

Por esa época la vida no me sonreía. Más bien hacía muecas, como si algo le provocara risa nerviosa. Era el inicio de los años noventa. Me encontraba en París, ciudad voluptuosa y llena de gente próspera, aunque ése no fuera mi caso. Lejos de serlo. Los que habíamos llegado por la puerta de atrás, sorteando las basuras, vivíamos mucho peor que los insectos y las ratas. No había nada, o casi nada, para nosotros, y por eso nos alimentábamos de absurdos deseos. Todas nuestras frases empezaban así: «Cuando sea...». Un peruano del comedor universitario dijo un día: cuando sea rico dejaré de hablarles. Poco después lo sorprendieron robando en un supermercado y fue arrestado. Había hecho todo bien, pero al llegar a la caja la empleada lo miró y pegó un grito de horror (podría calificarlo de «cinematográfico»), pues del pelo le escurrían densas gotas rojas. Se había escondido dos bandejas de filetes debajo de la capucha de su impermeable, pero dejó pasar mucho tiempo y la sangre atravesó el plástico. A partir de ese día cambió su frase: cuando sea rico nadaré en sangre fresca. Luego supe que lo habían recluido en un psiquiátrico y jamás lo volví a ver.
En mis bolsillos había poco qué buscar (nada tintineaba) y por eso debí alquilar un cuarto de nueve metros cuadrados, sin vista a la calle, en los altos de un edificio de la rué Dulud, circunscripción de Neully-Sur-Seine, un barrio lleno de familias ricas y judías, automóviles elegantes, tiendas caras. Por cierto que cuando uno es pobre es muy malo rodearse de gente rica. No lo recomiendo. No trae buena suerte y genera un sabor amargo en la boca, nada bueno para la salud. Cuando uno es pobre es mejor estar rodeado de pobres. Créanme.
Pero ése no era mi único problema, pues Victoria, el gran amor de mi vida, había dejado de serlo (yo el suyo, en realidad), y por eso mi estómago sufría permanentes contracciones. Esto, unido a la poca y mala comida —carne con alverjas en lata a seis francos y esas cosas—, generó una gastritis que acabó por despertar mi antigua úlcera. Mucho dolor físico que hacía olvidar el otro, el que podríamos llamar espiritual o del alma. En suma, dolor por todas partes. Los días eran un hueso duro de tragar, algo de muy mal sabor, así que por las mañanas debía encontrar buenos motivos para salir al frío de la calle, pues el invierno del año noventa fue uno de los más duros. Dolor, frío y desamor. El cóctel perfecto para no sobrevivir. Pero mis caminos estaban cerrados, ya que no iba a regresar a Bogotá. No por nada en especial o por nada muy original, pero así lo había decidido. Esa ciudad era un excelente refugio, pero entre medias estaba mi vida. ¿Qué hacer con ella? Alguien tenía que vivirla, o al menos intentarlo, así que debía continuar, y continuar solo, todo lo lejos que fuera posible. Aún no estaba muy golpeado y mis mejillas, a pesar del frío, parecían saludables. Podía aguantar un poco más. Cualquier cosa es soportable si uno puede ponerle fin, como piensan los suicidas. No sabía cuántos golpes podía soportar y estaba dispuesto a averiguarlo. Y así lo hice.
Salir a la calle, qué aventura.
No he conocido nunca a nadie que sepa dónde está la rué Dulud, esa insignificante calle de la circunscripción de Neully-Sur-Seine. Es una paralela al Bois de Boulogne del lado de la avenida Charles de Gaulle, un lugar sin comercios ni avisos de neón. Sólo los muros grises de los edificios y una panadería en la esquina que se llama Lefour de Boulogne. Es una calle fría y algo triste, habitada por familias burguesas que miran con nerviosismo si alguien llega a cruzarse en su camino, pues por ahí todo el mundo va en carro.
Mi cuenta bancaria, abierta hacía dos meses con la suma exacta de 3.600 francos en el Credit Lyonnais del Boulevard Montparnasse, estaba francamente mal. Ya sólo quedaban 875 y no parecía haber modo de que esa maldita cifra aumentara. Había conseguido unas clases de español en una academia por las que me pagaban poco, exactamente 85 francos la hora, así que debía lograr al menos 20 al mes para el alquiler, que era de 1.200 francos. Y ahí estaba el problema, pues el trabajo había que dividirlo con otros profesores tan muertos de hambre como yo, lo que nos dejaba muy poco. Uno de ellos era un argentino de setenta años, novelista, crítico de cine y exitoso autor teatral en Buenos Aires (eso nos decía). Por pudor no diré su nombre, pero les aseguro que era dramático verlo por los corredores con una bala de oxígeno portátil, respirando a través de un cable que se insertaba en sus fosas nasales. Como buen porteño siempre se vestía muy elegante y usaba sombrero, pero al fondo la realidad era la misma, y era la de ser un profesor muerto de hambre. Otro de los colegas era un sociólogo chileno que escribía una tesis doctoral sobre el socialista Luis Emilio Recabarren, un hombre obeso (el sociólogo) y triste que parecía arrastrar el dolor del mundo y que lamentaba sobre todas las cosas haber dejado de fumar, pues su cuerpo se había hinchado. Era extraño que un hombre tan gordo pudiera ser pobre. Los demás profesores eran tan marginales como nosotros, y en las discusiones lingüísticas que ofrecíamos a los alumnos cada tanto, cuando se hacían «seminarios» sobre las diferentes modalidades del habla hispana, la desproporción entre los alumnos ricos y nosotros, con chaquetas remendadas y la piel amarilla, era bastante patética.
