La tarea del testigo, de Rubi Guerra

juan-carlos-chirinos-columna-otrolunes29Los libros siempre tratan de otros libros; los escritores hablan de otros escritores. Es una regla que ha pasado de generación en generación, desde el primer ser humano que inventó una historia —una mujer, sin duda—, hasta el más joven narrador de ahora, furioso y siempre parricida con sus ancestros. La razón de que esto sea así es muy simple: todo escritor primero es lector; todo contador, antes escucha a otro. Y quiere emularlo, imitar su voz, ser ese escritor que una vez admiró con fascinación. Además, tal como enseña Proust, el lector cuando lee sólo se lee a sí mismo; y por extensión el escritor, cuando imita, sólo lo hace de la voz que creyó escuchar alguna vez. Cuando un escritor habla de otro, o lo imita, o lo evoca, a la vez ejecuta un homenaje y un reconocimiento: se está reconociendo en la voz que admira. Esta estrategia se ha ensayado muchas veces, no siempre de manera feliz; pero cuando el escritor logra, a partir de un universo ajeno, crear un cosmos propio y a la vez semejante al que ve, el resultado es formidable. Leer más…

Juego de letras

Tenía todo preparado. Los folios, a la izquierda. Bolígrafos, dos de cada color −rojo, azul y negro−, a mi derecha. El ordenador, en el centro. La silla, muy cerca de la mesa, con el cojín para los riñones, dos paquetes de cigarrillos y un vaso de whisky con hielos. Así me imaginaba la mesa de un escritor, aunque todo revuelto. Caótico.

Mezclé los bolígrafos con las hojas. Se cayeron folios y bolígrafos. Les di una patada. Escritor maldito, me dije con sonrisa diabólica. Encendí un cigarrillo, que saqué de uno de los paquetes de Marlboro que había comprado esa mañana. Imaginé que me entrevistaban, para El País o El Mundo, y puse posturas de gran intelectual; ahora con la mano izquierda, en la frente, apretando las sienes, ahora con el cigarrillo en la boca intentando decir algo ingenioso tras la tos. Tiré la ceniza, que cayó dentro y fuera del cenicero. Cogí el vaso de whisky. Lo moví, circularmente, necesitaba oír el clic, clic de los hielos. Me lo llevé a la nariz y bebí. No me gustó el sabor, tampoco el del tabaco, pero daba un toque especial, de artista. Leer más…

Huesos

A mi padre

 

Maldito sol que baja en Colón, y con todas esas lápidas reverberando, espejeando luz a todas partes, uno no sabe dónde poner los ojos ni para dónde mirar. Por eso me compré estas gafas. Malísimas las pobres, y dice Eva que no son de marca, pero a mí qué me importa… total, son pa’ no quedarse ciego en estos turnos de día no pa’ ir a fiestar al Vedado.

Ya casi son las dos y hoy tenemos que exhumar gente. Qué mal me cae… pero es parte del trabajo y uno se acostumbra a todo. Así que voy caminando, rumbo la esquina B, a sentarme como siempre en el banquito, al lado de la tumba de Eduardo Saborit, y conversar un rato con cualquiera en lo que empieza la cosa. Leer más…

El saber ocupa lugar

patricia-suarez-columna-otrolunes29Hay, tengo en mi casa dos mil libros. En bibliotecas, en los placares entre la ropa, en la alacena de la cocina, en el closet del baño. Tengo algunos en casa de amigos, de mis padres. Muchos libros quedaron en el camino, en manos de amigos, en brazos de amantes, en casas de ex maridos. Durante mucho tiempo creí que comprar libros es un vicio. Una especie de enfermedad vergonzosa. Fetichismo. Compro libros por curiosidad, porque quiero leerlo todo. Compro libros repetidos, en ediciones con la letra más grande, más mona, de diferentes traducciones. Debo tener como cinco o seis La romana, de Alberto Moravia. Tres Eneidas. Dos o tres Por el camino de Swann. Y eso que no soy posesiva con los libros, tiendo a prestarlos, a regalarlos apenas los termino, si me gustan. Conservo lo que aun no leí o los que son preciosos, como diccionarios, enciclopedias. Creo profundamente en el préstamo de libros, aunque el otro lo birle y ya no lo devuelva; es como tender una mano, proponer una amistad. Es parte de la condición gregaria de los seres humanos el prestarse libros. Leer más…

Escribir, vivir, morir en el Caribe

Cienfuegos, la perla de Cuba.

Cienfuegos, la perla de Cuba.

Nacer en el Caribe es una fiesta. Las fiestas, sobre todo en el Caribe, a veces terminan trágicamente. El escritor Reinaldo Arenas, ese maldito, solía decir sobre los cubanos (esa tribu en el traspatio de Estados Unidos y a medio camino tripartito entre el Caribe, África y Europa) que es el único pueblo capaz de apuñalearse mientras baila. No sé, pero la frase de Arenas quizá valga para todo el Caribe. Leer más…

Sueños de un buen cristiano

(…) Cada vez que cierro la puerta de la habitación conyugal
imagino que abrimos paso a un territorio distinto,
más libre y emocionante, en el que todo está santificado
por la presencia de un Cristo que nos mira complaciente desde su cruz,
también pienso que las depresiones, los fantasmas que visitan a Catalina,
algún día desaparecerán y volveremos a ser los de antes (…)

 

Yo mismo abrí la puerta y volví a cerrarla antes que el viento y la lluvia convirtieran la sala en un paisaje de catástrofe. Le permití entrar por elemental compasión. Lo que vi podría haber sido cualquier cosa, pero nunca lo que resultaría ser, una criatura tan desquiciante, tan sutil y de alguna forma prescindible: un enorme pantalón como de payaso, un suéter gris-perro demasiado grande, la cabellera como una gran mano negra, brillante y salvaje, cubriéndole el rostro, la espalda y los ojos, unos ojos esquivos, movedizos. No supe cómo se le ocurrió a Catalina aceptarla en casa. Creí ver en ella una mirada torva, como de ave de rapiña. Leer más…

Un Caballero en La Habana

Jose Maria Lopez Lledin, "El Caballero de París" (1899-1985).

