

Una de las decisiones políticas de mayor importancia que tomó el gobierno revolucionario cubano desde el principio fue la creación del Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC). Era un viejo sueño de los apasionados del cine, que habían dado muestra de una vocación infatigable a través de pequeños documentales hechos de modo rudimentario, sin equipo, con cámaras apenas profesionales, que produjeron testimonios hoy clásicos, porque eran obra de quienes llegarían a ser grandes figuras de la cinematografía nacional como Néstor Almendros y Tomás Gutiérrez Alea, para citar solamente a dos.
El alma del ICAIC lo fue, y lo sigue siendo, aun en medio de las peores crisis, un hombre que jamás tomó una cámara en sus manos ni redactó un solo guión. Alfredo Guevara, dirigente estudiantil que tuvo el mérito de haber derrotado a Fidel Castro en todas las elecciones universitarias. Venía Guevara de una larga disciplina política radical, era un militante de rigurosa formación marxista leninista y compartía con Raúl Castro la misma simpatía por la Unión Soviética, por su sistema y su política internacional. A Alfredo no le fue difícil lograr el respaldo de Raúl a su proyecto. El ICAIC apareció de pronto con todo el apoyo revolucionario, avalado además por el trabajo de los cineastas soviéticos en lo que entonces se llamaba la construcción del nuevo estado socialista. La sombra de Einsenstein, con su obra prodigiosa en apoyo a la URSS, se proyectaba ante el mundo en filmes que impusieron la imagen de una Unión Soviética baluarte de la justicia universal. ¿Quién ha olvidado su Acorazado Potemkin que deshizo malignamente la figura pública de Kerenski, y parodió los crímenes políticos con una fanfarria épica y vacía pero seductora para todos los cómplices ingenuos que lo aplaudían en momentos en que mayor era la represión política en la URSS?
Santiago Álvarez se convirtió en el epígono cubano del cineasta ruso. Empleando todos los recursos posibles del recién creado ICAIC, se lanzó a las calles para filmar el gigantesco teatro de operaciones en que se movía constantemente el nuevo país. Otros muchos se sumaron a la empresa de Alvarez, pero él se había convertido en portavoz cinematográfico de la revolución. A su lado todos tenían que cederle el paso. El ICAIC, por otra parte, asumió funciones de estricta vigilancia de cualquier iniciativa cinematográfica independiente. Alfredo Guevara adoptó el método del comisario político. Todo el trabajo cinematográfico que no se rigiese por sus normas o fuese hecho al margen del ICAIC aparecía como iniciativa liberal y, por lo tanto, irresponsable y sospechosa.
Con esa actitud se enfrentó a Orlando Jiménez-Leal y Sabá Cabrera, dos jóvenes que habían realizado un hermoso documental de free cinema titulado P.M., aduciendo que aquellos 15 minutos que duraba la proyección reflejaban el ambiente disoluto de la medianoche en un bar de la avenida del puerto habanero. Era un documental irresponsable políticamente. ¿Por qué sus productores dejaban a un lado los entrenamientos de las milicias populares? ¿Por qué se dedicaban a filmar un ambiente de bar, lleno de humo y ruido y algarabía y no el esfuerzo de los trabajadores que no tenían interés ni tiempo para esas francachelas?
Fue éste el momento en que Guevara sacó las uñas y el ICAIC pasó a ser un organismo más de represión. Orlando Jiménez-Leal y Sabá Cabrera finalmente buscaron el exilio en Estados Unidos. Lo mismo ocurrió con Néstor Almendros, a quien Guevara y su gente tuvieron siempre en la mirilla.
Mientras tanto, el régimen se iba endureciendo y adoptando el método represivo que acabó por imponerse en todos los organismos e instituciones. El ICAIC no estaba ya en la calle para filmar el trabajo revolucionario sino para fabricar la falsa imagen del país que ha venido degradándose después. En estos momentos de poco sirve ya el ICAIC.
Afortunadamente estaban en el exilio los creadores que han salvado para la claridad histórica cubana esos momentos representados en La otra Cuba, Conducta impropia, Nadie escuchaba y 8-A. Son tres: Néstor Almendros, Orlando Jiménez-Leal y Jorge Ulla. Néstor acaba de morir, pero tuvo tiempo suficiente para participar en dos de esas cintas. El más reciente de esos filmes es el de Orlando Jiménez-Leal, 8-A, un extraordinario documental especialmente hecho para la televisión italiana y exhibido ya en Nueva York, Washington y Miami.
La obra de Jiménez-Leal no sólo muestra su gran talento como cineasta, sino su aguda perspicacia política para acentuar aquellos aspectos del caso del general Arnaldo Ochoa que el régimen castrista quiso falsear, al editar el material fílmico que la televisión cubana exhibió como prueba de la culpabilidad de los acusados. Ese mismo material utilizado por Orlando Jiménez- Leal con resultados sorprendentes, revela la farsa que hicieron protagonizar a los acusados. El espectáculo aparece como un sainete diabólico que Castro y sus compinches disfrutan hasta el final.
No escribo como crítico cinematográfico, que no lo soy, sino como un cubano que contempló uno de los documentos de denuncia más extraordinarios de toda nuestra historia. Orlando Jiménez-Leal lo ha hecho posible. Esta es, 30 años después, su respuesta a los censores del ICAIC.
Nota de la Redacción
El Nuevo Herald. Tomado del libro La realidad invisible.