

El reciente e inquietante documental de Orlando Jiménez-Leal descifra el misterio de los acontecimientos de julio de 1989 que culminaron en la ejecución de cuatro altos oficiales de la cúpula del gobierno cubano y en la condena de otros siete. A través de una magistral edición de los videos del juicio de Ochoa —ya de por sí editados por el régimen cubano— un habilísimo montaje, y la reconstrucción dramática de algunos actos claves, el film logra desmontar la ficción creada por el régimen para justificar el asesinato del general Ochoa y sus tres llamados "cómplices". Si el caso de Ochoa fue un circo romano cuyo último propósito, en boca del propio Castro, fue el de "dar un ejemplo", el film de Jiménez-Leal subvierte esa función y la delata a través de la reestructuración de la propia "evidencia" que presentó el régimen en contra de los acusados. El efecto es devastador. Demuestra, contundentemente, que el estalinismo prospera en Cuba, y que el juicio de Ochoa en 1989 es apenas una repetición de los infames juicios de Moscú de hace medio siglo.
No obstante sus inmensos logros técnicos, en lo que radica el éxito del film es en su tesitura ética, en la manera en que saca a flote la moraleja implícita en el caso de Ochoa. Hacia el final del filme, mientras se muestran imágenes del verosímil fusilamiento de Ochoa y sus compañeros en una fría madrugada, se oye en off a Fidel Castro quejándose de que en el segundo juicio civil Ochoa fue "evasivo" mientras que en su anterior juicio militar —el llamado "Tribunal de Honor"— sí se había mostrado honesto y contrito. Más que ninguno de los cargos criminales de que se le acusaba, este sorpresivo cambio de actitud de Ochoa, esta contra-conversión, había definido su condena e impedido su "salvación". He aquí la paradoja central de todo el caso, y que el film logra descifrar: ¿cómo es posible que el contrito oficial del ejército que en un momento vemos afirmar que "yo mismo me desprecio" y que "la traición se paga con la vida", sea el mismo que vemos minutos después acusando a sus compañeros de mentir para salvar su pellejo y negando los cargos formulados contra él de contrabando de drogas?
"Somos los cómplices de nuestros enemigos", escribe Octavio Paz a propósito del juicio de Sor Juana Inés de la Cruz, hace más de trescientos años, para explicar la abyección de la monja mexicana ante sus superiores eclesiásticos. Como oficial obediente, y no menos crédulo que Sor Juana, Ochoa confió en lo que sus propios superiores, que para colmo eran también sus compañeros de lucha y amigos de toda la vida, le habían asegurado: que admitir su culpa representaría un servicio más a la Revolución, su valentía recompensada una vez más, y su vida salvada. Que él también sería arrojado a los leones no le pasó por la mente, hasta que fue demasiado tarde. No basta con decir que esa fe desvariada fue lo que le costó la vida a Ochoa. Esa fe ciega era lo que le daba sentido a su vida. Soldado fiel, comunista obediente, militante revolucionario, héroe de la Patria, ¿qué más podía hacer sino obedecer, actuar según el preciso entrenamiento que había recibido? He ahí la moral, y también el horror, de su historia. En el mundo brutal que nos muestra este documental no hay heroísmo posible, salvo el de la abyección; en él la realidad, la verdad de los hechos, se mantiene obcecadamente invisible — salvo la que vemos proyectada en la pantalla ante nuestros propios ojos.
Como en su anterior film, Conducta impropia, Jiménez-Leal nos muestra, una vez más, que si un régimen como el de Fidel Castro se deleita en perseguir y asesinar a cuantos se le oponen, ahí estará la cámara para servir de testigo, para asegurarnos que en ese gran tribunal que llamamos la Historia, los verdaderos culpables serán traídos a juicio, y no se los absolverá.
Nota de la Redacción
Vuelta, Año XVI, N° 190, septiembre de 1992.Tomado del libro La realidad invisible.