Jose Maria Lopez Lledin, “El Caballero de París” (1899-1985).

Cae la tarde y Tavito camina apurado hacia el banco en el Prado donde el Caballero de París lo espera. No cree lo que escuchó esa mañana. “Se murió el Caballero de París, Tavito”, le dijo uno de sus amigos, sabiendo que él, a la caída del sol, atraviesa las calles de Centro Habana que lo separan del Paseo del Prado y allí, junto a un león de piedra, encuentra al viejo loco haciendo sus historias de cuando lo ordenaron Caballero y tenía una vida de lujos y amores y duelos también por amor y honor, allá en esos otros países que no conocía ninguno de los niños que escuchaban, sentados a los pies de aquel hombre. Leer más…

La sangre del Tequila (XIII)

Félix Luis Viera, poeta, cuentista y novelista cubano.

Félix Luis Viera, poeta, cuentista y novelista cubano.

Félix Luis Viera, convertido en uno de los escritores imprescindibles en la historia de la Literatura Cubana desde que sus libros de cuentos Las llamas en el cielo y En el nombre del hijo adquirieron la categoría de “clásicos nacionales” y “libros de culto” para varias generaciones de escritores en la isla, nos comentó en un mensaje electrónico que le gustaría rescatar aquella tradición de épocas pasadas en la que escritores que hoy consideramos “universales” convertían a miles de lectores en perseguidores cautivos de sus novelas por entregas.

Confesamos que nos surgió la duda: ¿podria ocurrir lo mismo con las nuevas generaciones de lectores, acostumbradas más a la lectura rápida en pantalla que al goce con las historias contadas a retazos y sazonadas con el olor fresco de la tinta de imprenta, como sucedía en siglos pasados?

Así, como un reto, surgió la idea de publicar en OtroLunes, por entregas, la novela La sangre del Tequila de este reconocido escritor y amigo. Y nos complace decir que Félix Luis no se equivocaba: miles de lectores clickean en cada número de la revista sobre estos capítulos de su novela, como demuestran nuestras estadísticas de lectura. Y en cada nueva entrega, nuevos lectores se suman.

Aquí, como en los números anteriores, ofrecemos a esos “cautivos” un nuevo capítulo, como se dice mucho en español, “recién acabadito de sacar del horno”.

Redacción de OtroLunes Leer más…

27 de julio de 1985

alejandra-costamagna-columna-otrolunes29Estoy en un hotel de Lima con John y Alan Durston, mi padrastro y mi hermanastro, respectivamente. Al día siguiente tomaremos el tren a Cuzco, nos bajaremos en Ollantaytambo y nos sumergiremos con nueces, almendras y mate de coca por el Camino del Inca, hasta Machu Picchu. Mi hermanastro tiene el mismo nombre que el nuevo presidente de Perú, recién electo. Al llegar a Lima he visto un cartel pegado en un muro: “Charly García en vivo”. Charly García aún es Charly García y canta. Qué buena idea, pienso entonces, ver a Charly García en esta ciudad. El problema es que mi padrastro no me da permiso para ir al recital. “El país no está para bollos”, me dice. O algo así. En Chile hay dictadura y los peligros son reales, pienso. Que mi padrastro no me dé permiso para ir a un concierto de rock en un país democrático me parece último. Se lo digo: “Eres último, igual que mi mamá”. Yo tengo quince años y estoy amurradísima. Mi hermanastro no me apoya ni me deja de apoyar. Él está más preocupado de tomar apuntes mentales de este país donde más tarde vivirá y estudiará en profundidad (aunque eso aún no lo sabe). John es la autoridad en este viaje y yo soy menor de edad y no tengo dinero ni carácter ni arrojo suficientes como para escaparme por la ventana del hotel de una ciudad desconocida. Entonces me acuesto a leer. En la mochila ando con un libro de Roberto Arlt, El juguete rabioso. En una parte el protagonista dice: “Así veo la vida, como un gran desierto amarillo”. Por un rato me olvido de Charly García. John y Alan conversan en la pieza; programan en detalle nuestra ruta a Machu Picchu. Y de repente viene la explosión. Un ¡bum! con mucho eco, como en una película de Bruce Willis. Y la ventana se hace trizas y llueven esquirlas. Pedazos de auto en la pieza, en la cama, entre mi hermanastro, mi padrastro –mi paternal padrastro– y yo. Es el saludo de Sendero Luminoso. Bienvenidos a la Lima de García. De Alan García, no de Charly García. En ese minuto pienso que esto recién empieza para Alan. Para Alan el presidente, no para Alan mi hermano. Yo agarro un resto de auto del suelo y lo olfateo. Obvio: huele a pólvora. Mi padrastro me mira no más. Yo entiendo todo y no digo nada. Incluso tengo muchas ganas de abrazarlo. Y de llamar a mi mamá y decirle que la adoro. Al rato suena el teléfono. “Ha estallado un coche bomba”, confirma el recepcionista del hotel. Y agrega: “Pero no se alarmen, señores, todo está en orden”. A mí se me ocurre que esto es un desierto rojo.