

Es la primera vez que Santiago Gamboa no incluye a su Bogotá natal en una de sus novelas. En Los impostores (Seix Barral), el escritor se traslada a China, adonde llegó por primera vez seducido por las impresiones que del país asiático dejaron por escrito André Malraux, Joseph Conrad, Somerset Maugham y Henri Michaux, entre otros, y al que ha regresado en varias ocasiones desde que escribió el libro de viajes Octubre en Pekín.
«Quería hacer», reconoce Gamboa, «una novela que me permitiese dar rienda suelta a una de mis grandes pasiones, los viajes. Y quería montar una trama que tuviese que ver con el mundo de la literatura desde el punto de vista del escritor frustrado, del perdedor, un personaje que yo conozco bien y que yo he sido durante mucho tiempo».
Quería entablar, en definitiva, un diálogo entre vida y literatura y le parecía más enriquecedora la visión de un personaje que sueña con escribir que la del autor que tiene éxito con su obra: «Yo mismo consideré que para seguir soñando con ser escritor no debía escribir, que no debía arriesgar. Por eso el mundo de lo no escrito es muy grande».
Los impostores de la novela de Gamboa son un periodista afincado en París que desde joven quería escribir, un filólogo decidido a viajar en busca de experiencias siguiendo el rastro de un escritor que admira, y un profesor de literatura en Austin y escritor fracasado que sueña con ser autor del boom y está dispuesto a lo que sea con tal de ser famoso. Los tres se ven envueltos en una trama detectivesca en el corazón de China.
Autor también de las novelas Vida feliz de un joven llamado Esteban y Perder es cuestión de método, Santiago Gamboa reivindica la impostura como una de las formas de la condición humana y como una manera de acceder a la verdad y a metas que parecen imposibles: «Yo he conseguido trabajos que quería desempeñar convenciendo al interlocutor de que sabía lo que no sabía. Me hice pasar por periodista y trabajé en France Press. Más tarde, me hice periodista. Pero la impostura también es muy eficaz en los afectos. La verdad pura no siempre es lo mejor. La impostura no tiene por qué ser negativa».