

Marraquech, 7 de febrero de 2008
Nota introductoria
Quiero asociarme de todo corazón al merecidísimo homenaje que la Filmoteca de Andalucía tributa a mi amigo Néstor Almendros. Excelente cineasta y persona de gran honestidad y lucidez, su desaparición conmovió a todos sus amigos.
Le conocí en La Habana, a fines de 1961, a través de su padre, don Herminio Almendros, conocido pedagogo republicano exiliado en la isla y fundador en 1959 de la ciudad escolar Camilo Cienfuegos. Desde entonces mantuvimos una estrecha amistad y nos vimos con frecuencia en París y Nueva York.
Néstor fue el primero en señalarme la deriva autoritaria de la Revolución que tanto a mí, como a muchos demócratas europeos y americanos, parecía colmar nuestros sueños. Cuando volví a Cuba en 1962, él acababa de exiliarse. Poco a poco, comprobé que sus advertencias no eran producto de un anticomunismo visceral sino de un análisis ponderado y sereno.
Le presté ayuda en sus difíciles comienzos en París y celebré su labor en los medios cinematográficos franceses, en los que no tardó en abrirse camino. Tras su triunfo en los Oscars hollywoodienses, me contactó para que participara en el rodaje de Conducta impropia junto a Susan Sontag y a otros amigos. Recuerdo ahora mi visita a su estudio neoyorquino en el quincuagésimo aniversario de King Kong: nos fotografió a Reinaldo Arenas y a mí con el célebre gorila encaramado en el Empire State Building.
Meses antes de su fallecimiento, víctima del que Severo Sarduy llamara monstruo de las dos sílabas», me invitó a participar en un guión que preparaba sobre una novelita sobre los Abencerrajes granadinos. Tres meses después, la noticia de su muerte me llenó de tristeza. El formaba parte, junto a Cabrera Infante y Severo Sarduy, del círculo de mis añorados amigos cubanos.
Juan Goytisolo
Prólogo
En un libro de prólogos que a su vez tiene un prólogo, Borges decía que Carlylé había insinuado «que la historia es una disciplina imposible, porque no hay hecho que no se progenie de todos los anteriores y no sea la causa principal, pero indispensable de todos los futuros».
Cuando en 1961, mi película PM fue prohibida y requisada bajo los auspicios de la burocracia de turno, dando origen a una célebre controversia y al consiguiente escándalo político-cultural, ni Sabá Cabrera —coautor del filme— ni yo, podíamos imaginarnos que estábamos siendo sancionados por lo que años más tarde se conocería como «Conducta impropia».
Esta especie de genérico manto sagrado donde albergar toda clase de supuestos delitos contra la seguridad del Estado, usando la historia como coartada, daría lugar eventualmente a otras sanciones y a otros sancionados, así como a la edificación de la Gran Muralla Kafkiana de Cuba: todo el mundo es culpable hasta tanto se demuestre que lo es.
No sé si le debo a mi formación como camarógrafo de noticiero —que me obligaba a mirarlo todo a través de la cámara, a refugiarme en esa coraza que me distaciaba del mundo real —el que yo siempre viera como actores a la gente que filmaba.
Aprendí a leer, como el que lee una radiografía, el falso gesto y el gesto cándido, a diferenciar la realidad y el mito.
El primer recuerdo de Fidel Castro, mi encuentro con él en el aeropuerto de La Habana antes del triunfo de la Revolución, a fines del 55, su constante ejercicio de autoridad, su hablar excesivo y egocéntrico, crearon ese recelo casi instintivo hacia el Gran Hermano, que se acentuaría tan pronto tomara posesión del país y de todos sus habitantes.
El descubrimiento, siendo aún muy joven, de un cuento de Kafka, “Josefina la Cantora” —la historia de una cantante que ejerce una influencia nefasta sobre todo un pueblo, al que llega a dominar con sus insufribles cánticos— condicionó aún más esta especie de talismán contra la fascinación del poder, que ha llevado a bailar la cumbia a más de un novelista contemporáneo.
De ahí que al triunfo de la Revolución se produjo en mí una extraña sensación de ambivalencia: por una parte, la alegría inmensa por la caída de la dictadura de Batista, y por otra, la desconfianza en las intenciones del Máximo Líder, cuya demagogia incesante lo haría sucumbir, ineludiblemente, a la tentación totalitaria.
