

Aunque sabemos de antemano el desenlace —el general Arnaldo Ochoa Sánchez fue fusilado el 13 de julio de 1989— durante los 84 minutos de duración del docudrama producido por Orlando Jiménez-Leal con el título de 8-A, remedando el graffiti que aparecía por los muros de La Habana durante el juicio del héroe de Angola, nos sentimos —y nos sentamos— como en vilo. Nos convertimos, en efecto, en investigadores de una intrincada trama detectivesca cuyo desenlace es, sin embargo, mucho más complejo que la muerte ante el paredón de Ochoa y sus compañeros.
Ese talento que Orlando Jiménez-Leal mostró desde su adolescencia en el censurado P.M., de noche habanera, subversiva en su inocencia, y que pareció llegar a su culminación en Conducta impropia, alcanza nuevo brillo en este filme donde la fantasía y la realidad se confunden. La historia que Orlando quiere contar es tan kafkiana que su única posibilidad de darle credibilidad es utilizar un formato clásico de "exposición, nudo y desenlace". Partiendo de distintas versiones de una fiesta, el filme va ofreciendo las diversas posibilidades del origen del caso Ochoa: si el general y su camarilla, desilusionados con la revolución, conspiraban contra Castro; si el móvil de estos militares del trópico era el lucro; si Castro conocía del tráfico de drogas y sacrificó a sus camaradas para "limpiarse" de un futuro a lo Noriega; si aquella fiesta de ron y baile no pasaba de ser un "relajo", una especie de orgía caribeña, inocente, sin embargo, de culpas políticas.
Las técnicas —y a otros les corresponderá la crítica formal de estos aspectos— que utiliza el cineasta para "inventar" estas diversas versiones, cada una de ellas posibles por sí misma, dificultan distinguir "el documental" del "drama", o la realidad de su dramatización. Llegamos entonces al juicio, es decir, la realidad, y la línea divisoria entre la verdad y la fantasía se hace aún más confusa, pues la realidad captada por la cámara es tan espantosa que cobra todos los elementos de una pesadilla. El sistema judicial cubano se nos descubre como una farsa, y aquel juicio como un espectáculo de circo.
Observamos —ya la náusea apoderándose del estómago más saludable— la abyección en sus peores formas: los acusados, sabrá Dios bajo la influencia de qué presiones psicológicas y de qué drogas, vomitando sus confusos y contradictorios mea culpas; los abogados defensores acusando a sus defendidos. Raúl Castro "llorando" de lástima por los hijitos de Ochoa; el fiscal Escalona desempeñando uno de los papeles más despreciables que pueda uno imaginar; una sala de focas amaestradas que aplauden; un Castro más sádico y, al mismo tiempo, más transparente en su macabro juego que nunca antes; y esos sumisos funcionarios coreando la sentencia de muerte como asustadas aves de rapiña.
Cuando la carga de los fusiles siega la vida de Ochoa, Tony de la Guardia, Jorge Martínez y Amado Padrón bajo la luz cegadora de los reflectores, y una música nostálgica y suaves imágenes de la Cuba antigua y buena va cerrando el filme, sentimos un dolor sordo y el alivio liberador que sigue a las grandes tensiones. Después de todo, lo más aterrador de este filme no es lo que nos muestra de los demás, sino lo que llegamos a comprender de nosotros mismos. Somos fugitivos del infierno y un solo paso en falso nos hubiera podido hacer caer en el abismo. Nosotros —cualquiera de nosotros— pudiéramos estar del otro lado de la realidad. Ser actores en la trama real. Es decir, en la mentira. De pronto, victimarios y víctimas se confunden y nos produce tanto horror el rostro sombrío de Arnaldo Ochoa como la media sonrisa de un hombre anónimo que aplaude, imposible saber si con desgano o con convicción, entre toda esa masa cómplice de espectadores cautivos.
Y la pregunta salta de la pantalla como un dardo afilado: ¿cómo es posible que un régimen, que un hombre lleve a otros hombres y mujeres a tales abyecciones? ¿Es ésta la misma Cuba, ese mismo país de gentes de humor criollo y abrazo franco de aquellas noches habaneras que Jiménez-Leal quiso captar en su primer documental? ¿Es posible la reconciliación, el borrón y cuenta nueva, el futuro de democracia y libertad, después de este descenso a los predios de Luzbel?
Nota de la Redacción
Diario de las Américas, Miami, agosto de 1992.Tomado del libro La realidad invisible.
Comprendemos entonces que en el filme de Jiménez-Leal no es Ochoa quien se sienta en el banquillo de los acusados, sino Castro, quien, más allá de su complicidad en el tráfico de drogas, carga con una culpa mucho más terrible: robarle a un pueblo su dignidad. 8-A es una de las denuncias más devastadoras que se han hecho jamás contra el régimen de La Habana. Lástima que la realidad invisible que nos descubre sea tan certera. Las palmas que batimos por los logros artísticos del cineasta exiliado se entremezclan con el dolor genuino por la tragedia de esa Cuba, tan real y tan fantasmagórica, tan cercana y tan lejana —y no sólo geográficamente— que el ojo delator de la cámara capta con aterradora veracidad.