

No todo en Paris sale de la efervescente imagen que nos produce una omnipotente torre Eiffel, el Arco del Triunfo o el río Sena. Existe un París de los suburbios urbanos, imperceptible al turista, a los cuadros y postales: el París de los inmigrantes.
Oscuridad, humedad, pobreza y miedo son algunas de los sentimientos que parecen apoderarse de quien conoce las realidades de miles de latinos, asiáticos y (en menor cantidad) africanos que emigran a Francia cada año. Para todos ellos, París se presenta como la tierra de las nuevas oportunidades; una posibilidad de redimirse ante su propia vida y de consagrarse como las personas que jamás lograron edificar en su patria. Sin embargo, el mundo suburbano que nos presenta Gamboa en “El Síndrome de Ulises” está muy lejos de ser el conocidísimo Barrio Latino de Ribeyro, Cortázar y otros tantos escritores de situación acomodada. La realidad parece estar siempre sumida en la carencia. De hecho, la variedad de personajes logra captar distintas realidades y relacionarlas, la personalidad de cada uno de los personajes está tan bien delimitada, que es posible distinguir qué produce en cada uno el sentirse ajenos, el sentir la soledad de manera carnal.
El protagonista de la novela, Esteban, es un inmigrante legal; es decir, decidió por cuenta propia alejarse de Colombia (su país natal) para establecerse en Francia, siempre teniendo la posibilidad de volver. Claro está que la posibilidad física se encuentra en constante contraposición con la psicológica. Vive en una pequeña “chambrita” situada en uno de esos feos barrios de inmigrantes, su sueldo de profesor de español le alcanza menos que para lo justo y su vida está sumida total y completamente en la soledad. Acosado por el continuo recuerdo de su ex novia Victoria, se desenvuelve en ese Paris donde nada lo identifica y donde lo único parecido a un hogar lo encuentra en las juntas de exiliados Colombianos. Y es en este punto donde encontramos la otra cara de la realidad: los exiliados políticos colombianos que, durante la guerrilla, fueron expulsados de sus países sin tener la posibilidad de retornar.
Llegaron a París con las manos vacías, imaginando la capital como el lugar donde mejor oportunidades y calidad de vida podrían hallar. La realidad cayó a sus pies al darse cuenta que casi nadie les tendería la mano, que los trabajos disponibles eran, en su mayoría, los que los franceses se negaban a realizar, y que la discriminación sería un problema serio aún dentro de un país donde, supuestamente, la libertad y la fraternidad son el centro de la sociedad.
Gamboa nos pone justo en la retina a quienes más sufren; porque no sólo se limita a presentarnos exiliados políticos, sino que, a lo largo de la novela, van apareciendo nuevos personajes de realidades aún más precarias, como lo son Susy y Saskia, inmigrantes ilegales.
El problema y gran diferencia de los inmigrantes ilegales con los demás, es su imposibilidad de insertarse en la sociedad; deben vivir en las cloacas, en los recintos donde no sean descubiertos. Resultan ser extremadamente pobres, ya que tienen limitadísimas posibilidades de trabajar, no pueden ingresar al servicio de salud ni acceder a ningún tipo de beneficio estatal. Así, las realidades de personajes como Saskia, que llegó al país escondida dentro de un camión con productos de olor nauseabundo, y que debe dedicar su vida a la prostitución, son parte de un mundo radicalmente distinto del París que tenemos la costumbre de conocer. Son personas que deben permanecer escondidas, marginadas, y que aún así piensan que su situación es mejor que la que llevaban dentro de su propio país.
Jung es el ejemplo de carne y huesos del Síndrome de Ulises – o del inmigrante – como tal, como enfermedad. Siendo desdichado, trabajando, literalmente, bajo el mundo real (lavando platos en una especie de mazmorra de un restorán), con un pasado desastroso, completamente solo y, además, inmigrante ilegal (es decir, que tiene todas las características y problemas sociales de Saskia), se ve sumido en un estrés crónico y múltiple. El intento por sobrevivir, la incapacidad de inserción social, la nula autoestima y la soledad, son los factores que integran esta enfermedad psíquica de consecuencias físicas que vemos materializada en el norcoreano.
Resulta difícil encontrar el punto coincidente entre la ciudad de los inmigrantes de Santiago Gamboa y las conversaciones en los cafés del Barrio Latino en Cortázar, o peor aún; en el París de los turistas. Porque parece casi inconcebible, que en La Capital de los Artistas, en esa ciudad luminosa y extravagante, ciudad-sueño de todo escritor, existan grupos marginados, gente que ni en el mejor reportaje o censo es reconocida, personas que tuvieron que establecerse en una cultura totalmente ajena y que no les prometía nada (pero que daba un poco lo mismo ya que, aunque no hubiesen promesas ni destinos, cualquier situación sería potencialmente mejor que la que vivían de donde escaparon).
Y es precisamente esa crudeza la que atrapa en la novela urbana de Gamboa, ese descubrimiento del submundo o especie de mundo subterráneo que habitan los inmigrantes sin rostro ni número, ocultos por la misma luz que emana la ciudad en sí misma, escondidos en los recovecos de un paraíso turístico, en los edificios y calles grises de los suburbios; como si su soledad personal proyectase la sombra que los protege y margina. Escondidos tras el lado oscuro de la luna: escondidos en el lado oscuro de París.