

Mejor si nadie me pregunta qué hacía yo en París en noviembre de 1979. Mejor, porque tampoco yo lo sé. Sí recuerdo que llevaba un par de meses queriéndome ir, pero al final, terminaba dejándolo para el día siguiente, y luego para el próximo, porque entonces en París se estaba bien. O quizás yo lo imaginaba y decía aquí se está como en ninguna parte, a sabiendas, que simplemente estaba atrapado en ella, como la imagen de un eterno transeúnte.
Tampoco digo que fuera así exactamente. Pudiera creer, veinticinco años después, que me había enamorado de una colombiana, que conocí en un restaurante. Estaba casada y tenía una hija pequeña. Pero uno siempre termina enamorándose de las mujeres equivocadas. Y en este punto ni siquiera vale la pena detenerse. Sucede. O al menos, así me sucede a mí, que no lograba salir de París, porque una colombiana, con unos hermosos ojos oscuros, tan oscuros como su pelo, o igual de hermosos que sus senos redondos, se acostaba conmigo, mientras su marido, cubano, hacía guardias en el metro.
¿Fue así? Ni siquiera importa. Había visto los carteles anunciando el concierto. Bill Evans venía de Alemania y luego se iba a España. O acaso hizo el viaje en sentido contrario, pero no creo equivocarme esta vez. Además, no tendría ningún sentido geográfico viajar en contra de los instintos. Y Bill Evans era un hombre de instintos. Se los digo yo, que en noviembre de 1979 estaba en París, amaba a una mujer casada y con una hija, y desde hacía una década, no lograba vivir sin el piano blanco y la trompeta negra del Kind of blue. Yo, que no sabía para cuándo se acabaría mi vicio de aquella ciudad, ni los deseos de subir los cuatro pisos del edificio con escaleras de madera y peldaños gastados, donde me recibía el olor a piel limpia de la colombiana. Yo, que vine a Europa sin la intención de quedarme y para entonces, creía conocer de memoria, como ya no me la sé, la vida de Bill Evans con todos sus mejores cuentos, quizás porque los dos nacimos en ese territorio de nadie que se llama New Jersey. Sin dudas, un buen sitio para nacer, aunque no para quedarse.
"Un poeta del piano", dijo el escritor Gene Less, y uno que ya está escaso de recuerdos, piensa si habría conseguido una frase igual aquel otoño en París, en 1979.
Un cuarto de siglo es mucho tiempo, pero nunca es demasiado tarde. Ahora, y a viva voz, acaso, como la única manera de ir enumerando mi propio tiempo perdido, dejo estas palabras de agradecimiento por aquel concierto al que no pude asistir, también por el disco que otros grabaron para remediar mi ausencia, y por aquella colombiana que terminé olvidando (si es que esto es posible), la tarde que dejé la ciudad:
"¡Marc Johnson en el bajo, Joe LaBarbera en la batería y al piano, señoras y señores, el enorme, el inigualable, el introspectivo, el heroinómano, el fabuloso, el genio, Bill Evans! ¡Esta noche, en París, por hoy y para nunca más!"
Habría sido algo hermoso. Pero la vida tiene otras vueltas, que sólo ella y yo sabemos. Bill Evans murió pocos meses después, el 15 de septiembre de 1980, en el hospital Mount Sinai, y yo me compré los discos del concierto en una tienda de Madrid, enamorado hasta los huesos de una emigrante marroquí, y aunque no me lo crean, si prestan cuidado a la grabación, soy uno de los que más fuerte aplaude, al final de My romance, tal vez, porque yo también tengo mis razones para vivir este disco como nadie.
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Imagen de portada:
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