

En el estreno mundial de 8-A y en respuesta a los comentarios elogiosos que le hicieron, Orlando Jiménez-Leal refiere la anécdota de Picasso cuando, al preguntarle unos oficiales nazis si él era el autor de Guernica, les respondió: "no, fueron ustedes".
Tiene razón pero no del todo. La película 8-A le corresponde a Jiménez- Leal. Tuvo el mérito de tomar el escándalo político más importante de Cuba y convertirlo en un luminoso film noir. Ha transformado la farsa en una escalofriante fiesta, ritual de sacrificio, donde una elaborada trama comienza a subvertir la historia oficial.
El filme se enmarca en tres acciones precisas: el juicio, la fiesta y el fusilamiento. En los dos últimos sucesos, la recreación cinematográfica se logra con una estética minimalista. La música de Daniel Freiberg es de un ritmo acuciante. La fotografía de Emilio Guede, Jr. —en deuda con el expresionismo alemán tanto como con el realismo poético francés— mantiene la visión firmemente enraizada en las distorsiones elípticas de la imagen en las tres variantes de la fiesta ofrecida en la casa del vicepresidente del Consejo de Ministros, Diocles Torralba.
Con poderosa teatralidad, la cámara se detiene ante una serie de botellas. ¿Tienen la menor importancia? No, pero en el hogar de uno de los acusados, aun cuando el uso sea destinado a la celebración de los 15 años de su hija, estas botellas pueden convertirse en una prueba en su contra. El shot del lechón asado al centro de la mesa es ambiguo como los close-ups de las carátulas de los Rolex... Es como si la cámara nos advirtiera: los objetos en esta fiesta tienen más poder que las propias personas.
El ojo del espectador debe seguir las maniobras de los agentes de Seguridad del Estado acechando y registrando el más mínimo movimiento de los comensales. El claroscuro le confiere a la escena una excelente calidad claustrofóbica. El color azul acerado y el sonido persistente de unas botas que marchan al unísono sobre el pavimento mojado ofrecen, en el tiempo, una continuidad dramática de omnipresencia y fatalidad.
En 8-A se destaca el virtuosismo de los actores; no sólo recrean sus personajes, sino hasta se confunden con ellos. Y por supuesto, están las propias personas, como actores. El fiscal Escalona, Fidel y Raúl Castro, ¿por qué no decirlo?, ofrecen actuaciones merecedoras de un Oscar. En especial la del "Ministro de las Fuerzas Armadas" y "Segundo Secretario del Partido Comunista de Cuba", Raúl Castro, cuando en una secuencia de expresiva emotividad, recuerda cómo, mientras se cepillaba los dientes ante el espejo del baño, las lágrimas rodaban por sus mejillas al pensar en los hijos de Ochoa.
Además del estilo, uno de los elementos que mejor definen un film noir es su ambiente opresivo de miedo e histeria. La claustrofóbica alienación y corrupción que reinan en este tribunal cubano, con su extraña mezcla de humor brutal y patético, revela el drama al que han sido sometidos los protagonistas. Ochoa exhibe su vulnerabilidad pasiva. Y a la vez, exuda una fuerza interna, al percatarse de que muy pronto quedará fuera del juego. Su modo de contestar al fiscal es cifrado. A pesar de su desaliño, evidente cansancio y la confusión que demuestra, pocas veces parece perder el control. Sólo su cara de póker permite adivinar la complejidad emotiva de su estado mental. Sabe que la maquinaria que él ha ayudado a consolidar, manipulada por el actual "Presidente de la República de Cuba", primer secretario del Partido Comunista, presidente del Consejo de Estado, comandante en jefe de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, presidente del Comité Ejecutivo del Consejo de Ministros, Fidel Castro, lo va a liquidar.
Otro de los valores implícitos en un film noir es que no existe la separación entre una sociedad corrupta y el modo aceptable de vivir en esa sociedad. Desde una perspectiva histórica materialista, Ochoa es, en el juicio, una realidad asignada a un lugar en la representación del evento. Su actuación en 8-A está viva, aunque resulta impresionante saber que ahora es un fantasma. Los héroes son útiles siempre después de muertos. Y ahí radica la ironía final: Ochoa diseña su caída con pleno conocimiento de causa. Pero la causa por la que lo inmolan es insalvable.
