

El 13 de julio de 1989, el gobierno de Cuba hizo fusilar al general de división Arnaldo Ochoa y a tres oficiales del Ministerio del Interior al final de un proceso que tenía todas las características que configuran el asesinato político. Ahora, tres años después, el cineasta Orlando Jiménez-Leal nos trae una película que —a partir del material que trasmitió entonces la televisión cubana sobre el caso— rescata lo esencial de ese proceso y hace de él un impresionante testimonio contra el régimen de Castro, al tiempo que una alegoría sobre la intolerancia política.
8-A, el filme de Jiménez-Leal, toma las extensas filmaciones que hiciera el gobierno cubano sobre el juicio y, combinándolas con algunas escenas recreadas por actores, nos devuelve una obra en que, sin comentarios editorializantes, queda al descubierto, y en sus propias palabras, la corrupción, la ilegalidad, la demagogia y el terror de una tiranía. Aunque con deliberada intención de enjuiciar, Jiménez-Leal no emite juicios en la película, no entrevista a nadie, no cataloga moralmente los hechos. Esa es tarea del espectador con los materiales que él pone ante sus ojos. Desde luego, estos materiales han sido exquisitamente reducidos por él a su horror esencial.
Muchos recordarán la notable participación que tuvo en el proceso de Ochoa, el general Juan Escalona, fiscal del consejo de guerra y quien funcionó todo el tiempo como un verdadero inquisidor. En la película de Jiménez-Leal se convierte en un personaje dramático, una suerte de contrafigura, de encarnación del mal que, por momentos, parecería que se ajusta fielmente al papel que le asignaran en un guión. Asimismo, Fidel Castro, en su discurso ante el Consejo de Estado que ratificaría la sentencia de muerte de Ochoa (hábilmente montado por Jiménez-Leal) se convierte en su más grotesca caricatura, una especie de payaso brutal que debe ser su más auténtica personalidad.
A muchos de los que, hace tres años, vieron en la televisión esos mismos fragmentos del juicio de Ochoa que se utilizan en esta película, les sorprendió entonces que los principales acusados —cuya muerte, por crímenes que no pudieron cometer sin la anuencia del jefe del Estado, era pronosticable— participaran, voluntariamente al parecer, en un ritual autodegradatorio destinado no sólo a legitimar su eliminación física, sino también su muerte moral; al tiempo que reafirmaban su lealtad a la ideología comunista y al Comandante en Jefe.
Sin embargo, por mucho que sorprenda esta conducta, dista de ser una novedad; y aunque típica de los siniestros juicios políticos que dieron nombre a la época de Stalin, es ciertamente mucho más antigua, porque responde a un estilo procesal, jurídico, derivado de cualquier ideología que pretenda abarcar, definir y controlar toda la realidad y que, necesariamente, es portadora del germen de la intolerancia.
Toda idea, por noble que sea, si contiene una visión totalizadora del mundo, lleva en su seno el totalitarismo; si pretende erigirse en el solo árbitro de la verdad, condena a sus disidentes al error y la persecución. En algunos dichos de Cristo ya están en cierne el Santo Oficio y los tribunales de la Inquisición. En el rotundo cientificismo de Marx y Engels ya están también el colectivismo genocida y el gulag.
Asimismo, toda ortodoxia conlleva su herejía; y al hereje, que discrepa del orden ideológico o de la infalibilidad de sus expositores, al que se atreve a disentir, o a cuestionar la autoridad "divina" del líder máximo (como debe haber sido el caso de Ochoa), no basta con torturarlo y ejecutarlo, es menester que se arrepienta y se desprecie; no sólo se le castiga, sino que se le borra. Para la Inquisición, el tormento tenía por objeto doblegar el alma del reo, vencer su contumacia, hacerle reconocer su atrevimiento de rebelarse contra el magisterio de la Iglesia, pero rara vez lo libraba del suplicio ni del anonimato de la fosa común; la misma que destinaba a sus víctimas la dictadura jacobina en Francia, luego de juicios en que la sola cosmovisión del acusado, o su clase social, obligaba a sentenciarlo a muerte. En esa misma tradición, la dictadura comunista convence a sus más connotados disidentes —amamantados casi siempre en esa ideología— de la futilidad e ingratitud de sus acciones, y luego los elimina hasta de los libros de texto.
Nota de la Redacción
Tomado del libro La realidad invisible.
El juicio de Ochoa y sus amigos no es, pues, una anomalía contemporánea, sino una de las expresiones más recientes del discurso de la intolerancia, que alcanza su mejor definición en las sociedades donde imperan ideologías cerradas, como es el caso de Cuba, parejas casi siempre de la autoridad centralizada y de la obediencia incondicional a un caudillo. De ahí por qué esta película de Jiménez-Leal no sea tan sólo un testimonio sobre un crimen político, sino también una lección de historia.