

Habla suave, como si no quisiera perturbar la música de las esferas. Un poco como su literatura. El colombiano Gamboa, ahijado literario de García Márquez, delantero centro de un posible segundo boom latinoamericano, acaba de publicar Vida feliz de un joven llamado Esteban. Hay en ella mucho de él.
¿Qué tienen de especial las gabardinas?
Cuando viví en París, las gabardinas significaban el símbolo de la tranquilidad de la clase media francesa. Las veía pasar desde la ventana de mi cuarto, bajo un cielo plomizo... Yo entonces no tenía absolutamente nada...
Tenía un sueño.
Llegué a la capital con una maleta y una inscripción en la Sorbona, pero tenía que ganarme la vida. Al principio tuve mala suerte...
¿Por qué?
Recuerdo haber entregado decenas de currículos en un montón de hamburgueserías... Y nada. Pasó un mes y medio hasta que me contrataron en una academia de idiomas... Luego trabajé en prensa...
Y se compró la gabardina.
Y pude ir con mi diario bajo el brazo... Como todos los latinoamericanos, desde Rubén Darío, tenía la impresión de que, para ser escritor, había que pasar por París. Pero allí aprendí lo difícil que es vivir...
No se queje. También conoció a Gabriel García Márquez.
Fue en 1995. Yo había publicado en Colombia mi primera novela, Páginas de vuelta, y fue a caer en sus manos... Un día estaba en casa, duchándome, y sonó el teléfono. Salí chorreando y él estaba al otro lado del aparato. Se me paró el corazón. ¡Yo no tenía aún 30 años! ¡No me lo podía creer!
¿Y?
Empezó a preguntarme por la novela y por mi técnica de escritura. Hablamos durante hora y media, me dio una lista de los teléfonos de todas sus casas y me dijo que le llamara. Pero yo no me atreví a llamarle.
¿Terror ante el monstruo sagrado?
¡Es que ni se me ocurrió! Pero dos años después él pensó en mí para hacer las memorias del general Roso José Serrano.
Aceptó.
Sí. Era una oportunidad para trabajar a su lado. ¡Fue extraordinario! El da consejos sin que te des cuenta de que te los da. Es como el amiguito que te muestra sus juguetes... Aunque yo no me atrevo a llamarle Gabo.
Muchos se atreven.
El me dijo un día: "Gabo me llaman mis amigos, pero también las personas que quieren hacerme creer que me quieren". Me sugirió que le llamara simplemente Gabriel.
¿Comparte Gabriel sus secretos?
Hemos charlado largo y tendido de literatura. Es un hombre curioso, que mira cómo están cocinados los libros... Dicen que es arrogante... Pero recuerdo ir caminando con él por una calle peatonal de Guadalajara, en México, cuando una nube de personas se le echó encima... Se lo llevaron en volandas. Por la noche me llamó y me dijo: "Ya vistes lo que es mi vida, ¿no?"
Está tan mal como se especula.
Su cáncer linfático es curable. Su biógrafo norteamericano tenía uno 10 veces más grave que el de él y se curó. Saberlo le ha hecho mucho bien...
La literatura, sin él, ¿perderá densidad?
La literatura de García Márquez te hace comprender mejor la vida. No creo que importe tanto su exotismo caribeño como su capacidad de investigar la condición humana.
¿Es eso lo que usted persigue?
Yo no tengo una gran claridad conceptual, ni la quiero tener... Mi literatura está unida a una serie de imágenes que me fascinan... Es una literatura que cuenta historias, lo que durante años ha estado mal visto por los que afirmaban que la novela había muerto... Yo escribo porque me gusta leer...
Pero se sufre más escribiendo.
Se viven altibajos... A mí me gustan los baños turcos y voy a tomarlos en un gimnasio en Roma. Y ese espacio de silencio y recogimiento es tan importante como la mesa de trabajo... Es ahí donde trato de ver a mis personajes...
Suena placentero.
También hay momentos de una grandísima inseguridad... La escritura es un ejercicio solitario... Vas poniendo una capa sobre otra...
Usted acabó yendo a Roma por culpa de una dama.
Sí. ¡Un salto sin red! Pero también una suerte. En Francia me había convertido en un funcionario del Estado... Para que me echaran del sillón había que, por lo menos, pegarle al director general.
Y en ese salto, dicen sus biógrafos, se puso a la cabeza del segundo boom.
¡Eso es excesivamente generoso! Sé que mis libros tienen un lugar y un público, al lado de Jorge Volpi, Roberto Bolaño, Jorge Franco Ramos, Gonzalo Garcés... Existe una nueva generación, pero no un proyecto colectivo.
Existe el realismo sin magia.
Existe. América Latina ha cambiado mucho. Ahora la literatura es radicalmente urbana. Y en las ciudades conviven los pistoleros con los elegantes empresarios que tienen aviones privados... Eso crea un tipo de percepción y de escritor distintos.
Usted no está en América Latina. Está aquí.
Sí. Pero paso un promedio de cuatro meses al año en Colombia.
¿Donde recupera el paraíso de la infancia?
Sí. José Manuel Fajardo dice que hay dos tipos de escritores: los que fueron felices en su infancia y se dedican a recuperar el paraíso perdido, y los que no lo fueron y huyen de él. Yo tuve una infancia feliz. Mi familia materna tenía una finca en el campo, con árboles y caballos. Se respiraba una libertad ahora muy mermada...
Una curiosidad. Tengo entendido que le chifla el ajedrez.
Sí. El ajedrez ayuda a prever el avance del adversario y a proyectarse en el futuro inmediato... Es una forma de reflexión.
Pues al pobre Bobby Fischer lo sacan del tablero y...
Es como un niño. Pero eso es porque fue arrancado de la infancia --lo cazaron a los 9 años-- y siempre tuvo a alguien que se ocupaba de sus cosas prácticas... Por eso hoy en día roba cosas en los supermercados...
Publicada originalmente en: http://www.xornal.com/artigo/2000/09/19/galicia/santiago-gamboa-garcia-marquez-te-hace-comprender-mejor-la-vida/2000091909214900000.html