

Como en las películas de horror, a los dictadores suelen salirles al paso sus muertos más notables. A Noriega, por ejemplo, lo acompañó hasta la cárcel el fantasma de Spadafora. Y el día que ejecutaron a Trujillo, en todo Santo Domingo se pudo oír la risa vengadora de las hermanas Mirabal. A Batista, por su parte, lo llevó al desastre el cadáver innecesario de Pelayo Cuervo. Matar a Pelayo Cuervo fue el punto de no retorno. A partir de ese momento se cerraron todas las salidas pacíficas para una oposición desesperada y exasperada por la vesania del general.
El muerto que ahora y para siempre persigue a Castro es Ochoa. El general Arnaldo Ochoa, héroe de todas las guerras, estúpidamente fusilado el verano del 89 por Fidel en un inútil esfuerzo por parecer inocente del delito de narcotráfico, y como castigo al militar díscolo que estaba a punto de poner en marcha una peligrosa conspiración.
El fantasma, incluso, ya tiene fecha para su próxima y temida aparición: será en la primavera del 92, en la televisión italiana, mediante una estremecedora película del cineasta cubano Orlando Jiménez-Leal. Yo vi el primer "corte" en una exhibición limitada a la prensa que se llevó a cabo en Madrid, durante un sonado foro internacional organizado por la institución en defensa de los Derechos Humanos que dirige Martha Frayde. Y es formidable. Hay una mezcla inquietante entre las escenas reales del juicio y la ficción de cómo pudo ser la conspiración o cómo fue el fusilamiento del general y de sus tres camaradas de armas y aventuras. Y lo que inquieta al espectador, lo que lo retuerce en la silla, es comprobar a cada momento cómo los límites entre la ficción y la realidad se van fundiendo o confundiendo, hasta hacerlo dudar de lo que es verdad o pura imaginación en la historia que le están contando.
¿Es verdad, puede ser verdad, el fiscal Juan Escalona, siempre implacable, hiriente, como si fuera un mal actor que recita un guión hinchado por el odio y los estereotipos? ¿Ensayó Escalona su papel de malo hasta llegar a ser una caricatura fílmica de sí mismo? ¿Son ciertos o falsos los generales que actúan y repiten salmos políticos como corifeos de una tragedia griega ambientada en el trópico? ¿Es cierta o falsa la fiesta en la casa de Diocles Torralba donde la conspiración cuajaba en medio de los mojitos y el lechón asado? ¿Hubo un traidor que reveló a la Seguridad del Estado los planes conspirativos o la actitud sospechosa de Ochoa y de sus amigos? ¿Son más verosímiles los personajes que encarnan los papeles de Ochoa, de Amado Padrón, de Tony de la Guardia, o los que participan en el juicio disfrazados de generales soviéticos simulando una indignación moral absolutamente increíble? El montaje inteligente, la articulación precisa de las secuencias reales del proceso judicial funcionaban de una manera diferente cuando se insertaban en la película. La historia cobraba ahora otro ritmo y otra coherencia. La palabra exacta en el momento exacto renovaba el relato y le daba otro sentido a unas imágenes que ya había visto, pero en otro contexto y con mucho menos impacto. ¿Por qué? Muy sencillo: ésa es la magia del buen cine.
En Italia la película va a tener un impacto tremendo. Eso es fácil predecirlo por las entusiastas acogidas de los periodistas europeos que también vieron el primer "corte". A Jiménez-Leal lo conocen allí por La otra Cuba —un valioso documental sobre el exilio—, pero 8-A, como se titula este largometraje, va a dejar una huella mucho más honda, aunque sólo sea porque el fin del comunismo en Occidente ha convertido a Castro en una rareza llamativa, y todo lo que hoy se escribe o se exhibe sobre Cuba despierta un gran interés entre los europeos. A fin de cuentas, todo el mundo quiere ver cómo termina el drama cubano, y 8-A contribuye a aumentar esa malsana curiosidad. La noche del estreno, cuando los italianos apaguen los televisores, y se lleven en la memoria la imagen de un Castro fantasmal y enloquecido, condenando a muerte a un Ochoa que habla y gesticula en una atmósfera de total pesadilla, no sabrán exactamente cómo y cuándo terminará el castrismo, pero habrán penetrado en los pliegues más lóbregos de una escalofriante historia que también ha borrado los límites entre la realidad y la fantasía.
Nota de la Redacción
El Nuevo Herald, domingo 5 de enero de 1992.Tomado del libro La realidad invisible.