

Pasó brevemente por España para presentar su nueva novela, Necrópolis, con la que ha ganado el Premio La Otra Orilla. Es su obra más ambiciosa, una historia en donde una Jerusalén acosada por la guerra acoge un extraño congreso de escritores a cada cual más diferente.
"En cada personaje está condensado alguno de los grandes temas de la vida", asegura el escritor colombiano, autor también de la conocida Perder es cuestión de método (1997), llevada al cine hace unos años. Ahora vuelve a recurrir al tema de la religión, como uno de los ejes del libro, "porque contiene la veracidad de lo absoluto, la necesidad de creer en algo que no es físico", y a la búsqueda personal de un lugar en el mundo.
Tiene el hablar pausado de los escritores, de aquellos que son capaces de mirar la vida desde fuera y guiarnos por ella. Un viaje en forma de círculo que empezó un día cualquiera de 1965, en Bogotá, Colombia, y que siguió, años más tarde, por Madrid, París, Roma y ahora Nueva Delhi (India), donde reside. Todo en él huele a literatura. Su nombre viene asociado a títulos tan conocidos como Perder es cuestión de método (1997), que fue llevada al cine, o El síndrome de Ulises (2005). Y ahora regresa con la que dice ser su novela más ambiciosa, Necrópolis, que además le ha valido el Premio La Otra Orilla del Grupo Editorial Norma.
Ha calificado la obra de "reflexiva con connotaciones ideológicas", ¿a qué se refiere?
Sí, tiene muchas ideas, pero no políticas, ni militantes, sino miradas sobre el mundo contemporáneo a través de diferentes tramas. La novela en general es la historia de un escritor que después de una convalecencia acepta a ir a un extraño congreso en Jerusalén. Pero no es la que conocemos ahora, sino una Jerusalén metafórica e histórica.
¿Por qué esta ciudad?
Porque para el clima de la novela me convenía que fuera un poco irreal, aunque sí que estuviera en la Jerusalén histórica, porque es el centro del imaginario occidental. No soy creyente, pero me interesa mucho la religión, y allí confluyen tres grandes que son, prácticamente, una respuesta poética ante la experiencia de la muerte. Una religión es una creación humana, un sistema metafórico que pretende darnos un alivio ante la pregunta terrible de la muerte. Esa es mi visión como agnóstico. Entonces, para mí es extraordinario como en esta ciudad se reúnen esos tres grandes imaginarios presentes dentro del sistema de casi la mitad de la humanidad. Y son bellísimas imágenes donde están contenidas los grandes temas de la vida, que son los mismos que en la literatura: amistad, traición, lealtad, injusticia, amor… seis o siete representados a través de las historias de las personas invitadas a este congreso. Además, la ciudad está cercada por una guerra, también metafórica, de la que no se sabe mucho, una especie de oscuridad violenta que la rodea. De hecho, la idea inicial de Necrópolis fue la de dialogar con la novela clásica de El Decamerón, pero aquí no hay peste, porque ya no existe, pero sí guerra. Ambas como un símbolo de lo negativo, lo violento y la indiferencia. Cada personaje es un poco como la ciudad, personas que no encuentran fácilmente su lugar en el mundo, se sienten agredidos, rodeados por otras cosas como la banalidad, el egoísmo y, por ello, todos deciden o hacen cosas que les permita salvarse de esa situación.
Entonces, ¿por qué llamarle Necrópolis?
Jerusalén está destruida, martirizada, y debajo de una ciudad viva siempre hay una muerta, es como el inconsciente de los vivos. El destino de uno es finalmente ir a esa ciudad, a la ciudad de los muertos. Como te digo, hay una serie de ideas, que son literarias y que tienen que ver con la vida. Y por eso me atrevo a pensar que es una novela más reflexiva, donde hay muchos niveles, el que se ve, el lineal, pero también uno más allá.
De todas estas ideas, la religión es, sin duda, un tema recurrente en sus novelas, de hecho siempre suele incluir a un sacerdote en sus personajes.