La academia se llamaba Langues dans le monde y quedaba en la rué Tilsitt, no lejos de mi casa. Yo estaba muy feliz de tener ese trabajo, aún si por ser nuevo me daban los peores horarios. Por ejemplo de siete a ocho de la mañana con Monsieur Giraud, un alto directivo de la petrolera francesa Total que iba a ser trasladado a las oficinas de Caracas, alguien terriblemente serio, con cara de albergar terribles sospechas sobre mi estatuto de profesor. Hay que tener hambre para levantarse a las seis de la mañana y salir de la casa por 85 francos. El resto del tiempo eran horas muertas, pues por lo general la siguiente clase era a las cinco de la tarde, otra vez de una sola hora. Como si esto fuera poco había que vestirse bien, llevar camisa limpia y pantalones planchados. Mi plancha eléctrica traída de Bogotá tenía un enchufe diferente y debía comprarle un adaptador que costaba 30 francos, el presupuesto de un día. Toda mi ropa estaba en una maleta, pues la habitación no tenía armario.
Salir, qué aventura.
A las seis de la mañana la bruma se levantaba del suelo y una llovizna empezaba a calar los huesos. El frío era tal que a la segunda esquina la mandíbula se atascaba y justo ahí empezaba lo más difícil, que era atravesar el Bois de Boulogne para ir hasta la piscina pública de la Universidad Paris-Dauphine, donde estaban las duchas. Por cierto que una de las primeras veces que atravesé el bosque presencié algo inquietante. Un mendigo había muerto de frío durante la noche y, al pasar por ahí, encontré a un grupo de socorristas levantando su cadáver. Pero hubo un inconveniente y fue que al rodar al suelo (en el momento de la muerte) la mano izquierda del hombre quedó hundida en un charco de agua, y éste, al bajar la temperatura, se congeló. Recuerdo el ruido de un estilete rompiendo el hielo alrededor de la mano. La mano atrapada en el hielo que les impedía alzarlo. Me alejé pensando que la mano, por la congelación, podría aún estar viva, y la verdad fue que varias veces soñé con ella.
El abono trimestral de la piscina había sido una importante inversión de mi parte, pues costaba 120 francos, pero una ducha caliente cada día era lo único que podía devolverme a la vida. Y para allá me iba, tiritando como un fantasma entre la niebla. Al llegar al vestier, dejaba la ropa en un armario metálico y, gorro en mano, me paraba debajo de una de las regaderas, que funcionaban con un ahorrativo sistema retráctil. El agua se desconectaba al segundo minuto, así que para ducharse había que dejar la mano sobre el botón. Por tratarse de duchas mixtas, un funcionario de seguridad fisgoneaba constantemente para vigilar que nadie abusara de la presencia de mujeres. Y en esto tenían razón, pues con el tiempo vi hombres que se les acercaban tanto que habrían podido tocarlas con la punta de la lengua. Cada vez que el guardia entraba había que concentrarse muchísimo en el aseo, lo que era gravoso, ya que sólo compraba champú y éste debía durar al menos dos semanas. Jamás un guardia me hizo comentario alguno por estar tanto tiempo bajo el agua, pero alguna vez me sentí observado. Y claro, yo también observé. Las estudiantes venían a nadar a esa hora, bellas jovencitas que se duchaban muy rápido y salían disparadas a sus clases. Yo, en cambio, me quedaba ahí. No nadaba, sólo iba a la ducha. No tenía ningún afán por regresar al frío y la llovizna de la calle.
En el bolsillo llevaba bien sujetas tres monedas de diez francos. Era mi exiguo presupuesto del día, lo justo para dos comidas calientes en el restaurante universitario de Mabillon, un café y unos cuantos cigarrillos. A veces compraba algún libro de segunda en ediciones de bolsillo que costaban diez francos, pero esto sólo los días en que salía a la calle, pues muchas veces prefería quedarme en la cama mascullando ideas, deshojando proyectos y maldiciendo no haber optado por otra ciudad, un lugar en el que hiciera menos frío y donde la gente fuera menos dura. Como todos, yo debía encontrar mi lugar en el mundo, un pequeño rincón dónde vivir sin demasiados sacrificios, pero mi búsqueda apenas había comenzado.
Y además estaba el tema de Victoria.
Había venido de visita, desde Madrid, pero antes de llegar me advirtió por teléfono: «Están pasando cosas, allá hablamos». Luego dijo que venía leyendo Anna Karenina, de Tolstoi, así que supuse que preparaba una confesión. Y en efecto al llegar, luego de varios rodeos y algunas lágrimas, soltó la frase: «Hay otra persona». Para evitarle la culpa dije que yo también había tenido un pesado abrigo. Esperaba clientes. Me quedé atrás dándole sorbos cada vez más largos a la botella. Muy pronto un auto se detuvo y un hombre se pasó al automóvil de la prostituta, que tenía instalada una cama en la parte trasera. Caminé hacia ellos sin hacer ruido. El tipo se bajó los pantalones y la mujer se lo chupó un rato, exagerando los gestos, hasta que él se puso sobre ella. El hombre disfrutaba y ella hacía su trabajo, pero yo, que los observaba de lejos, sentí algo distinto. Victoria viajaba en un tren hacia una ciudad lejana, y al pensarlo lloré con todas mis fuerzas, como si fuera la última noche de un hombre sobre la tierra. Y supe lo que era la orfandad. Luego el bosque se convirtió en algo hostil y decidí volver al cuarto. Tenía los zapatos mojados. La luna, una esfera partida a la mitad, se reflejaba en todos los charcos.