OtroLunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Marzo 2010. Antilde;o cuatro. Número doce

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Datos de la revista, marzo 2010, año 4, número 12
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La realidad invisible

 

Enrico Mario Santí

Con la publicación de 8-A: La realidad invisible (Miami: Ediciones Universal, 1997), Orlando Jiménez Leal lleva al público lector la hazaña cinematográfica que le valió tantos elogios hace casi diez años con su documental "8-A". Si aquel film había puesto patas arriba al circo romano contra el General Arnaldo Ochoa y sus compañeros, descodificando la trama de la comedia y poniendo al descubierto el horror de sus consecuencias, el libro incluye ahora el guión editado que siguieron sus infortunados personajes, además de una serie de valiosos documentos que de otra manera no tendríamos a mano. La relación entre el libro y el film es, por tanto, transparente.

Los documentos no sólo muestran el origen del film; también confirman su principal hipótesis: que el "caso Ochoa" fue una patraña más del régimen para vincular la posible insurgencia de una serie de infelices con su temor al sistema judicial norteamericano, que a la postre tenía noticias de la complicidad del régimen en el narcotráfico internacional. Y así, si el film "8-A" contribuía, por medio de la astucia de la edición, a poner al descubierto el intento de mitología piadosa que el régimen se afanó en montar, el libro le da al lector la documentación suficiente para seguir desmontando el mismo intento mitológico que, a la distancia de casi una década de los hechos, aún no cesa. Encontraremos ahí, además del propio guión, el excelente recuento del caso Ochoa que dio Ernesto Betancourt; cuatro entrevistas y mesas redondas donde Jiménez Leal, junto a una serie de periodistas e intelectuales, analizan el film a la luz de lo que se sabía en ese momento; nueve opiniones sobre el film, que unánimemente apuntan a su excelencia; todo esto precedido por un prólogo brillante, como todo lo suyo, de Guillermo Cabrera Infante.

Pero la verdadera y crucial contribución de la documentación en el libro está en la antepenúltima sección, que bajo el título de "Testimonios" reúne seis contundentes textos, algunos de los cuales se mencionan en el film propiamente. Ahí están el testimonio de Félix Rodríguez Mendigutía, el cual, de manera increíble, al describir por testimonios de la inteligencia cómo ocurrió la ejecución de Ochoa y los suyos en el paredón de Baracoa, parece que estuviese describiendo la última escena de la película. Ahí también la transcripción de la entrevista que el periodista italiano Valerio Riva le hizo al traficante Reinaldo Ruiz, no por truculenta menos escalofriante, que confirma el temor del régimen a seguir el destino del panameño Noriega; las respectivas, patéticas y aterradas cartas de "Rodolfo", el agente de Seguridad del Estado que actuó de soplón ante el espionaje del régimen; junto a las de Amado Padrón Trujillo y de Patricio de la Guardia. A mi juicio aquí está el meollo del libro: documentos históricos que confirman que "8-A" estuve lejos de ser film de ficción. Fue todo lo contrario: un documental que, por demasiado real, tuvo que sufrir un tratamiento literario, o para decirlo con más precisión: un tratamiento poético, lírico, estético.

Que el libro era necesario no cabe duda. Al igual que Conducta impropia (Madrid: Playor, 1984), el tomo que editara Jiménez Leal con Néstor Almendros a raíz de completar el otro excelente documental del mismo nombre, 8-A: la realidad invisible contesta con puntería a aquellas publicaciones del régimen que intentaron justificar el asesinato de Ochoa y sus compañeros. Es conocido, en este sentido, el libro Causa 1/89 (La Habana: Editorial José Martí, 1989), que recoge muchos de los textos que circularon en ese momento en la prensa oficial sobre el caso, así como fragmentos de las transcripciones de los dos juicios (el llamado tribunal de Honor y el juicio civil). Ese libro, que empezó a circular en versiones en español y en inglés tan pronto como julio de 1989, inmediatamente después de los asesinatos, fue ampliamente difundido por el régimen por todas partes del globo, pero sobre todo en Estados Unidos donde por cierto fue que conseguí mi ejemplar. No fue ese el único esfuerzo del régimen por imponer su versión de los hechos. Durante julio de 1989, en un viaje de investigación por América del Sur, me encontré, en un estanco de periódicos de Santiago de Chile, la versión tabloide de ese mismo libro que había preparado, con la anuencia del régimen, el partido comunista chileno, entonces en franco resurgimiento. Se trataba de un esfuerzo por poner al alcance del público una versión aún más recortada de lo que desde su mismo origen había sido un teatro, sólo que esta vez adornado por fotos de niños cubanos, y desde luego la benevolente figura del Comandante en Jefe, en gesto que remeda el heil de Adolfo Hitler. 8-A: la realidad invisible, con sus documentos irrefutables, ahora contesta la sarta de noticias, fragmentos, fotos y hasta cuadros estadísticos que esos mamotretos habían tratado de perpetrar. Demoró casi diez años hacerlo, pero la pericia con que está hecho demuestra que valió la pena.

Valió la pena porque este libro, al igual que la película que la inspira, no es sólo un documento. Es una parte vital de la memoria histórica de Cuba. Pues como sabemos, la memoria histórica no es la mera acumulación de datos sino otra cosa mucho más importante: la radiografía de su alma. Sé bien que decir esto corre el riesgo de convertirse en una abstracción sentimental. Y por eso, para subsanar esa falta, he querido añadir estas otras breves palabras de interpretación de la obra de mi amigo Orlando Jiménez Leal.