Sí, la religión tiene uno de los aspectos más esenciales de la vida: la veracidad de un absoluto, la necesidad de creer en algo que no es físico. La religión logra algo que no consigue nada más, porque tú no puedes amar absolutamente nada que no hayas palpado… y eso inmediatamente hace que la racionalidad desaparezca y nazca el mito, lo imaginario, lo poético... que son los elementos centrales. Es un terreno de la poesía más absoluta. Para mí son de una belleza única, con ideas-filosófica-poéticas.
Muchas veces leemos para intentar descubrirnos a nosotros mismos. Usted ha vivido en muchas ciudades, ¿de alguna forma está también buscando ese lugar en el mundo?
Hay una novela que es el centro de mi vida, o por lo menos de la más reciente: Lord Jim de Joseph Conrad. El tema central es una cierta búsqueda de sí mismo que lo lleva a Oriente. Por supuesto, Lord Jim está escapando de una culpa: una bellaquería que hizo cuando era joven y que lo persigue. Pero también uno huye cuando está buscando algo. Para mí, este libro es como un cataclismo, porque siento igual esos movimientos de búsqueda que lentamente me llevan hacia Oriente.
A lo mejor hay un tema de culpabilidad…
(Risas) Sí, quizás. No, en serio, a mí me atrae muchísimo Oriente. En el fondo creo que algún día se me va a manifestar una cuestión religiosa... El escritor peruano Alfredo Bryce Echenique dice siempre: "Me he pasado la vida buscando un lugar en donde empezar una nueva vida". A mí no me pasa exactamente eso, pero sí me gusta ir cambiando de sitio, buscando algo.
Ahora vive Nueva Delhi, una ciudad que no tiene nada que ver con Roma. Menudo cambio, ¿no?
Hace tiempo que quería salir de Europa y la India es un lugar extraordinario para poder mirar el resto del mundo. Desde aquí, Europa es una sola, no se ve la diversidad que hay dentro. Fuera de esto, yo creo que a Europa le pasa un poco como a Estados Unidos, aunque con sus diferencias: es una región cansada, y con una serie de vicios típicos de la abundancia, de la excesiva riqueza. En Francia, que es donde más tiempo he vivido, la sociedad está agotada, derrotada, es muy arrogante e indiferente a todo. La juventud se ha convertido en un viejo de poca edad: las huelgas que hacen son para tener capacidad de consumo. ¡Con 22 años! ¿Y la vida?, ¿cuándo la van vivir? Por eso la India es para mí algo extraordinario.
¿Cuál es la diferencia?
En Europa, las ciudades son bellísimas, limpias, brillan... pero cuando te quedas un tiempo, poco a poco se te van apareciendo, sobre todo la gente: una sociedad cerrada. Mientras que si te vas a la India o a África, allí las ciudades, en la superficie, son horribles, llenas de mugre, contaminación... Sin embargo, si esperas lo suficiente es cuando emerge la belleza. Es un poco al contrario y, pues, en la gente también. Te miran a los ojos y te creen lo que dices. En Francia, por principio, desconfían. Para ellos todo el mundo está mintiendo. Esto, que aparentemente es algo banal, se acaba convirtiendo en todo un sistema de vida. Y eso es algo que termina por cercarte y envolverte como si fuera una prisión. De repente, en esas ciudades donde la superficie es horrible, encuentras la libertad, que alguien te crea lo que dices, que te miren a los ojos y te diga: 'Ven, acercáte'. Para mí, estas cosas tienen mucho valor.
Salió de Bogotá, pasó por Madrid, Paris, Roma y, ahora, Nueva Delhi. Da la sensación que está yendo en forma de círculo y de que existe la posibilidad de que vuelva a su Colombia natal para completarlo.
Siempre seré colombiano. Igual que siempre seré latinoamericano, y ésa es la gran identidad de hoy. Cuando me fui de mi país me di cuenta. Sentía una cercanía muy fuerte con ellos, estábamos del mismo lado. Y por eso, ahora cuando regrese, lo haré como un latinoamericano.