Al analizar el mito de Stalin en la cinematografía rusa, André Bazin señala que el dictador, aunque vio al actor Gelovani representarlo en un filme, nunca gozó del privilegio de verse actuar a sí mismo. Castro, sin embargo, lo aventaja. En 8-A, el "Comediante en Jefe" se da el lujo de actuarse, sobreactuarse, hasta forjar la glorificación de su propia caricatura. En su omnisciencia e infalibilidad, deja bien sentado: Ochoa no es el responsable del éxito de las batallas libradas en Angola ni del destino de sus soldados. Como Stalin, Castro usurpa el heroísmo del "héroe" y asegura que él es el responsable de los caramelitos y hasta de las bolsas plásticas que se mandaban al frente de batalla. Su retórica del poder se amplifica y, en su desmesurada política, usurpa también el título de Padre de la Patria, cuando Raúl Castro en su pronunciamiento ante un auditorio cautivo dice: "Fidel es nuestro papá. Fidel es el papá de todos nosotros". Absoluto acierto ha sido en 8-A recuperar para la posteridad la ridiculez de tamaña declaración.
"¿Cómo explicar la abyección de una persona que se declara culpable de un delito que no ha cometido?", pregunta Milovan Djilas al reflexionar sobre los juicios de Moscú. Difícil respuesta. No obstante, en el dogmático formato de la ideología cubano-comunista, basada en la suprema e incuestionable preeminencia de un solo hombre, la confesión resulta indispensable para recuperar la virginidad patriótica.
El momento más negro de 8-A está reservado para sus víctimas en la escena final. ¿Cuántos y quiénes vieron el fusilamiento de Ochoa, De la Guardia, Padrón y Martínez, además de los que pertenecen al máximo nivel? Raúl Castro aseguró que Ochoa supo morir como un héroe. Jiménez-Leal ha querido que los espectadores seamos testigos de este asesinato con ropaje judicial. Hay que reconocer la audacia de su ficcionalización. La secuencia está alienada por el fatalismo y la flaqueza humana. La rebeldía de uno de ellos se convierte en el elemento contrapuntístico. Su grito es una catarsis que purifica el destino de estos seres. Es uno de los grandes aportes del cineasta.
La realidad no es invisible como postula un epígrafe de Borges, al inicio del filme, sino que la "tensión de ambigüedades" que conlleva no podrá ser aprehendida de inmediato por la cámara. La realidad la constituye una constelación de estrategias destinadas a producir un efecto ilusionista. Decir la verdad es mentir, como afirma Barthes al explicar a Kafka. En resumidas cuentas, entre la multiplicidad de mentiras que este "caso" ostenta, la versión de la realidad de los hechos del cineasta, paradójicamente, resulta ser más verdadera que "la verdad sospechosa" que nos ha querido presentar la versión oficial.
Chuck Keinhaus distingue entre los filmes, los que son autoreflexivos y los autocríticos. 8-A pertenece al primer grupo. Si como afirma Barthes, "el espectáculo de la inconsciencia es el comienzo de la conciencia", este trágico espectáculo histórico es un filme de reflexión esencialmente interrogativo. Del mismo modo que el fiscal Escalona hostigó a la maestra normalista, cabe preguntar: ¿duerme él bien por las noches? ¿Se le pidió a los acusados que se echaran la culpa con la promesa de que al final los salvarían? ¿Fue Escalona también engañado? ¿Es ésta una "revolución" donde el crimen opera siempre al "más alto nivel"?
La película finaliza; la música de los Lecuona Cuban Boys y las escenas de la Cuba republicana de los años 30, pasan con fantasmagórica celeridad. Y uno se pregunta, ¿pero es que alguna vez Cuba fue así?
Nota de la Redacción
El Nacional, México, D.F., martes 26 de octubre de 1993. Tomado del libro La realidad invisible.