Teresa Delgado Duque
Cata
Te miro
Eres del color de un atardecer mojado en sangre.
La eternidad te ha urdido
para darle a mi copa una lluvia de vida.
Eclosionan burbujas estrellas, que son siglos fugaces.
Copa copula, vino peregrino, la oscuridad contemplada en un vaso de amor.
Danza circular que asciende hasta un cielo repleto de infiernos.
Te huelo
Mi olfato es meretriz de tu aroma
que invita al exilio.
En el aire serpentea la música del aulós.
Aquelarre, éxtasis, locura ritual,
líquida enigmática opulencia.
La existencia se redimensiona
y ocurre justo aquí, entre el borde cristal y el grial de mis labios.
Te saboreo
Embaucas mi boca,
mi lengua es cautiva de ti, mi paladar tu morada,
tu oleaje golpea mis dientes sorteando la precisa incisión de los versos.
Se desintegra la noche a base de besos,
Duelen las paradojas, laceran las rimas, escuecen los recovecos.
La eternidad la contienen tus labios.
El amor es la dulce poción que avinagra el amante.
Te trago
Rehúso escupirte, lanzarte bien lejos
Y te trago de un trago sin tregua ni aliento,
sacias mi sed con la sed de todos los tiempos.
Es profunda la herida que sangra más vino que sangra.
En la desgarradura transcribes este poema mojado.
Ahoga esta vacía verticalidad, esta estricta lucidez mía,
esta maldita cordura. Transustánciame. Muéreme porque me duelo.
Porque me dueles muero…De un negro trago de noche.
*****
Montserrat Fillol Ferrín
La copa de la vida
Cuando era niña y veía lo que veía
retorcía las palabras,
haciendo nudos con la lengua
para no decir, ni rezar,
el silencio era el mar.
Porque sabía lo que sabía,
era muda de tanto saber y ver,
Dios existía porque tampoco hablaba.
Cuando era niña y veía lo que veía
se abrían las cosas
mostrándome por primera vez
lo que ya conocía.
No quería ir a ningún sitio,
quieta a la sombra de los pájaros,
decía rezando y escuchaba sabiendo.
Ahora que he perdido el saber
Y que no veo lo que veía,
hablo llenando copas de olvido,
vaciando palabras que hacen crecer anhelos
el vino en su memoria,
me devuelve un instante el rostro del día,
lo que creí saber, sabiendo que ya nunca más
rezaré, ni diré,
porque todo lo que supe y vi lo olvidé.
*****
Inma Flores
Dioniso…
Desde una curtida bota de cuero
llegaste, alegremente, a mis labios,
estallando en ellos tu maravilloso sabor.
Con mis ojos cerrados te degustaba,
mientras un aroma afrutado se apoderaba de mi boca,
ansiosa de poseerte, degustarte, disolverte dentro de mi ser.
Te adueñabas, lentamente, de mis sentidos; mientras
casi sin darme cuenta, me convertí en tu esclava.
El olor a corcho perfumado por tu aroma
se convertía en la antesala de mi éxtasis
presagiando una orgía de olores y sabores,
sentimientos descargados; llantos y risas,
amores para siempre, amigos desde antaño,
sentimientos esparcidos frente a una mesa vacía.
Así es como me posees, desde el alma a los pies.
Dioniso, digno descendiente de Afrodita,
hijo y nieto de dioses, portador de la locura,
que fuiste amamantado por ninfas y
amadrinado por Hermes;
protagonista de mis sueños invernales.
No me importa tu color ni tu raza: si eres rojo como la sangre,
o casi transparente como las saladas lágrimas,
sólo deseo tu calor en las frías noches de invierno
y las risas que provocas mientras embriagas los sentidos,
Dioniso… digno acompañante, deseado amigo.
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Sara Godoy
Delirios en carmesí
El vino.
Entra en mis ojos.
El carmesí.
El ambarino.
Busco los pámpanos y me corono.
Alzo el racimo y degusto su primera perla.
Me rodeo de bellas ninfas
que exprimen el néctar.
En frenesí delirante me abandono.
Te comprendo Baco.
Siempre en bacanales sumergido.
El vino.
Entra en mi nariz y deliro.
Los pífanos exhalan sonidos pasionales.
La bella Ariadna despierta.
Canto, lloro, río.
Me estremezco de placer.
Dime dios, si como a Midas me tratas
y me otorgas un deseo, no me equivocaré
como ese rey ambicioso.
Te pido que…
El vino
inunde el mundo y así se producirá una eterna orgía.
Tú que de un mástil hiciste una vid.
Que al mar tiraste hombres peces.
Que cubriste de plumas a otros que volaron en simetría.
Entonces, si tú lo deseas seré tigre y de tu carro tiraré.
Oh Baco, solo quiero dormir a tu lado.
Vivir en una eterna embriaguez
con una copa en la mano.
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Francisco Javier Gómez Gutiérrez
La invención del vino
desde el día milagroso que vio la luz primera
haciendo del otoño bacante primavera
con el hondo misterio de magia soterraña
Se invento solo el vino, ni Baco ni Noé
el solo en la banasta madura de racimos
ensuciado de polvo, de la tierra y sus limos
empezó su milagro: primigenio aguapié
Y un pájaro de canto, de vuelo, de aventura
picoteando las uvas rezumantes de mosto
descubrió la alegría del otoñal magosto
y convirtió en canción los posos de amargura
Desde entonces los hombres supieron del consuelo
que mana la alegría y que apaga el dolor
y pudo cada hombre ser pájaro cantor
y remontar al cielo, sin volar, desde el suelo.
Todo por fantasía y milagro del vino:
comprendiendo por eso que aquello era “divino”