

¿Te gustan los espectáculos fuertes? ¿Resiste, sin vomitar, la presencia de una autopsia? ¿Puede, sin aflojarse, ver las entrañas ennegrecidas, los humores viscosos y el pus que chorrea de los intestinos de una bestia moralmente desollada? Pues entonces vea esta noche la película 8-A por el Canal 23. Y no exagero.
Todo el mundo cree que sabe de qué se trata: del juicio inmundo y el asesinato vil del ya legendario general. Pero no, no se trata de eso. La película no es sobre Ochoa. Es sobre el hombre que creó a Ochoa. Más todavía: es sobre el sistema filosófico e inhumano que engendró al hombre que engendró a Ochoa y engendró también a otros Ochoas y a otros hombres. Es, en definitiva, sobre la naturaleza inescrutable del mal. Y sobre la enloquecida pasión de mandar y el morbo de la ambición que pueden no sólo hacer de un hombre un monstruo, sino una máquina multiplicadora de monstruos.
Pero no me hagan caso a mí. Vean la película, que allí está todo. En ella, como en un espejo, aparece reflejada la Cuba de hoy, con sus abismos de sevicia y de servilismo abyecto. Los hombres que aparecen no son hombres, son ex hombres, son zombies. Hay momentos de alucinación en que el espectador no sabe si está sentado en su luneta, o en el estrado acusador, o en el banquillo de los acusados. Piensa, esta es Cuba. Estos personajes son cubanos. Son lo que yo pude haber sido. Son lo que acaso todavía yo puedo ser. Dudo mucho que haya un solo cubano que regrese de este viaje cinematográfico a los infiernos sin una quemadura.
El documental se llama, como ya dije, 8-A, no Ochoa. ¿Por qué? Porque de esa manera abreviada fue que empezó a escribir el pueblo en las paredes el nombre del general asesinado: como una forma de protesta. Su realizador es Orlando Jiménez-Leal, un hombre muy inteligente y muy culto, que parece ir envuelto en una juventud y una modestia que no terminan nunca. ¿Es esta película una revancha, un desquite?, le preguntaría yo. No lo es, pero podría pensarse que sí. Jiménez-Leal tropezó desde temprano con esta misma piedra. Siendo casi un adolescente, produjo en La Habana, junto con su amigo, el también talentoso Sabá Cabrera, otro documental. Aquel no tenía connotaciones políticas, al parecer. Pero luego se vio que sí. Todo en la Cuba de Castro tiene connotaciones políticas. El filme juvenil de Jiménez-Leal y Sabá Cabrera se llamó P.M. (pasado meridiano) y era una descripción deleitosa de aquella que Lezama Lima solía llamar "jardines invisibles": la noche de la ínsula. Estábamos en 1961, pero esa noche ya se defendía. ¿De qué? De la avalancha de pasión cívica, pero también de vulgaridad que estallaba en las calles entre uniformes, barbas y ademanes rústicos. Al gran alcaide regimentador que se estrenaba, la película no le gustó. Citó a los autores de ella, citó a todos los artistas e intelectuales. Los increpó. Los aleccionó. Les entregó unas bridas ("Dentro de la Revolución, todo; fuera de la Revolución, nada") y les gritó: ¡A ponérselas! Los oportunistas y los cobardes se las pusieron. Los libres se marcharon al destierro. Entre esos libres iba el pequeño Orlando Jiménez-Leal.
Más de 30 años después, Jiménez-Leal vuelve a enfocar sus cámaras sobre Cuba. ¿Y qué le sale? Le sale esto: un mundo de horror kafkiano, un capricho de Goya. Los críticos de cine dirán mejor que yo cuánto vale técnicamente esta película. El ritmo de sus cortes, de su edición, la plasticidad y fuerza de sus imágenes, el subrayado musical, el drama y el suspenso de escenas que no dejan al espectador moverse de su asiento, todo es la obra de un maestro. Jiménez-Leal repite aquí su dominio del medio cinematográfico como expresión de ideas poéticas y de emociones humanas de que dio muestras en La otra Cuba y en Conducta impropia, esta última realizada junto con el desaparecido Néstor Almendros. Pero yo quisiera añadir algo más. Y es esto.
Creo que en todo lo que se ha escrito y hablado sobre la tragedia de Cuba bajo Castro, en todo junto, no hay la mitad siquiera de la fuerza de denuncia que se concentra en esta película. ¿Y por qué? Por la naturaleza del medio desde luego. Pero sobre todo porque la mitad de la película la hicieron los propios fidelistas. Nadie dice una verdad de modo más rotundo que una cámara. Y las cámaras estaban allí, testigos involuntarios. Los fidelistas las dejaron correr y las cámaras se vengaron: no mintieron, lo recogieron todo. Aunque mucho fue cortado por la tijera de la censura, lo que quedó está allí, y eso que quedó es el sistema de cuerpo entero, retratado en su hora de agonía moral final, en la farsa judicial monstruosa.
Allí esta Castro, abotagado, ojifurtivo, vomitando indecencias. Allí está la raposa de su hermano, un tacho de envidia y mendacidad. Allí está el fiscal Escalona, teatral, frío y viscoso como una víbora. Allí están los abogados defensores, defendiendo al tribunal acusador, no a los acusados. Allí están los testigos, drogados, deshechos, contradiciéndose e inculpándose mutuamente. Allí están los miembros del Consejo de Estado leyendo mecánicamente, uno por uno, el mismo pedacito de papel condenatorio que les había sido entregado antes. Allí están los De la Guardia, con los ojos dislocados por el terror. Y allí está Ochoa, el símbolo secreto de una rebeldía nunca formulada, el hombre que iba a morir, no por las drogas, sino porque se atrevió a confesar en una fiesta que había perdido la confianza en su jefe. Ochoa, un día entero, firme marcial, en su uniforme de general, y al día siguiente desarrapado, errático, confuso. Un guiñapo al que se ha hecho atravesar por quién sabe cuántas sesiones de insomnios y de fármacos.
¿Quién más está? Estamos todos los demás. Los de la película y los del público. Los que condenaron a los acusados y los que los absolvimos. Atrapados todos en el maleficio de una figura siniestra cuya huella acaso no se borrará de la faz de Cuba ni cuando se lo coma la tierra.
Nota de la Redacción
El Nuevo Herald, domingo 16 de agosto de 1992.Tomado del libro La realidad invisible.