

En esta vida feliz que se alimenta con los matices de su propia vida, Santiago Gamboa consigue recorrer con frescura sus experiencias: infancia, padres, amigos, estudios, viajes y formación como escritor. El recuento sincero, sin grandilocuencias, trasluce un ejercicio de escritura que el autor se ha impuesto para disparar su potencial, despertar las voces, las musas; las historias.
Ese compromiso de contar con naturalidad es el llamado que Esteban Hinestroza –el alter ego de Gamboa- recibe desde los inicios de su carrera, al empezar a estudiar Literatura en la Universidad Javeriana, cuando muestra sus primeros relatos a Natalia, su novia de la adolescencia, y recibe el consejo de escribir para que puedan entenderlo. “Si quieres que te lean, me parece que eso es lo más importante”.
Escribir con sencillez se convierte en imperativo para privilegiar la cotidianidad, la anécdota y las experiencias sencillas de sus amigos.
Ese llamado resuena en esta novela que dista radicalmente del derroche erudito que caracteriza otros relatos de su autoría, en los que la trama se echa a perder sepultada bajo la pretensión de demostrar las referencias y los autores que conoce. El hombre “culto” sacrifica en estos casos al narrador, al novelista y la prosa pierde vibración porque parece concebida a distancia, sobre una mesa de disección.
Es lo que ocurre en Los Impostores (2002). Cuando el lector cierra esta historia sobre un grupo de fracasados que se encuentran accidentalmente en Pekín, en torno a unos manuscritos de la secta de los Boxers, es fácil sentirse defraudado frente a una narración rica en alusiones, pero irresuelta.
En Vida feliz de un joven llamado Esteban en cambio, la trama, más espontánea, permite al lector identificarse con los personajes o –al ser bogotano, colombiano o conocer la historia nacional de los setenta o los ochenta- descubrir resonancias y escenarios comunes, pues la novela retrata con generosidad las actividades, los rincones y los rasgos sociales de la vida capitalina de estos años.
Sin embargo, su vida feliz, se contagia con el sinsentido y el escepticismo que barniza tanto sus narraciones precedentes –Páginas de vuelta (1995) y Perder es cuestión de método (1998)-, como sus creaciones posteriores –Los Impostores y El síndrome de Ulises (2004), su novela más reciente-. La fatalidad pareciera el eje desde el que Gamboa construye su tono de escritura.
Ese vacío existencial es la nota particular de las historias ajenas que Esteban Hinestroza rememora para contar su propia vida y alimentar su vocación de escritor.
Causan perplejidad narraciones como la de Ismael, el vecino pobre que guardaba en casa un saco con los huesos de uno de sus tíos; o la de Federico, obsesionado con el suicidio hasta sorber -sin límites- información y escenarios que dilatan su curiosidad.
Esteban narra las anécdotas desde la perspectiva de las ciudades en las que vivió: Bogotá, Medellín, Roma, Madrid, París. Cada ciudad, cada viaje, es así mismo el inicio de los siete capítulos que constituyen la novela.
Así, la temporada en Medellín le sirve como pretexto para narrar de qué manera la guerrilla empezó a ganar adeptos entre las clases populares en la década de los años sesenta, mientras que los años de su infancia y adolescencia en Bogotá, precipitan sus reflexiones sobre la vida nacional, la violencia y los estragos del narcotráfico.
Los acontecimientos citadinos apresuran su potencial reflexivo. Así, para recrear el pánico que se apoderó de Bogotá, después del incendio del Edificio Avianca, escribe: Este incendio fue la mecha de un lento Apocalipsis, pues muy pronto vendría el fuego de otras catástrofes a llevárselo todo.
La apacible vida de Bogotá había terminado. También la de Medellín, Cali, la Costa y el campo, los Llanos y el sur… Todo el país habría de convertirse en una inmensa hoguera que aún está encendida y que sigue desfigurando rostros, dejando cadáveres entre el polvo, cuerpos irreconocibles en medio del hollín y las cenizas. Llegó la mafia y regresó el terror. Llegó la corrupción. Regresó la muerte. El país comenzó a matarse otra vez, como había hecho en los años 50. La gente de bien debió replegarse. Los violentos sacaron sus pistolas y se fueron quedando con las tierras. El campo se convirtió en tierra baldía y las ciudades se llenaron de gorditos de bigote ralo y collares de oro. (Pág. 185)
La vida de Santiago Gamboa, la Vida feliz de un joven llamado Esteban, no es ajena al sentimiento fatal que permea sus creaciones, pero la sinceridad con que la recrea equilibra el tejido de la novela. Estas características justifican el concepto del autor que cataloga la novela como su obra más ambiciosa. Sus páginas no pasarán a la historia, pero son honestas: ése es su valor.
Nadie tiene la obligación de vivir grandes vidas y dicen que, en todas, hay uno o dos momentos que la justifican. Yo espero que sea así aunque no estoy seguro de haberlos encontrado. Sé tan sólo que esta vida me trajo hasta aquí, hasta este sillón desde el cual ahora releo; y sé que, para mí, ha sido la única vida posible. Larga y feliz… (Pág. 610)
Profesora Colombiana.