

Hace algunos días pasaron por Buenos Aires cuatro escritores reconocidos como parte de la “nueva narrativa colombiana”. Entre ellos estaba Santiago Gamboa, alguien que a los 38 años es considerado internacionalmente como uno de los que “se vienen”.
Si bien pasaron hace rato los treinta, Santiago Gamboa, Efraim Medina Reyes, Mario Mendoza y Enrique Serrano son considerados como escritores jóvenes a los que los une una misma puesta a prueba: demostrar que la narrativa colombiana va más allá de García Márquez y del imaginario sicario de César Vallejo.
De ese colectivo conocido como “nueva narrativa colombiana”, el más conocido en nuestro país es Santiago Gamboa. Vida feliz de un joven llamado Esteban, su primera novela, logró cierto renombre y un número de ventas para nada despreciable. Nació en Bogotá en el 65, vivió algunos años en Francia y actualmente reside en Roma.
Por estos días presenta su nuevo libro, Los Impostores. Una novela de intriga en la que se cruzan tres personajes más que singulares: un periodista colombiano que vive en París y que quiere ser escritor; un filólogo alemán en busca nuevas experiencias y un profesor de literatura, escritor frustrado, que sueña con ser autor del boom.
El escenario, Pekín. Una ciudad a la que cada uno de los personajes arriba con el deseo de ser aquello que no es, y con una misma consigna que no sabe común con el resto: la búsqueda de un manuscrito que forma parte del cuerpo central de la doctrina de una sociedad secreta que sobrevive en la clandestinidad. Pero para saber más, mejor la palabra de Santiago Gamboa.
¿Por qué creés que gran parte de la crítica lee a Los impostores como la novela de la “madurez” de un escritor?
Creo que la percepción que tiene los demás de mis libros es muy diferente a la mía. Evidentemente, esta novela la veo en relación con las anteriores y no deja de ser una prueba, un experimento. Es un experimento porque por primera vez la totalidad de la historia transcurre en otra parte que no es Colombia. Por otro lado, también llevo adelante un ensayo relacionado con el lenguaje que pasa por escribir en español diálogos que no están siendo hablados en español en la realidad del libro. Se supone que los personajes hablan en francés, inglés e inclusive en chino, y es eso es algo que también es la primera vez que hago. Prefiero suponer entonces que aquello que la crítica llama “madurez” tiene que ver con una novela más o menos ajustada y en la que se reúnen elementos de mis libros anteriores: la reflexión de Vida feliz de un joven llamado Esteban, con la intriga y la aventura de Perder es cuestión de método.
¿Qué fue lo que te llevó a elegir Pekín como escenario de una novela básicamente de intriga?
Siento una verdadera pasión de lector por las novelas anglosajonas de viajes y aventuras, pero que también están relacionadas con la reflexión. Creo que en el mundo hispanoamericano se separó a la lectura agradable y palpitante de la reflexión: o bien se escribe una novela de ideas, o bien una de aventuras que sea agradable de leer. Para mí eso no tiene por qué estar separado. De hecho, los autores que más me gustan –Joseph Conrad y Graham Green– usan esos dos elementos indisolublemente ligados. Por eso quise salir de Colombia –aunque me quedé con un colombiano. Lo que me interesa es darle cabida a una experiencia personal que es la de ser viajero: me gusta viajar. Y una ciudad como Pekín, desconocida para occidente, extraña y en la que sólo se comprende el veinte por ciento de lo que sucede, me parece que se presta para los equívocos que son el eje de mi novela. El escenario predispone a los personajes.
Personajes fuertes e historias que avanzan: todo parece indicar que estás en una cruzada por recuperar a la novela en su forma más “clásica”.
Es que la literatura que me atrae es la tradicional, la de “historias”. Me gusta que en las novelas ocurra algo. Evidentemente, hay un tipo de literatura distinta que, como el nouveau roman por ejemplo, produjo grandes libros. Es el caso de George Perec, un autor que me gusta mucho. Pero no es el tipo de libro que yo haría. Prefiero los personajes definidos para seguirlos en distintas circunstancias. Eso tiene que ver con el hecho de que como lector mis gustos son más amplios, y a la hora de escribir, si me quedo con algo, es con lo clásico.
¿Existe una “nueva narrativa colombiana”? ¿Cómo te llevás con esa idea de “grupo”?
Bien. Siempre digo que nosotros no somos una generación como se entiende en forma canónica, es decir, en la medida en que nunca nos hemos reunido a discutir sobre las tres o cuatro directivas en torno a las cuales vamos a escribir –como sí hicieron los del Crack en México. Cada uno es una isla y estamos más o menos cerca.
Sin embargo, generalmente se piensa que los une una escritura al margen de García Márquez o de la sicaresca de Fernando Vallejo, por ejemplo…
Cada uno de nosotros tiene una relación distinta con García Márquez. Evidentemente su propuesta literaria no puede tener continuación porque él mismo la agota. La ha tenido en otros países con Isabel Allende, por ejemplo, o en la India con Salman Rushdie, pero no en Colombia. Mi relación con García Márquez es de total admiración y tranquilidad: su obra me ayudó a enamorarme de la literatura. Con mis libros no tengo necesidad de responder a su trabajo, que por otro lado no es una obra colombiana, así como creo que Borges tampoco es argentino: lo menos importante de su obra es que sea argentino. Son autores universales, y el hecho de que García Márquez tenga mi mismo pasaporte es una simple coincidencia.
¿Pensás que el cruce entre política y literatura es un vínculo caduco en Latinoamérica?
No: creo que de alguna manera sigue estando. De hecho en los libros que estamos presentando por estos días en Buenos Aires hay crítica social y política, pero no están escritos en torno a esa idea. Entiendo que en todo lo que uno escribe se expresa una visión del mundo, y uno de los elementos de esa visión es una mirada política. Lo que pasa es que nuestros libros no están centrados en eso, como sí ocurría con la literatura de los 60 que estaba claramente estructurada en torno a una propuesta política militante. Y ese no es nuestro caso. Nuestro compromiso es más que nada ciudadano: el escritor sigue siendo una conciencia crítica, un aguafiestas.
Buenos Aires, 13 de octubre de 2003