

La película de Orlando Jiménez-Leal que recrea el juicio y posterior fusilamiento del general Arnaldo Ochoa es, ante todo, un viaje estremecedor al fondo de la miseria humana. Es una película, no un documental, triste, que nos habla con claridad demoledora del grado de bajeza espiritual y moral al que ha conducido a sus fieles el Comandante en Jefe. ¿Es esta canalla sumisa la encargada de salvar al pueblo cubano y conducirlo a la perfecta utopía de igualdad socialista? Eso es lo que dice Fidel Castro. La obra de Jiménez-Leal nos hace ver en toda su monstruosa locura, la aseveración de este anciano envilecido por el poder hasta tal punto que, más que un tirano, se nos muestra como un payaso alucinado y sanguinario.
La estructura circular de 8-A nos permite retomar una y otra vez el ritmo circense del juicio. Esto atrapa al espectador convirtiéndolo en parte de la pesadilla, del horror que se descubre y se describe con la distancia y la frialdad de un diestro cirujano. Así logra mantenernos durante casi dos horas atentos, crispados, como en el filo de un escalpelo.
He dicho que no se trata de un documental, porque Jiménez-Leal no intenta reconstruir un hecho histórico (en este caso el llamado Caso Ochoa) con un propósito didáctico, académico o cultural, sino descubrir una realidad paralela que enriquezca la ya conocida, que la haga más real. Se propone algo mucho más útil, efectivo y difícil: crear una metáfora que teniendo el arte como objetivo final, apunta a la condición humana en una de sus mani- fiestaciones más ponzoñosas y eternas, la de su capacidad para el horror. Capacidad para asimilar el horror y capacidad para ejercerlo.
Lo que es importante en esta obra es su fuerza provocadora. Dejemos a un lado ociosas lucubraciones a propósito del papel de Fidel Castro en el tráfico de drogas. Nadie con un mínimo de sensatez puede sostener seriamente que el dictador ignoraba lo que sus subordinados estaban haciendo. Por una razón muy sencilla: la propia naturaleza del sistema creado e impuesto por Castro en Cuba, hace imposible semejante cosa. Pero lo importante no son las consideraciones de tipo político, sino las humanas. Para cualquier espectador, pero sobre todo para nosotros los cubanos. Como hijo de esa isla, al ver el documental me sentí profundamente aterrado, porque son esas sucias, ruines y cobardes escorias de la humanidad las que controlan el destino de nuestra nación. Profundamente avergonzado, porque hasta de los más enconados enemigos uno espera siempre cierta gallardía. Un gran enemigo siempre enaltece. Pero esta gente no sirve ni para eso. Emporcan el género humano con su sola existencia. No son rivales que merezcan siquiera ser odiados, lo que producen es asco.
La figura de Ochoa se hace más compleja, se diversifica gracias a la película. Parece indudable que no tuvo nada que ver con el tráfico de drogas. Que era un hombre modesto, popular entre sus soldados, un militar de carrera al servicio de una mala causa. Que el dictador vio en su prestigio una amenaza creciente. Todo parece indicar que no formaba parte de la pandilla de delincuentes, a las órdenes directas de Fidel Castro, que se encargaba de las operaciones sucias que tenían como objetivo obtener moneda dura para el país. Posiblemente, su malestar por las locuras y el egocentrismo desaforado del Comandante en Jefe lo estaban convirtiendo en un conspirador en potencia. Fue otra víctima, no un héroe. Un héroe es alguien que se distingue por su heroísmo. Ochoa se comportó como cualquier cosa menos como un tipo heroico. Heroicos eran los combatientes del Escambray, los de las guerrillas urbanas, que insultaban fieramente a sus fusiladores. Probablemente negoció su heroísmo por el respeto a la vida de su mujer y de sus hijos. Fue torturado, posiblemente drogado. No lo estoy criticando. Yo posiblemente hubiese hecho lo mismo en su lugar. Pero así no es como se comportan los héroes.
Ochoa y sus compañeros fueron víctimas del monstruo que ellos ayudaron a crear. Nunca dejaron de ser hijos de Castro. Y fueron devorados por un padre cuya sed de sangre es tan insaciable que no se detiene ni ante la vida de sus más fieles vástagos. Este inclinarse sumiso, fiel, amoroso casi, ante el hombre que los va a matar, esa monstruosidad casi incomprensible, es lo que hurga la película de Orlando Jiménez-Leal con furia devastadora, con talento y habilidad admirables. La puerta del sitio más abyecto del alma cubana (porque aunque lo neguemos, los peores de nosotros también somos nosotros en alguna medida) ha sido abierta y el hedor que escapa de ella es insoportable. La excelente película de Orlando Jiménez-Leal es un desolador ejercicio de introspección, un doloroso viaje a lo peor de nosotros mismos. Hacernos entrar por esas puertas oscuras del espíritu, es uno de los objetivos más dignos que puede alcanzar una obra de arte.
Nota de la Redacción
Diario de Las Américas. Tomado del libro La realidad invisible.