A esto se unía, como primera influencia decisiva en mi vida, el recuerdo de mi abuelo anarquista, quien me enseñó a dudar del entusiasmo fácil de las masas y de todo principio de autoridad absoluta. Sospechaba lo mismo de un policía que de un bombero y hasta llegó a esbozar con humor una constitución anarquista de su creación. El primer artículo de esta constitución decía: «Ningún hombre obedecerá ninguna ley escrita por otro hombre», seguido de un segundo artículo: «Ningún hombre obedecerá siquiera el primer artículo de esta constitución.»
En este estado de ánimo vi llegar el triunfo de la Revolución. Así filmé para Cineperiódico la entrada de Fidel Castro en La Habana —escenas que precisamente aparecen en Conducta impropia y que de manera recurrente han vuelto a mí de nuevo. Fue en esta especie de cita multitudinaria y secreta, en esa bachata revolucionaria, que tuvo lugar en La Habana, en pleno año 59, en que se abrazaron y confundieron lo mismo rebeldes de la Sierra que artistas de cine, poetas nacionales, tocadores de tumbadora, intelectuales extranjeros, modelos famosas, líderes “progresistas”, bailarines de cabaret y muchos más que quedarían atrapados en esa larga noche que parecía no terminar nunca y que más tarde se convertiría en una pesadilla.
Fue allí que conocí a Néstor Almendros, quien ya era una leyenda entre nosotros, como también lo era Ricardo Vigón y Germán Puig, cineastas desterrados en Europa durante la dictadura de Batista y organizadores, junto con Néstor y Cabrera Infante, de la primera Cinemateca de Cuba. Fue Néstor quien me enseñó a articular una serie de cosas que yo apenas hacía intuitivamente, como la utilización de la luz natural, quien me hizo ver que el cine no consistía en grandes artificios y que la realidad pasaba delante de la cámara, no dentro de ella.
El giro cada vez más estalinista y dogmático de la Revolución cubana hizo que Néstor y yo iniciáramos una temprana retirada que nos enfrentó a un mundo cultural completamente hostil en el extranjero. ¿Cómo explicar lo que pasaba en Cuba cuando ésta era todavía para muchos el gran sueño? Si muchos de estos simpatizantes de buena fe de la revolución hubieran visto al gran escritor Virgilio Piñera —a cuya memoria esta película está en cierta forma dedicada— después de haber sido apresado en la primera redada contra los homosexuales en 1961, y de haber sido arrojado en una mazmorra con miembros de la dictadura anterior y con delincuentes comunes, comprenderían que los sueños de la razón marxista producen pesadillas que la razón desconoce.
Lo que en “La noche de las tres P” no pasó de ser un ejercicio de represión grotesco y descabellado, se convertiría después, con el advenimiento de los campos de concentración de la UMAP y de las leyes represivas creadas a raíz del Congreso de Educación y Cultura de 1971, en una práctica habitual, a fin de dar el golpe de gracia, no sólo a los homosexuales —cual nuevos judíos de este proceso, como dijera Sartre— sino a la disidencia en todas sus formas, desde el hippy habanero con pelo largo —moda precisamente traída de la Sierra Maestra— hasta el Testigo de Jehová o el Adventista negado a trabajar los sábados o a servir como “internacionalista” en Angola, o al escritor que se atreve a enviar manuscritos al extranjero.
La pequeña isla de Cuba tiene en estos momentos el 3er. ejército de América, después de Estados Unidos y Brasil, con 250.000 hombres sobre las armas y la capacidad de movilizar un millón más en sólo unas horas. Cuenta además con dos mil tanques de guerra y otros tantos aviones militares. Resulta poco probable que nuestra película, Conducta impropia, pueda hacer mella en semejante capacidad bélica, aunque valdría la pena recordar aquella frase de Artaud: «Y pondré un salvavidas sobre mi tumba, porque uno nunca sabe.»
Orlando Jiménez Leal
Nota de la Redacción:
Tomado de la reedición del libro Conducta impropia, de Orlando Jiménez Leal.