Si recordamos, uno de los momentos culminantes del guión de su película "8-A" es la aparición de una pregunta del escritor yugoslavo Milovan Djilas, que a su vez es una cita del célebre ensayo La nueva clase: "¿Cómo entender los juicios de Moscú? Cómo explicar la razón que lleva a una persona a la abyección de declararse culpable de un crimen que no ha cometido?"  La pregunta es clave. Apunta al terror de los personajes que a continuación veremos en pantalla, o leeremos en el guión, y porque aclara el nivel más profundo de la empresa toda del film. La respuesta a esa pregunta está contenida, por cierto, en una afirmación que Agustín Tamargo, con su habitual agudeza y sentido histórico, remata en la mesa redonda que recoge el libro: "El juicio de Ochoa tiene su predecesor no sólo en los Juicios de Moscú sino también en la Inquisición. Todo lo que ocurrió allí lo hemos visto antes, lo hemos leído en los libros sobre la Inquisición, donde los familiares se acusaban los unos a los otros, donde las personas bajo tortura, bajo terror, bajo presión, confesaban delitos que no habían cometido".

No es exagerado encontrar en el Caso Ochoa, como años antes vimos en efecto en otro caso, el Caso Padilla, otra puesta en escena de la pesadilla inquisitorial. Sólo que la grotesca recurrencia de semejante teatro en menos de veinte años apunta a la supervivencia de una perversión moral que por desgracia nos afecta a los cubanos, no menos que a los latinoamericanos y hasta a los españoles. Nuestro gusto por la teatralidad inquisitorial, sobre todo en condiciones como la que se vive en nuestro país actualmente, está históricamente vinculada a una perversión de nuestra religiosidad. Desde luego que esa perversión religiosa nada tiene que ver con la verdadera espiritualidad: esa que defiende la libertad del alma humana y que intenta religarse (como indica la propia palabra religión) no con las predilecciones materiales sino con una realidad trascendente.

No es posible, en el film de Orlando Jiménez Leal, y ahora en su libro, deslindar, esa perversión religiosa de la manía persecutoria del régimen castrista. Cuando en los juzgados que vemos en pantalla, los personajes van uno a uno confesando sus supuestas culpas; cuando el fiscal Escalona pasa lista a los nefandos pecados de los acusados; cuando Raúl Castro descubre su rostro lloroso a la hora de cepillarse de los dientes; cuando la defensa utiliza los más falsos silogismos para producir el efecto contrario al que su función lo obligaría; cuando vemos a Tony de la Guardia llorar, a la Sra. Avierna confesarse, a Arnaldo Ochoa admitir que su culpa se paga con la vida: no es todo esto un teatro religioso?  Por eso me atrevería a decir que, más que una comedia, la película "8-A" tiene otra estructura: me refiero a la del auto sacramental. O mejor dicho: se trata de una parodia, una caricatura, de ese auto, que como sabemos es una lenta procesión hacia la Eucaristía.

En un libro que debería ser releído después de leer 8-A: la realidad invisible, Sor Juana Inés de la Cruz, o las trampas de la fe (1982), Octavio Paz nos recuerda:

Mi generación vio a los revolucionarios de 1917, a los compañeros de Lenin y Trotsky, confesar ante sus jueces crímenes irreales en un lenguaje que era una abyecta parodia del marxismo, como el lenguaje santurrón de las protestas de fe que sor Juana firmó con su sangre fon una caricatura del lenguaje religioso.  Los casos de los bolcheviques del siglo XX y el de la monja poetisa del XVII son muy distintos pero es innegable que, a pesar de las numerosas diferencias, hay entre ellos una semejanza esencial y turbadora: son sucesos que únicamente pueden acontecer en sociedades cerradas, regidas por una burocracia política y eclesiástica que gobierna en nombre de una ortodoxia.  A diferencia de los otros regímenes, sean democráticos o tiránicos, las ortodoxias no se contentan con castigar las rebeldías, las disidencias y las desviaciones sino que exigen la confesión, el arrepentimiento y la retracción de los culpables.  En esas ceremonias de expiación--sea un proceso judicial o una confesión general-- las creencias de los inculpados son el aliado más seguro de los fiscales y los inquisidores.

En estos días en que el fanatismo religioso (o mejor dicho: católico) está celebrando junto al régimen la visita del Papa a Cuba-- pero también en la misma época en que una bomba puede explotar en un hotel habanero durante el preciso aniversario del asesinato del desdichado Ochoa y sus infelices compañeros--, las imprescindibles palabras de Octavio Paz se dan la mano con las maravillosas imágenes de Orlando Jiménez Leal y con la alucinante frase de Borges que da título a este libro para recordarnos que la realidad será invisible únicamente si nosotros permitimos que así lo sea.

 

Publicado originalmente en La Habana Elegante, No. 2, verano de 1998.


Enrico Mario Santí

(Cuba, 1950)  Editor, crítico literario y académico. Autor, entre otros, de Pablo Neruda: The poetics of Prophecy (Ithaca, Cornell University Press, 1982); junto a Nivia Montenegro preparó Infantería(antología de Guillermo Cabrera Infante; Fondo de Cultura Económica, 1999); Octavio Paz ante la crítica (Ediciones Era, 2008).

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