa Fe.
Tal y como ocurrió, España (Castilla), Génova o Portugal que eran las potencias marítimas a finales del siglo XV, de una forma u otra, habrían terminado por patrocinar una empresa como la de Colón. Esta relatividad podría ayudarme a explicar que probablemente el azar jugó la última carta para que la Corona española favoreciera al genovés con su increíble viaje. Sin embargo, podría argumentarse que los Reyes Católicos no se habían conformado con las regulaciones del Tratado de Alcaçovas de 1479 y por ello buscaban otras vías para ampliar sus territorios. Es evidente que si “el descubrimiento” del continente americano hubiera sido el resultado de las exploraciones de los egipcios o de los vikingos en siglos anteriores, como a veces se ha especulado, la hazaña de Colón no habría tenido el mismo sentido histórico. Vale decir, el mismo valor económico, político y cultural que tuvo en los comienzos del Renacimiento europeo. Esta afirmación me permite descartar la teoría del <tercer factor> por la cual sus defensores han querido desconocer el desarrollo histórico interno haciendo una apologética, en ocasiones, de las grandes causas o factores externos que han desequilibrado la historia. Como por ejemplo es el caso de la afirmación que enfatiza la destrucción del Imperio romano gracias a la invasión de los Bárbaros, disminuyendo la importancia de las contradicciones internas del sistema esclavista que habían destruido las bases del Imperio. En el caso que nos ocupa, es preciso entender que el “descubrimiento” no fue el resultado de un viaje milagroso que cambió radicalmente el curso de la historia. Es decir, no fue sólo un factor externo desencadenante.
El “descubrimiento” de América, en última instancia, fue el resultado del desarrollo y las transformaciones políticas, económicas y sociales que se venían operando en Europa desde el siglo anterior y que reflejaban el espíritu individualista y emprendedor de una clase burguesa que daba sus primeras señales de vida, enfrentándose a la mentalidad de un feudalismo agonizante. En estas contradicciones internas debe buscarse “la matriz” de América. Vale decir, si no hubiese sido Colón, habría sido Vasco de Gama (c.1469-1524), Amerigo Vespucci (1451-1512), Fernando de Magallanes (1480-1521) o Martín Alonso Pinzón (1440-1493), por sólo mencionar algunos nombres conocidos. Es decir, unos años antes o después se habría producido el “parto de América”. Por eso, he dicho antes, que quizás el azar jugó la última carta y puso en manos de la corona española una empresa para la cual no estaba preparada. Por supuesto, las consecuencias económicas, políticas y sociales generadas por la inserción de la estructura socio económica que existía en España, en la matriz de las nuevas tierras conquistadas, habrían sido diferentes, si los conquistadores hubieran sido ingleses u holandeses, por sólo citar otras naciones.
Esta relatividad, me permite concluir que la hazaña de Colón, sin detrimento de su valor intrínseco, y al margen de los caminos torcidos del destino, fue resultado del desarrollo histórico europeo.
Por lo que concierne a Colón, hombre de temple medieval, para el cual la razón y la fe iban de la mano, si bien pudo “descubrir” a América, nunca descubrió a los americanos. No sabemos si, por beneficio propio o por ignorancia, sostuvo hasta el final de sus días la creencia errónea de haber llegado a las Indias. Sin embargo, lo cierto es que su “descubrimiento” colocó a Europa en los umbrales de la incertidumbre.
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Destacado hispanista cubano. Es professor de la University of South Florida St. Petersburg.