

Al comienzo de la película la pantalla nos muestra una cita del poeta Jorge Luis Borges: "La realidad es invisible". Las letras están escritas en blanco sobre fondo negro. Más que justificar la licencia poética, más que prepararnos para suspender todo juicio sobre la realidad, la cita parece preguntar: ¿puede la realidad mostrarse en blanco y negro? ¿Dónde radica el límite entre la realidad y la ficción?
Como toda obra creativa, el filme 8-A inventa una verdad. Y a falta de otras pruebas o evidencias contrarias, el cineasta Orlando Jiménez-Leal nos hace creer que los eventos que giran alrededor del juicio y fusilamiento del general Arnaldo Ochoa ocurrieron según la interpretación del artista. Es decir, según su verdad personal. Sin duda, 8-A nos hechiza, nos inquieta, nos espanta, con una verdad convincente.
Siempre ocurre así —aun con la verdad histórica. Y desde el mismo instante de concepción que da vida a la imaginativa obra de Jiménez-Leal, su realizador parece dar la razón a Karl Popper: la verdad no se descubre, sino que se inventa.
Para Popper, quien fundamentalmente es un racionalista, toda verdad debe plantearse como un análisis, un debate, una pregunta. Y nunca puede ser más permanente que una hipótesis continuamente sujeta a ser falseada y sustituida por otra. Porque la verdad es siempre provisional: existe sólo en la mente humana, en la imaginación y en la racionalidad.
Así, exactamente, ocurre con el docudrama 8-A. Igual que la verdad po- pperiana, la versión de los acontecimientos que nos presenta Jiménez-Leal — tanto la propuesta del artista como la hipótesis del investigador— es frágil, como siempre tiene que ser la verdad. Esa fragilidad no le resta mérito a la obra, sino que la convierte en una obra más provocativa y definitivamente dramática.
Jiménez-Leal toma el hilo de la historia y cuidadosamente teje una trama donde el público se va envolviendo hasta quedar enredado en un estado de suspenso. Lo fantástico es que, a pesar de que ya sabíamos de antemano el final de la historia, casi llegamos a anticipar que otro desenlace acaso pudiera ser posible.
Por supuesto, los detalles y los hechos siempre pueden ser distintos. Es más, siempre lo son. Quizás nadie conocerá nunca los pormenores y las motivaciones reales de los protagonistas de esta fascinante historia que termina con el fusilamiento del general Ochoa. ¿Existió una conspiración? ¿Autorizó Castro el narcotráfico? No cabe duda que la versión oficial hecha pública por el gobierno cubano nos presenta una verdad sospechosa.
De esa sospecha nace el debate que Jiménez-Leal actualiza, enriquece y extiende. Ahí, precisamente, radica su mayor logro: dramatizar los hechos, recrear los detalles, falsear la versión oficial, interpretar los motivos, sembrar la duda. Combinar la realidad y la ficción con tal técnica que el límite se nos hace borroso, irrelevante e invisible.
De seguro existirán otras versiones de los hechos. Está claro que la versión oficial, gráficamente expuesta mediante el pietaje verídico del juicio real, es pura ficción, teatro del absurdo políticamente ensayado. La versión de 8-A quizás esté más cerca de la verdad provisional. Quisiera creer que el tiempo dirá la última palabra, pero eso sería desmentir a Karl Popper.
Por el momento, la imaginación de Jiménez-Leal nos recuerda que la realidad no se presenta en blanco y negro. La verdad es siempre sospechosa.
Nota de la Redacción
El Nuevo Herald, lunes 17 de agosto de 1992. Tomado del libro La realidad invisible.